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7 min
La mujer de negro
Terror |
03.10.17
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  • 1610
Sinopsis

Venganza

Se había ido a trabajar dos semanas a un aserradero haya en la sierra. Y llegado el segundo sábado los retacharon pa los ranchos con dos mil pesos para cada hombre. En esos últimos tiempos de Octubre, la mayoría de la gente en sus casas ya se preparaba para Halloween. Pero él se pasó a quedar dos días en el “Sapo Enamorado”, y después de gastarse casi toda la paga, salió de la cantina aun con ganas de divertirse. Pero estaba hambriento y decidió ir a cenar. Cuando entró a la casa, todo era silencio. ¡Vieja! ya llegué, gritó. A ver cómo vienes hoy, la escuchó decir desde la cocina. Su mujer, cubierta apenas con un camisón, rosa, transparente, preparaba la cena.

Al verla, el hambre que llevaba despareció por encanto; mientras el deseo entre sus piernas lo comía todo. En esos momentos, Lorenzo perdía el control; era un animal, y no fue la excepción esa tarde; como perro en celo fue tras ella. Ana, agáchate, le dijo, mientras se habría la bragueta del pantalón. Pero su mujer se resistió tratando de soltarse. De pronto, la sujetó por la espalda, le levantó el camisón y de un tirón le bajó las bragas. Pero ella se sentía valiente esa tarde y volvió a subírselas.

Ardiendo de furia, al sentirse rechazado, la arrastro por los cabellos y la llevó al cuarto. Pasaron varios minutos hasta que salió fumando un cigarrillo. No que no querías, dijo, volviendo el rostro desde la puerta. Ana, había quedado tendida en el catre, con el camisón enrollado en la cintura y con las mejillas bañadas en llanto, y al recibir la mirada sádica de su marido, sonrió. Te gustó ¿verdad? agregó él, echando una bocanada de humo al aire. Ella no contestó, sólo siguió sonriendo.

Ella tenía diecisiete inviernos sobre sus hombros. Era bajita de estatura, pero con un cuerpo bien proporcionado; de abultado pecho y ancha cadera. Y su cara de niña adolescente bien que le hubiese sido suficiente para haber encontrado un mejor partido a la hora de casarse; pero una noche, Lorenzo, se metió en su casa, donde ella-huérfana desde los seis años-vivía con su abuela. Y a pesar de que no pasó nada, la gente había hablado, calumniado, exagerado todo, no quedando otra opción más que casarse, ya que las malas lenguas aseguraban, que después de ese incidente, nadie querría para esposa.

A veces, cuando él se iba a trabajar a otro lugar y quedaba sola, su imaginación volaba y se veía con otro hombre; atento, alegre, sin aliento a aguardiente. Más llegaba el sábado y la pesadilla empezaba. Pero esa tarde tenía fe en que era la última vez que la violaba. Había hecho todo lo que le dijo su abuela, y exactamente ese día era la séptima y última oración.

Se levantó  minutos después y arrodillándose ante a una esquelética imagen vestida de negro rezó la última oración. Al terminar paseo de aquí para allá, como si esperara que pasara algo. Pero un gritó de su marido la regresó a la cocina y siguió preparando la cena; sacó unos tomates y una cebolla del frigorífico y los cortó en rodajas. Lavó la licuadora, la conectó,  iba a echar en el vaso las rodajas de tomate cuando se dejaron oír unos suaves golpes en la puerta. Dejó los comestibles sobre la mesa y se disponía a abrir, cuando Lorenzo la detuvo con un gesto y él mismo se levantó de un salto para ver quién era. Los golpecillos volvieron a repetirse.

El hombre corrió la cortina para ver por la ventana. E inesperadamente volvió a cerrarla y un brillo extraño le cuajo los ojos. Ana se estremeció. Conocía demasiado bien aquella cara, aquella mirada que tanto miedo le tenía. Pero, entonces, su marido con pasos de gato corrió hacía ella y le dijo que se metiera en el cuarto y que no hiciera ruido, si no ya sabía lo que le esperaba. No había otra opción, y muy obediente, entró al cuarto y cerró la puerta.

Mientras tanto su marido se puso una camisa limpia, se peinó los cabellos,  y muy sonriente abrió la puerta;  al instante apareció una mujer alta como de veinte años. Era toda una belleza vestida de luto que luego, luego, le dijo que vendía ataúdes. Tal vez le compre uno, contestó Lorenzo, pase por favor que hace mucho frío afuera. La mujer entró.

Muy amable le ofreció el sillón y él quedó de pie frente a ella. La miró de pies a cabeza y se amplió más la sonrisa en su boca. Ya es hora que cambie de mujer, pensó.

-¿Le interesa el ataúd, señor?-preguntó la mujer.

-Sí, muy pronto necesitare uno-dijo sonriendo.

-Tengo uno a la medida para usted. Verá que es de lo más fino que ha llegado del extranjero.

-Bueno. No es para mí.

-! Ah! entiendo. Aun así lo va a necesitar.

Se le borró la sonrisa al escuchar aquella confesión.

-¡Cómo dice!

-Todos lo necesitaran algún día.

-Claro, claro, pero…

-Sabe-dijo la mujer-. Son muchas almas las que voy a visitar ¿Cómo lo quiere?

-Haremos un trato. ¿Qué le parece?

Silencio.

-Le compraré un ataúd-prosiguió Lorenzo con voz galante-, pero usted…

-Acepto-le interrumpió la mujer sonriendo-. Ya sabe, son comisiones, y tengo que cumplirlas a como dé lugar. Así que deme sus datos, por favor.

Lorenzo la observó una vez más de pies a cabeza. Es una puta, se dijo, pero con esas caderas y esas tetas. Se pasó la lengua por los labios como si se le manase miel de la boca.

-¿Cuál es su peso y estatura? Prosiguió la mujer, sacando de entre sus ropas unas viejas hojas de papel.

-Le he dicho que no es para mí.

-Créame, lo va a necesitar.

-Claro, claro…

La mujer anotó un par de cosas y le hizo firmar en una esquina, y después se levantó del sillón y caminó hacia la puerta.

-¡Cómo! ¿Ya se va?

-Sí, ya no tengo nada que hacer aquí.

-No entiendo-dijo Lorenzo, mientras la seguía-, si ni siquiera le he pagado. No estaba dispuesto a dejarla ir. Tenía que ser suya, y llevando los pensamientos a la acción la retuvo del brazo, y de un tirón brutal la hizo que volteará. La mujer se echó a llorar, temblando, pero de pronto dejó escapar de su boca una siniestra carcajada demoniaca. Un estremecimiento le corrió la columna vertebral, y al mismo tiempo sintió una extraña sensación de hielo en su mano.

¿Qué me pasa? Se dijo, llevándose la mano derecha al brazo izquierdo, donde un cosquilleo y un dolor punzante, subía y bajaba, subía y bajaba, como si fuera un camino de hormigas pasando sobre él, picándole una y otra y otra vez. Y de repente, una gran presión en el centro del pecho le paralizo en su sitio, y poco a poco todo se convirtió en oscuridad; cayó al piso entre convulsiones y espumarajos en la boca y segundos después dejó de respirar. Una vez que Lorenzo ya no se movió, la mujer lo contempló durante unos segundos, anotó algo en aquellas viejas hojas que aún tenía en las manos y en seguida entró al cuarto y miró a Ana, fijamente: tus plegarias han sido escuchadas, le dijo. 

Ana, sonrió y suspiró aliviada.

 

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