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15 min
LA PERRA
Amor |
02.07.21
  • 5
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Sinopsis

Serie historias de vida.

Eugenio Señero camina la calle. La noche más fría del año, hule a muerte.

Va exhausto, no obstante, da doscientas, trecientas zancadas enormes, desiguales, necesita poner distancia entre su cuerpo y esa masa humeante agazapada detrás de la bruma.

Una noche de verano, ha soñado que, distraído en el camino, la fábrica, cobraba vida, cual gigantesco dragón de acero, sus ojos, dos escotillas de fragua, sus alas, engrasadas lonas remendadas de camiones y sus fauces babeantes, mugrientas, lo engullían, confinándolo para siempre a sus bodegas de hollín, donde debía palear y palear para alimentar a la bestia.

Desfallece, se detiene frente a la imprenta y de la basura recupera un diario, abre la cremallera de su abrigo, lo coloca a usanza de viejos motociclistas. El viento gélido, en él, simula la labor del minero que horada la piedra.

De cuando en cuando pasa un auto, sus luces opacas vuelan al ras de la neblina como luciérnagas y logran que su sombra marche a la velocidad que desearía marchar, pasada la ilusión, el desasosiego, aplasta. ¿Cuántas veces comparó el tanque de agua y su cresta de luz roja con una nave nodriza?  Juegos que ha inventado a lo largo de los años para que el camino no lo termine devorando.  Extraña los linyeras de las cinco esquinas, ellos hacían fogatas en barriles de lata y proporcionaban a los transeúntes calor a cambio de un par de cigarrillos y media docena de palabras. Los policías los dispersan por vagancia, no comprenden que son un servicio público al caminante nocturno.

Faltan mil quinientos metros, criminales, camina pegado a la pared para pasar desapercibido, el frío, lo tiene identificado y paciente, lo roe.

Todo hubiera sido distinto si el viejo hubiera aguantado un poquito más. El recuerdo promueve imágenes que se proyectan mezcladas con las sombras de las copas de los árboles en el paredón del cine. Un duende que se mueve entre chapas oxidadas de un galpón destartalado, una apacheta de escombros electrónicos y una chacarita de repuestos mecánicos, cigarro en boca, guardapolvo gris de escuela técnica y esos ridículos diminutos lentes calvados en la frente. Chapoteando charcos de aceite dulzón y gas oíl maloliente. Genio y maestro, padre por compasión. Todo lo que tiene hoy, y es, se lo debe a “el Viejo”.  La gente del pueblo, de cualquier edad o profesión también estaba en deuda, nada existía que no pudiese inventar, construir o reparar. Lo amaban, no lo registró, su mente de ingeniero, no captaba el amor ni por sí mismo. Fumaba como chimenea nueva, sus pulmones, no traían manual ni repuestos.

El día que escupió sangre en la fosa para que no lo vieran, dijo:

―Pibe, agarrá todas las herramientas que te sirvan para hacer lo tuyo y mandate a mudar, esto, está que estalla.

Eugenio nunca terminó de asimilar esa salida, abrazado a pinzas, soldadoras y tenazas. Llorando. Hubiera dado su vida por sostener a “el Viejo” en un abrazo interminable que demorara su partida.

Comenzar intempestivaente a vivir el desarraigo atroz de una vida de aprendizaje y felicidad inédita. Había aprendido a soldar, electricidad, mecánica y a ordenar la primera escala de valores, el taller, era su hogar y su familia.

A los tres días, encontraron a “el Viejo” apoyado al torno con una sonrisa y el cigarro en la boca, parecía explicarle a la muerte como se torneaba el eje de un tractor Pampa. Murió en su ley como dicen en el campo. Su imperio se destruyó en cinco segundos y con él se fue a pique el sueño del tallercito propio de Eugenio.

Ochocientos metros. Paso a paso, las sombras, la calina, la iglesia, los halos de las farolas, van compaginando un murciélago sentado en altas escalinatas. Ciego, emitiendo sonidos para proporcionarse alimento. Le surge que debería correr un poco para acortar la distancia, sus rodillas le avisan que no lo intente. ¿Cuál es el límite de un hombre?

Estuvo a nada de gastar sus ahorros, comprar una moto Gilera Sport 150 C.C. y zarpar a otros cielos, rastrear oportunidades, conocer la nostalgia del exilio, tapar con polvo de caminos el dolor por la felicidad perdida.

Al dueño de la concesionaria le gustaba meter la cuchara en frasco ajeno, cuando oyó la historia, como habitué del taller y amigo de “el Viejo”, dijo:

―Mire, vea, los jóvenes de bien, ahorran para casarse, de vagos e inútiles estamos hasta la coronilla.

Y para terminar de moldear su moral, le espetó como buen alfarero:

¿Qué hubiera pensado “el Viejo” de esto? ¿Se imagina?, digo …

Eugenio, pálido, enmudecido, llegó hasta el parque de los botecitos a remo y arrojando comida a los cisnes, fue cuando descubrió la respuesta.

Ramona. Sentada sobre el césped leyendo un libro. Tez trigueña, melena negra apenas separada de los hombros por la brisa, ojos de aceituna tierna. Hermosa. Verla y tratar de acercarse fue un arrebato que a medio camino se quedó sin combustible. La soledad le dio un aventón. Ramona, había sufrido la pérdida de su madre. Tuberculosis. Estaba sola, al cuidado de unas tías. El miércoles la invitó al cine, el domingo fueron al río y en tres meses, estaban frente al cura.

Aprendieron que nadie puede enseñar lo que no conoce, muchas personas buenas, sólo repiten lo que les dijeron o lo que escucharon, como autómatas. Y como mandan las modas, los cuatro hijos, deseados, buscados, llegaron uno tras otro “para que se críen todos juntos”.

Menudo lío, la madre desbordada. El padre, de changa en changa hasta que la fábrica, con la argucia de las horas extras, cerró los grilletes.

Mañana es domingo – se dice Eugenio para darse ánimo- Ramona cortará algunos tomates, un puñado de perejil de la huerta y amasará pastas. Él, se ocupará de los niños, leerá cuentos, jugarán a la oca o al veo, veo. Con ese motor en mente, cambia su humor, extermina los últimos metros, se interna en un pasillo forrado de madreselvas en flor, empuja el portón de chapa a la voz de “ábrete Sésamo”, y éste, chirriando cede a desgano, lo deja pasar y tirado por el resorte casero de cámaras de bicicletas trenzadas vuelve sellar su sitial.

Ramona ronca extenuada enroscada en la frazada de lana verde. Eugenio cuelga el abrigo y le entrega una mirada de admiración. ¡Qué mujer buena! A veces, cree que es un ángel, como no conoció a su madre, no está seguro, tal vez, todas las esposas y las madres sean como Ramona, lo que sí está seguro es que, si no fuera por la sonrisa perenne de esa mujer y su practicidad para sortear las vicisitudes que atraviesan, la vida, sería el mismo infierno.

Echa tres tacos de madera al bracero y descubre el botellón con vino Montañez hasta la mitad. Hay una nota teñida rubicunda aplastada por el improvisado pisa papel. Eugenio la lee despacio y su imaginación, emula la dulce voz de Ramona:

―Lo hice para vos, entibialo, vas a dormir calentito, mañana haré la pastaciutta para los seis. Te amo.

Es todo lo que necesita y desea saber.

En instantes se tiende y entrega a la tarea de dormir. La semana ha sido dura, los dolores, vagan por el cuerpo y aguijonean sin piedad. Las palabas y caricias de Ramona hacen huir al mal humor como a las ratas del veneno.

Sueña desordenados episodios, mantras, sollozos sobre resplandores de cirios gastados, la patente de un Old Mobile 1930 que se esconde tras los árboles, niños, en primerísimo primer plano, girando, burlones, vestidos negros castigando su cuerpo con palos de escobas “el Viejo”, sumergido hasta el borde de sus lentes de soldar en un mundo de máquinas fantásticas, escuchando tangos con su radio Spika de funda de cuero marrón, taciturno. La música se torna chillona, anárquica, lo arranca vehemente de la espiral soñolienta. Tapona su cabeza con la almohada. Los pájaros son bonitos, su canto es cautivante, pero cuando apilan sus nidos en la persiana desvencijada de la pieza y sus pichones pían de hambre al aclarar, no tanto.

Palpa con cuidado el lado derecho de la cama, su mujer ya no está, el bracero humea sin convicción y el frío vuelve a reptar debajo de la piel de Eugenio, lo tiene estibado, años de barraca de fábrica.

Se viste, pone la pava en el fuego y zamarrea la garrafa, está liviana, no va a durar mucho. Corre la cortina y espía a sus hijos, duermen acurrucados como gatitos en la cama de dos plazas de hierro que encontró tirada en la calle y remendó. Faltan dos semanas para cobrar. ¿Cuánto estarán pagando el kilo de cartón? ¿Pagará este mes la changa que debe Don Cosme? Volverá a colgar el cartel en la calle: “se arreglan bicicletas” o “se afilan cuchillos y tijeras”. Le ofrecerá al repartidor de gas la soldadora en garantía.

Vuelve a la cama con el mate, escucha la paja de la escoba rasgar el contrapiso rústico debajo de la parra desnuda. Testaruda, va a preparar la mesa del medio día, afuera, lleva esa costumbre italiana en la sangre: el sol es rey, se venera su presencia.

Coloca yerba en la calabaza mientras mira las tapas de revista clavadas a modo de cuadros que forran la pared de su lado, Fangio y su Maserati, Nicolino Loche “el intocable” de Japón, Racing Club campeón del mundo. Momentos históricos del deporte, hazañas que algunos logran en nombre de los sin nombre, para que la vida sea un lugar más soportable.

Ramona entra a la pieza se sienta a su lado, lo besa y le pide un mate calentito.

― ¿Le pusiste peperina?

―No queda más, amor.

― Le voy a cambiar a Doña Pancha por laurel. ¿Querés ahora?

―Quiero un abrazo -dice Eugenio estirando los brazos-

En ese momento irrumpen los cuatro niños. Saltan sobre la cama y riendo gritan al unísono:   ― ¡Feliz día Papá!

Eugenio se sorprende, lo ha olvidado por completo, es un sentimiento fresco para él.

Recibe dibujos y cartas, la menor, tiene una caja en sus manos.

―Te amamos, Papá. -le dice-

Se arremolinan los cinco contra el pecho del hombre y se abrazan felices. Reeditan viejos juegos, Eugenio, hace sombras de animalitos con sus manos ante la luz del velador, usando la pared descascarada como pantalla, se divierten con las voces que hace el mayor ante cada aparición de los bichos.

La hija del medio, abre la caja y saca un perro que ladra y ladra a los pies de la cama.

Eugenio, atónito mira a Ramona con ojos redondos, ella, pierde los suyos en el hormigón.

―Mira papá, es hermosa, estaba sola en el patio de los Villata, su mamá y sus hermanitas murieron de frío. Les pegaban, porque no las querían.

Ramona sale de la habitación con la excusa de buscar verduras en la quinta, Eugenio siente que debe agradecer, íntimamente, sabe que los niños le han hecho ese regalo que, en realidad es para ellos, con la complicidad de la madre y a expensas del día del padre. Una manera de comprometerlo, ha repetido cientos de veces que es una responsabilidad y otra boca que alimentar. Pero los ama con locura, deberá ver como puede lidiar con esto.

La historia relatada por su niña, lo conmueve, estira la mano para acariciar al animalito, que retrocede un poco y luego avanza para morderlo. Resiste los dientes pequeños y con la otra mano la acaricia, suave.

― ¿Que nombre le pondremos? -pregunta-

― ¡Oh! Le pusimos Pupi, dice la más grande.

―Parece que Uds. tienen todo pensado. Intenta volver a acariciar a Pupi a modo de bautismo y ella, a morderlo.

El almuerzo se desarrolla con pocas palabras y muchas miradas. Ramona recibe el penetrante reproche de Eugenio, lo soporta porque descubre en la mirada de sus hijos la felicidad por poseer una mascota como los otros niños del barrio.

Por la tarde, Ramona va a casa de sus amigas a jugar chinchón o tejer, tomar té y ponerse al día con las novedades del pueblo. Las necrológicas, las enfermedades, las separaciones, los nacimientos no son novedad, salvo que sean sietemesinos.

Los niños duermen de mala gana la obligada siesta.

Eugenio camina hasta la casa de Don Cosme, el que debe la changa, lleva una caja debajo del brazo.

Golpea las manos en la entrada, sale el hombre a atenderlo.

―Buenas tardes don Cosme, disculpe la molestia. Con todo respeto, sé que tiene pequeños problemas financieros, por eso quería pedirle un favor, que anulará la pequeña deuda que tiene conmigo.

―Es verdad lo que dices, dime en que puedo serte útil y si está a mi alcance, accederé con gusto.

―Necesito que me preste su auto veinte minutos a lo sumo media hora, debo hacer una entrega a un cliente que, vive muy lejos para llegar caminando.

― ¿Eso es todo? -pregunta el hombre desconfiado.

—Eso es todo, es un hombre importante y recibiré buena paga, por eso le ofrezco condonar su deuda, si tiene la bondad de ayudarme.

—Toma las llaves, Eugenio y vuelve antes de las dieciséis horas, debo llevar a mi hija al coro.

―Agradecido, Don Cosme, es Ud. un verdadero amigo.

Minutos después, el Ford Falcon rojo, se dirige a las afueras del pueblo. La caja, en el asiento, pegada al conductor. Pasada la curva de la muerte, Eugenio detiene el auto, respira hondo con las dos manos aferradas al volante, para infundirse ánimo, suelta el aire de una sola vez, abre la puerta, toma la caja y se sienta en la acequia dejándola en el suelo. El cubo de cartón se tambalea un poco hasta caer de lado. Se abren las solapas y aparece el hocico de Pupi. Se despereza, ladra, Eugenio quiere acariciarla y la perra clava sus dientes en el dorso de la mano por el lado del pulgar. Sin resistirse, la acaricia con su mano libre varias veces. Entiende que lo asocia con otros cobardes que la han maltratado.

― ¿Sabes? No somos tan distintos. No conocimos nuestras madres, nos abandonaron sin explicación, me gustaría corregir esa desdicha, pero cuando mi padre me dejó en el Orfanato, les dijo a las monjas que no quería que tenga perro. No tengo opción.

Pupi ladra tres o cuatro veces desinteresada en los comentarios y olfatea el rastro de una perdiz que ha andado por la mañana, Eugenio sube al auto que lo aguarda gruñendo suave como león haciendo la digestión, pone primera, y comienza a andar la marcha de los que no tienen perdón ni consuelo.

¿Qué dirá a los niños al llegar a casa? ¿Cómo reaccionará Ramona?

Esas dos preguntas, eran más pesadas que las cien bolsas de carbón que le mandaban a hombrear ni bien llegado a la fábrica, para entrar en calor.

Mira por el espejo retrovisor, comienza a levantarse tierra ante el paso del vehículo, hace varias semanas que no llueve, aun así, ve a la pequeña cachorra corriendo detrás del auto, y más atrás, aparece un niño, agitando los brazos. Desesperado, grita, llora, alza a Pupi, cae de rodillas y luego de bruces a tierra. Eugenio frena de golpe, el pesado auto resbala por la tierra un par de metros más, quejándose y envuelto en polvo. Abre la puerta y antes de bajar alcanza a escuchar:

―No te vayas papá, no me abandones. ¡Por Favor!

Parado en medio del camino, busca con la vista al niño, hace unos pasos, titubeante, no ve nada, Mira a derecha e izquierda. ¡Nada!

Siente miedo. Un miedo pretérito, padecido, rumiado, aborrecido, nota temblar su quijada y castañear los dientes, corre al auto, cierra con un portazo brutal y acelera, todo lo que el pedal permite pisarlo, hasta que el ruido del motor es un bramido de bestia en estampida arrasadora que, lo vuelve en sí, justo a tiro de los pinos cilíndricos del tapial del cementerio. Retira presuroso, asustado, su pie de plomo del acelerador, el auto sigue su derrotero por voluntad propia y del viento pampero que empuja, hasta detenerse en la huella de un tractor.

Eugenio cierra los ojos, apoya la cabeza en el volante, sus brazos cuelgan flácidos. Cuando las pesadas preguntas retornan a martillar sus sienes, el ladrido lo sobresalta.

― ¿Estás aquí? ¡Gracias a Dios! ¿Cómo subiste? No importa, creo que debería alegrarme -dice alargando la mano hasta la perra que, para variar, le muerde.

Ríe nervioso.

―Muerde, lo merezco. Ya pasará, todo pasa, ¿sabes?, no tienes culpa en lo sucedido, y yo, yo no quiero cargar más en mi conciencia que la ausencia de palabras para contarle a Ramona que, a la fábrica, llegaron máquinas nuevas y me despidieron.

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  • Enhorabuena Roluma, es un relato cálido, que emociona que traspasa. Según avanza la historia las sensaciones son diversas. Exquisito, humano, sencillo. Reflejas la vida en sí,con sus carencias, miedos, necesidades. Y deja un poso de nostalgia, gratitud,ternura. Es lo que yo he sentido leyéndolo.Te felicito. Un saludo afectuoso.
    Iba a colodar "increible" relato. No, justamente es lo contrario, MUY creible, El uso de la narrativa que haces es increible porque uno pasa por diferentes estados de animo leyendolo. Excelente como todo lo que escribes. Un sola cosita..que a lo mejor ya fue aceptado por la RAE pero es algo que se hace uso en BsAs sobre todo, y es reemplazar la conjugación verbal "que tenga..." por , en este caso, tuviera o tuviese. Eso de puro odiosa maestrita que soy. Un abrazo!
    Un excelente relato costumrista en el que reflejas muy bien con ritmo trepidante la vida de esta familia. y el drama personal del padre a través del perro abandonado. Como dice Mario esta historia desprende mucha humanidad.
    Roluma, es un gusto leer y visualizar esta historia de vida, desde el fondo de sentimientos al detalle de la funda marrón de esa radio que sonaba a tango. Un abrazo.
    Excelente relato Roluma...La condición humana del personaje principal, junto a sus recuerdos vividos, que describe tu magistral pluma, hacen aun ser humano, sumergido a sus sentimientos, valores, emociones y búsqueda de una significativa existencia. Existe un dicho, desconozco el autor, pero da cabida a lo que expresas: " Cuando un hombre se apiade de todas las criaturas vivientes, solo entonces será noble". Felicitaciones Roluma, tú vuelo de águila , es cada vez más alto....hasta el infinito!! Un abrazo!!!
    Me gustó mucho este relato. Una historia perfilada a través de unos personajes (el Viejo, Ramona, Eugenio, los niños…) que desbordan humanidad (incluida la perra Pupi), lo que, pese a las adversidades latentes, consigue que el lector atisbe por encima de todo la luz de la esperanza, reforzada por ese final tan alentador. Felicidades, amigo Roluma. Un fuerte abrazo
    Hola, Roluma: Me ha gustado muchísimo tu relato, me ha resultado, incluso, visual. Parecía estar viendo una escena tras otra. Me ha emocionado, muchas gracias. Un abrazo.
  • A veces, algún hecho revela lo que no habíamos podido esclarecer.

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Soy águila. De las que vuelan alto. De las que ven sin proponérselo. Tengo maestros de los que no acepto palabras. Tengo lapices que dicen lo que siento. Cuando vuelo mi vuelo, cuando respiro mi cielo.

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