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6 min
LA MORGUE
Terror |
16.12.17
  • 4
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  • 1491
Sinopsis

Chocó sin frenos contra un camión y quedó bajo el remolque dentro de un coche arrugado como un acordeón. No podía mover nada, ls costillas rotas apretaban los pulmones e impedían respirar con normalidad, en un momento dado el doctor Hermida certificó la defunción. Su traslado urgente para despejar la carretera fue a la morgue situada entonces en el hospital de San Carlos. Edificio construído en el reinado de Carlos III 1759- 1788 en honor de San Carlos Borromeo ampliado por Isabel II funcionó como centro de salud hasta 1978. Hoy es objeto de estudio por parte de grupo de psicofonías y estudiosos de la parapsicología.

LA MORGUE DEL HOSPITAL DE SAN CARLOS

José María Vidal Puertas venía de Murcia y se dirigía a Madrid a buscar alojamiento cerca de la Universidad Complutense, su sueño era ser médico y estaba dispuesto a realizarlo, trabajaría de camarero o de lo que fuera, y si se hacía necesario vendería el viejo Seat que le había regalado su padre.

Cuando estaba entrando por el norte de Aranjuez para cruzarlo, un camión de cinco ejes que había adelantado al principio de la pendiente comenzó a adquirir velocidad. Más y más velocidad, el conductor pisaba el freno con todas sus fuerzas sin que ello hiciera ningún efecto. El camionero comprendió que no pasaría el arco, debía frenarse contra los coches aparcados, los árboles o alguna edificación. Cuando se decidió a dar el volantazo ya era demasiado tarde para esquivar al pequeño Seat oscuro que tenía delante.

José María ni tan siquiera intentó escapar cuando el enorme camión apareció en su espejo, era inútil. La cabeza tractora le pasó encima y continuó varios metros circulando todavía, pero el remolque aplastó el pequeño coche arrugándolo como un acordeón.

El camionero, Julián Robleño, vecino de Ocaña y con una dilatada experiencia comprendió que había salido ileso, como también entendió perfectamente que había sido gracias al coche que había pasado por encima.
José María podía mover nada, las costillas rotas apretaban sus pulmones y le impedían respirar con normalidad, comenzó a perder la vista, todo era oscuridad mientras alguien le movía con brusquedad manteniendo un cierto ritmo. Dos enfermeros trataron de reanimarle durante un buen rato sin éxito, sus constantes habían cesado por completo. Finalmente el doctor Hermida certificó la defunción.
Su traslado urgente para despejar la carretera fue a la morgue situada entonces en el hospital de San Carlos.
Los documentos del juez ordenando la autópsia no habían llegado, pero el forense don Carlos Ruiz Zapata no esperaría, pues tenía cosas que hacer y además deseaba estar en su casa especialmente hoy que celebraba su aniversario de bodas, así pues dispuso todo para abrir el cadáver del joven.
Hundió el instrumento en la carne y dibujó una “Y” cuya base estaba en el abdómen y las dos incisiones en ángulo abierto subían hacia los hombros. Su mano se detuvo al ver sangrar profusamente por las incisiones. Un tanto nervioso, don Carlos consultó la hora que indicaba el certificado y decidió llamar al doctor Hermida.

Hermida le aseguró que no había detectado signo vital alguno, de eso hacía unas dos horas, quizá por eso la sangre al estar aún caliente se deslizaba, pero no significaba que circulase. Además, dijo tras un incómodo silencio, si estuviera vivo no te hubiera dejado rajarle en silencio, ¿no te parece querido colega?

Don Carlos colgó el auricular pensativo, finalmente decidió esperar y fue a las cocinas a tomar un café o un caldo si quedaba. Estaba seguro que al volver la sangre, ya enfriada, no saldría y podría separar tranquilamente las costillas, continuando así la autópsia. Miró el reloj del pasillo, era pronto aún, en unas dos horas estaría en casa. 
Al recorrer los pasillos vio a su derecha una pareja que se levantó nada más verle.

—¡Doctor! soy la hermana de José María Vidal, ¿tardará mucho? —Preguntó una joven a la con los ojos irritados por haber estado llorando—, estamos esperando para trasladarle a Murcia lo antes posible, queremos que sea allí el velatorio.

Don Carlos no contestó, estaba pensativo, como si no estuviera allí. Una y otra vez le asaltaba la imagen del joven que tenía en la morgue sangrando por las incisiones. Estuvo a punto de darse la vuelta y echar a correr, entrar de nuevo en la sala de autopsias, suturar los tajos y esperar al menos un día completo antes de proceder a abrir de nuevo. Pero sobre todo esperar a estar más… tranquilo y seguro antes de diseccionar el cuerpo del joven murciano.
La hermana y su novio le estaban mirando embelesados, como si fueran a recibir una noticia de última hora, ella no paraba de sollozar. Finalmente Don Carlos les dio el pésame y dijo:

—Estará listo en unas tres horas.

El doctor se tomó más de una hora de descanso antes de regresar al trabajo, cenó tranquilamente en las cocinas y se sirvió dos tazas de café bien cargado. Se aseó concienzudamente como para quitarse la gran inquietud que le asaltaba.

Cuando por fin volvió a la sala de autopsias y abrió la puerta que había cerrado con llave quedó petrificado sin atreverse a traspasar el umbral. El recipiente metálico que recogía la sangre que resbalaba por los canales de la camilla estaba rebosando y se había producido un charco en el suelo.
Don Carlos tragó saliva, se sobrepuso como pudo y decidió retirar rastro de aquel macabro suceso. Vació el cubo metálico en el fregadero y pasó una bayeta por el charco hasta que desapareció. Durante toda la maniobra de limpieza no había mirado el cadáver ni una sola vez. Y así continuó durante un buen rato, el tiempo que necesitó para cumplimentar el informe sin retirar los órganos. Realizó la sutura con suma rapidez y procedió a aserrar el hueso craneal, sin extraer nada volvió a colocar la tapa y suturó casi sin mirar. En el informe hizo constar lo propio de una muerte violenta por impacto en accidente de tráfico.

Recogió todo y se dispuso a marcharse, no quería saber nada más de aquel cadáver, diría a su familia que se lo podían llevar para que llamar al coche funerario y desapareciera de allí.

Antes de salir debía cubrirlo con la bolsa, fue al realizar esta tarea cuando volvió a tragar saliva y quedar fijamente mirando a los ojos del chico, no podía creer lo que estaba viendo.

¡Estaban bañados en lágrimas!

Aquello significaba que debía de haber estado consciente mientras le practicaba la primera incisión, después se había desangrado lentamente mientras él cenaba con tranquilidad.

Tratando de no calcular el grado de dolor que debía de haber soportado aquel joven salió de la sala de autopsias y abandonó el hospital por una salida que le evitaría cruzarse con la hermana del finado.

El doctor Carlos Ruiz murió en extrañas circunstancias un mes después de aquel suceso, jamás volvió a dormir hasta el día de su muerte.

El hospital ha sido objeto de diversas investigaciones con equipos de filmación especial y captadores de psicofonías. Hay quien asegura que el sótano tiene vida propia, ocupado por muchos… lo que sean.

Uno de los moradores puede ser el joven murciano… pero no está solo.

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  • Muy bueno, sí señor
    Cuantos casos de estos habrán pasado... nunca lo sabremos, habrá que estar pendientes de muertes de médicos en extrañas circunstancias.... me gustó. Un saludo
    Me gustó!! Te eriza el pelo de la nuca!!! Felicidades!!
  • Recuerdo del primer amor.

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Me gusta escribir, escuchar y leer. Vivir sin prisa y sobre todo observar el amor para aprender de él.

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