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11 min
La niña del bosque
Drama |
14.05.18
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Sinopsis

Las consecuencias del pasado.

Cuando me doy la vuelta, el sol me deslumbra unos segundos, se cuela entre las ramas y parece atravesarme. Retomo el camino por la hilera de árboles, sin rumbo fijo, y en cierto momento, el crujir de una rama, hace que mi mente y mis pies paren en seco. Un arrendajo comienza a trinar entonces desde lo alto de alguno de los árboles que me rodean. Intento escuchar más allá de su canto, probando a adivinar qué ha provocado el sonido. Doy una vuelta completa y lentamente. Siento calor en el rostro cuando la luz vuelve a darme en la cara y me resulta tan agradable, que hace que cierre los ojos y me evada durante unos segundos olvidando mi propósito.

Cuando vuelvo a abrirlos, una niña que no tendrá más de seis años, me mira inocente aunque atenta, con ojos muy abiertos. Son de un ámbar intenso y tiene una nariz chata y las orejas bastantes grandes;  lleva una falda corta que deja ver sus rodillas llenas de costras y unos zapatos desgastados, una trenza que ya empieza a deshacerse descansa sobre su hombro izquierdo. El mirarla me produce un sentimiento de ternura que no entiendo muy bien a qué viene.

—Hola Ro —me dice. Su tono de voz me sorprende. Es seguro, rotundo, para nada infantil.

—Hola  —le digo procurando reconocerla, ella sonríe pero no dice nada más. Me fijo en que un pequeño bolso cuelga de su mano derecha, es de una tela color beige que ya está renegrida y tiene una palabra bordada, «Juana».—Un nombre muy bonito. ¿Cómo sabes tú el mío?

—Sí, es un nombre genial ¿verdad? Este bolso lo ha hecho mi madre —dice siguiendo mi mirada—y es ella la que me habló de ti y me dijo que debía venir a saludarte. Se enfadó cuando la contesté que yo no te conocía, que no sabía porque tenía que venir aquí. Ella siempre me dice que no debo hablar con desconocidos y menos en el bosque, pero se supone que te conozco y estoy muy enfadada porque ella no me cree cuando le digo que no es así. No importa —suspira y mira hacia arriba un poco asqueada, aunque a mí me resulta algo cómico—, porque me contó todo lo que tengo que saber y al verte, me he dado cuenta de que me caes bien y no me das miedo.

Lo cierto es que yo tampoco sé porque he venido aquí. Solo he estado una vez en este lugar, y la experiencia no tiene adjetivo definido, quizá lo más aproximado sea una mezcla entre horrible e incomprensible. He intentado durante años enterrar el recuerdo pero ahora vuelve a mi memoria de una forma tan nítida, que duele.

Mi madre sujeta mi mano izquierda, mi padre la derecha, y yo voy dando saltos sin soltarme de ellos. Están hablando de algo pero no les presto mucha atención. Esquivo setas de colores raros, flores de colores  más raros aún y ramas que llevan tantos tiempo en el suelo, que solo yo veo.

Es la primera vez que paseamos por aquí. Miro a mi alrededor y no puedo evitar sorprenderme.  Donde vivimos hay un parque con muchos árboles enormes, ¡pero éstos son gigantes! Así que voy mirando de vez en cuando entre ellos por si aparecen los columpios y pienso que estaría genial si también fuesen gigantes. El resto del tiempo intento saltar las setas, las flores y los palos con la ayuda de mis padres, a los que utilizo para darme impulso.

Siento que me duele un poco la tripa. Antes de venir a pasear hemos estado en casa de la abuela y me ha dado natillas, creo que he comido demasiado pero no quiero decir nada por si se enfadan. Mi padre no quería venir a verla, se lo ha dicho en el coche a mi madre, y han gritado mucho. Yo quería jugar al «veo veo» pero tampoco he querido decirlo.

La casa de la abuela es muy grande y está en medio del bosque, mi mamá dice que ella siempre ha jugado aquí y por eso conoce todos los árboles y todas las flores. Yo creo que eso es muy difícil, ¡hay un montón!, pero ella nunca me ha mentido, así que la creo. De vez en cuando, la voy preguntado por alguna flor, pero ella está hablando con papá y no me está escuchando. Entonces me doy cuenta de que se han parado y yo protesto, porque quería saltar una seta enorme que había más adelante.

De repente mi padre me suelta la mano, a la vez que mi madre aprieta con más fuerza la suya y tira de mí hacia el otro lado, alejándome de él. Alguien grita, no sé si es mamá o papá, quizá sean los dos. Los busco con la mirada, pero algo me empuja y hace que caiga el suelo; mi madre está encima de mí y me aprieta muy fuerte contra ella, casi puedo oír su corazón. No estamos mucho tiempo así porque mi padre la aparta de mí y me encuentro sentado en el suelo, solo. Mi padre se está alejando con mi madre en brazos, que cuelga de su hombro con la cabeza hacia abajo. Yo no aparto la vista de ellos hasta que desaparecen entre los árboles. Entonces noto una brisa especialmente fría en mis mejillas y me doy cuenta de que estoy llorando. Debería correr tras ellos, ya no puedo verlos, ¿por qué no me levanto? no puedo respirar, no puedo moverme, y cuando al fin lo consigo, me pongo de pie e intento dar un paso, algo empieza a fluir por mis pantalones.

La voz de la niña, hace que vuelva.

—¿Qué?

—Que sé en qué estás pensado, ella me lo contó antes de venir. Y eso es bueno, no te preocupes, debes recordarlo. Es el motivo de tu crisis de ayer, y en realidad, de todas las demás.

¿Cómo sabe ella lo de ayer?  Desde entonces, tengo una presión en el pecho que apenas me deja respirar y al recordarlo parece aumentar hasta ahogarme. Mis ojos se humedecen y ya noto dolor en la garganta. No quiero pensar en ello, pero es inevitable.

Autobús urbano línea 52,  nueve de la mañana. Me dirijo a un trabajo que odio y en el que nunca he podido concentrarme. A veces pienso que soy capaz de no volver, de dejarlo, y junto al trabajo, todo lo demás. Nada de bajar al supermercado, nada de tener que saludar a los vecinos en el ascensor, nada de disimular por un motivo que ni siquiera entiendo. Y todos los aspectos de mi vida se aúnan para cobrar sentido conmigo. Al fin. Al fin puedo hundirme hasta el punto más lejano a la superficie, al fin puedo quedarme allí, sin tener que emerger cada día, aunque solo sea para coger el autobús.

Hoy me siento junto a una chica que calculo es unos años más joven que yo. Tiene cierto parecido con Paula, la única persona, que en algún momento, me ha hecho salir de esa parte de mi cabeza en la que habito. Estoy seguro de que existen más habitaciones, pero ni siquiera sé si hay algo en ellas y tampoco quiero saberlo.

Últimamente todo el mundo tiene algún parecido con Paula. Sé que no es real, no puede ser real y además me hace daño .Primero se me encoge el corazón de la emoción y luego viene el vacío. No es ella ni podría serlo. Me hace volver unos segundos a la realidad y eso duele. Luego solo puedo volver a mi habitación oscura.

La chica se gira y observa la calle a través de la ventanilla, el pelo negro le cae sobre la cara, por lo que ahora no puedo verla bien, aunque yo sigo mirándola de reojo.  

Un hombre entra entonces y recorre el pasillo del autobús. No deja de mirar en nuestra dirección mientras camina. Yo no le reconozco,  así que entiendo que es ella lo que le atrae. No encuentro en él una actitud especialmente hostil, de hecho sonríe mientras se acerca, hasta que finalmente se para frente a nuestros asientos, apenas pasando la mirada por mí. La chica, que sigue con la vista puesta en la calle, se vuelve al sentirse observada.

La cara que pone revela pánico, está blanca y ni siquiera parpadea. Mira hacia la puerta del lado del conductor, valorando si podría llegar hasta allí antes de que se cierre y duda unos segundos, pero al fin decide intentarlo. Salta por encima de mí, literalmente, y empujando al hombre se hace paso por el pasillo, corriendo hacia la salida.

Él, casi sin esfuerzo, se gira y la coge por el brazo, la zarandea mientras grita y finalmente la da con el puño en la cabeza, sin soltarla. Una imagen muy familiar y que se repite diariamente en mi cabeza, parece repetirse ante mis ojos en este momento. Se me revuelve el estómago. No sé que estoy haciendo pero me levanto impulsado por una habitación donde vagamente recuerdo haber estado.

Me interpongo entre ellos y le agarro por el cuello. La chica cae al suelo, pero no me interesa ya. Él es mi objetivo y no puedo pensar en otra cosa. Ahora es mi puño el que se estampa en su cabeza sin ningún remordimiento, se me ha nublado la vista. Intento darle en la cara y la cabeza, pero llega un momento en que solo lanzo el brazo sin importarme mucho donde aterricen mis nudillos.

Horas después,  en mi cama, me paso más de una hora llorando. Me vienen muchas cosas a la mente que no puedo dejar ir como hago siempre. Se quedan conmigo, afloran una a una de su escondite y no consigo calmar el llanto. Minuto tras minuto, a penas sin poder respirar y oculto entre las sábanas, me viene el único pensamiento que hace que me tranquilice: creo que voy a morir. ¿Podrá alguien ser asesinado por su propia mente, desde dentro? Por supuesto que sí, aunque se me antoja un proceso demasiado lento e insoportable.

Hoy sigo con los ojos hinchados y me duele la cabeza. No recuerdo haber comido nada en muchas horas atrás, ni siquiera recuerdo haber ido al baño ni a ningún otro lado, solo lagrimas y el dolor en las manos, las sábanas manchadas de sangre cada vez que las rozaban mis nudillos. Pero por fin, lo que sí recuerdo es que, al  despertar, tuve la absoluta convicción de que debía venir aquí.

Vuelvo a notar el nudo en la garganta y los ojos acuosos. Giro la cabeza hacia otro lado, porque soy consciente de que Juana está delante de mí.

—Mi madre también se llamaba Juana — le digo mientras arranco a llorar.

—Lo sé — me dice.—Pero deja eso. —continúa. Sigo su mirada y me sorprendo al ver la pistola en mis manos. —¡Deja eso! —repite, esta vez con un grito que me atraviesa.

Pero no la hago caso. Ahora sé qué hago aquí, estoy a un paso de que todo encaje, por fin. Por fin sentimientos y cuerpo juntos.  Iré contigo. Y no puedes hacer nada para evitarlo. Apreté el gatillo mientras oía cantar al arrendajo por última vez.

 


 

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