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4 min
La otra siesta
Drama |
13.05.19
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Sinopsis

No todas las siestas son apacibles

LA OTRA SIESTA

Este verano, mis habituales siestas han sufrido una variación. Paulatinamente, las he ido acortado, hasta eliminarlas, para poder mirar a escondidas a una joven madre que acude todas las tardes a una replaza diminuta, enclavada entre las laberínticas callejuelas de la parte antigua del pueblecito donde veraneo.

El pavimento rojizo, un taraceado de piedra de rodeno, contrasta con el reluz verdoso de unos maceteros de albahaca y geranios. Algún jazmín deja sentir su dulzón aroma. Un gato reposa enroscado en un rincón.

Las callejas son tan estrechas que los balcones de una parte casi tocan a los de la parte opuesta, la sombra y el frescor son casi perpetuos.

Es el momento difuso y evanescente en que el pueblo se sumerge en la dulce modorra de la sagrada siesta, los sonidos se amortiguan, el tiempo se dilata, hasta el universo se expande más lentamente.

La joven madre empuja un carrito con un niño. Se sienta en un banco de madera, bajo la protección de un emparrado, saca un libro del bolso y se dedica a leer, absorta; imposible saber el título, pues ha forrado las tapas.

La mujer tiene el pelo largo y muy negro; la piel bronceada difumina en parte un tatuaje que luce en el hombro derecho. Es una luna menguante con un duendecillo sentado a horcajadas en el extremo inferior, con los pies balanceándose en el vacío.

El niño debe tener tres o cuatro años y sufre algún tipo de enfermedad grave, parálisis cerebral o algo similar. Permanece siempre con los ojos cerrados, crispados, aparentemente dormido. Con los ojos cerrados y la boca angustiosamente abierta. Está muy delgado y adopta una postura torturada, con los bracitos y piernas retorcidos en incómodos ángulos.

Pero el niño no está inmóvil del todo. Periódicamente, se agita con espasmos incontrolados y emite un desgarrador sonido, agudo, gutural, y babea. Con intervalos, la madre le limpia la baba con un gesto pausado, seguro, con la exactitud que da la repetición. Le susurra algo y le aparta el pelo de la frente.

Me pregunto cuánto habrá llorado por ese hijo y cuántas veces habrá llorado al secarle la baba, hasta asumirlo, hasta aceptarlo.

Siempre llega sola y sola permanece. Hago conjeturas respecto al padre del niño. ¿Estará trabajando en otro lugar, mientras ella permanece en el pueblo? ¿Se queda en casa durmiendo la siesta? ¿Quizá la abandonó al nacer el niño, abrumado, horrorizado por la enfermedad de este? ¿La consideró culpable, responsable del supuesto estigma?

Me hago mil preguntas sin respuesta. Y no ceso de contemplar la escena, que genera una atmósfera serena e intensa a la vez. La madre, el niño… es casi como la composición de un óleo religioso.

Yo la observo desde una ventana, mejor dicho, la espío a hurtadillas. Es una mezcla de curiosidad y compasión; también conllevo un poso de culpabilidad. ¿Qué derecho tengo a inmiscuirme en su vida? ¿A mirar impunemente al ser que posiblemente ame más en la vida? Pero no puedo dejar de mirar, fascinado.

Acecho a través de las rejillas de la persiana de madera. A veces, la madre levanta la cabeza de repente y fija la mirada en mi ventana, como buscando mis ojos. Se produce una situación curiosa: ella está segura de que alguien la observa y yo estoy seguro de que no me puede ver, ya lo he comprobado.

Ella no me interesa, me interesan ella y el niño, el niño y ella. Los dos. Como un todo, como algo indivisible. A mi manera, les hago compañía, en las tardes lentas y apáticas de Agosto, entre la pereza y la desidia.

Me gusta pasar el tiempo con ellos. Mi persistencia en observar, que roza una progresiva obsesión, acaba siendo notada por mi mujer, que cierta tarde, intrigada, me pregunta, mientras trastea a mis espaldas:

--¿Qué miras todas las tardes? No estarás fisgoneando a alguna vecina ¿verdad? Porque tú siempre estás pensando en lo mismo…

Le respondo vagamente que no hago nada especial, que me dedico a meditar. Acostumbrada a mis rarezas, pronto me deja tranquilo en mi puesto de observación.

Inesperadamente, escucho el alegre correteo de mi hijo pequeño dirigiéndose hacia mí.

--Papá ¿vamos a jugar al parque? –y mete ilusionado su manita entre la mía.

Se la aprieto fuerte, muy fuerte, y lo miro sonriente mientras le hago una mueca de payaso. En realidad, estoy conteniendo unas amargas lágrimas.

FIN           

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