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6 min
La niña II
Terror |
12.12.19
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Sinopsis

Alguien relata un raro suceso

 

     Muchas cosas se dicen sobre su origen, sin embargo, no hay forma de comprobarlo. Por ejemplo, Doña Marina Ruiz, octogenaria y anterior vecina de la casa que antes estaba sobre la calle 33 comenta lo que ocurrió con una familia. –No eran de aquí- afirma.

     Según relata, la casa ya estaba en ruinas cuando ellos llegaron. Era una pareja joven, pero se veía que habían sufrido mucho. Eran como desplazados. Siempre se les veía con el ceño fruncido, lucían pensativos y somnolientos. -No solían ser muy amables conmigo- comenta.

     Cuando llegaron también conocí a la pequeña niña, de un año aproximadamente. Delgada, muy pálida, de ojos negros y cabello rizado y un vestidito blanco de bautizo bastante percudido, parecía que no le tenían mucha ropa. Las únicas veces que la vi, estaba jugando solita en la puerta de la casa.

     La muchacha trabajaba haciendo aseo en un apartamento en Cabecera y él trabajaba en el mercado de Guarín cargando mercados, eso lo supe por unas amigas de la iglesia que me hablaban de ellos.

     El dueño de la casa se las había arrendado barata. Antes de que se mudaran ya la casa tenía fama de embrujada, aunque realmente era un refugio para gamines y fumadores.

     Ambos solían salir a trabajar muy temprano. Al principio, me parecía que la mujer llevaba a la niña al trabajo,  de pronto la señora le daba permiso. Pues la casa permanecía sola y en silencio. Pero algo pasó, porque empezaron a dejarla solita en la casa. El primero en llegar era el hombre, sobre el mediodía. Pero la niña no dejaba de llorar sino hasta que llegaba la mamá.

     A veces iba y me sentaba en la puerta y conversaba con ella, ella me hablaba, pero no le comprendía nada. Yo le cantaba, le contaba historias y le llevaba galletas. Ella deslizaba sus manitas por debajo y tocaba mis dedos. Tomaba las galletas y podía escuchar cómo se las comía. Nunca me dijo su nombre, pero yo le decía Carito, como la de la canción.

     Recuerdo que un sábado lloró todo el día. Yo pensaba que los padres estaban ahí, y les gritaba por el muro del patio que unía las dos casas que no maltrataran a la niña, pero nadie me respondía. No podía creer que habían dejado solita a la niña todo el santo día, ya era cerca de las seis de la tarde. Me arrodillé en la puerta a llamarla. A ver si me recibía un pedacito de arepa con cuajada, pero solo lloraba. Parecía que la habían dejado encerrada en una pieza. Lloré por tanta maldad. Imaginaba a la niña asustadita en la oscuridad.

     Molesta, me decidí a esperar en la puerta a que llegaran los padres. De tanto en tanto le hablaba por debajo de la puerta y dejaba de llorar, hasta que creo que se quedó dormida. Ahí parada me dio casi la media noche. Me desesperé. Así que decidí subirme por el muro del patio y entrar en la casa.

     Como pude me subí en una silla y con ayuda de un roto que había en la pared donde pude meter la punta del pie logré sentarme en el borde. Llevaba conmigo pancito con cuajada, la arepa ya se había puesto tiesa,  y un potecito con aguapanela. Después de comprobar que no se había regado, decidí bajar al patio de la otra casa, pero con tan mala suerte que me resbalé y me di una caída terrible. Duré cojeando casi un año después de ese golpe.

     Como pude me levanté, pero, aunque podía escuchar el llanto de la niña, por más que busqué no la encontré en la casa. Era un muladar. Había una pared llena de espejos y juguetes rotos por todas partes. Quise volver a subir por el muro, pues la puerta estaba cerrada con candado, pero era imposible por el dolor. Tropecé con un recogedor lleno de trizas de galletas y un olor a mirto inundó el aire.

     Empecé a gritar con todas mis fuerzas, estaba aterrada. Hasta que escuché que alguien abría la puerta. Eran ellos. Me les lancé con furia y les pregunté qué le habían hecho a la niña. Qué dónde la tenían. Ellos se quedaron pasmados viéndome. Y me preguntaron que qué le había pasado a mi nieta. Estaban entre asustados y sorprendidos.

     Luego de tranquilizarme. Nos sentamos en la entrada de la casa. Conversamos. Les expliqué lo que hacía todas las tardes con su hija en la puerta. Pero me aseguraron que no tenían ninguna hija. Me contaron que eran de la costa. De Suan. Que estaban planeando irse para Venezuela porque no les estaba yendo bien en el trabajo y que estaban muy molestos conmigo porque la niña que vivía en mi casa, que suponían mi nieta,  no los dejaba dormir. Simulé creerles. Y me despedí.

    Como pude caminé hasta encontrar a un policía y les conté todo. Esa madrugada la casa estuvo rodeada de policías casi hasta las seis de la mañana. También entraron en mi casa. Y no hubo rastro de ninguna niña. Me sugirieron que descansara y que tratara de buscar una cita en San Camilo.

     Vendí mi vieja casa y me regresé a mi pueblo. No quise saber más de ese suceso. Hace unos meses Bajé a Bucaramanga por una cita médica y pasé por la calle 33. Donde estaba mi casa había unas residencias ahora. Y en donde estaba la casa de la niña un colegio. Solo caminé sin detenerme rumbo al parque del agua para agarrar mi bus.

 

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