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25 min
La Pena Del Joven Joseph
Amor |
23.11.15
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Sinopsis

Ocupando el seudonimo.

Contrate al joven Joseph teniendo el consentimiento de sus padres. Se llenó de felicidad cuando le di el “si”, desistiendo a mi primera postura. No recuerdo con exactitud de cuándo fue la primera vez que lo vi merodeando, solo recuerdo sus reiteradas apariciones en la librería, debió ser por un tiempo mi cliente más frecuente. De vez en cuando compraba algún libro, hasta que hubo un momento que me pidió trabajo, me rogaba un lugar dentro de mi librería. En una primera instancia fui muy severo y le dije que no de una forma tajante, de hecho intimidándolo con mi mirada de este rostro maltraído. Se fue apenado, tenía el presentimiento de que no volvería. Cosa que no fue así. Al día siguiente de haberle dado un rotundo no, volvió, esta vez con un papel rayado que certificaba que sus padres confirmaban la autorización para poder ejercer un ámbito laboral dentro de mi librería, mostrándome el papel, empezó a insistir y dándome a entender que poseía unas considerables ganas, dando todo, haría lo necesario para lograr un espacio en mi librería. Era bastante obstinado para ser cierto, después de haberlo mirado con la cara de pocos amigos hasta pensé que no pisaría nunca más mi librería. Finalmente accedí a darle una oportunidad.

 —Bien, comienzas mañana.

— ¿De verdad?

—Sí.

Me quedo mirando con la intención de decir algo, pero las palabras brotaban en concreto.

—Bueno entonces tendré que buscar una firma real de mis padres.

Cuando me dijo aquello, salió corriendo. No me enojó, sentí algo contrario a rabia, con eso me di cuenta de que era parecido a mí, y los tipos como él volvían. Sí que lo hacían.

Y así fue.

Llego esa misma tarde, esta vez acompañado con sus padres, él se disculpó primero conmigo por haber falsificado una firma. Acepte sus disculpas, también la de sus padres y empezamos a platicar sobre el chico. Me entere recién ahí de su nombre, de que quería estudiar letras, que estaba en su último año de colegio, destacando en la asignatura de lenguaje y comunicaciones, teniendo el promedio más bajo del curso en matemáticas, y dejando en claro de que tenía ganas de trabajar aquí.

Me despedí de sus padres, del joven Joseph, llegando al acuerdo de: Trabajar los fines de semanas y el viernes después del colegio, invitándolo a un trabajo de opción de ser “part time” y así no descuidar los estudios y dedicar su tiempo libre a la librería. Cuando enlace aquellas palabras sus padres se miraron con cara de que el joven Joseph no aceptaría, lo cual no fue así, fue un si cerrado, con una mano empuñada aceptando todo acuerdo. Al finalizar le dije que si se acostumbraba y seguía en la librería le haría un contrato formal.

Así fue como conocí al joven Joseph.

 

En un comienzo como cualquier joven imprudente, las normas no le vinieron de lo mejor, sobre todo al principio cuando fui bastante estricto, dándole trabajos que no son gratos, esas labores que no valen un esfuerzo mayor, pero que si hay que hacer, y no a todos les gustan elaborar, menos en un joven de 17 años.

—Lo primero que harás será sacar la basura, trapear el piso, limpiar las vitrinas y finalizado todo aquello, te quedaras ordenando la bodega.

Musito algo que no logre captar.

— ¿Qué dices?

—Nada. Pero…

—Pero que…

— ¿Tendré que hacer esto, todo los días?

—Todos los días que vengas, claro.

Se fue desconforme, discrepando con todo, expresándolo con gruñidos infantiles, un descontento típico en un joven, tal vez comprensible, pero atípico en el sentido de que él quería estar en una librería. La simple labor que objeté era tan sencillo que con un poco de tiempo, lo haría sin quejas a la acción.

Atendía al poco público que asomaba a la tienda y el joven Joseph miraba, estaba al tanto de mis movimientos, mi dialecto con mi interesado; mantenía un ojo en el fastidioso aseo y otro en mi atención. Era muy inteligente en ese aspecto, observando se aprende bastante y lo que hacia él, no la hacía cualquiera, cualquier otro no hubiera querido estar más tiempo ahí, en mi librería, conmigo, en cambio el joven Joseph sabía que lo haría contactarse con el público y vender, porque es lo que quería y también yo.

— ¿Terminaste?

—Sí, ya acabo.

—Luego que termines aquello, pasas a la bodega para explicarte tu otra tarea.

Vi otra muestra de degustación, esta vez acatando de una forma más resignada, asumiendo la condición en la que se encontraba, era un joven en su primer trabajo y en su primer día, no querría salir por la puerta ancha en un primer día, menos en uno que tanto insistió en conseguir.

En la bodega le asigne una tarea sencilla, a pesar de su simplicidad, era probablemente la reprochada por la mayoría, incluso la mía:

—Ahora te toca ordenar la lectura complementaria, en orden alfabético. También ordena en un orden ameno los libros restantes de la repisa angosta. Son libros que ya están puestos en curso, y esos son sobrantes. Ordénalos.

Su visión se quedó analizando la superficie. La bodega era alta, aproximadamente unos 5 metros hacia arriba, el ancho era reducido, solo cabían 4 personas en fila.

Me retire  convencido de que le había dejado claro todo. La tienda relucía su palidez, había perdido su toque, tanto visual como en el asentamiento de las personas. El público que recibía generalmente era el regalón, había rostros que se paraban con frecuente entusiasmo, las personas de casas adyacentes a la librería. Me hacían las mismas interrogantes que solían opacarme, aquellos cuestionamientos me desquiciaban, me dejaban mal, peor que mal. Eso era al principio, después no sé, si me fui acostumbrando o me resigne a la idea de que la seguirán preguntando infinidades de veces, era una forma de saber cómo me encontraba, si había superado lo insuperable, eso era en cuestión ¿Cómo se puede superar, lo que no se puede? Fue mi interrogante durante los primeros años, la respuesta no floreció, la conclusión es que solo la juventud puede encontrar la respuesta, los ancianos solo nos detenemos en los ciertos puntos del mundo a respirar, esperando que esta vela envenenada se apague lentamente, que ese veneno sutil que se resbala por la esperma caiga y chorree, hasta llegar al punto culmine en que la vela sea bastante pequeña y se apague, se esfume de este mundo.

En la hora del cierre—a las 8:00 PM— voy a la bodega a informarle al joven Joseph que la jornada por hoy culmina. Aunque no le digo de inmediato, si no me quedo husmeando un poco entre la puerta, para ver su actuar, no veo nada extraño, solo permanece ahí, ordenando y leyendo un libro a su lado, lee Rebelión En La Granja de George Orwell, hace ambas acciones a la vez, ordena un poco y luego lee un párrafo.

—Joseph…

Se espanta, como si lo hubiera encontrado en un crimen, se ve asustado y se excusa por estar leyendo. No le digo nada, porque no merece que diga algo, y si esperaba un reto no lo ameritaba.

 — ¿Qué paso?— pregunto.

—Nada.

— ¿Y por qué esa cara?

—Es que creí…

—Ya, ya. Es hora de cerrar, ya acabo por hoy.

— ¿De verdad?

—Si son las ocho de la noche ya, la tienda está cerrada, ve a descansar que mañana toca trabajo también.

Hace un amagó para ver la hora en su celular.

—Oiga espere.

Ahí venia su rendición, su suplica de libertad, su agotamiento laboral, su escasa energía derrochada en la librería. Ya me veía venir lo que iba a decir, talvez no se parecía tanto a mí, sino a un ser corriente, no es que no lo haya sido, pero a estas alturas soy un viejo que ya aprendió a ser joven, ahora solo hago el ejercicio de lo aprendido.

—Dime— le digo a una postura desafiante.

—No me importa hacer esto todos los días, si quiere castigarme— a la palabra castigarme, hizo un gesto exagerado de comillas— o no sé qué quiere lograr, no lo va a conseguir. Yo por lómenos planeó terminar el año aquí.

Me quedo sin habla, luego de un rato me sale algo.

—Claro… Como apetezcas.

Y se va. Tal vez me lleve otra impresión errónea, ahora si me sorprendió su obstinación. 

 

Las clases terminaron para el joven Joseph, termino su último año escolar con un 6,0 en lenguaje y comunicaciones, bajo 4 décimas de este ramo, solamente por estar al tanto de la librería los fines de semanas. Le quedo poco tiempo para el estudio. Para sus exámenes finales tuve que hacer la excepción de darle libres los domingos, y también dejándolo en libertad un poco antes los días sábados. Aun así saco adelante su último año.

Ahora estaba de pleno a la librería, se venía diciembre que era el mejor mes de la tienda, y de cualquier tienda diría yo, lo necesitaba más que nunca.

Recuerdo años pasado, sobre todo el anterior a este, en donde la tienda sufrió un colapso de público, sobre todo al final del día, la gente parecía que venía a última hora a comprar un regalo de Navidad, era un 23 de diciembre, con una hora extra al cierre de local, aun había gente rebuscando escandalosamente algún obsequio.

Ese 23 de diciembre pude poner a prueba las habilidades de Joseph, pude ver su capacidad de recordar títulos, su intuición al recordar sectores. Fue, bastante, impresionante.

Al final, termino con éxito ese día, Joseph parecía totalmente adaptado a la librería. Su función era fluidez total, la bodega estaba ordenada, las vitrinas estaban limpias, el piso bien tratado, los libros. Si, los libros estaban ordenados, todo en su lugar, lucia como librería recién inaugurada.

 

Al día siguiente, tocaba trabajo nuevamente. Aun que al ser noche buena la librería culminaría su cierre a las 5 de la tarde.

Joseph llego a la hora como siempre, se desabrigo en la bodega, reluciendo su anatomía y monotonía del diario, marchó a limpiar las vitrinas.

— ¡Eh! Joseph, ven un rato.

Se frenó de golpe y se dirigió a la caja registradora (en donde me encontraba la mayor parte del tiempo)

— ¿Qué paso?

— ¿Qué haces chico?

—Voy a limpiar esos vidrios.

—Ya basta de eso. Están limpios. Mejor haz esa tarea una vez a la semana.

— ¿De verdad?

Después se dirigió a la bodega y pescó el trapero. Hizo lo que me temía.

—No, no, eso tampoco Joseph. Esa tarea también hazla una vez a la semana.

— ¿De verdad?

—Mira Joseph, la única tarea que tienes que hacer todos los días es leer. Ya es suficiente de las tareas domésticas. Desde ahora en adelante, tu función va ser vender dentro de la tienda.

 —Me habla enserio— su postura no había cambiado en toda la charla. Ahora parecía  más un niño en su cumpleaños.

—Sí. Los vidrios se harán una vez a la semana, el piso se hará una vez a la semana, la bodega se hará una vez a la semana y los libros una vez al mes.

— ¿Por qué los libros una vez al mes?

—Por qué me gusta el polvo asomándose en ellos.

Le explique varias cosas de como seria todo ahora, se veía muy entusiasmado, ya había adquirido disciplina haciendo esos quehaceres todos los días, era un chico puntual, cumplía con lo que le ordenaba, tenía dominio escénico. Dejándome muy en claro con lo demostrado al día anterior.

Su postura y su habla habían cambiado conmigo ese mismo día. Se notaba que lo tenía cabreado, se puso conversador como nunca, no lo había escuchado hablar tanto desde que lo había conocido. Antes era un saludo y una despedida simplemente, ahora me conto de todo. Hasta me converso que dentro de una semana más tenía su fiesta de graduación, y mostro su alarma por no tener pareja con quien asistir a la fiesta. Solo lo escuche y a ratos trataba de darle algún que otro consejo, y para su situación le dije:

—SI no tienes con quien ir a tu fiesta de graduación, no te preocupes, mejor ir solo que mal acompañado. No te empeñes en buscar cualquier pez que se asome en el mar. Te traerá un mal recuerdo y hasta talvez te aburras.

Un consejo que no lo daba cualquier viejo, solo uno como yo, uno que pensara como piensa yo, solo yo daría un consejo así.

— ¿Eso piensa? Hoy en día las cosas no son así, los jóvenes preferimos ir con cualquiera, hay que ir con alguien a la graduación, de hecho hasta una prima es una opción abordable, pero como no tengo ninguna prima que sea, bueno, ya sabe usted, linda de exhibir.

Su comentario me saco una mueca. Tenía razón el chico. Nadie pensaba así, ni la nueva época, ni la antigua. Está lleno de viejos verdes, jóvenes lujuriosos que solo ven una parte, ven la parte más pequeña del asunto, no ve la grande, nadie piensa así, tal vez uno que otro, alguien que haya vivido, alguien que sepa el significado de la palabra amor. A lo mejor.

— ¿Y usted? ¿Con quién fue a la graduación?

—Uff, en ese entonces no existían esas fiestas de graduación, no teníamos los recursos que hay actualmente. Para fin de año cuando la escuela cerraba su ciclo, lo que hicimos es juntarnos en la casa de algún compañero y ahí hacer una fiesta corriente.

— ¿Y qué tal esas fiestas?

—Bien. De hecho, el que quería podía invitar alguna chiquilla si se le apetecía, parecido como hoy en día.

—Y usted, fue solo no es así— su rostro perspicaz quería escuchar un si como respuesta— tampoco tenía ninguna niña con la que ir— me paso el brazo por encima de hombro, como lamentándolo. Solo atine a expresar otra mueca, esta vez con un sonido parecido al de una risa.  

—No. Yo no estaba como en tu situación. De hecho yo invite a la niña más linda de la escuela. Iba en uno de los cuantos cuartos medios que habían. Lamentablemente no en el mío, aun así ella también terminaba su enseñanza media, y era mi única oportunidad de invitarla a salir.

—Mire, que suertudo. Como se llama ella ¿Fue una fiesta buena o decepcionante?

Tarde un rato en contestarle.

—La mejor fiesta de mi vida diría yo. Su nombre era Rosa.

 

El joven Joseph se retiró nuevamente, terminando nuevamente otra jornada. Mientras yo me quedaba aquí, no aquí específicamente en la librería, si no aquí, en la absoluta soledad que me embarga. Por una parte me hace sentir bien de que el joven Joseph va a estar con su familia y sus seres queridos en noche buena, y tener la oportunidad de disfrutar un momento grato en calidad familiar. Por mi parte no tengo mucho que hacer, no tengo nada que proponerme, mi sentencia final es la de todos los años, sentarme en el comedor sin ocupar luz artificial, sino, simplemente velas, cenando un pollo de supermercado, acompañado con algo, lo que sea, da igual, lo que sea, nada de eso me hará sentir mejor, ningún plato suculento hará remediar mi amargura, mi tempestad periódica. Nada. Nada. Nada.

 

Pasó por la librería resguardando su seguridad, veo todo en orden con destino a la peluquería. Como día libre me dirijo a la peluquería de un viejo amigo, a molestarlo en su libertad laboral.

Me siento imprudente por algunos segundos, pero sé que el probablemente este sucumbido en una soledad parecida a la mía.

Estoy cerca del cilindro de su peluquería y en última instancia me retracto. Doy marcha atrás, pero mi amigo  inesperadamente me ve merodeando.

Me invita pasar, le digo si no hay problema, el responde con mucha humildad dándome una acogedora invitación por su parte.

Me corta el cabello—o el poco cabello que queda— con tijeras, si lo hiciera con la máquina, quedaría totalmente calvo.

Hablamos coloquialmente como viejos amigos que se conocen hace años, dos viejos picaros en una charla trivial. Algo de política, algo de religión y demasiado de futbol.  También, por qué no, algo de libros.

Saca la espuma, esparciéndola en toda mi cara y cuello, y está todo listo para sacar la navaja.

—Apuesto a que pasaste noche buena como todas las anteriores, viejo amargao’

—Sí. Supongo que tú nuevamente gástate mucho en alcohol.

Se ríe.

—Como te diste cuenta oye.

—Es cosa de olisquear tu aliento a resaca—me quejo— bueno y ahora de ver mi mejilla sangrar.

Me limpia el rostro, acto seguido seca toda mi cara con una toalla, echando crema hidrante en la cara, a excepción en el corte en mi mejilla, ahí aplica otro ungüento.

Antes de despedirme, las palabras de siempre.

“Trata de salir adelante”

“No malgastes tu vida, eres un poco más joven que yo”

“Si tienes alguna recaída, no dudes en venir”

Me largo, con mi sentimiento febril,  y con esa sensación de la garganta contraída.

Veo nuevamente el cilindro girando. Cada vez que lo veo me trae recuerdos, son unos recuerdos gratos, sus rayas girando, hacen girar mi cabeza, una nostalgia que me habla del pasado, a ratos se trasforman en gritos, en risas, en sonrisas, en besos; son los mejores recuerdos.

 

Nuestra rutina laboral había tomado un nuevo curso, el joven Joseph parecía más compenetrado que nunca. Se desenvolvía tan bien, que lo podía dejar en la tienda horas sin mi presencia y podría sacar de apuros él solo.

Atendía a todo tipo de público: tanto como hombres y mujeres, de niños a niñas y hasta el más difícil de todo, las ancianitas.

Recibí criticas bastante positivas de partes de algún que otro cliente, me felicitaban a Joseph de sus partes: “Ese joven me encontró el libro en un santiamén” “Oiga y felicitaciones al chiquillo por su dominio en la librería, contrato un buen vendedor”

 Escuchaba con atención y asentía con la cabeza. Se lo retribuía a Joseph. Él se ponía indudablemente feliz y mostraba el pecho, típico de él luciendo su llegada al público. Otra característica muy mía, en mis años mozos.

 

Aun que pasaron un par de meses y la actitud del joven Joseph se había tornado diferente. Diferente no es bueno, ni malo, pero era diferente. A ratos lucía una sonrisa de oreja a oreja.

En su hora de colación, hice algo muy habitual que hacia cuando atendía solo la tienda, la clausure por unos minutos. Y fui a la bodega donde era normalmente donde  el joven Joseph almorzaba. Lo vi ahí almorzando y leyendo, no sé cómo aplicaba ambas acciones a la vez, conozco pocos que lo pueden lograr. Y me fije muy detalladamente en él, y en efecto lucía demasiado distinto, puede ser producto de su madurez junto con sus 18.

También leía un libro juvenil. No era un clásico, ni nada de ficción contemporánea. Era claramente un libro para jóvenes. Era Divergente de Verónica Roth.

—Como va Joseph ¿Puedo pasar?

—Claro, pase, como no, pase por favor, es su librería.

Exageradamente más amigable de lo normal.

—Quiero hablar contigo.

— ¿Por qué? ¿Hice algo malo acaso?

Fui algo serio al parecer. No sonaba como alguien que tenía curiosidad por otra persona y quería entablar una conversación normal, debí haber sonada más bien a alguien que quería sentenciar de muerte a algún malhechor.

—No tranquilo. Solo quiero hablar. Saber cómo está todo, que has pensado del futuro, como te ha…

—Estoy conociendo a una chiquilla.

Soltándolo de la nada, entendí todo.

 

Era una niña la causante de todo ese cambio en Joseph. Dicen las lenguas por ahí, que cuando a un hombre le gusta una mujer, su ser cambia, cambia para mejor, haciéndole sentir una sensación casi indescriptible, un sentir que no es evidente en palabras, pero en largas palabras podría ser, extensas y dulces melosas palabras. El estado de salud parece ir de lo mejor, hasta pareces más fuerte, se ve enfrentado a una situación de cambios imperceptibles a su vista, aunque muy visibles a su entorno. La sonrisa es pagada con la felicidad que produce su bienestar, sus ánimos están a flor de piel, queriendo ejecutar a cada instante alguna maniobra de riesgo, dando a entender con hechos, con risas, con mucha felicidad, un período brusco en su aspecto.

 

La vi un día de aquellos. El joven Joseph miraba constantemente en dirección a la entrada, se encontraba ligeramente ordenando alguna estantería y su cráneo apelaba a un leve movimiento sutil en aquella dirección, a ratos eran de reojos, pero su vista estaba siempre en contacto. Antes cuando aún no percataba su nuevo estado, le pregunte directamente, que tanto observaba la entrada, pensé en que estaba cabreado y no quería permanecer dentro de librería, solamente me respondió sin despegar esta vez la cara de la entrada “es que algo mágico va a suceder” Su acontecimiento mágico era ella, que se paraba con frecuencia cada vez que Joseph se encontraba en la librería. Ella era linda, no puedo decir otro piropo, solo puedo decir que ella era linda, quería que me recordara a Rosa, pero eran completamente distintas, ella poseía una belleza moderna, tenía ese vivaz de ahora, con la melena castaña que se puede confundir con un rubio, una estatura adecuada para una adolecente y lo que realmente impresionaba de ella, eran sus ojos, a lo mejor esos ojos era de la magia que hablaba Joseph, no eran ojos normales, eran preciosos, como diría un viejo poema que leí por ahí: “Intimidantemente tiernos”

Se paraban en una esquina a coquetearse mutuamente. Les llamaba la atención con la mirada, pero solo se producía un grato momento, si, así es, todo lo contrario a algo incómodo, jamás se los reproche, la tienda no estaba acoplada, era un ambiente relajante, y también quería que así fuera para Joseph. Leían algo en otra esquina. Y en otra esquina, hasta un beso sinuoso se veía por ahí.

Apenas ella asomaba por el umbral, el joven Joseph caía rendido, corría a abrazarla, en más de una ocasión. Aunque. Esos besos, esos abrazos, esas sonrisas, se esfumaron. 

 

Nuevamente caía diciembre, con eso caía otro año amargo para mí, pero el más apenado para el joven Joseph. 

Su postura ya no era la de antes, su sonrisa era fingida, su cuerpo era ahora débil, ya no era chispa, solo adquiría una periodicidad horrible, era un espanta pájaro, se paraba, y su atención al público cambió radical, ya no era el de hace unos meses atrás.

Al parecer todo parecía teñido de un color discutible, es un color que puedes ver radiante en principio, después que lo vez varias veces, no es tan radiante como la primera vez, y no es que haya cambiado, si no te mintió la visión, te cegaste, con su alumbro en la primera vez, ya todo se ve claro al rato, es un color árido.

Mis condolencias para el joven Joseph, no puedo comparar su sufrimiento con el mío, sé que el mío lo doblega, aunque el suyo es un dolor tonto, y eso es lo que lo hace tan doloroso, podría ser hasta el segundo más doloroso, por la ingenuidad que se corre, por las mentiras, la falta de seriedad, la incursión al daño es provocada ligeramente con un ¿juego? No sé cómo llamarle, una desilusión que da para llorar en la intimidad, para que nadie te vea, ni dar explicaciones del error y de la inocencia del dejarse llevar por algo de amor. 

¿Cómo termino todo? No lo sé, el joven Joseph, no quiso tomar el tema, ni lo obligue, ni le insiste, ni mucho menos lo incomode con algún comentario de imprudencia.

Termino el año, el joven Joseph cumplía 19 años. Y un día muy soleado trajo su carta de renuncia. Hubo lágrimas por su parte, un breve monologo que solo fue interrumpido por un abrazo mío.

Su último día fue al siguiente, ahí me despedí de él de manera formal y como se debe y le conté un poco sobre mí:

 Le hable de Rosa, mi cónyuge fallecida, como la conocí, gracias a la peluquería de mi amigo, de cuando la vi ahí observando el cilindro giratorio y me anime a hablarle, como la invite a salir, de la idea de tener una librería, de casarnos, de formar una familia, de la manera de perdurar…

El joven Joseph escuchaba atento y parecía comprender todo muy claro, hasta pareciese  conocerme más que antes.

Charlamos un buen rato, como nunca. Me hubiera gustado seguir hasta anochecer y pasar de largo. Toda la compañía y ayuda que me había brindado el joven Joseph este tiempo tan prologando fue necesario para el alma, lamento su situación actual, como hubiera deseado que otro joven allá sido el dañado y no él. A ese nivel de egoísmo puedo llegar cuando simpatizo con alguien, y el joven Joseph guarda un buen recuerdo dentro de mi ahora, su carisma quedo plasmada en la librería. Me hizo recordar lo que es estar acompañado en una librería nuevamente, en pasar el cargo a otra persona, en apoyarse mutuamente, en no agobiarse solo en la tareas, todo era compartido, tal y cual como lo hacía con Rosa, al menos el tiempo que ella pudo estar vigente y en un estado óptimo para estar en una librería tantas horas.

Así nos despedimos finalmente dijo que volvería algún día. Ese día no llego, o al menos no ha llegado.

 

La librería la cerré en definitivo, su obstrucción fue inminente, el bajo público que producía era manifestado con un efectivo que no llegaba a los trecientos mil pesos. Me volví más viejo, con característica de viejo, mi amigo el peluquero falleció, el cabello no era abundante, ya escaseaba a mi larga edad, mi barba si fue perjudicada, su volumen crecía y crecía, mi aspecto se asemejaba al de un ermitaño, viejo solo y hediondo, antigénico, que solo se sustentaba de su subsidio, mi nueva dieta estaba basada en té de canela, una marraqueta que era remojada con aquel té, mis prendas eran todas pares, que se cambiaban cada semana. Lo curioso es que no presentaba ningún mal estar, solo una fatiga amenazadora que exigía algún alimento de mayor calibre, y que solo le ofrecía el ayuno matutino.  Y a pesar de no tener ningún síntoma apropiado a mi edad, si logre atenerme a una leve amnesia que iba y venía, llegue hasta creer que fuera algo más grave, un alzhéimer irremediable. Todo andaría bien si mi recuerdo todavía almacenara el nombre del joven Joseph, que a estas alturas ya debe ser todo un hombre, pensando hasta en que debe estar, probablemente casado, también se me viene a la mente que haya tenido alguna enfermedad drástica, o algún trastorno que lo haya llevado al suicidio, el joven Joseph es de esas personas que regresan, sí, eso hacen, regresan, siempre vuelven, pero su visita no ha tocado mi puerta, a lo mejor toque cajón de sepelio, o aun que sea toque mi lapida, pero el volverla, si, así es, los tipos como él, vuelven, seguiré esperando aquí paciente, de esta manera, de soledad, de lamentos, penurias, de este desgaste de oxigeno que consumo para mí mal vivir, cuando podría ser utilizado para otros fines, un deportista, un estudiante, un joven, un joven como el joven Joseph.

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