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3 min
La nueva diosa
Amor |
20.02.21
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Sinopsis

Una gran artista se esfuerza por ganar un premio. Pero pronto descubre que su entera obra ha sido inútil. La verdad le es revelada, la destruye y acaba como una nueva diosa

Por supuesto que el tema era ridículo. Mejor dicho, no es que fuera ridículo por naturaleza, sino que se había vuelto cursi a causa de los nuevos tiempos.

¿Me explico?

-No, no te explicas nada– me dijo ella, bien seria.

-Tengo que decírtelo, pero me hiere -cargué de nuevo.

Se agarró el cabello, negro, liso y brilloso, a dos manos, que apoyó sobre el escritorio, para después echarme una mala mirada que me achicharraba con el poder de su lengua, que salía con fuerza de sus labios retorcidos.

-Escúchame bien -dijo; esta vez, a mis ojos, parecía una ancianita adorable, soñadora-: El amor nunca pasará de moda. Es un tema eterno. Diario. Cotidiano. Tú -siguió señalándome con el dedo- te equivocas rotundamente.

-Cómo quieras -le contesté impávido-. Pero no digas que no te lo dije. La historia que escribes me parece fabulosa, pero la forma en que la escribes no.

“Quizá allá por los 90’s y 2000’s hubiera impactado, quizá hasta hubiera podido ser reseñada, digamos que gracias a aquella explosión de remakes de los 80’s.

“Lastimosamente éstos cayeron en el anacronismo. En los 90’s muchos adoptaron, hasta en la música popular, para salvarse y en busca de originalidad -en una aceptación inconcebible-, las letras nacidas de los genios del boom latinoamericano literario. Si esto no hubiera ocurrido, quizá no tuviéramos ni lengua ni cultura tal como la conocemos hoy.

“Pero ahora eso es algo muerto, repetitivo, sin vida, caducado. Aunque en tu melancolía quieras resucitarlo, no revivirá. Lo siento.

“Tienes que dejarlo ir”.

Fijó los ojos en la pantalla del ordenador. Leyó generosamente lo que había escrito:

“Mujer feraz, que tejes al hombre con sexo de arenilla caliza y corazón poroso de liza. Hay secretos de mujer no tamizados por la colada, como canto adormecido en el tiempo, despertando a la luz de las veladas de amigas.”

Súbitamente airada, en un abrazo mortal, cogió a la computadora con todas sus partes, cables incluidos, y la aventó contra el suelo, para luego abalanzársele y destruirla a puntapiés.

Yo estaba como congelado, sin mover un tan solo dedo, gozando del espectáculo, pero algo atemorizado de su empoderamiento.

Sin pronunciar palabra, salió de la habitación y volvió con unas latas de pintura. Las abrió.

“Tienes razón”, me dijo, “lo que he escrito es una mierda.”

Y comenzó a esparcir la pintura como loca por todo lo ancho y largo del cuarto. Era todo una fiesta de colores, emociones, amor, odio, pasión, fuerza, sinceridad, autocrítica y verdad, que emanaban de una fuente de energía que se resquebrajaba pedazo a pedazo, hasta hacerla estallar en cientos de corrientes que explotaban en los rincones más oscuros y escondidos. Y también en mi propia cara.

Por último, como hipnotizada, dejó escritas estas palabras en el suelo:

“El genio sin el poder de la verdad ni de la justicia no puede amar ni trascender”.

Desde entonces no volvió a ganar un premio. Pero sé, por medio de unos amigos que son ávidos lectores de sitios literarios en internet, que ella está a punto de pasar a la eternidad como una nueva diosa.

 

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