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11 min
La Pequeña Sepulturera
Drama |
08.12.08
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Sinopsis

Se levantó de la cama. O casi. Se sentó en el borde y los pies le colgaban. No era un hombre pequeño, más bien la cama era desorbitadamente grande y alta. Era antigua. Herencia de su tía Obdulia (la quita-penas pensaron sus padres al ponerle semejante nombre, retando al destino y a la desgraciada constitución física de su hija, a la que no se le conoció en vida ni tan siquiera una invitación cortés al baile anual de acción de gracias que se ofrecía en la villa donde tradicionalmente residía su familia de origen nobiliario, por parte de algún primo lejano) que murió soltera y a él le tocó su cama. Siglo XVIII, estructura de acero y bronce con piedras semipreciosas incrustadas y con una pequeña escalera adosada a la misma que hacía fácil el acceso a su superficie, ya que su tía Obdulia no era tan grande como él , ni como la mayoría de las personas, es decir , su la estatura de su tía Obdulia hacía que la desviación típica de estaturas de la campana de Gauss se desplazara hacia el lado izquierdo de la misma, (pero esto no era culpa suya, sin duda, era culpa de sus genes) y consecuentemente ella había hecho instalar semejante artificio con el fin obvio de poder acceder más fácilmente a su merecido reposo y descanso.

Los pies le colgaban fríos al despertar, como ocurría habitualmente en los últimos seis años compartiendo lecho con la que él denominaba cariñosamente y sólo para sus fueros internos “La Pequeña Sepulturera”. No existía contacto físico entre ellos desde hacía muchísimo tiempo y ya se había acostumbrado un poco a ese frío corporal, que en sus años mozos solía combatir con un fuego interno cuyo sustrato principal era una base de hormonas sexuales, que eran fruto de una reacción natural en el organismo de un hombre heterosexual como él, y que se las promete muy felices cuando sus incursiones amorosas son fructíferas. Tiempos que quedaban muy lejanos en las brumas de la memoria, y que de tanto en tanto aparecían obligados por la voluntad, que los buscaba meticulosamente en los laberintos grises de la estructura física y gris que los albergaba cuando, en silencio, sintiéndose un poco culpable y no soportando más la necesidad física básica, se disponía enfrente del espejo del cuarto de baño de la habitación matrimonial, (cerrado con seguro para la ocasión) con unas braguitas rojas usadas y sin lavar ( braguitas, por cierto, que amablemente le obsequió la joven meretriz de diecinueve años que conoció en una sala de fiestas de lujo, hacía exactamente tres años, nueve meses y trece días, luego de una cena de negocios en Paris , tras darle una “generosa propina”, por los placenteros servicios prestados a él y sus dos colegas en una lujosa habitación de franela roja y olor a azahar, y que él guardaba recelosamente en su caja fuerte personal, de la que él solo conocía la combinación), y cerrando los ojos a intervalos e inspirando , casi esnifando el íntimo tejido como recordando el aroma de los placeres que obtuvo de lo que alguna vez éstas vistieron, se masturbaba lentamente con la mano que no sostenía la delicada prenda.

Pero esa noche no, esa noche todo fue frío y dormir a ratos entre los suaves pero no por ello menos molestos ronquidos con que su mujer regaba sus sueños. Por ello que esa mañana, además del frío en los pies, tenía un sueño que debía suprimir a base de una buena ración de cafeína, la cual no habría de tomarse en casa, ya que la cafetera estaba siempre medio llena de un líquido negruzco que, según él, su mujer tenía el valor de llamarlo café y cuyo sabor, a su juicio, era repugnante. Y esto era así por que a ella, que era muy previsora, siempre le gustaba tener café hecho y lo hacía traer en grandes cantidades de unos almacenes cercanos a la mansión, que disponían de casi todo tipo de especias, granos y semillas raras importadas de países exóticos, y él comentaba medio en serio medio en broma, que entre los granos los indígenas colaban boñigas del ganado ovino oriundo de aquellas localidades, las cuales daban al café ese apreciado sabor que a su mujer tanto gustaba. Así que casi nunca tomaba café en casa, a él le gustaba degustar lenta y pausadamente el delicioso sabor del esspresso del viejo café del centro con el que acompañaba sus pensamientos más íntimos en aquél sitio, y no le importaba darse la caminata de más de media hora que se requería para llegar al mismo.

Se desnudó, dejando su pijama tirado al pie derecho de la cama y se metió en el baño dejando la puerta abierta para accionar el grifo de agua caliente de la bañera, una vez puesto el tapón que impedía que la misma desaguara. El contraste de la temperatura del agua con la de sus dedos hizo que profiriera un pequeño gritito al meter los dos pies y posteriormente se agachó y se deslizó por la superficie resbalosa de la bañera, experimentando con placer y acto seguido, cómo su cuerpo aparentemente ingrávido flotaba en el líquido tibio y se desentumecía. Cómo le apetecía aquél café, cómo le apetecía… Era tan sólo una sensación, lo sentía con los ojos cerrados, pero no iba a salir de allí hasta que la temperatura del agua dejara de ser placentera. Lo cual ocurrió aproximadamente veinticinco minutos después de meter su cuerpo en la bañera. Pensó durante el espacio de tiempo que estuvo flotando en la bañera como un gran bebé en una placenta gigante, en el disfrute de oler el pelo rubio aún húmedo y algo ondulado de la camarera del café del centro, a primera hora de la mañana, pensó que era temprano, que tal vez él sería el primer cliente, que él sería el primero en olerle el cabello, que al menos disfrutaría de algunos minutos sintiéndose a solas con ella, teniendo toda su belleza para sí y solo para sí mismo, con los ojos cerrados. Pensó en su “Buenos días señor M…” , en su magnífica dentadura brillando al pronunciar las sílabas dentales de su nombre, y en que… tal vez sus amables gestos hacia él no fueran todo lo inocentes que aparentaban ( esa posibilidad era mínima, él lo sabía, la naturalidad y la pureza en el trato con los clientes de ese ser despejaba cualquier género de dudas a ese respecto, pero sólo la posibilidad de la duda, a él le turbaba. Y eso le gustaba) . Se deleitó pensando en sus gráciles movimientos al servir los desayunos, en su silueta tras la pequeña nube de humo de la cafetera y su sempiterna sonrisa. Parecía menor que su única hija, ahora en la universidad de la capital estudiando medicina, pero eso a él no le suponía ningún dilema moral, sólo contemplaba su belleza, no era algo malo contemplar la belleza, era un don más bien. El poder … el don de contemplar belleza era algo por lo que uno había de sentirse afortunado. Y él lo era. El sentía que lo era.

También sintió desaparecer todo lo tibio del agua y con actitud resolutiva, como quien acaba de descubrir el principio de Arquímedes en la bañera, se levantó bruscamente derramando más de un litro de agua en la planta del habitáculo, al punto de hacer desaparecer sus ensoñaciones y hacerlas realidad en poco tiempo.

Se vistió rápidamente y no hizo caso a los gruñidos de la “Sepulturera”, cuando ésta notó que su marido abandonada extraña e inusualmente temprano el recinto marital. No es que ella supusiera que compartirla con su persona era algo que a él le agradase, pero era consciente que las dimensiones y la comodidad de la cama hacía posible el hecho de poder levantarse a una hora desvergonzada sintiéndose descansado el cuerpo como consecuencia de una noche entera de sueño sin contacto físico con quien se suponía fue el amor de su vida, y con el que no era necesaria una farsa de la que, por lo demás, hacía años que los dos firmaron no extrapolar a círculos ajenos a aquella cama. Ella era una mujer práctica y sumamente serena. Así que cuando notó que su marido se había ido precipitadamente de la habitación aún presintiendo ella que supo que estaba despierta y no le dio tiempo o lo que es más plausible; no quiso, tan siquiera dar los hipócritas “buenos días querido/a” que todo matrimonio aristocrático había de proferir como un protocolo de paz, unión y sosiego para el resto del día, hizo llamar sin perder un segundo tras ver desaparecer a su marido al final del camino escoltado por cipreses, a su entrenador y masajista personal para una sesión intensa de “ejercicio”. Aunque tal vez un poco pálida (de ahí el cruel apodo con el que interiormente su marido se refería a ella), y algo bajita, también era aristocrática, diligente, disciplinada y atlética. Y elegantemente atractiva, parecía ser. Y frente al mismo espejo en que su marido descargaba su tensión sexual suponiendo que su mujer no era conocedora de los hechos, ella hacía el amor desenfrenada y pasionalmente con su entrenador personal (dieciocho años más joven que ella y veintisiete más joven que su esposo ) cuando su querido se ausentaba para dar rienda suelta a sus fantasías encubiertas con la camarera del café del centro desde el mismo día en que, circunstancias del destino, su marido estuvo fuera a causa de una reunión con dos socios de Francia.

Ese mismo día, al volver a su casa tras el café y las miradas poco disimuladas a la camarera del café del centro, el entrenador de su esposa, mientras ella se ausentaba al tener que visitar a una amiga por un asunto importante, le esperaría detrás de la puerta del dormitorio sujetando en sus manos una preciosa reproducción niquelada de la Torre Eiffel a escala que él le trajo como regalo de su viaje a París, y al entrar en la habitación éste, mediante un golpe seco y brusco, le incrustaría una de las cuatro angulosas patas de la misma en el orificio occipital del cráneo, causándole la muerte casi inmediata y dejando una marca de sangre y esquirlas de hueso sobre la colcha dispuesta en la cama de su tía Obdulia. No se sabrían nunca las razones del asesinato. La policía barajó que se tratara de un acto de celos, al saberse la relación que mantenía con la Duquesa. No se pudo saber. Su entrenador se suicidó colgándose acto seguido a su homicidio de la lámpara de araña que colgaba del techo, en la vertical con los pies de la gran cama, utilizando como soga la gruesa cuerda que se usaba para atar las pesadas y opacas cortinas del dormitorio nupcial.

Sus cuerpos, los encontraría la Duquesa, que lloraría serenamente al observarlos durante más de una hora.

Ella misma enterraría a su marido en el Jardín, al inicio del camino custodiado por los cipreses.

Ironías del destino.

Ahora si que podría llamarla la Pequeña Sepulturera. Y con razón.

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