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6 min
La mujer del Vizcaíno
Drama |
27.01.09
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Sinopsis

La mujer del Vizcaíno.

Kabela es un pueblo que tal vez ahora tenga ya 600 o 700 habitantes, cosa que es mucha para un pueblo perdido en la falda del monte.
Con primaveras radiantes de flores, veranos frescos con algunos días calurosos, otoños llenos de colores rojos y granates, inviernos de nieve y leña.
Cuando paso esta historia tenía un cura párroco que les decía misa a las devotas, enseñaba catecismo a los niños, y también a leer y escribir porque no había escuela, y con los hombres jugaba al mus en las tardes largas del Domingo.
Una treintena de familias llenaban el censo, todas con su mote, a pesar de tener todas su apellido.
Pero ayer como hoy, en mi pueblo a todos se nos conoce por el mote.
Nadie sabía ya de donde venía el Vizcaíno, ya eran cuatro generaciones las que habían nacido allí. El señor Benito el anciano y sabio del pueblo decía que eran originales de Durango, de una familia pudiente, que al quedar la novia embarazada tuvo que salir corriendo de allí y después de muchos andares llego al pueblo en plena cosecha de verano, y trabajando y bebiendo en las fiestas conoció a la Ruperta hija de Basilio y María y se quedó para siempre.
La casa del Vizcaíno era de ocho personas, dos vacas, y un huerto.
Ruperto el marido era un hombre bondadoso, tal vez un poco vago pero buen amigo de sus amigos.
Tres hijas, sus tesoros mas grandes, María, Encarna y Luisa.
El más pequeño era Juan, que tomaba las lecciones de catecismo del cura y que tenía vocación de sacerdote.
La mujer Carmen es la protagonista de nuestra historia.
Treinta y cinco años tenía esta mujer ni gorda ni flaca, sino todo nervio y agrestes bravura.
Su jornada comenzaba antes de que el sol anunciará un nuevo día, preparando desayunos y almuerzos para el trabajo de su marido, y los quehaceres de las chicas.
El más pequeño se levantaba mas tarde de la cama, y desayunaban juntos madre e hijo con rosquillas y besos alternados.
La mañana se iba en cuidar de la huerta y preparar la comida.
La tarde en lavandería en el río, y las pequeñas reparaciones caseras.
A la noche cena y costura, que no había en aquel pueblo nadie con la ropa mas lustrosa.
Los domingos misa, y charla en la plaza mayor. Plaza que nunca tuvo un nombre hasta que después de la guerra fue la plaza de Franco. Ahora sigue el mismo nombre, pero han dicho que la van a cambiar.
Un día Carmen cayó enferma.
Se desplomó en el huerto haciéndose una pequeña herida en la rodilla.
En el carro del Julián la llevaron a Azufia, el pueblo mas grande de la comarca que tenía médico, y enfermera, y hasta una comadrona.
El médico la examinó gran rato, haciendo gestos y tocando por todos los músculos y huesos de la enferma.
- No encuentro nada grave- dijo a su familia- Que tome estas pastillas y que descanse unos días.
Volvieron al pueblo y Don Vicente el cura estaba en la puerta de la casa esperando rezando el rosario.
Pasó la semana, y Carmen la mujer del Vizcaíno no curaba.
Preocupados la llevaron al hospital de los hermanos de San Juan de Dios.
Allí mas pruebas y radiografías, alguna inyección de vitaminas, pero la señora Carmen no mejoraba.
Cuando gastaron los ahorros que tenían para cuando se casasen las hijas volvieron al pueblo.
En la plaza las mujeres se preguntaban que tendría.
Los hombres entre partida y partida, entre trago de vino y chistorra hablaban de la mujer de pueblo que estaba enferma.
Pasaron tres meses y aquello no mejoraba.
Era pleno mes de Agosto, cuando mas calor hace en el verano del campo.
Llegó un forastero, que perdido por los montes apareció por allí.
Era suizo, se llamaba Froid, pero vieron en su tarjeta que se escribía Freud. De nombre Sigmund creo que era.
Almorzó y descansó una buena siesta en casa del cura, que mas o menos se entendían hablando un poco raro.
Así supo don Vicente que este hombre era médico, de fama además, que tenía su cátedra en la universidad.
Fue él quien le habló de Carmen y de su rara enfermedad.
Unas fiebres, una debilidad que nadie entendía, y que llevaba tiempo en cama.
Enseguida fue a verla.
Ruperto tuvo que venir de cuidar las vacas para atenderlo cuando entro en la casa.
Se quedó el médico Sigmund largo rato con ella a solas.
Nunca nadie supo que hablaron o que hicieron.
Al salir de la habitación, el marido y los hijos esperaban con miedo y ansiedad no disimulada.
-Ya se lo que tiene-
Se pondrá pronto bien su mujer, no se preocupe. Tiene que seguir mis indicaciones y en poco tiempo será como antes.
Que guarde reposo todo el que necesite, que por la mañana una de las hijas le lleve leche caliente y mantequilla.
La casa tiene que estar limpia y ventilada, con lo que una se turne para las limpieza que haya que hacer.
No la dejen sola las tardes, estén con ella, que sienta compañía, y si quiere hacer labor o alguna cosa suave que lo haga.
En unas semanas sanará.
Al día siguiente el doctor suizo se despidió del pueblo, con la invitación del alcalde para ir a las fiestas patronales, y en casa del Vizcaíno empezó la recuperación de Carmen.
Las mañanas con leche caliente y galletas. Las tardes con Ruperto que la acariciaba con su mirada y con sus manos de labrador.
Pronto sus mejillas recobraron color, y su voz volvió a ser la de antes.
Las fuerzas le volvieron como arte de magia, y los fogones se llenaron de los guisos sabrosos de la mujer del Vizcaíno que todo el mundo conocía.
Don Vicente escribió al doctor, para darle la noticia de la curación de su paciente, y agradeciéndole su buena mano y sabiduría.
Al cabo de dos años, Carmen sufrió una recaída.
Esta vez fue en misa, y entre todos la acompañaron a casa. Todo el pueblo se volcó en su vecina.
Incluso el cura dejo alguna catequesis a los niños para pasar con ella una tarde.
Como la vez anterior se recuperó a los pocos días.
Esta es la historia de Carmen, la del Vizcaíno, una mujer que trabajaba de sol a sol hasta caer rendida, y que un médico extranjero, de nombre impronunciable para los del pueblo la curo.



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