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4 min
La niebla sobre el acantilado
Varios |
18.04.09
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Sinopsis

Al alba, la niebla, como una densa cortina algodonosa subía por los acantilados hasta cubrir con su manto brumoso los tejadillos que pendían ante el mar. Abajo, las olas azotaban las rocas, a cuyo abrigo todavía se aferraban los pocos barcos que pretendían resistir los embates del viento, hasta que a la caída de la mañana, la densa bruma se derramase en una ligera llovizna. Entonces, el horizonte aparecía claro, cristalino; el paisaje idóneo, sobre todo para un náufrago en tabla a la deriva, prisionero del mar, pero conducido por los alisios, ahora en indulgentes aguas. Así, las corrientes le habían allegado a la pequeña playa de la cala. Aliviado por burlar el desconsuelo de ese mar desierto, a eso de unas escasas millas, la silueta de una orilla que resultaba inalcanzable, fue el estímulo para recobrar sus frágiles fuerzas y echarse a nadar.

Allí donde sus ojos le traicionaban, porque tanta agua salada le obligó a cerrarlos, y el oído no podía, el tacto le sirvió para reconocer la tierra firme. Sintió la orilla, formando un seno ondulado de arena, que poco a poco se fue haciendo más luminosa. Hasta que su oído lo confirmó. Nunca antes el griterío de un grupo de gaviotas le era tan alentador, ni la fragancia de algunas florecillas, las algas y demás flora del mar, como también fue muy grato oír el golpeteo persistente del oleaje en el roquedal.

Las horas caían muertas sobre aquella playa plateada, con el viento siempre presente, el escarpado acantilado y el faro que servía de atalaya. En donde el viejo farero, viese con sus ojos ya cansados, las hileras de hombres, tan pronto como se aliviase el temporal. Uno, dirigido por el doble de una campanilla, sintiéndose a lo lejos el triste lamento que lo acompañaba, un pequeño séquito de figuras enlutadas que darían el último adiós a los compañeros de ese náufrago que no lograron alcanzar la playa, tragándolos las olas. Y otro, más tarde, para hacerse de nuevo a la mar, hasta los barcos que los esperaban amarrados en la orilla, los bastiones que se agitaban sin cesar y que se irían alejando, hasta perderse en el horizonte.

La vieja atalaya había visto lo suficiente, sabía lo que el mar era capaz de hacer y que este siempre devolvía lo que alguna vez se tragase. El mar, en definitiva, era una amante incansable, necesitaba que hombres curtidos la domaran o que al menos se enfrentasen a ella para rescatar sus frutos celosamente guardados. Desde su vieja atalaya, el farero, como señor de los vientos, como eterno centinela, sentía sus mismas penas y alegrías. Sirviendo el faro de una luz intermitente que los guiaba cuando la noche abrazasen a los pescadores en la mar, tan dispuestos a sus instintos como a las inclemencias que pudieran suceder. Donde encontrar el don que este les ofrecía, la pesca que los rudos hombres iban a recoger de sus entrañar y que atraía al griterío de los albatros. Con estos, también, el incesante canto de las sirenas que a veces desencadenaba la faena en pesadilla, la danza que les acompañaba en un constante vaivén siempre que se hacían mar adentro. Y que solamente de tarde en tarde, cuando las brumas se alzasen en el horizonte, como una densa cortina algodonosa, esta dejaba libre el bullir de sus pensamientos, de aquel viejo farero que oteaba desde su atalaya la inmensidad del mar.
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  • Es un relato precioso, escrito con un lenguaje que resulta una caricia para el alma. No obstante te sobran algunas comas.
    Más que leerse, tu relato se siente, y te transporta hasta alta mar, donde las olas son mecidas por el viento; hasta la orilla de una playa perdida, donde el agua te desea acariciar. Me encantan estos relatos que hablan de la mar, de sus gentes, de lo que se siente sentado en la arena, en fin, que no me explayo más, ya es bastante. me encantó, Gonzalo, besos
    Plasmas el ambiente de tal forma que estuviésemos viendo una postal sobre esa playa, el faro, el acantilado y su niebla. Parece como si ya estuviera allí. Me ha encantado, un beso.
    Me trasladas con habiliadad y fidelidad a lo aledaños de un faro que visité hace años. ¡Siempre soñe con ser, algín día, farero de aquel faro! Tú, al menos, me lo tres de la mano de tu buen hacer literario... Un abrazo, amigo.
    Simplemente me ha encantado....me envuelves con tus palabras, qué de emociones nos transmite el mar....el gran océano, sus algas,sus olas, la sal.....La tuya queda maravillosamente plasmada en tu relato, enhorabuena!!!! besoos
    que bello relato, a mi tambien me encanta el mar, muy bien narrado, felicitaciones¡¡¡ un saludo
    Emotivas historias podría contar la mar... y los fareros que la acompañan... muy bonito el relato... se nota que te gusta el mar. Un beso compañero.
    me gustô; me gustô bastante cômo hilvanaste la descripciôn, aunque la historia del nàufrago me pareciô flojita, y hay palabras y comas que no van...
    Que relato mas evocador.Me encanta el mar, me gustan los faros, esos lugares tan llenos de misterio, tan bellos, tan cerca de la inmensidad del mar.
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    Esta pequeña entrega es un imprevisto, se aparta de la historia, para hacer tiempo y dedicarme a revisar la rigurosidad histórica del resto. Se lo dedico, por tanto, a Lázaro y espero que -como esta bagatela- sepa tomárselo con humor. Una forma de observar el optimismo y la autoestima, que en los tiempos que corren seguro que sigue teniendo su vigencia. Un saludo a todos.

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