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9 min
La montaña de Azrael (I): Balas de Tabah
Ciencia Ficción |
03.05.19
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Sinopsis

El rey Jav II ha muerto sin hijos. En su testamento están las instrucciones para poder convertirse en su sucesor. Con las instrucciones en la cabeza, miles de personas han peregrinado a su planeta natal, Olandis, para hacerse con la corona.

Llevad vida con vosotros y esa vida os será entregada. 

Primera instrucción. 

 

Recuerdo muy bien el frío que pasé en nuestra cuarta noche de viaje. Pocas veces me había enfrentado a un frío de esa envergadura: Las colinas se helaron al caer el sol, la hierba crujía al pisarla, el río que recorría la cima se había congelado, todos tiritábamos: y aun así, habíamos salido de nuestra tienda para fumar Balas de Tabah. 

Hakenji sacó de su bolsillo una pequeña bola arrugada y, con un gesto rápido, la rodeó con un pequeño anillo metálico. El anillo empezó a arder y la pequeña bola se convirtió en un fulgor naranja en medio de la negrura. El vapor emergió al cabo de un rato, y después de inhalarlo, le pasó la Tabah a Vil. “Pasar” era el término coloquial que se usaba en el Cúmulo Central, pero no el más específico para describir lo que hacía la Bala: Flotaba en el aire, paciente, mientras esperaba la orden del fumador para volar hacía la siguiente persona. 

    — Joder, que frío hace. — maldijo Hakenji mientras daba saltos sobre la hierba. 

La bala se posó delante de mi. Había un leve temblor en su postura, como si estuviera impaciente. No podía consumir esa noche, así que negué con el dedo y la Tabah se acercó a mi nariz en un instante. No me molestó. Las Balas eran muy insistentes, pero agradecí el calor que me daba su proximidad. Se acercó un poco más pero no me moví. A esa distancia parecía amenazadora. Mucha gente no soportaba esa cercanía y la Bala los perseguía por donde fueran. Era una escena divertida de ver. Le dije que no y volvió a Hakenji. 

    — Es una persona generosa, capitán. — Agachó la cabeza en un gesto de agradecimiento.

    — Habéis hecho un gran trabajo estos días. — contesté con sequedad. 

    — Llevamos un buen ritmo pero parece que no es suficiente. — murmuró Vil. 

Los cuatro miramos hacía los picos de Azrael. Las cimas estaban nevadas y a pesar de la profunda noche podíamos verlas, como si fueran sombras blancas. Entre ellas y nosotros sobresalían varias colinas, y en ellas, se podían observar dos campamentos como el nuestro. A nuestras espaldas, había muchos más. 

    — Podríamos intentar recortar distancias esta noche. — propuso Jackson mientras se agarraba los brazos con fuerza. 

    — Queda mucho para empezar a hacer locuras. — le contesté con autoridad. El viento rugió entre las montañas, inundó toda la ladera y nos obligó a detener la conversación. 

    — Cada vez que cae la noche me lamento de estar aquí. — comentó con una risilla Jackson. 

    — Jackson, tu cinismo me supera incluso cuando voy colocado. — le espetó Hakenji. Reí y todos se permitieron imitarme. 

La luz tibia de la luna se unió a nuestra conversación. Agradecí su leve contacto ya que me permitió ver los rostros cansados de mis compañeros. Sus ojos miraban hacia dentro, vacíos y apagados. Apenas se cruzaban con los de los demás. Estaban perdidos en el suelo o en el horizonte. 

Quise romper el silencio pero una voz desde la tienda lo hizo por mi. 

    — ¿Tabah? ¿De verdad? ¿Esto está permitido? — preguntó con sorpresa Lara. 

    — Me parece de muy mal gusto que no nos hayáis dicho nada. — Silvia los fulminó con la mirada. Hakenji levantó las manos y sonrió. 

    — Me pensaba que estabais durmiendo.

    — Tampoco estamos tan cansadas.— le contestó Eredia, con rabia.

Se unieron al círculo. Llevaban vestidos largos, de seda lisa. Las colas se arrastraban como serpientes y tanto sus brazos como hombros estaban al descubierto. Volví a mirarlas, confuso, y me percaté de la fina película que recubría su piel. Estaban utilizando los equipos de contención térmica. Sonreí, siempre eran más listas que nosotros. 

La Tabah se emocionó al encontrar nuevos fumadores y se abalanzó sobre ellas. Lara reculó, preocupada. 

    — Está permitido, Lara… Solo que no lo digas muy en alto, y menos de noche. — le advertí. 

    — Lo entiendo, capitán. 

Cuando todos acabaron de fumar empecé a contar una de mis historias. Era una pequeña tradición que había instaurado durante las noches. Hablaba de mis viajes en los planetas externos, sobretodo de los días que pasé en Goboda; una de las mejores épocas de mi vida. Solía introducir una gran cantidad de anécdotas divertidas, ya que ayudaban a relajar el ambiente. 

Estallaron en una carcajada y los observé mientras reían. Vi sus miradas cruzarse con aquellos que consideraban sus amigos íntimos. Era una acto inconsciente pero lleno de información que me permitía tener control sobre las relaciones en el grupo.

Nadie me miró a mi. 

Al cabo de un rato todos se dispersaron por la colina para disfrutar de los efectos de la Tabah. Antes de entrar en la tienda, advertí a Hakenji en la cima de la colina, agachado y con los brazos abiertos, en plena pose de devoción. 

 

La tienda era más grande por dentro, considerablemente más. Era algo común en esa época; incluso la gente más pobre tenía pequeños espacios dimensionales propios. Aun así, nuestra tienda era una dimensión viva, un espacio creado para generar nuevas especies. 

Recorrí el único camino de piedras que conectaba la entrada con un claro. En el centro, recogido por la abundante vegetación, había pequeño charco, de no más de tres metros de anchura. Los árboles se alzaban, imponentes, hacía los tres pisos que formaban la torre. Arriba en la cúspide, brillaba la luz plateada del Artefacto. 

Vi algo removerse debajo del agua. El pequeño túmulo se fue acercando a la orilla hasta detenerse a mis pies. La cabeza de Anorath emergió y contemplé el pelaje que recubría toda su espalda. La pequeña manta raya era la primera criatura que había nacido allí. 

    — ¿Cómo van nuestras criaturas?— le pregunté con toda la calidez que pude. 

    — Bien, amo. Siguen creciendo. — Su voz resonó en mis pensamientos. Dolía. Era como un aguijón que se incrustaba en lo más profundo de mi cerebro. 

    — Bien, bien… asegúrate de que los depredadores nazcan después que los demás. — Anorath se sumergió y volvió a emerger; era su forma de decir que lo comprendía. Me dispuse a ir a la cama pero la voz del pez me detuvo. 

    —  Amo ¿Donde estáis cuando no estáis?

    — ¿Cómo?— pregunté, confundido. Anorath solía mostrar dificultad para expresarse. 

    — Cuando vais fuera, ¿Donde estáis?

    — Fuera, en otro mundo… No es un lugar agradable. No es un lugar para vosotros. 

Noté un vació frío en el pecho e inspiré hondo, para llenarlo. Odiaba esa sensación de abandono. Las lágrimas amenazaron mis ojos y tuve que contener un sollozo. Me agaché y empecé a acariciar el lomo del pez. El pelaje era suave y denso: me relajó. 

    — Es hora de irnos a dormir. Cuida de los bebes, ¿De acuerdo?— la voz se me iba a romper en cualquier momento. 

    — Si, amo. — Anorath se sumergió y vi la aguja de su cola vibrar antes de desaparecer en la profundidad de la charca. 

Me dirigí a la rampa que conectaba con los pisos de la torre. Subí en silencio entre los árboles mientras intentaba recuperar mis ánimos. Los troncos dibujaban sinuosas curvas que se adentraba en el camino, y alguna vez tuve que saltar sobre ellos. 

La torre estaba hecha de madera violeta, y la luz del Artefacto destellaba en su superficie, como estrellas en el cielo. La tienda parecía una cueva llena de amatista en esos momentos de tórpida luz.  

A pesar de todo llegué a la última planta en tres minutos. El motor del Artefacto zumbaba encima de mi. Me adentré en un rincón oscuro, lleno de maleza, y allí escondido, encontré el pomo que buscaba. Lo examiné con cuidado, hasta que una voz me sobresaltó. 

    — ¿No es un poco pronto para comprobar eso? — me preguntó Vin. 

    — Bueno, nunca se sabe como reaccionará la gente…

    — Y tu deber es asegurarte de que nadie intente huir.— dijo, interrumpiéndome. Esbocé una leve sonrisa. 

    — Mi deber es cumplir su objetivo, mi señor. 

Vin ladeó una mano como si no le diera importancia a lo que acababa de oír. 

    — ¿Esta forzado?

    — No, señor. — Me giré y vi como su pose permanecía recta e imponente. — ¿No está drogado?

Deslizó una manga de su jersei y vi tres venas negras palpitar en su antebrazo. 

    — Liquens de Armeus. Neutralizan la droga. Es un buen sistema cuando temes tanto a las Tabahs que no puedes evitar fumar. 

    — No son tan peligrosas, mi señor. — dije, divertido. 

    — Matan a gente a veces. 

Me hundí de hombros. 

    — Suelen ser bestias sin consciencia, mi señor. — vi como sus cejas dibujaban una curva de asombro. — No la he traído para hacer daño a sus aliados. Yo no mato. 

    — ¿A no?— preguntó con un deje de sorpresa en su voz. —Entonces, ¿Para que son los cristales?— Rocé los seis cristales que rodeaban mi muñeca. Había tres en cada una, atadas a un anillo dorado. — Buenas noches, Alan. — dijo con otra sonrisa de oreja a oreja. 

    — Buenas noches, mi señor. 

 

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  • Muchas gracias por tu comentario, me alegro de que te haya gustado. Espero que dentro de poco pueda publicar la segunda parte
    Muy lindo relato amigo, me gusta. La sinopsis es interesante y lo poquito que leí me atrapó. Particularmente me gusta cuando un relato arranca con una situación en sí, sin mucha explicación, dejándole al lector que vaya averiguando todo por sus propios medios a medida que el escritor nos va proporcionando las escenas. Muy bien relatado.
  • El rey Jav II ha muerto sin hijos. En su testamento están las instrucciones para poder convertirse en su sucesor. Con las instrucciones en la cabeza, miles de personas han peregrinado a su planeta natal, Olandis, para hacerse con la corona.

    Un viaje cualquiera entre Barcelona y Valencia. Nota: No sabía muy bien en que categoría incluir este pequeño relato. Si alguien tiene una sugerencia mejor que me lo haga saber. ¡Gracias!

    Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

    En un planeta condenado, dos encapuchados aparecen.

    Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

    Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

    Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

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¡Hola a todos! Me llamo Josep y soy estudiante de Medicina. Desde siempre me ha gustado leer y escribir, sobretodo para relajarme y despejar mi mente. He decidido, después de que me animaran mucho, a publicar las cosas que escriba. Gracias por pasarte!

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