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17 min
La mirada vacía 3 de 7
Suspense |
03.04.13
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Sinopsis

Son siete entregas y esta es la tercera. No puedo apresurar la acción, cada cosa en su momento, y que ya están escritas las siete entregas :))

La sugerencia le pilló a contrapié, ¿se refería solo a la carrera o la invitación iba acompañada de una segunda intención? Danza de serpiente, pero que bien bailaba.

    —Tendría que mirar mi calendario, ahora mismo no puedo decirte —era una excusa válida.

    — ¿Pero te gustaría? –insistió ella.

    —Claro, estaría bien –empezaba a sentirse torpe.

    —Un fin de semana para alejarnos de todo, los dos juntos. A mí me suena delicioso.

    Tenía que escapar de la trampa.

    —Y a mí. Es curioso esto de las motos.

    Abril tomó un trago, momento que él aprovechó para admirar su cuerpo. Realmente lo tenía todo bien puesto. Ella dejó la jarra sobre la mesa y cruzó las piernas.

    — ¿Por qué lo dices? —preguntó.

    El vestido se le había subido hasta límites insospechados. Javier se concentró en sus grandes ojos pardos, esperando que ella no se fijara en sus vaqueros.

    —Porque aunque no se conducir una moto siempre acabo relacionándome con moteros —contestó con un amago de risa.

    Entonces le habló de su vecino Luis, que se había caído de una Honda y al que le habían llenado una pierna de clavos. De cómo le invitaba a su casa para tomar unas cervezas con aceitunas y berberechos mientras contemplaban las carreras por la televisión. La baja le había durado un año, de manera que le puso al tanto de marcas, modelos y cilindradas. También le contó del pub de moteros donde paró durante casi dos años, fruto de la casualidad. Le pillaba de paso al salir del trabajo, antes de ponerse por su cuenta, de camino al metro no había otro y se tomaba una cerveza antes de regresar a casa. Lo regentaba un tipo alto con barbas, no recordaba su nombre, que había sido ingeniero en la Bazán y que un buen día se hartó de la burocracia y abandonó su cómodo trabajo y de paso a su familia para irse con su flamante Harley de cuero negro repujado y cromados relucientes, y con una sueca despampanante que quitaba el hipo a la clientela cada vez que asomaba por el pub, con la que, entre botella de Bud y lingotazo de Four Roses, compartía la vida y la carretera.

    —Y ahora te he conocido a ti —concluyó.

    — ¿Tomamos otra? –preguntó Abril.

    Luego la conversación desbarró hacia el terreno personal. Él le contó que llevaba dos años divorciado, que tenía un hijo de quince años, y que no tenía pareja, callándose la existencia de la Carioca. Ella le habló de su fugaz felicidad matrimonial, rota por la muerte de su hijo de tres años a causa de una insuficiencia cardiaca, y de su posterior divorcio. No eran buenos recuerdos y la tristeza desoló su mirada mientras rememoraba. Que ahora se dedicaba a disfrutar de la vida. Y dejó de hablar para colocar sus brazos alrededor del cuello de Javier y atraerlo hacia su boca para besarlo.

    Hacía tiempo que no le besaban así, y todos sus sentidos se desbocaron. Respondió al beso y aferró la cintura de Abril. Quería acariciar sus piernas, pero los vítores lanzados desde una mesa cercana le contuvieron. Ella continuó besándole, pero cuando comprendió su turbación se separó y fijo en él sus ojos grises.

    — ¿Me acompañas a casa?

    El pajarillo sucumbió a la danza.

 

    Tenía gracia que a sus cuarenta y cinco años siguiera reaccionando ante las mujeres como un adolescente, al menos frente a cierto tipo de mujeres. Apenas había bebido alcohol durante el fin de semana, pero sentía la cabeza embotada. Lo cierto es que no había dormido mucho, Abril era mucha Abril. Y él había cometido un error. Bueno, en parte si y en parte no. Apenas la conocía, era testigo en el caso de Sasha y no estaba seguro de que fuera el tipo de relación que le convenía en ese momento. Si todo se hubiera reducido a un fin de semana, un “qué bien lo pasamos y hasta luego”, no supondría un problema. Pero ella quería verlo de nuevo, no terminaba de entender el por qué. Una tía de pasta larga, a juzgar por el chalet que poseía, se movía en otro ambiente, eran más las diferencias que los separaban que las coincidencias que los acercaban. Jugaba al golf, apenas tenía libros, desempeñaba un trabajo que a él le daba repelús y daba pocas muestras de emotividad. Sí, le gustaba viajar, comer bien y follar, aparte de pasear con su Harley, pero definitivamente no era su tipo. Sin embargo en la cama era genial, incansable, divertida, morbosa, casi sublime. Y su influjo aún no le había abandonado, si en ese momento lo llamase acudiría a su lado. Tenía que distanciarse del fin de semana para pensar con claridad.

    Además, se suponía que a él le gustaba la Carioca, y mucho. Y encima se lo iba a notar, que las pillaba al vuelo. El móvil vino a sacarle de su ensimismamiento. Era Galo.

    —Dime.

    —Quedemos.

    — ¿Hay noticias de Sasha?

    —No, pero tenemos que hablar.

    — ¿Cuándo quedamos?

    —Esta tarde, en la taberna irlandesa.

    —Vale, ¿a qué hora?

    —Sobre las ocho. Te dejo, que estoy liado. Hasta luego.

    —Bueno, alguna buena idea se le debía haber ocurrido a su amigo. No había noticias de Sasha, pero habría averiguado algo que les sirviera para avanzar en su búsqueda. Ya se enteraría. Tenía que terminar la portada en la que estaba trabajando, la había descuidado y el tiempo se le echaba encima. Anotó en su cabeza que no debía quedar con nadie para el sábado, que quería dedicar a Marisa. En cuanto a la Carioca, mejor no contarle nada sobre el fin de semana. Se excusaría con dolor de cabeza, que ni recordaba ya cuando le había dolido por última vez, pero serviría para que ella no desconfiara, temía su intuición.

    Esta vez se trataba de una portada para un libro de economía, un rollo de esos infumables, incapaz de entenderse por los legos en la materia. Y además, mal pagado con la excusa de que se trataba de un compromiso. Se lo habían endosado como paquete junto a otros dos pedidos, pero era el primero que tenía que entregar. Había utilizado una fotografía nocturna de baja velocidad enfocada sobre la Castellana, con una escalera descendente sobrepuesta. El libro ponía a parir a las acciones de alto riesgo, según le habían dicho.

    La Carioca apareció mientras retocaba los últimos detalles, llevando ese vestido azul celeste que a él tanto le gustaba.

    —Hola. ¿Qué haces?

    —Aquí, terminando esto, que corre prisa.

    —Ella se colocó detrás de él y apoyó los brazos sobre sus hombros. Javier sintió la tibieza de su cuerpo, su aliento acariciándole la nuca.

    — ¿Te vienes a desayunar? —preguntó ella.

    —Casi que lo dejamos para el aperitivo. Tengo que acabarlo.

    — ¿Y me vas a dejar desayunar sola? —su voz surgió extrañamente cálida.

    Javier giró el taburete, colocándose frente a ella, y puso las manos sobre su cintura. Percibió como a  ella se le erizaba la piel.

    —He quedado con Galo a las ocho. Parece que tiene algo que contarme. ¿Te gustaría acompañarme? Creo que no estoy manejando bien todo este asunto.

    La Carioca le miró fijamente, con un relámpago de comprensión en sus ojos de intenso marrón, casi negros, intuyendo lo que podía ir mal. Lo besó en la boca, lentamente, con ternura, expandiendo poco a poco el incendio de su afecto, dejando que las sensaciones los fueran invadiendo. Un beso largo, profundo, casi desesperado, en el que sus labios inventaron un universo de caricias y sus lenguas conversaron en el lenguaje del amor secreto. Se detuvo el tiempo y abandonaron todas sus percepciones en aquel beso insondable entre el que fluían sus anhelos. Finalmente, tras unos minutos que se les hicieron deliciosamente largos y deliciosamente mágicos, ella se separó y volvió a mirarle a los ojos.

    —Claro, iré.

    — ¿Y si sale mal? Lo nuestro, quiero decir. No deseo perderte —musitó él, expresando sus temores.

    Ella le contestó sin apartar la mirada, con una seriedad y una ternura que le salieron del alma, desbordando la pasión en sus palabras:

    —No me perderás.

    Se miraron en silencio, arrojando por el iris todos sus sentimientos, apenas contenidos los sentidos.

    —Y ahora, —dijo finalmente la Carioca— ¿me acompañas a desayunar?

    —Pues claro —concedió Javier, no iba a dejar que una maldita portada sobre economía les rompiese la magia.

 

    La mirada inquisitiva de Galo examinó detenidamente a la Carioca,  le gustó lo que vio en el fondo de sus ojos.

    —Es un placer —y le estampó un beso en cada mejilla—. Sentaros. ¿Qué queréis tomar?

    Pidieron unas Guinnes.

    — ¡Cuéntanos! —espetó Javier, que estaba impaciente por conocer las nuevas.

    —Tampoco hay prisas –protestó Galo, que estaba intrigado por la presencia de la Carioca y no apartaba su mirada de ella.

    Javier captó su curiosidad.

    —Quid pro quo –—dijo riendo.

    —Está bien —concedió Galo—. Yo primero, lo pillo. Bueno, no voy a presuponer ninguna dejadez en la investigación por parte de mis compañeros, pero supongamos que alguien vio algo aquella noche. No sé, un portero de los locales cercanos, algún asiduo de los garitos, o cualquiera que pasara por la calle, alguien que no se haya enterado de la desaparición de Sasha, o si lo ha hecho no haya sido capaz de relacionarla con lo que vio. Imaginemos que esa persona no estuvo por aquí mientras los míos indagaban, por lo que sea.

    — ¿A dónde quieres ir a parar? —preguntó Javier.

    —Sabemos que salió del local sobre las cuatro y media de la mañana. Podrías echar un vistazo a esas horas, a ver quién pasa por la calle. Fíjate en todo, furgonetas de reparto, barrenderos, camareros, lo que sea. Posiblemente a algunos ya los hayan interrogado mis compañeros, pero también puede que no. Es que me cuesta creer que nadie viera nada.

    —Joder, Galo, si me ven de plantón al filo de la madrugada se van a mosquear.

    —Llevas razón. Lo mejor será que vigiles desde el coche, una persona en el interior de un vehículo despierta menos sospechas.

    —Ya, solo que aquí es complicado aparcar.

    —Es cierto. Te dejaré mi viejo 21 aparcado y con un permiso especial en el parabrisas, para no tener que moverlo de allí. Veinte o treinta metros más arriba, para que puedas tener una visión del entorno. Haz un seguimiento durante quince o veinte días y veamos que conseguimos.

    —De acuerdo, lo haré —concedió Javier—. En realidad hemos llegado a la misma conclusión, pero desde diferentes ángulos. Yo también creo que por fuerza tuvo que venir alguien por ella, una persona a la que conociera, y supuse que alguna de las coartadas tenía que ser falsa, o que quien fuera se nos pasó por alto.

    —Ya, pero es mucho más sencillo encontrar por aquí a un testigo y que nos dé una descripción de con quién se fue, o del coche que usaron para irse. Tal como tú lo planteas tendríamos que comenzar la investigación desde el principio y no sé si mi influencia llega para tanto.

    — ¿Y qué me dices de los discos duros? Había pensado en hacerlos examinar por un hacker, alguien con la mentalidad necesaria para buscar intrusos en ellos.

    — ¿Le has oído? —Galo se dirigió a la Carioca—. Mira que le tengo dicho que la Científica no es el C.S.I., ya quisiéramos nosotros —luego miró a Javier—. Pues con la informática ocurre lo mismo, que es más sencillo destruir que construir. Te aseguro que si hubiera algo lo habríamos encontrado.

    Pero la Carioca había dejado de escucharlos, fija su atención en la mujer que acababa de atravesar la puerta de entrada y que escudriñaba el local, vestida con pantalón y chaqueta de cuero, con un casco en la mano izquierda. Pelo moreno y ojos pardos, era ella. Finalmente el desayuno con Javier se había alargado hasta la comida, habían hablado largo y tendido, mejor antes que después, de lo que pretendían el uno del otro y de lo estaban dispuestos a ofrecer. Y de muchas cosas más, conteniendo las ganas que tenían de comerse a besos. Y había salido a relucir la aventura con Abril, por supuesto, que si bien se podía considerar una especie de infidelidad a sus propios sentimientos también había servido para que él decidiera hacia donde quería encaminar sus pasos en el terreno sentimental. La Carioca ansiaba que llegara el momento de cruzar el umbral de su casa para demostrarle el raudal de sentimientos acumulados a lo largo de los meses, en realidad rebosaba de alegría, pero “la motera” no dejaba de ser una sombra molesta que en esos momentos la contemplaba con ojos fríos y duros, frotándose la nariz con los dedos de la mano derecha, en un gesto que le resultó familiar. Bien, no estaría de más dejar las cosas claras desde el principio. Interrumpió la conversación de los dos amigos, que ultimaban detalles, rodeando a Javier con sus brazos y plantándole un beso en la boca.

    La sorpresa de Javier se tornó en comprensión cuando divisó a Abril, que le saludó con la mano y se dio media vuelta, desapareciendo del local. Estuvo tentado de salir corriendo tras ella para darle una explicación, pero no era el momento.

    —Esto sí que es una sorpresa —comentó Galo— ¿Debo felicitaros?

    —Supongo que sí —contestó Javier entre risas.

    —Entonces tenemos que tomar otra copa, porque es un día con felicidad por partida doble. Ismael regresa definitivamente a España. Se viene al Ramón y Cajal.

    — ¡Coño, Galo, enhorabuena!

    —Ismael es mi pareja —le explicó Galo a la Carioca.

 

    El sábado siguiente, cuando Javier emprendió su vigilancia, podía decir que, pese a las notas agrias, flotaba en una nube. El jueves había quedado con Abril, para explicar su conducta, pero ella no le había dado la menor importancia, o eso es lo que intentó transmitirle, y se había ofrecido descaradamente para ser su amante cuando él lo deseara, que carecía de celos y que estimaba el fin de semana pasado por ambos por lo estimulantemente sexual que le había resultado,  en ningún momento se planteaba tener una relación afectiva con él ni con ninguna otra persona y lo único que pretendía era disfrutar de la vida,  los sentimientos eran un arma de doble filo que ya la habían herido amargamente al perder a su hijo y desde entonces recelaba de ellos como de la peste. Javier dio por válida la explicación, más por conveniencia que por que estuviera convencido, pues le era imposible entender que una persona pudiera controlar a placer lo que sentía por otra.

    Tampoco resultó como esperaba su encuentro con Marisa. Enojada consigo misma por la debilidad mostrada el sábado anterior se había cerrado en banda, negándose a comentar cualquier aspecto de sus relaciones con los hombres. Pero quince años de convivencia dan de sí para conocerse mutuamente, y con tacto y paciencia Javier logró encauzar finalmente la conversación por los derroteros que pretendía. Ella comenzó a desahogarse acusando a los hombres de buscar solo sexo y no ser capaces de valorarla como persona, no pretendía encontrar pareja, bueno, si lo pretendía pero también se conformaba con una relación en la que todo no fuera la cama, en la que alguno fuera capaz de escuchar lo que decía y lo que pensaba antes o después de quitarla la ropa. Lo malo es que terminó acusándolo de ser el culpable de haberla convertido en una persona falta de autoestima, y que los hombres se daban cuenta y por eso se aprovechaban de ella. Incapaz de llevar la conversación a un terreno positivo no le quedó más remedio que escuchar estoicamente sus recriminaciones, su maldita empatía empujándole a sentir mala conciencia, pues estaba convencido de que cuando una relación se rompe la culpa es, en mayor o menor medida, de ambas partes. Para terminar de arreglarlo ella estalló en llanto y le pidió que se fuera, que la dejara sola. En ese momento hubiera podido confortarla, rodearla con sus brazos y tranquilizarla, pero el precio a pagar era demasiado alto, porque tras las palabras de consuelo ella habría pretendido las caricias y los besos, y no podía permitir que se forjara falsas ilusiones. No, Marisa debía encontrar su propio camino, lo que le jodía es que no ser capaz de hacérselo comprender. Así que se fue de su casa con mal sabor de boca, con la sombra de la culpa siguiéndole los pasos, sospechando que su visita le había hecho más mal que bien.

    La otra cara de la moneda venía de la mano de su amor recién estrenado. Las cuatro décadas vividas por la Carioca habían servido para cultivar a una mujer deliciosamente increíble. Era consciente de que parte de su euforia estaba causada por la química del enamoramiento, pero se creía capaz de extrapolar ese factor y seguir afirmando que se trataba de una mujer con unas cualidades embriagadoras, una flor que le abría sus pétalos y le atrapaba con sus perfumes. Divertida, conversadora amena a la par que incisiva y con una tremenda capacidad para interpretar y comprender las opiniones ajenas, sin llegar a la identificación como hacia él a causa de su fuerte empatía. Sin poseer un cuerpo escultural ni un rostro especialmente agraciado, emanaba un halo sensual que la dotaba de atractivo, tanto a su gracioso semblante de intensos ojos oscuros y mirada traviesa como a su cuerpo moreno rezumante de feminidad. Afirmar que el sexo con ella resultaba gratificante era decir poco, sabía imbuir de magia el entorno abriendo el camino del deseo, que bajo sus besos y caricias se expandía entrelazando ternura y pasión con una armonía subyugante. Entre sus brazos cada beso abría un mundo, cada caricia un cielo, y bajo su influjo él se reinventaba como amante. De las entrañas de su calidez humana Javier emergía como una persona mejor.

    Tuvo que apartar sus pensamientos de la Carioca para concentrarse en lo que estaba haciendo. De la taberna irlandesa acababa de salir el camarero. Tomó su libreta, sacó del bolsillo el Pilot y anotó quien salía y la hora.

Registro de la propiedad intelectual en safecreative

en Twitter @enderJLduran

http://www.facebook.com/JoseLuisDuran.ENDER y http://ee-ender.blogspot.com.es/

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  • Un episodio sentimentalmente movidito para Javier. Me sigue gustando.
    Los personajes se definen cada vez más por oposición. La sensualidad casi primitiva de Carioca -he sentio en mi boca ese beso espléndido que ella le da a Javier-, se opone a la sexualidad de corte masculino de la motera. También están construidos Javier y Galo por oposición de carácter y de orientación sexual. Pero, lo que más me ha gustado ha sido la forma de antear los diálogos, los últimos, agilísimos, utilitarios dentro de la trama, sin guión ni descripción.
    Me encanta cómo expones los sentimientos de Javier. Vemos cómo se van consolidando según avanza el relato. Muy inquietantevel triángulo amoroso.
    Estupendo amigo Ender. Algo de lo que dices en tu sinopsis puse en una de las mías, pero ha sido coincidencia, no plagio. Por otro lado la historia me encanta. Cuando uno habla de literatura de suspenso la mnayoría de los autores (me incluyo) se vuelcan completamente al caso y a las pistas que lo resolverán, pero tú juegas con tus lectores y le muestras paisajes más amplios. Te felicito por esta nueva entrega
    Tal y como había imaginado, este Javier no pierde el tiempo y su relación con Abril y sobre todo con la Carioca alcanza altos niveles pasionales. Literariamente, este capítulo es el mejor hasta el momento. Muy logradas por su lirismo y poderío descriptivo las escenas con la Carioca. Al final hasta nos vamos a olvidar de Sasha, perdidos con Javier en su triángulo fatal.
    "De las entrañas de su calidez humana javier emergía como una persona mejor". Me encanta la frase y otros muchos detalles del relato. La observación de "La Carioca" sobre los dedos que frotan la nariz de la motera...jeje. Que mal me huele esa chica, por cierto. Y no me refiero a su perfume. Pues nada, de nuevo atrapado en uno de tus relatos, y a la espera de más. Por cierto Ender, y creo que ya lo hemos comentado alguna vez: Conste que a mí me gusta mucho la narrativa de descripción, mi comentario al capítulo anterior se debía a que viniendo de ti, que enseguida entras en la acción, me extrañó tanta espera. Por lo demás la historia está estupenda, casi casi como la motera. Saludos.
    Sigo esperando saber algo sobre el paredero de sasha :) hasta el momento excelente historia
    Me ha encantado ender, ya estoy con el " mono" del cuarto. Del relato me quedo con un detalle, ya no sólo como mueves a los personajes como marionetas sino en cómo me has sacado una sonrisa y me la has quitado de golpe. Momento Javier tonteando y acordándose de la Carioca y muerte del hijo de Abril. Brutal !!!
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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