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13 min
LA NOCHE DE BODAS
Humor |
10.03.14
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Sinopsis

Si alguna vez te has preguntado porqué demonios no te has casado, he aquí una buena respuesta...

LA NOCHE DE BODAS.

 

 

 

Pedro metió la llave en la cerradura de la puerta, la giró y abrió. Era la habitación 301, mano izquierda, final del pasillo. La puerta se abrió lentamente, produciendo un chirrido tenebroso. Elizabeth, su esposa, estaba de pie, junto a él. Vestía un largo vestido blanco, escotado, con algunas flores blancas sobre el pecho y un pequeño ramo de rosas artificiales en su mano derecha. El chirrido asustó un poco a Elizabeth que miró a ambos lados del pasillo. Pero no vio nada ni a nadie. Solo el largo pasillo, bañado con una especie de luz sombría y melancólica. Una iluminación con tintes románticos, pensó. Pedro introdujo una mano en la habitación, intentando encontrar el interruptor de la luz. La otra la mantenía ocupada una botella de tequila de cortesía. Palpó arriba y abajo. No halló nada. 
Luego regresó con Elizabeth.

-¿Vamos a entrar o no?- le preguntó Elizabeth- ¿O es que vas a querer que nos quedemos en pleno pasillo?
-Claro que no. Pero es que no encuentro el chingado apagador.
-Bueno, porque no entramos y lo buscamos desde dentro. Me siento como una tonta parada aquí en medio del pasillo- dijo alargando un brazo hacia su reciente esposo para abrirse paso. 

Entonces Pedro vio el anillo de oro en uno de los dedos que Elizabeth extendía hacia él. En ese momento comprendió que acababa de casarse. Hasta ese momento todo le había parecido parte de un show muy bien montado. Tomó con ambas manos el brazo de Elizabeth y la atrajo hacia sí. 

-¿Qué pasa, amor? ¿Por qué no me dejas entrar? –le peguntó Elizabeth
-Creo que se nos olvida algo.
-¿Qué?

Pedro tomó a Elizabeth y a la botella de tequila entre sus brazos y entró dando tumbos a la habitación, tratando de evitar que ambas cosas cayeran o golpearan contra algo. Sabía que no podía dejar caer a ninguna de las 2. Sería toda una tragedia. La cosa no fue fácil a pesar de que la oscuridad no era total. Porque, o Elizabeth pesaba en exceso o él era un debilucho; lo que era más probable. Cuando sus rodillas toparon contra algo suave, supuso que había encontrado la cama, y dejó caer el cuerpo de su mujer sin medir consecuencias ni pensarlo dos veces. El cuerpo de Elizabeth apenas rebotó contra el colchón como un balón de basquetbol desinflado. Luego cerró la puerta y volvió a palpar las paredes intentando encontrar el interruptor.

-¡Vaya,-dijo Elizabeth- pensé que nos íbamos a pasar toda la noche a oscuras! Jijiji.
-Ya ves que no.- contestó Pedro- Pero no gracias a ti.
-No te enojes, mi amor, solo era una pequeña broma. 
-Ya sabes que no me gustan ese tipo de bromas.
-Uy, mi amor, ¡ya cásate!
-¿Y qué crees que acabo de hacer? ¿Mi primera comunión?

La habitación era bonita. Todo estaba decorado en un estilo moderno y minimalista, y además estaba muy limpio. Mientras Elizabeth se dirigía al cuarto de baño, escuchó a Pedro silbando la marcha nupcial. Parecía relajado y eso la tranquilizó. También escuchó el sonido de vasos de cristal entrechocando. Cuando salió, lo encontró en el mismo lugar, con una sonrisa que parecía fingida y la camisa abierta.

-Siéntate. Te serví algo de beber –le dijo.
-Amor, ya sabes que yo no be…
-Dije que te sientes.

Pedro se acercó a ella y le pasó la bebida. Luego se sentó a su lado.

-Hace calor ¿verdad?- dijo Pedro- Llamaré para que enciendan el aire acondicionado.

Se levantó de la cama y cogió el teléfono. Marcó el número que estaba sobre el pequeño mueble de madera. Elizabeth dio un trago a su bebida. Estaba un poco fuerte, pero sabía bien.

-Diga… -dijo una voz gangosa.
-Oiga, ¿qué pasa allá abajo? ¿Por qué chingados no encienden el pinche aire acondicionado? ¿Es que no hemos pagado por la habitación? ¿O acaso quiere que terminemos como putos pollos rostizados?
-Disculpe, señor. Debe ser un error –dijo voz gangosa. En un minuto lo encendemos.
-Más le vale,- respondió Pedro- sino quiere terminar con los huevos pendiendo de las orejas.

Voz gangosa no respondió. Pedro colgó el teléfono y volvió a sentarse junto a su flamante esposa. La miró un par de segundos y pensó en manteles blancos y en una pila de relucientes platos limpios. También le pareció atractiva.

-Llevas un vestido muy bonito, eh nena.
-¿Te gusta?
-Oh, sí. Me fascina. Me encantaría desgarrarlo por la mitad.

Elizabeth no dijo nada. Pedro tampoco. Simplemente se quedaron allí sentados bebiéndose sus tequilas. 

Pasaron cinco minutos.

¿Porqué no dice nada? pensó Elizabeth. Se supone que él debería continuar la conversación.

Pedro levantó el vaso hasta su boca y se bebió el último trago de su tequila. 

-¿Quieres que te sirva otro tequila, amor?
-Oh, no. Ya sabes que yo no bebo. 
-Deja que te sirva otro, amor… no te va a pasar nada. Además necesitamos beber para soltarnos para lo que viene. 

¿Para lo que viene? pensó Elizabeth.

-Está bien. Pero solo uno. Si no me voy a marear y no me vas a querer aquí toda borracha.

Pedro se levantó y sirvió los tragos. Esta vez no canturreó. Luego regresó, le dio su vaso a Elizabeth y se sentó aún más cerca.

La bebida esta vez era más fuerte.

-Salud -dijo Pedro.
-Salud –dijo Elizabeth.
-Por toda una vida juntos –dijo Pedro.
-Por toda una vida juntos –dijo Elizabeth.

Chocaron sus vasos y dieron un largo trago a su tequila. Esta vez Elizabeth sintió como si hubiese bebido fuego. Después, posó su vaso en el suelo imitando los movimientos de su esposo. 

-Oye Eli, ¿y por qué te casaste conmigo?
-¿Cómo que por qué? Obviamente, por amor –contestó Elizabeth-¿Y tú?
-Por lo mismo. Supongo.
-¿Supones? ¿Es que no estás seguro?
-Claro que lo estoy. De lo que no estoy seguro es del amor. No sé si tal cosa exista. 
-Si no estás seguro de que existe, ¿entonces por qué te casaste?
-Bueno, uno se casa por muchos motivos aparte del amor ¿no? Compañía, Seguridad, Sexo. No lo sé. Mira, no sé si esto que sentimos ahora podrá durar toda la vida. Los nuevos descubrimientos científicos aseguran que el enamoramiento dura de 2 a 4 años. Después de eso, hay que remar contra corriente.
-¿Remar contra corriente? Lo dices como si fuese una carga, una molestia. Yo me casé contigo porqué pensé que íbamos a pasar toda la vida juntos. Y ahora me sales con esto, ¡Y EN PLENA NOCHE DE BODAS!

Entonces Elizabeth cubrió su rostro con ambas manos y se dejó caer sobre una almohada. Lloraba. Su llanto era sordo y por momentos intermitente. Tenía un brazo debajo del pecho y con el otro se cubría los ojos.

-Mi amor, no llores. No soporto ver a una mujer llorando. Lo que dije fue solo el efecto del alcohol. Tú sabes que te amo. Y que cuando estoy tomado se me da por ponerme filosófico.

Pero parecía que Elizabeth no lo escuchaba. Continuaba llorando en la misma posición y con igual intensidad. Luego, fue recobrándose poco a poco. Sus sollozos eran cada vez más espaciados. Parecía como si intentara jalar aire por la nariz y no lo lograra.

-Ven, mi amor. Ven con papi… -le dijo mientras la atraía hacia sí. Luego la rodeó con sus brazos y le dio un beso en la frente y sobre el pelo. Pasaron así unos minutos, y cuando Elizabeth separó la cabeza de su pecho, Pedro le dio un beso en la punta de la nariz.
-¿Estás bien? –le preguntó Pedro.
-Sí, ya estoy mejor.

Transcurrieron diez minutos. Tras ese lapso, la tensión había desaparecido casi por completo. Ahora la situación parecía un poco ridícula. Pedro continuaba sentado al lado de su esposa intentando consolarla como si fuera una niña. Ella mantenía la cabeza echada de lado sobre el pecho de su marido. Veía como su respiración formaba pliegues en la camisa de Pedro y al cerrar los ojos, pensaba constantemente que aquello debía ser el matrimonio. Que aquello significaba ser feliz.

Seguramente solo había un hombre así en el mundo.

Cuando Pedro sintió que Elizabeth estaba más tranquila, tomó la parte superior de su vestido con firmeza, y tiró de él hacia abajo. No llevaba sostén. Las tetas de Elizabeth se bambolearon de arriba abajo un buen rato como si fueran de gelatina. Tenían el volumen adecuado. Entonces Pedro comenzó a chuparlas y lamerlas como un maniaco. Parecía poseído. Atacaba los pezones salvajemente; los chupaba, los mordía, los succionaba. Pasaba la lengua alrededor y con una mano apretaba la teta que quedaba libre. Imaginaba que Elizabeth lo estaba disfrutando. Aunque en el fondo no le preocupaba mucho. Por su parte, Elizabeth simplemente le dejaba hacer. Luego le dijo:

-Ven… siéntate. Abre bien esas piernas y quiero que me enseñes tu cosita… ¡sí¡… quiero que me la muestres completamente. Quiero que vea que yo también la veo.

Elizabeth no sabía qué hacer. Sencillamente estaba allí, sentada, con las piernas abiertas y completamente expuesta a los libidinosos ojos de su marido. Ella los veía y le parecían horribles. Parecía que se salían de sus orbitas y estaban llenos de pequeñas cuarteaduras rojas. Por su parte, Pedro creía que aquello debía ser el matrimonio. Que aquello significaba ser el uno para el otro.  

Así que regresaba una y otra vez por más bebidas para contemplar el espectáculo.

Elizabeth notó que su marido arrastraba más las palabras al hablar y que su rostro se descomponía cada vez más. Era como si con cada trago, su rostro se hinchara irremisiblemente. Tiene cara de sapo, pensó. Ella también se sentía mareada. No era bebedora, y además, las bebidas habían estado bien servidas. 

Entonces Elizabeth se levantó y se dirigió con dificultad hacia la terraza. Pedro la miró con indiferencia. Pensó que iría a vomitar. Cuando Elizabeth llegó ahí, se apoyó en la barandilla y observó el horizonte. Escuchó el rumor del mar en la oscuridad y sintió la brisa marina sobre su rostro. A lo lejos, el agua reflejaba tímidamente la luz de la luna. Pensó en lo bello que era. En lo bello que era aquello y en lo absurdo que era todo lo demás. Luego, rompió a llorar nuevamente.

En la habitación, Pedro sorbía el último trago de la botella. La luz artificial le parecía mejor que la de la luna. El aire acondicionado le parecía mejor que la brisa del mar. Miró hacia afuera y vio a Elizabeth en el suelo, tiritando y con las manos cubriéndole los ojos.

-Mi amor, ¿Qué te pasa?

La tomó entre sus brazos y la llevó dentro. La recostó sobre la cama, pero no dejaba de llorar. Y esta vez el llanto era histérico. Cada vez que Pedro suponía que se había calmado, un nuevo ataque aparecía. De súbito, cayó en la cuenta:

Esta vieja está peda, se dijo.

Enseguida se escucharon golpes en la puerta. 

-¡Abra la puerta! Queremos ver qué sucede allí dentro. 
-No es nada, mi mujer se torció una pierna en una maniobra y ahora le duele mucho. Pero no se preocupen, ya se le pasará.
-¡Abra! solo queremos verificar que no suceda nada malo allí dentro. Entienda, es parte de la rutina.

Pedro abrió la puerta. Un hombre de chaqueta roja, bajo, gordo y con los orificios nasales más grandes que jamás haya visto en su vida apareció ante él. A su lado había un tipo alto y flaco y con cara de violador.

Cuando habló el hombre de los orificios de las narices reconoció su voz. Era voz gangosa.

-Solo queremos decirle que no tiene de que preocuparse –dijo voz gangosa- Nosotros estamos aquí para ayudarle. Entendemos que estas cosas suceden, especialmente el primer día.
-Ok, está bien –dijo Pedro-. Pueden irse.
-Ok –dijo el que tenía cara de violador- Solamente le pedimos que no haya más ruidos. Procure hacer todo en silencio –le dijo mientras salían.

Ni siquiera se molestaron en verla, pensó Pedro.

Luego volvió junto a Elizabeth que seguía llorando. Trató de reanimarla, le acarició la espalda, pero Elizabeth no reaccionaba. Por un momento pensó en que si no la calmaba, podrían venir de nuevo aquellos tipos. Entonces, la tomó por los hombros, la levantó y comenzó a zarandearla levemente. Sin embargo, aquello no funcionó. Nuevas lágrimas, nuevos gritos brotaron de aquella débil mujer. Todo se estaba saliendo de control. Lo único que pasaba por su mente en ese momento era que no deseaba volver a ver a esos tipos, así que sabía que tenía que encontrar una pronta solución. Entonces, en un arrebato de desesperación, le dio un par de estrepitosas bofetadas a su esposa. La fuerza del golpe fue tal, que sintió como le ardía la palma de la mano aún después de unos segundos. 

Elizabeth cayó sobre la cama bocarriba. Estaba temblando. Parecía como si no acertara una manera de sacar tanto llanto. Estaba como ida. Inmediatamente, se escucharon nuevos golpes en la puerta. Esta vez junto a voz gangosa y cara de violador, había un hombre de bata blanca.

-Le advertimos que no queríamos más “escandalitos” de esos -dijo voz gangosa-. Ahora nos va tener usted que acompañar.
-Pero si yo no he hecho nada. Es mi esposa, que no logra dormir con semejante dolor.
-Mire, no nos chupamos el dedo, señor Ramírez. Tendrá que acompañarnos por las buenas o por las malas- dijo voz gangosa.

El hombre de la bata blanca se había inclinado sobre Elizabeth y le examinaba la cara con una pequeña lámpara de mano. 

-Está mujer ha sido golpeada – dijo.
-Yo lo único que quería es que se calmara –dijo Pedro- Le pegué para tranquilizarla. No me digan que ustedes no tienen esposas. Ya saben cómo son las mujeres. Todo lo exageran.
-El maltrato hacia la mujer está tipificado como delito- dijo cara de violador- Poco importa que sea su esposa. De aquí se va derechito a la cárcel. 

-Pero yo… intentó decir Pedro.
-Vamos- dijo voz gangosa.

Salieron los cuatro de la habitación. Pedro, Voz gangosa, Cara de violador y el hombre de la bata blanca. Este fue el último en salir y apagó las luces.

Mientras tanto, Elizabeth dormía tranquilamente sobre la cama. Siempre había soñado con una boda única.

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  • Hola Eder, gracias por el comentario. lo que leíste fue el final de una saga de diez relatos incluido prologo de "La biblia según Dios", que este dio por terminado porque en realidad yo no tenía ganas de seguirla. Yo comencé a escribir hace tres años, anque en mi adolescencia pretendí ser poeta escribiendo versos románticos, tomé conciencia de mi incapacidad y no insistí. Eso sí, me sirvió para tenerle fobia a la poesía romántica que me parece cosa de adolescentes.Como la mayoría, poe no decir la totalidad de los qie escribimos en estas paginas, nos ganamos la visa de otra manera, yo como serigrafista, pero he dedicado mis tiempos libres en un montón de actividades vocacionales, música, cerámica, radio, militancia política y ahora escribir. Son como desafíos, pero no los concibo sin un receptor. Digamos que no confío en mi criterio como padre de la criatura, la autocritica puede ser buena o mala según nuestra persanalidad. Me importa la opinión ajena, aunque no coincida con la mía.. Me alegra que seas Mexica, un pueblo muy querido por los argentos y particularmente por mí, que tengo un hijo, músico, radicado hace once años en el D.F. - Yo estuve hace un par de años y volví admirado de tu país, su cultura ancestral y su gente. Saludos
    Hola Eder, gracias por tu comentario. Ante todo te aclaro que para mi las estrellas carecen de valor, las pongo para cumplir con el imperativo de TR, de valorar para poder comentar, con lo que no estoy de acuerdo, pero bueno, hay cosas peores, como que esto se use para escalar en un ranking de todos contra todos. Miserias humanas de vanidad y egocentrismo. Te digo esto porque veo que sos nuevo, aprovecho para darte la bien venida. Voy al comentario. Me pareció excelente tu cuento, te comento que soy del mismo palo, es decir yo también escribo y leo humor, y como lector te doy mi opinión. Hay pocos en la pagina dentro de este genero y lo de tu debut es sobresaliente. Bueno basta de franela, que no sos una mina....Avísame cuando publiques. Saludos
  • Si alguna vez te has preguntado porqué demonios no te has casado, he aquí una buena respuesta...

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Vivió sin Dios, sin amor y sin suerte...

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