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12 min
La muerte de un hijo de puta
Drama |
06.02.21
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Sinopsis

Los teléfonos de las oficinas no paraban de sonar y las secretarías corrían por los pasillos. Todo era un inmenso caos y se oían zapatos castigando peldaños escaleras arriba y escaleras abajo. Todo el mundo estaba consternado. Se organizó una junta extraordinaria y el presidente y sus consejeros se reunieron durante horas. Tras mucho silencio y litros de café salieron igual de confusos que al principio. Nadie se atrevía a decir nada. Nadie sabía qué decir. El presidente llamó al despacho al entrenador y, al principio sopesaron reunirse con los capitanes primero, pero al final decidieron hacerlo con toda la plantilla. En los vestuarios, los veinticinco jugadores les esperaban sentados frente a sus respectivas taquillas. El presidente entró cabizbajo junto al entrenador y los dos capitanes. Miró a los jugadores como si fuesen sus hijos y les habló.

-Hola, chicos. Sé que hoy teníais día libre y lamento haberos hecho venir a todos aquí, pero la situación así lo ha requerido. Como muy bien ya sabéis vuestro compañero, el gran capitán ha muerto. Aún no doy crédito a lo que veo en las noticias que se ven en televisión. Ayer estaba hablando con él sobre vuestra última victoria y hoy... Hoy ya no está. Dejando de lado a la gran persona que era, se acaba de ir uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Era único, irrepetible. Uno de esos fenómenos de la naturaleza que suceden muy de vez en cuando y que tuvimos la suerte de ver jugar en nuestro campo durante estos últimos años. Era con diferencia el mejor, el más preparado, era un hijo para mí y un hermano para cada uno de vosotros. La pérdida no se puede valorar. El daño que hará a las generaciones venideras, a las que habría tenido que enseñar todo lo que sabía, y al mundo de nuestro amado deporte es inconmensurable. Me gustaría poder decir algo para animaros, pero no me sale nada, de verdad. Lo siento.

El entrenador dio un paso adelante, se situó al lado del presidente y, tras poner su mano en su hombro derecho, se dirigió a sus jugadores.

-Hemos perdido al gran héroe sí, a la leyenda, pero todavía podemos rendir nuestro más sentido homenaje hacia su persona y a su familia que estará devastada. Cuento con vosotros para demostrar al mundo las más grandes muestras de cariño y emoción jamás vistas en el deporte rey. ¡Cuento con vosotros!

Uno de los capitanes se alineó junto al presidente y al entrenador y tomó la palabra.

-Venga chicos, que vean de qué estamos hechos. Vamos a honrar a nuestro eterno capitán y que el mundo entero recuerde todo lo que aportó a nuestro deporte y a nuestro equipo. Ayudad a vuestro entrenador y a vuestro presidente. ¡Todo por el equipo, todo por el escudo!

Hubo aplausos, gritos y vítores. Ruido de fondo que se fue calmando al tiempo que el entrenador movía sus manos para acallar a los jugadores y tomar la palabra. Entonces Sarte, un defensa ya veterano dio unos pasos al frente y se apartó del grupo; los miraba como si no los conociese, como si hubiese aparecido de repente en aquel lugar sin saber muy bien qué era ni quiénes eran aquellos que le rodeaban. El entrenador le miró.

-Sarte ¿quieres decir algo?- En algún lugar de su corazón sabía que iba a decir algo y temía por ello, pero prefirió darle la palabra a sólo callarle sin más.

-Pero... ¿os estáis escuchando?- escupió por su boca mientras miraba a sus compañeros.- Era un hijo de puta. Era el mayor hijo de puta que ha habido en este equipo. Todos le odiabais ¿Ahora os sale la lágrima? Creo que no he odiado a nadie tanto como le odié a él. Sí, está muerto ¿y? Lo siento por su familia, pero no sabéis cuánto lo agradezco por mi salud mental. No más chantajes, no más insultos, no más cualquier cosa que saliese por su boca.

-¡Sarte basta!- le gritó uno de los capitanes que estaba a la izquierda del presidente, que permanecía con el rostro pétreo como si no supiese qué estaba sucediendo allí.

-¿Que me calle? ¿En serio? Haré una cosa más, voy a seguir hablando. Y el que no quiera que se marche. Era el peor ser humano que ha habido en la tierra. Sus renovaciones suponían un aumento en su ficha y una merma en la del resto. Se follaba a cualquier secretaría de las oficinas centrales del club para luego presumir de marido modelo. Siempre había un jugador del filial para pasar los controles antidóping ya que TODOS sabíamos que iba puesto hasta las trancas de cualquier cosa que pudiese esnifar, fumar o ingerir. Había defenestrado a jugadores que valían mucho sólo porque temía que le hiciesen sombra. El penúltimo presidente se marchó quemado por la deuda interna del equipo y porque tenía que soportar que aquel cabrón hijo de puta se follase a su mujer y a una de sus hijas. ¡No a la de viente años, no, se follaba a la de catorce! ¿Y queréis que celebremos la vida de semejante hijo de puta?

-Pues ese hijo de puta pagaba buena parte de vuestros sueldos con sus acuerdos publicitarios y la venta de sus camisetas mantenía a flote la muy mermada situación económica del equipo. Así que mejor cállate.- Le espetó el presidente. -Y recuerda que éste es tu último año antes de renovar, si es que renuevas...

-¡No, no me callaré! ¡Era un hijo de puta! ¡Era un hijo de la grandísima puta! ¡Este deporte es un grandísimo prostíbulo, aquí se trata de dejar que te jodan y callarte! ¡Sin más! No valemos una mierda, todos esos valores que vamos contando como si fuésemos los santos de la virtud. ¡Somos escoria porque aceptamos a hijos de puta como él que han destrozado vidas enteras! ¡Sí que era bueno, sí, pero para la caja del equipo! ¡Era una puta máquina de hacer dinero y nada más! ¡Eso son nuestros valores, dinero, dinero, dinero! Y luego hablamos de compañerismo, deportividad, juego limpio y demás...

-¡Sarte cállate!- vociferó el entrenador.- ¡Al que no le guste lo que está escuchando que se largue, no necesitamos a todos para rendir un homenaje a un compañero caído, el que opine lo mismo que se levante y se vaya!

Nadie se movió. Sarte se giró, cogió su mochila, cerró la taquilla y se dispuso a salir del lugar. Tilas un delantero amigo de Sarte le hablaba en voz baja, sin separar los labios ni mirarle.

-Sarte siéntate,vamos venga, no te jodas la vida. Haz el paripé y luego te vas a casa. Ese hijo de la gran puta por fin está muerto. Disfruta y no te busques problemas. No vale la pena Sarte, no vale la pena.

Sarte apoyó una de sus manos en la puerta de la taquilla, miró de reojo a Tilas y sintió la presión de la vida. La presión de las deudas, de los reproches, de los patrocinadores que te anuncian que el año que viene ya no van a seguir contratándote, de las cuotas y los variables que daba el equipo a los jugadores más leales. Toda esa presión sentía. Pero su padre había sido un hombre honesto al igual que su abuelo, y mucho antes su bisabuelo y toda su estirpe, y sintió que tenía que ser justo y coherente consigo mismo. Se giró, se acercó a la puerta de salida y la abrió y entonces escuchó la voz de su presidente.

-Sarte, si no te veo en el homenaje a tu compañero, entenderé que ya no estás con nosotros y nosotros al enemigo lo queremos fuera ¿estamos?

Y sarte caminó. Un paso, luego otro y se alejó por el pasillo que conducía al garaje de los jugadores y el equipo técnico. Abrió la puerta de su coche, se sentó en el asiento del piloto, cogió su teléfono y llamó a su mujer. Estuvo varios minutos hablando con ella. De algún modo tenía ganas de llorar, pero la voz de su mujer le tranquilizaba mientras miraba la foto de sus hijos que guardaba en la guantera. Toda su existencia lógica se rebelaba contra él, pero encontraba refugio en las palabras de su esposa y compañera.

-Cariño, cálmate. Si todo sale mal, no importa, si no te renuevan, no importa. Ya tenemos dinero suficiente. Sabes que podemos vivir bien el resto de nuestra vida más con poco que con mucho. Tu padre fue un albañil honesto y humilde y eso lo heredaste tú. Eres un gran jugador con un corazón humilde. Te quiero y los niños también.

Colgó el teléfono, arrancó el vehículo y salió. Justo en la puerta de acceso, junto a los vigilantes le estaba esperando Moria, un capitán al que le quedaban un par de campañas a lo sumo, cercano y buena gente. Se acercó a su vehículo, Sarté paró y bajo la luna de la puerta.

-Hola Sarte. Mira, te comprendo, sé de qué hablas porque yo también le tuve que aguantar muchos años. Pero el tío ya no está y no sé si lo que vas a hacer tiene algún sentido. De todos modos sé que eres consecuente, así que no he venido a hacerte cambiar de opinión. Que sepas que el presidente ya ha indicado que no se te renueve. Siempre has sido un buen compañero y un gran jugador. Eres veterano, no te voy a engañar, pero los del Deportivo Boro una vez hablaron con mi agente y se interesaron por ti; ya sé que es un equipo modesto, pero allí podrías pasar dos o tres años más en activo ganando dinero y jugando. No te van a dar la misma ficha que cobras aquí, pero también es cierto que ni la presión es la misma, ni te tendrás que dejar el alma en cada partido como te pasa en esta casa. Ten anda, coge la tarjeta de mi agente y en unos días le llamas. Los del departamento de publicidad de la presidencia han dicho que, en el caso de que la gente pregunte, dirán que estás indispuesto y que no has podido venir. Haznos un favor a tus compañeros y no te busques más líos ¿entiendes? Si te preguntan, tú di que estabas enfermo y ya.

Sarte cogió la tarjeta y miró a Moria.- Gracias.- Le dijo casi en silencio.

La dejó cerca del cambio de marchas y cuando se disponía a continuar, Moria le cogió del brazo y Sarte le miró.

-Era un hijo de puta Sarte, lo sé, lo sabíamos todos. Pero mira más allá de la puerta de acceso. ¿Ves a esos niños? Para ellos él era un héroe y ahora lloran su pérdida. Nada puede cambiar las putas cosas, lo sé, pero comprende los sueños y las ilusiones de un niño. ¿Deberían de saber la verdad? Puede, pero eso ya lo adivinarán el día de mañana cuando se den cuenta de que el mundo está lleno de hijos de puta. Y que hasta el gran capitán puede ser un trozo de escoria desechable al que idolatran sin saber muy bien por qué. Este deporte está lleno de ídolos de barro...

Sarte le sonrió mientras pulsaba el botón que subía la luna. Liberó el pedal del freno, pisó el acelerador con cuidado y se dirigió hacia la puerta de acceso. Los vigilantes le abrieron la puerta y le facilitaron el paso entre el gentío. Sarte conducía despacio e iba observando los rostros desgarrados y desencajados de los padres e hijos que lloraban allí mientras despedían a su ídolo. Por donde quiera que mirase había un alma en pena, un grupo de personas que se consolaban mutuamente. Su vehículo estaba rodeado de dolor y él no supo sino salir con cuidado y a poca velocidad mientras la turba gritaba colérica: ¡capitán, capitán! y Sarte se alejaba dejando atrás la turba que lloraba la injusticia mientras él no terminaba de entender muy bien, por qué eran incapaces de ver aquello que él había tenido que soportar durante años.

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