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5 min
La noche que asesiné a Lorena.
Amor |
07.08.18
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Sinopsis

Debo aclarar, antes que todo, que nunca he disfrutado realizar alguna actividad que incluya sangre, nunca me ha gustado su olor, ni color. No me parece estética y odio cuando me corre por el cuerpo.

La vez que asesiné a Lorena fue una noche común y corriente, recuerdo que para elegir la fecha sólo tuve que ojear varias veces el calendario y elegir un digito al azar, no celebrábamos nuestro aniversario, ni era una fecha especial para ambos, así debía ser, no quería estropear nuestras celebraciones a futuro, a pesar de que nunca más me acompañaría a celebrarlas.

Tomé la decisión de cegarle la vida poco después de conocerla, éramos muy jóvenes, me enamoré muy rápidamente de sus pechos y su vigor desesperado. No la maté por celos, ni por disgustos continuos, le quité la vida porque la amaba; yo era quien le había dado su vida en todas esas noches donde el amor lo consumió propiamente de mi cuerpo, tenía también el derecho de quitársela, su vida era mía, como también su alma, cuerpo y espíritu.

Recuerdo que el día que debía morir la vi mucho más bella que otros días, leyó algún libro de esos muy gruesos que le encantaban, y se disponía luego de tomar aguja e hilo, tejer algunos asuntos que tenía pendiente de noches anteriores, me besó en la boca y sentí por penúltima vez su aliento en mis labios, era dulce. No puedo mentir y afirmar que Lorena tenía demasiadas ganas de seguir viviendo, pero disfrutaba cada momento a su manera.

Yo tenía bajo la mesa de noche, no muy escondida entre una biblia y un libro mormón una Remington 1911 de calibre 45. Ella tenía una sonrisa en su rostro ya arrugado por los años. Lorena y yo nunca tuvimos hijos, quisimos vivir nuestra vida alejados de esos quehaceres, nunca nos vimos en esas tareas domésticas ni nunca nos sentimos culpables de llegar a nuestra vejez solos. Nos teníamos, yo a ella, ella a mí. Nos bastábamos el uno al otro.

El arma de fuego la había adquirido hace algunos años atrás, quizás 7 u 8 años, nunca fui un aficionado por las pistolas, pero esa Remington desde que la vi supe que era la indicada para darle la estocada final a nuestra romántica historia de amor, un final perfecto. Le entregué toda mi vida en cada noche de nuestra vida, le aclare el cielo infinitas veces y se lo coloque en la yema de sus dedos. Su dolor también era el mío, sus fuerzas me pertenecían y sus sueños pasaron a ser mis metas. Toda mi vida fue suya, ahora su vida, debía ser para mí. Un sacrificio en honor a nuestros días.

Nunca sentí pena por ella, más bien la amé como nunca esa noche, la besé en nuestra cama como hacía mucho no lo hacíamos, me tomé la libertad de tocar su cuerpo desnudo bajo las sábanas para descubrir, bajo aquella sonrisa cómplice, que los años nos habían arrollado la piel, ella sonrió y me besó la mejilla, esa era su felicidad, ignorar que esa era su última noche con vida, ignorar que su amado iba a asesinarla mientras dormía.

Me preocupaba muy seriamente el agujero que iba a producir el arma, debía hacerlo en una zona no visible, descarté inmediatamente dispararle en el cuello, o en la parte baja y posterior de su cráneo. Pero Lorena debía morir inmediatamente, no quería escuchar su llanto, ni ver como las lágrimas podían manchar nuestra noche de consagración eterna, era una decisión difícil que debía tomar.

 ...

Lorena se quedó dormida temprano, como a eso de las veinte horas o poco más, acto seguido y muy lentamente me levanté de la cama para no interrumpir su sueño. Me dirigí hacia la cocina y me serví una taza de café caliente, luego de los 3 primeros sorbidos terminé quemándome la lengua y los labios para luego maldecir en silencio. Me senté 20 minutos en el balcón pensando en los años que habíamos vivido llenos de celebraciones y amor inconmensurable, pensé encender un cigarrillo, pero inmediatamente me negué a hacerlo, Lorena odiaba el humo del tabaco. No pude evitar sonreír tontamente cuando recordé nuestra boda, nuestra graduación, nuestra luna de miel y todas esas veces cuando fuera de la habitación nevaba y dentro de ella, precisamente en nuestra cama, todo hervía. Fue todo muy bonito. Pero lo fue…

Sí… Lorena…

Lo fue…

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