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13 min
La nota en una puerta
Reflexiones |
24.03.16
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Sinopsis

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Ya está otra vez. Ni que lo estuvieran matando

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

No puede ser. Que se calle de una vez.

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Decidido, lo voy a matar.

En este instante, un hombre de blanco me abre la puerta. Me recuerda que es hora de patio y que debo bajar con los otros pacientes. Aunque claro, él no los llama pacientes. Son sólo personas con problemas.

Una vez abajo procuro no mirar demasiado a la gente. Me siento en un banco e intento recordar cuánto tiempo llevo aquí encerrado. Cómo no lo consigo, me frustro y me golpeo la cabeza.

-Piensa, piensa-murmuro.

Lo único que sé es que me confundieron con un loco. Pero no lo estoy. Solo soy un joven recién licenciado en literatura que he tenido algunos problemas, nada más. Desde que estoy aquí nadie ha venido a visitarme, por lo que he perdido la cuenta de en qué día vivo.

Pasa al lado mío, un estafermo de dos metros y por lo menos cien kilos que reconozco perfectamente, pues vive en la habitación de al lado. Cuando no está encerrado, no grita, se relaja y está prácticamente siempre con la boca abierta. Pero cuando está en su habitación sin poder salir apenas para de gritar. Y son 23 horas al día. No pienso aguantarlo ni un minuto más. Aunque no puedo atacarle sin más si no quiero que me condenen al ostracismo prohibiéndome salir incluso a tomar el aire. Debo trazar un plan…

Levanto la vista del suelo y me encuentro con un psiquiatra. Es el que ordenó mi ingreso en este sanatorio, así que no le recibo de buena gana.

-He conseguido que tengas un permiso de fin de semana-me dice-. Ya he avisado a tus padres para que vengan a buscarte. Sales mañana viernes por la mañana.

Sólo asiento con la cabeza sin que se me noten mis sentimientos, manteniéndome hierático, pero por dentro estoy dando saltos de alegría. Voy a ir a casa, después de tanto tiempo...

A la noche he conseguido dormir bastante bien a pesar de lo gritos del pánfilo de hombre al que quiero asesinar. Al salir de este lugar maldito con una mochila repleta de las pocas cosas que tengo en propiedad, no encuentro a nadie esperándome. Le pregunto al guardia de la puerta si sabe algo. Me mira extrañado, niega con la cabeza y sigue leyendo su revista. El psiquiatra ha dado por hecho que mis padres estarían fuera esperándome y se ha despedido de mí dentro, no sin antes ordenar al guardia de la entrada por teléfono que me dejara salir. Así lo ha hecho el agente, pero el aparcamiento del psiquiátrico estaba absolutamente vacío. Me siento en la acera esperando. Pasan dos horas y me doy cuenta de que si el psiquiatra se entera de que no ha venido mi familia, a lo mejor me vuelve a internar para que no ande yo sólo por la calle. Cojo mis propiedades y me muevo sin un rumbo fijo.

Estoy andando por las calles de mi ciudad, que tanto tiempo hacía que no veía. De repente, me encuentro con mi antiguo mejor amigo. Siempre me había llevado bien con él, a pesar de ser un crápula y un manipulador. Le extiendo la mano  para saludarle, pero hace como que no me ve y se aleja. Es ahora cuando comprendo todo; mis padres no quieren saber nada de mí, pues piensan que soy un demente. Por lo visto, la noticia de mi desequilibrio mental había llegado a todas partes. Pero no es verdad, mi mente funciona correctamente. Solo he tenido unas circunstancias que me han llevado a no estar bien del todo. Loco es demasiado para describirme.

Me doy cuenta de que no tengo adonde dirigirme ni donde dormir o vivir. Así que, al llegar la noche me dirijo a un cajero donde vive un vagabundo que conocí hace tiempo.

Él y todos los demás me acogen con los brazos abiertos, dándome el apoyo y la comprensión que necesito en este momento. Me entregan un cartón para resguardarme del frío. Cuando llega la hora de dormir, todos los sintecho deciden dejarme en el cajero a mí, en vez de alguno de ellos, pues el sitio es tan pequeño que solo entran dos personas. Normalmente se echan a suertes qué dos personas duermen bajo techo esa noche. Finalmente, nos quedamos mi viejo amigo y yo a descansar, tras ocupar el otro sitio mediante su victoria en un juego de azar con los otros hombres.

Me despierto en medio de la noche y veo a mi amigo el vagabundo abriéndome la mochila y rebuscando. Le digo que solo dispongo de bagatelas pero no me hace ningún caso y tras darme un empellón continúa con su registro. Es entonces cuando me sale el odio y el rencor que llevo acumulados contra mi familia, mis amigos, esta sociedad enferma e incluso contra mí mismo. Sin ningún miramiento le doy una tunda algo excesiva, pues él es, al fin y al cabo, una víctima más del oprobio y del miedo exacerbado a todo lo que somos diferentes, peligrosos para la comunidad, por parte de la gente denominada como “normal”. Esto ocurre porque es muy molesto ver por la calle a alguien que se salga del orden establecido.

Me marcho, no sin antes registrar los bolsillos de la raída chaqueta del inconsciente y miserable mendigo. Encuentro un cuchillo y me lo guardo en la mochila, aunque me asombra que no lo usara para defenderse cuando comencé a golpearle.

Transcurre el fin de semana, y robando comida en tiendas sin que el tendero se dé cuenta, y durmiendo debajo de un puente que he encontrado desocupado, logro sobrevivir.

El domingo a la noche recuerdo que en teoría debo volver mañana a ese centro opresivo. Es entonces cuando reflexiono. No pienso volver allí por las buenas, tendrán que cogerme. Estaré loco, pero también lo suficientemente cuerdo como para no querer estar en el que yo considero peor lugar sobre la tierra.

Entre una cosa y otra, no paro de pensar en todos los seres queridos que me han dado la espalda: mis padres, mi mejor amigo… No importarle nada a nadie es muy pernicioso para mi cabeza. No puedo estar cuerdo si no me quiere nadie. Es absolutamente imposible. Quizá esa sea la razón por la que cometí todas esas fechorías que me llevaron a esa prisión sin barrotes. Aunque lo cierto es que nada de eso importa. Llegados a este punto no. Tal vez si acabo con la raíz del problema me puedo curar. Abro la mochila, agarro el cuchillo y tomo la determinación necesaria para hacer lo que me propongo. Prefiero no pensar en ello, porque puede disuadirme.

Estoy haciendo el recorrido que tantas veces hice en mi infancia y adolescencia volviendo de la escuela. Camino al lado de la casa encantada con la que tanto me entretuve de niño cuando creía en la magia y demás fantasías. Por supuesto que sé que no está encantada. Todo fue una broma de mi madre que me aseguro que en ese sitio vivían brujas y demás seres encantados cuando yo apenas había aprendido a hablar, porque le pregunté, como hacemos todos a esa edad, que era esa villa solariega tan grande y tan tétrica a la vez, quizá debido a la antigüedad de la  casa, quizá debido a los árboles de ramas largas y deshojadas que cubrían toda la casa de unas sombras tenebrosas que le conferían el aspecto de una mansión de película de miedo. Mi madre debió pensar que tenía gracia aterrorizarme sin venir a cuento pero lo iba a pagar. Me topo con la farola donde me rompí un diente con doce años cuando estaba jugando con unos amigos. Mis padres se preocuparon tanto que hasta mi padre estaba con aspecto compungido hasta que el dentista les dijo que había conseguido ponerme una paleta completamente idéntica que la original. Tropiezo con un bollo que se encuentra en la recién asfaltada carretera por la que en este momento no pasa nadie, pues ya es más de medianoche. Subo a la acera de nuevo y me encuentro con la basura donde tiré la rosa que pensaba regalarle a una chica que me gustaba cuando me encontraba en la carrera de literatura. Tuve una relación con ella y yo me quedé un poco prendado. La conocía de una fiesta en la que me la presentó el mismo mejor amigo que ya no quiere saber nada de mí. Impulsado por un profesor de mi carrera que hablaba con pasión del amor y de cómo los escritores lo trasladan a sus poemas, decidí declararme a mi amada. Me aprendí el Poema 20 de la obra “20 poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda para recitárselo antes de soltarle mi perorata romántica, creada por mí. La abordé por la calle cuando se encontraba sola en un lugar poco transitado por gente, como yo sabía que pasaría pues lo tenía todo estudiado. Sin embargo, no llegué a pronunciar ni siquiera “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Me quedé sin respiración, con la rosa bien sujeta por mis dedos sudorosos detrás de la espalda mirándola a los ojos. Sentía como si estuviera encima de un cadalso mirando fijamente a la muerte.  Ella primero me miró con curiosidad, luego con pena y finalmente con una sonrisa burlona. Mi corazón, que siempre había sido uno, se quedó hendido, rasgado, tras observar esa risa y esa maldad que se observaba tras esa cara seráfica. Eché a correr sin mirar atrás. Al llegar debajo de mi casa, tiré la flor a la basura, donde permaneció hasta que un camión se lo llevo, junto a mi amor por esa chica, a un vertedero.

Por fin llego hasta mi casa. Entro en el portal del bloque de viviendas en la barriada en la que viví casi toda mi vida con las llaves de mi casa que aún conservo. Subo al tercero. Jadeando me apoyo contra la puerta. No he encendido la luz por lo que al poner mis manos encima de la entrada hago más ruido del que me esperaba. Acarició el marco para tantear donde apoyarme sin producir ruido. Recuerdo como  me agarraba, de manera parecida a como lo estoy haciendo ahora, al borde de la puerta para no ir a clase. Mi madre me obligaba sujetándome por las piernas. Ese recuerdo me hace sonreír. Inmediatamente después, recuerdo como me agarraba a ese mismo lugar para no caer cuando volvía viendo triple, después de pasarme toda la noche metiéndome todo lo que pillaba con algunos de mis amigos hacía tan solo unos pocos años. Cuando no tenía fuerzas para sujetarme solía caerme cuán largo era en el zaguán de mi casa dejando la puerta abierta. Mi padre solía llevarme en brazos con infinito cuidado a la ducha. Me lavaba, me secaba y me ponía el pijama mientras mi madre me preparaba la cama para que mi padre lo tuviera más fácil para meterme. Recuerdo todo eso en una neblinosa difusa en mis recuerdos, pero estoy convencido de que es cierto. Se debieron de cansar de mí y finalmente me han dado la espalda. Ni una sola visita, ni siquiera ir a recogerme cuando salgo libre de ese lugar. Cuando iba drogado cometía muchas malas acciones y acabé en el calabozo en más de una ocasión. En la última de todas determinaron que tenía un trastorno mental grave producido por todos los viajes que había tenido con la droga.

Saco el cuchillo de la mochila y meto la llave en la cerradura. Doy el primer giro. Vuelvo a poner la llave en la posición inicial. Vuelvo a girar de nuevo.

No puedo. Por mucho que me hayan dado la espalda, no puedo. Me cuidaron cuando era un niño y se me rompió un diente y me cuidaron cuando no paraba de destrozarme los órganos internos mediantes aspiraciones y pinchazos en vena. Me lavaban cuando no me valía por mí mismo y me manchaba de barro jugando en la calle y me lavaban cuando me manchaba con mi propio vómito estando inconsciente. Por mucho que se hartaran de mí, si no fuera por ellos yo no estaría aquí ahora mismo a punto de cometer un parricidio. La culpa de mi locura no era suya; era mía por haberme  refugiado en el alcohol y en las drogas de problemas que ya ni recuerdo. Me voy pero antes quiero escribirles una nota. No tengo ni papel ni bolígrafo, por lo que con el cuchillo tallo una simple nota: “Siento mucho todo. No me abandonéis, por favor” con mi firma debajo.

Me dirijo al centro psiquiátrico y al llegar pronto me quedo dormido delante de la puerta. El guardia recién relevado por otro compañero me despierta a las seis de la mañana con  cara de dormido.

-¿Has dormido aquí?

-Sí-le respondo lacónico.

El guardia que acaba de llegar me deja entrar tras hacer unas pequeñas comprobaciones. No se acuerda de revisar mi mochila. Mi psiquiatra me está esperando en el vestíbulo.

-¿Qué tal con tu familia? Habrás disfrutado mucho.

No le respondo y voy directo a mi habitación. El psiquiatra, sorprendido por mi silencio, me alcanza y me abre la puerta de mi habitación, acolchada para prevenir que me autolesione. Dejo mi maleta con mis cosas en el  suelo y me tumbo en una cama por primera vez en casi tres días. Debo descansar bien. El horario de visitas empieza a las cuatro de la tarde y hoy voy a recibir la de mis padres.

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Otra vez el grandullón gemidor. Se acaba de despertar y debe hacer su grito cual gallo en un corral. Sonrio y me levanto de la cama. Abro la mochila y saco el cuchillo de mi amigo el pobre méndigo, que espero que esté bien. Disfruto pensando en lo que quiero hacer con esta arma.

-Al fin tengo algo con lo que…-digo en voz alta.

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Me ha interrumpido. Me rio a carcajadas como un demente sabiendo que es la última vez que lo va a hacer.

 

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