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4 min
La penúltima lágrima
Amor |
23.04.18
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Sinopsis

Le prometí la luna y su nombre dibujado entre las estrellas, tantísimas palabras que formaron promesas inconclusas, imposibles de cumplir, pero que regalaron sus oídos durante infinidad de días, y noches, de nunca acabar. La luz que acaricia su piel, alumbrada por los timoratos rayos del amanecer que escapaban por los entresijos de una persiana de nubes quebradizas y mugrientas, no quiere apuntarme a mí. Entre algodones, no de muy buena calidad, dormitaba aun, tras una de las mejores noches de mi vida. Su rostro conservaría la esperanza del primer día, tal vez por su forma de ser, o quizás porque no tenía otra manera de entender su paso por este mundo. Un espacio vacío entre mis dedos, entre nosotros, donde antes se alzaba incólume, una fortaleza de sentimientos tan fuertes, que ni la mayor de las tormentas conseguiría derribar sus portentosos muros. ¿Y qué importaba si todo eso se había acabado?

Encendí el segundo cigarro de la noche.

Las dos primeras caladas me supieron a gloria, pero antes de empezar con esa tercera y vencida, la escuché moverse y toser entre las puertas negras. Abrí un poco la ventanilla, evitando como bien pude que el cristal chillase por la hora intempestiva, y arrojé el pitillo al vacío. Allí abajo no había más que gandules y asociales incapaces de competir por otra cosa que no fuese la maldad más absoluta. Y yo, observando. Entre ellos me movía como pez en el agua, y el único hilo que me mantenía alejado de las calles a esas horas… ella.

Le prometí la luna y un palacio entre las nubes. Y su nombre en las estrellas. Pero al final del día que importaba ya una frase más, que una frase menos.

Aun en el ocaso de nuestro amanecer, su piel sonreía ante el tacto de la tosca tela que cobijaba su desnudez. Entre hilos fieros, la ligereza de su lienzo ansiaba compartir conmigo ese penúltimo resquicio de esperanza, tal y como si el conocerme no fuese suficiente, pero sí bastante, para atracar en un puerto derruido. Me llamaba con indiferencia pasmosa, sabedor de que, indudablemente, acudiría antes de que el primer rayo de sol apuntalase el comienzo del breve infierno terrenal. Éramos dos, pero bien podríamos haber sido tres, o cuatro; e incluso uno.

Fuimos dos.

Le prometí las estrellas, pero yo sigo aquí. Ellas, arriba. Y ella… allí.

Mi condena es vivir, el tormento de existir que subyace en lo que soy, que forma mi ser por sí mismo como ente individual, propio y de irrefrenable insensatez. El castigo, el eterno castigo de haber elegido un solo instante en mi vida, antes de que ella entrase por la puerta grande, me perseguirá hasta el fin de todo y el principio de nada.

Tortura.

Lo más crudo de esta celda no es pisar cristales rotos destinados a matar, ni tan siquiera tener que morir. Lo que a mí me mata con más velocidad que el tabaco, y un alcoholismo desaforado, es saber que cuando abra los malditos ojos, ella no estará ahí.

Lo más agrio de esta celda no es tener que soportar ver danzando al otro lado la puta libertad, lo más inhumano de mi condena, es tener que digerir el estar condenado a vivir…

… sin ti.

Para siempre.

No puedo acercarme a tu lápida, aun mantengo la distancia. Tantos años después el miedo a enfrentarme a una despedida como esta, me paraliza. La primera y la última, tantos cambios de por medio, y yo sigo siendo el mismo espécimen inmolado en una vida inservible. No me dejes abrir los ojos, tan solo permíteme imaginarte un solo segundo más a mi lado, inclinándome sobre tus labios y deslizando mis dedos hacia la perdición. Tan solo perderme en tu corazón, al abrigo de tu alma, cobijado por ese amor que trajo la luz a la oscuridad. Nuestro amor.

No me dejes aquí, condenado a vivir sin ti. Anclado para siempre en la penúltima lágrima.

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