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5 min
LA NIÑA VIEJA
Humor |
08.10.15
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Sinopsis

FRAGMENTO DE CUENTOS CUANTICOS

María del Sagrario Vidal, más conocida como la Fernanda, vivía en una tranquila aldea llamada Rastrojos del Condado, y lo que le ocurrió es que se hizo muy mayor en muy poco tiempo. De hecho, en un abrir y cerrar de ojos, de estar jugando al trompo con los chicos de su pueblo pasó a zurcir calcetines en una mecedora, ataviada con ropajes negros.

Su madre la llevó al médico de la Ciudad Chica, don Francisco.

—Mire usted, que la niña se me ha puesto vieja.

—¿Perdón? Pero… ¿cómo es eso?

Pos de repente un día, contando apenas nueve años de edad, se levantó con un fuerte lumbago y desde entonces camina encorvada a todas partes.

—Bueno, señora, ¿y por qué no la lleva al traumatólogo? Tal vez tenga problemas en la columna y...

—Dejó de tomar su postre favorito —lo interrumpió la señora—, que eran las fresas con nata, y lo que ahora le gusta tomar es pan migao con leche.

El doctor, entonces, se reclinó en su asiento y agudizó su atención, pues imaginaba que la cosa no terminaría ahí.

—Antes se pasaba el día viendo la televisión; su programa favorito era La princesa alce.

La mujer hizo una pausa, tosió un poco y condujo su dedo índice hasta los confines de su pabellón auditivo. Con destreza moldeó una bolita con la cera extraída y se deshizo enseguida de ella con un alegre toque de palillos. Después continuó:

—Verá usté, a la niña le gustaba mucho esta historia de una princesa que vivía en Alaska y a la que una bruja, encaprichada de su novio, la convirtió en un alce para separarla de él. Le gustaba porque le recordaba mucho al Matías, un agradable viejo que vivía en el pueblo de al lado y era el amigo íntimo de su abuelo. Este Matías, antes de tener que emigrar a Alaska porque no tenía el pobre ni donde caerse muerto, siempre le llevaba castañas a la cría. Tenía un truco para conservarlas comestibles y apetitosas durante todo el año...

—Disculpe, señora, hay muchos pacientes esperando. Con respecto a esta historia que me está contando, ¿existe la posibilidad de que la abrevie?

—Ay, doctor, mi querido doctor, perdóneme usté, el problema que yo tengo es que divago. Me voy por las ramas, me salgo por la tangente, se me va la olla, me distraigo con cualquier cosa, me obnubilo, se me olvida lo que estaba hablando... ¿Lo ve, don Francisco?, ya se me ha olvidao por donde iba.

—A su hija le gustaba ver la televisión.

—Pues eso, que eso era antes de que se pusiera vieja; ahora siempre que llega al salón, apaga la tele y gruñe: «¿Pa qué tenéis esto puesto?, ahí na más que dicen porquerías y mentiras». Después se sienta en su mecedora y empieza a contarnos historias que se inventa de la Guerra Civil. Nos tiene a todos la cabeza loca.

—¿Que otros síntomas tiene la vieja... quiero decir, la niña?

—No sé, pues lo típico, regaña a sus hermanos como si fueran los nietos, cuenta mentiras de su marío «que en paz descanse», del hambre que ha pasao... Además, siempre se está quejando, dice que le duele todo el cuerpo... ¡Ah!, y una tarde apareció con la boca ensangrentá.

—¿Con la boca ensangrentada? Pero, ¿qué le ocurrió?

—Aquella noche no quiso decirnos na y se acostó muy temprano. Pero cuando le preguntamos al día siguiente que qué le había pasao en la boca, la abrió con una alegre mueca y contestó que qué le iba a pasá, que era ya una vieja y na más que le quedaban aquellos dos dientes.

—¿La niña se extrajo los dientes para parecer vieja? Esto es grave, señora. Y dígame, ¿cuándo empezaron todos estos síntomas?

—Hará ya unos cuatro años.

—¿Y qué le han dicho otros especialistas? —Sacó una agenda verde del cajón con la intención de tomar notas.

—No, no, a la niña no la ha tratao nadie más que ahora usté; como tampoco es que estuviera enferma, sino vieja, pues no nos hemos arrancao antes.

—Por el amor de Dios, a su hija debe verla un psicólogo o un psiquiatra con urgencia. ¿Me oye, señora? Aquí tiene usted el volante y la tarjeta de un colega muy bueno. Pero, señora, ¿qué le pasa? ¿Qué hace debajo de la mesa?

—No me pasa na, no me pasa na, que me pican los pies una barbaridad, eso es todo… ¿Qué decía usted, qué es lo que le pasa a la niña?

—No me está oyendo, vuelve a divagar, le digo que yo a su hija no la puedo ayudar, su problema es psicológico y quien la puede atender como es debido es mi colega y amigo, el doctor Venancio Berruga. Aquí está su tarjeta, vaya a verlo, vive en la Ciudad Grande.

—¿La Ciudad Grande? Quite, quite, eso está muy lejos y además es muy grande.

Se levantó con tanta premura que rompió un tacón de su zapato de charol bermellón, el de para ir a la Ciudad Chica.

—Queee la niña está bien, no tiene calentura ni le duele na. La niña no está mala, na más que está vieja. Yo ya me voy...

—Señora, se le olvida el volante y... la tarjeta. —Era inútil, salía ya corriendo por la puerta.

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