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11 min
La mentira, parte uno.
Varios |
12.05.18
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Sinopsis

— Esperemos que este día sea mucho mejor que los anteriores. — Fue lo único que dejo salir Timothy de sus labios. Estaba emocionado, una nueva etapa estaba por entrar a su vida, muchos jóvenes dirían que era absurdo sentir un tanto de felicidad por conocer nuevas personas en el último semestre de preparatoria. Pero así no era. Timothy. Por más que quisiera dar lo mejor de él, nunca lo conseguía. Siempre se quedaba solo o aparentemente, fingía tener amistades para darle el gusto a su madre de no haberle fallado.

Hoy era uno de esos días. De esos que siempre se recuerdan por meses. Timothy de tan solo diecisiete años, emocionado, corrió de su habitación para dirigirse a la cocina, donde su cuarentona madre preparaba el desayuno y su padrastro le ayudaba con los trastes sucios. Al parecer después de él, tendrían visitas mucho más importante. Su hermano mayor Engel, solo por dos minutos estaba con ellos, adentrándose el primer paso a la comida. Se le veía desesperado, nervioso y a su vez un tanto preocupado. No sabría la razón del porque él comía tan desesperado, desde que se había juntado con aquel muchacho siempre llegaba tarde, aunque bueno eso era un punto a mi favor. Me quedaba horas con su pc y, con sus videojuegos.  Él, con demasiada confianza me miró y me señaló con su dedo índice, dejando el plato de lado para poder hablar. Que más bien, era gritar.

— ¡Con esa pinta no le agradarás a nadie y, mucho menos, tendrás a una chica para el baile, si serás idiota! Mira nomas esas prendas de abuelo que llevas puestas, hasta pareces que vas a un funeral, deberías regresar  y cambiarte.

Su madre que estaba cerca de Engel, le pegó un codazo. Repitiéndole las mismas palabras de siempre En esta casa no se dice groserías”“No te metas con tu hermano”. — Él solamente bufo y dejo de comer para luego levantarse de la mesa y caminar hacía la salida de la casa. Ella me sonrió, la más sincera sonrisa que había visto en toda la mañana y me besó la mejilla y sin olvidar la frente también. Ella  aún me veía, aunque yo, bueno, simplemente seguía caminando hasta llegar con el mayor.   Mi hermano Engel siempre iba al frente con sus amigos yo, por el momento, iba atrás, oliéndole los huevos como era de costumbre. Mi vista siempre la ocupaba la vecina que vivía a dos cuadras de la casa. Cada vez que nos topábamos, ella me sonreía. Le gustaba, me deseaba, ¿Quién no se resistiría a alguien como yo? Ni el mismo Satanás lo haría, aunque para los demás soy demasiado “raro” para que alguien me quiera conocer e incluso querer. En pleno mes de Agosto las muchachas traen sus prendas ajustadas. Provocando a cada hombre que se les cruza, o incluso, a la propia mujer. La estupidez humana siempre me sorprende cada día, era patético. Pero siempre se llevan lo mejor de todo, debía de admitirlo. Los cuervos de las escuelas siempre salían e invadían propiedades en donde los inocentes no se podían defender de ellos. La pasión es la lógica del mundo, el delirio de la vida, una masturbación feroz. Los hermanos que siempre le seguían el juego a Engel eran estúpidos, solo por portar una navaja en sus pantalones los hacía verse mucho más “rudos” e “interesantes” pero… ¡No, joder! Eso solo los hacía ver mucho más idiotas de lo que ya eran. Sus madres tomaron la peor decisión del mundo en tenerlos. Joder, me asquean.  Los muchachos que iban a cada lado, murmuraban, reían y a veces, pocas veces, hacían piropos asquerosos hacías las niñas de secundaria.

Era fin de año. Cada alumno hacía lo que se le plazca en esos días, ya nada tenía sentido. Pero obvio, el maestro tan hijo de puta habla, habla de valores, respeto y en la honestidad ante todo. Por favor, patrañas. Solo nos da clases para tragar la educación y al final en los exámenes, vomitar toda aquella información procesada y esperar a ver los resultados finales salgan positivos y decir, celebrar que el curso escolar por fin termino.

— ¡Timothy! ¡Timothy! ¡Timothy!

Los cuervos de mi hermano gritaron varias veces mi nombre. Se detuvieron y me miraron con cara de “Yo no fui”. Era de esperarse, el camión de la preparatoria había llegado y estaba esperando a que uno de tantos cuervos subiera primero.

— ¿Vienes? 

Preguntó el rubio. Se le veía inteligente, pero ¿sí lo era porqué estaba con ellos? He ahí el dilema de todo, solamente asentí con mi cabeza y, me adentré al camión, lo primero que voy observando. Son los cuervos mayores, aquellos chicos de dinero que se creen los dueños de cada cosa, e incluso de personas. Los más odiados del instituto. Atrás de ellos, estaban los Greek o los también llamados “Los independientes/marginales”. Aquellos eran los peores que los niños ricos.  Ellos se inventaban cada cosa para poder entrar algún club social. Mediados del camión estaban los… Paranormales. Esos chicos que le entran a todo, pero menos a su realidad. Estos me agradaban un poco. Su mazmorra era genial, ¿A quién se le ocurriría hacer a “Satanás” de mascota del equipo del instituto? Solamente a ellos.  Un poco atrás de ellos, estaban las chicas que se hacían llamar “Wiccan”  o “brujas”. Eran patéticas, sus vestimentas era ridícula y todo ellas lo era. No tenía lógica del porque estaban en el instituto, si ellas se creían superior a cada persona del mundo.  Y por último, pero menos agradable, los amigos de mi hermano. Los llamados “Ghost” o también “the bootleg boy’s”. La verdad no entendía del por qué esa etiqueta en cada grupo, pero obvio nadie me aceptaba en sus grupos, la clara razón, era mucho más raro que las “Wiccan”. Todos pensaban que era de una ellas.

No por mi manera de pensar u hablar. Si no, lamentablemente todo era por mi vestimenta de funeral. Mi aspecto físico era menos agradable que todos los chicos ricos del instituto. Incluso, mi mellizo era mucho mejor más guapo. Tenía más suerte que yo, él consiguió una beca en la universidad de Oklahoma, así que pronto él se irá de la casa. Y hará un buen futuro con su vida, tendrá sexo, hijos, amantes, mujeres toda la vida soñada de cualquier hombre. Por mi parte. Me daba igual mi futuro, realmente, no le daba demasiada importancia para encajar en sus “etiquetas”. Cada vez que miraba a las personas en sus asientos, me hacían un gesto de desaprobación. O ponían sus cosas para que no pudiera sentarme con ellos. Hasta qué, una joven y delicada voz me hablo. Mi vista había sido invadida por el rostro de la vecina, ella con su color rojo en sus labios me sonrió y me hizo una seña para que pudiera sentarme a su lado.  Como idiota, caminé y me senté a su lado, mientras que los cuervos y mi hermano se sentaban al frente. Engel me miraba con odio y, con tan solo leer sus labios, sabía claramente que estaba maldiciéndome.

— Hoy has traído de nuevo tu estilo al instituto. ¿Eh? No te cansas.

— ¿Por qué lo haría? — Preguntó él.

— Porque todos te ven… —  No logro terminar aquella oración. Luego giró su vista hacía la ventana. — Todos te ven raro, sabes. No sé si lo has notado, pero todos piensan que eres como ellas. — Señaló a las muchachas que algunas vestían pantalones rotos negros, blusas negras con fotografías de Lucifer cogiéndose a una mujer e incluidos collares de pentágonos. Y alguno que otro arete en sus rostros.

— Algunos imbéciles le da miedo mostrar su verdadero ser.  — Su voz salió en un susurro, sin apartar la vista de las muchachas. — Yo no lo hago para agradarte, ni a nadie. —Bufó, y rodó los ojos. —Parece mentira chica, que tengas unos ojos tan bonitos pero a la vez seas tan común. — agregó. — Pero parece que tus neuronas no lo captan bien.

— Eres un idiota, ¿Lo sabías?

— Sí y me encanta serlo.

Aquella charla no duro demasiado como él pensaba. El camión por fin se detuvo en el instituto, el primero en bajar fue el chofer, prácticamente el más odiado de todos. Él siempre era quien les quitaba la música en la radio, los odiaba de verdad. Odiaba su vida. Su trabajo.

Cada grupo bajaba, y al final de la espera, Engel estaba en la puerta esperándonos. Ella se había marchado molesta ante la situación anterior. Los cuervos me miraron con extrañeza y con estupidez, siempre se preguntaban del “¿Qué pasó?” “¿Qué hiciste ahora?”. Estaba demasiado frustrado como para terminar con los problemas de otras personas así que simplemente los ignoró y siguió su camino.  No le apetecía entrar a clases ya que a esas horas solamente tendría “La historia de la psicología”. La clase donde todos se iban y solamente él y su hermano se quedaban. Por la simple razón, Timothy, estudiaría eso en alguna universidad de paga y en un barrio pobre.

Las instalaciones del instituto aún estaban como de anteaño, nada había cambiado después de las largas vacaciones de verano. El mismo color deprimente de los salones aún estaba, los jodidos pupitres aún estaban por terminar de deshacerse por si solos.  Sin contar las ventanas, por Dios. No había ventanas, solamente estaba una en cada salón. No era una “escuela normal”. ¿Qué escuela no tendría ventanas grandes? ¿Qué escuela no tiene pupitres buenos y sin terminarse de romper?

 Timothy se había olvidado por completo de lo que era su antigua escuela. Era extraño. Era el único a quien de verdad le había interesado en tener su propio vocabulario y aprender mucho más de varios filósofos de la historia. Cada vez que caminaba en los pasillos, viejos recuerdos pasaban por su mente. Del cómo eran de niños, él, Engel, y su mejor amigo Zébastien. Hasta que, algo hizo que se despertará de aquella realidad imaginaria que se creaba en su cabeza. Un pesado golpe había recibido en su espalda, ocasionándole que tirara sus cosas al suelo,  él bufó.

Encogiéndose de hombros y, pocas veces maldiciendo en voz baja. Pero a su tiempo, sus ojos se fueron directamente a los zapatos recién boleados que estaban al frente de él. Su vista se iba subiendo cada vez, hasta que un extraño resplandor hizo que se tapará sus ojos. Humedeció sus labios con suavidad, Timothy, como pudo recogió sus cosas, pero una vez más levantó su vista y está vez, aquel resplandor había sido tapado por una delgada mano. Él curioso la tomó y cuando se pudo parar, miró a su hermano. Él sostenía su mano, luego habló:

— ¿Estás bien?

— Si. — clavó los ojos gris verdoso en Engel. — No importa realmente.

— Estás sudando y mucho más pálido de lo normal, no creo que estés bien.

— Eso no importa, ¿Sí? — Timothy como pudo le arrebató sus cosas y, sin dudar camino, esperando a que su hermano le siguiera. ¿Vendrás?   opinó.   Hoy creo que vienen unos psiquiatras a dar una pequeña explicación de sus instalaciones del hospital.

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Hola, llamadme Ángel de papel o Beret. Generalmente no suelo escribir mucho sobre mí, porque es algo que no viene al caso. Pero, les contaré, tengo diecinueve años. El catorce de Junio cumpliré los veinte, mi sueño a cumplir es: Escribir una novela o algún libro; casi siempre, me inspiro en escribir en personajes de Animes, como es el caso de hoy: "Ángel de papel" me inspiré en el personaje femenino de Naruto, Konan. No soy profesional escribiendo , pero intento mejorar cada día de mi vida. Acepto tanto criticas malas como buenas, así me ayudan a mejorar un poco en la escritura. También acepto ideas para escribir algo nuevo. :D Por lo general, siempre escribo las ideas que se me vienen en la mente, después, les doy forma. O a veces, las escribo tal y como están en la mente.

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