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5 min
La muerte de Isabella.
Drama |
04.02.18
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Sinopsis

ESCENA UNO

 

Cuando la joven que hacía el aseo del apartamento No. 3E del Edificio Bastille, abrió la puerta, encontró a la Señora Isabella ataviada con un vestido sastre y un collar de perlas. Sentada en actitud solemne, frente a dos tazas de té. Una para ella y otra colocada en el puesto de su derecha, puesta allí como para un camarada invisible. En el reproductor de CD se escuchaba Gymnomatopédie No. 1, de Erik Satie.

La chica, tuvo cuidado de no hacer notar la intensa impresión que le provocó aquella extraña vista y después de dar los buenos días, se puso a hacer su trabajo, tarareando la canción de moda, para intentar relajarse.

Lo que la joven que hacía el aseo había presenciado allí sin saberlo, era la escena de una obra en la que la Señora Isabella representaba al personaje secundario. Y es que todos los jueves por la mañana la anciana ensayaba la escena de su propia muerte.

La señora, que había sido actriz de teatro hasta hacía una década, ya sumaba los 70 años. Llevaba muchos padeciendo neuralgias, pérdida parcial de la visión, llagas que no sanaban y cada uno de los dolorosos malestares que provoca la diabetes mellitus. Aunque todos sus males los afrontaba con dignidad, la anciana, podía sentir que el reloj de arena que señalaba el tiempo de su destino, agotaba ya sus últimos granos de polvo.

Por las tardes se sentaba frente al espejo de su recamara. Miraba sus canas y sus arrugas sin asomo de maquillaje, se sonreía, se hacía un guiño y se despedía de ella misma.

La señora Isabella no tenía miedo de la muerte. Había sabido vivir. No sobrevivir, como muchos se han resignado a llevar su existencia. Así que todos los jueves a las 8:00 am se vestía de acuerdo a la ocasión. Si la muerte llegara cuando ella tomaba el té, la recibiría vestida con elegancia que ostentaba Audrey Hepburn, interpretando a Holly Golightly en Breakfast at Tiffany´s. Quizá su hora llegase mientras lavaba la ropa; así que para estar preparada había colocado en la lavandería una butaca estilo Luis XVII. Así se tendería en ella de manera dramática, si la muerte le sobreviniera allí. Solo la escena en la cual esperaba la muerte en su cama, le atemorizaba un poco. Entre las sábanas asomaba solo sus ojos a hurtadillas, en la penumbra y le parecía que la muerte con ojos de cuervo hambriento la observaba atentamente, mientras ella se hacía la dormida.

ESCENA 2

La muerte, sabiéndose aguardada, se desanimaba un poco en ocupar su sitio como actriz principal de la escena y orgullosa, se hacía esperar. Y es que parecía disfrutar del efecto sorpresa que producía a los hombres su llegada, efecto del que ahora la Señora Isabella le obligaba a prescindir. Así que, mientras la anciana le esperaba, practicando para el clímax de la obra, se vistió de rojo escarlata y se puso a jugar a La Brisca (juego de barajas) con La Providencia (dama vestida de azul, con tiara de estrellas). Sin embargo, la providencia no le dejaba ganar la partida.

Después de muchas rondas por fin le llegó el turno de ganar a la muerte. Las jugadoras quedaron sin cartas y el recuento de puntos favoreció a la dama de rojo, que aun cuando en su rostro los ojos se mostraban vacíos, dejó ver una sonrisa triunfal en sus labios pintados con color púrpura.

En ese instante Isabella, que troceaba manzanas en la cocina de su apartamento, sintió un brusco dolor en su corazón. Pero solo duró unos segundos. Supo que había llegado su hora, y se molestó un poco de que aquella escena con las manzanas no la hubiera practicado…

Pasaron por su mente, imágenes de su propia vida, donde se veía a ella de niña, mecerse en un columpio, correr con sus hermanos hasta rabiar de la alegría, de su juventud cuando la ensordecían los aplausos de sus admiradores, de cuando bailó aquel primer vals con el hombre a quien más amara, de sus agonías en el hospital por causa de la diabetes, de muchos amaneceres y por último de ella misma, troceando manzanas.

La intensidad de una blanca luz rasgó el telón de las tinieblas de la vida, con sus falsedades y desengaños y mostró a la existencia tal cual era. Isabella llegó ligera de rencores para el último viaje y su sangre le dio el tributo al fin implacable de todos los hombres. Entonces, la actriz princial asomo su rostro por la puerta, entró a paso triunfal y como una vieja amiga, le extendio una mano que ella, con humildad, aceptó.

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Disfruto mucho de la buena literatura. Soy colaboradora de artículos para un diario local. De profesión, financista.

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