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5 min
La peonza
Varios |
23.05.13
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Sinopsis

A veces somos almas encadenadas a un mismo destino

     Pablo examinaba asombrado aquella fabulosa peonza que le había traído su padre de los Estados Unidos. Jamás vio una igual, ni en diseño ni en estética. De colores vivos y más alargada que de lo habitual, aquella perinola hacía dibujos espirales al girar, siendo así la mejor de las peonzas. Se sentía francamente contento, ya que iba a ser el centro de las miradas en el colegio, pero volvía ese sentimiento de pena por saber que su padre emprendería de nuevo un largo viaje y volvería a sentirse triste añorándolo a cada minuto. Van a flipar en el cole, decía mientras desayunaba con su madre, quien miraba al infinito con rabia y desprecio hacia esos insignificantes regalos por comprar de nuevo el silencio de su hijo.

Julián conducía con prudencia pensando en la discusión matutina que había tenido con su esposa y su hija. Casi asomában dos tímidas lágrimas de impotencia preguntándose cómo había llegado a ser anciano tan fugazmente. Terco y cabezota como ninguno, se imponía ante los demás por no sentirse aquél pobre anciano que ya no debe conducir. Mientras pase las revisiones os calláis las dos, les dijo de buena mañana. En el fondo sabía que se preocupaban por él, pero Julián se sentía seguro al volante y el hecho de que lo cuestionasen a cada instante, revivía la llama que tanto odiaba de la tercera edad.

Paco, el transportista de una enorme cárnica, pensaba en la dura noche que había tenido en el sofá de su casa. Su relación con Sofia estaba a las puertas del divorcio y ya no sabía qué hacer para arreglarlo. No encontraba el tacto necesario que se debe tener en estos casos y todo se le resumía a lo mismo. El sexo entre nosotros brilla por su ausencia, pensaba enrabiado. Y soy yo el que duerme en el sofá, de este fin de semana no pasa. Ya con el camión cargado le dieron la hoja de ruta y se enfadó más si cabe al ver que su primer destino era Pepe, el malhumorado carnicero.

Raúl y Sara se miraban enamorados con esos ojos lagrimosos que se te ponen cuando la vida te sonrie. Apenas hablaban, sólo se miraban y se besaban entre algún que otro salto de alegría. El eco golpeaba cada rincón de aquél bonito piso vacío que habían adquirido, mientras Raúl no dejaba de asomarse por el balcón. Pronto llegaría el camión de la mudanza, el camión de sus vidas. Se volvieron a besar mietras veían como un agente de la policía local, cortaba el tránsito de la calle para que el camión pasarela pudiese realizar sus tareas. Todo esto es por nosotros, somos importantes, decía Sara ilusionada. Raúl asentía pensando en los trescientos cincuenta euros que le habían soplado en el ayuntamiento.

Pamela caminaba pletórica hacia la estación de metro. Cada paso que daba con aquellos tacones de vértigo, parecía que rompieran los adoquines de la acera. Se había puesto sus mejores prendas para impresionar al gran jefe. El escote era de cumbre dejando asomar unos enormes pechos que parecían querer estallar. La falda la eligió entre sonrisas mientras pensaba cómo subía de rango en la empresa. ¿Y estos capullos me llaman la trepa? voy a por mi siguiente escalón. Le daba igual lo que pensaran los demás de ella, ya tenía fijado de nuevo un objetivo, la vacante de secretaría de dirección.

Pablo salió de la portería corriendo cuando pensó en el gran tesoro olvidado en su hogar. Los nervios a veces hacen ese tipo de cosas. Apenas tardó un par de minutos en volver a bajar a la calle feliz con su peonza. Paco conducía nervioso a sabiendas de que iba a recibir bronca de Pepe el carnicero, si llegaba un minuto tarde. Era su peor cliente, a esos que más hacemos la pelota por evitar tener gresca. Apuraba los semáforos como si de una contrareloj se tratase. Al llegar a la calle de la carnicería de Pepe y ver que la habían cortado por una puñetera mudanza, estalló en cólera sabiendo la gran vuelta que tenía que dar para llegar allí. Hoy me la lía, pensó convencido. Esquivó al agente local con una mirada desafiante y se incorporó a la gran avenida de nuevo. Inundado en rabia e impotencia interna, vio aparecer un ángel de largas piernas y escote de infarto.

Pudo seguir mirando a Pamela en paralelo, girando su cuello casi ciento ochenta grados. Aquella mujer le despertó todo lo que tan dormido llevaba. La desnudó con la mirada y le hizo el mejor de los sexos imaginarios mientras se saltaba un semáforo en rojo. A Julián le dio un vuelco el corazón al ver de morros aquél enorme monstruo frigorífico y pensó en una milésima de segundo que debía esquivarlo, con tan mala suerte que fue directo al paso de peatones atropellando mortalmente al pobre Pablo. El alma del pobre niño tardó en abandonar su cuerpo, lo que tardó en parar de girar la peonza que danzaba en el asfalto por inercia. Raúl y Sara escucharon el impacto desde su nuevo quinto piso pero nada pudieron ver.

A veces la vida juega con nostros, a veces somos almas encadenadas a un mismo destino. A veces giramos juntos cual peonzas unidos por una misma cuerda, a veces caemos en los juegos del azar. A veces son cosas de la vida ... a veces son pura casualidad.

 

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