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50 min
La piel del tiempo IV (sombra)
Varios |
13.06.18
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Sinopsis

Jueves, Agosto, 1936, Badajoz

Permanecen en cuclillas, algunos tumbados. Las explosiones se suceden aisladas, pero continuas. Sostienen los fusiles pegados al cuerpo con manos húmedas, como si la vida les fuera en ello, como si el arma fuera un talismán y el no separase de ella en ningún momento significase vivir un poco más, idea no tan descabellada, pues saben que a lo sumo tal vez mañana, estén todos muertos. De vez en cuando se asoman por encima de los sacos terrenos que defienden la puerta de “La santa trinidad” y echan una ojeada, por si a los rebeldes les da por iniciar el asalto. Evitan mirarse a los ojos, porque en ellos se refleja el pánico que casi todos sienten. Se arrojan a la tierra, abrazándola, cuando escuchan el silbido que antecede al estruendo que, aparte de siniestro, es a la larga tan mortífero como la posterior detonación. Muchos ya tienen los nervios hechos trizas. Los más experimentados, algunos militares leales y unos cuantos carabineros, abren la boca y se tapan los oídos. Se escucha un alarido y a continuación el suelo tiembla. Las entrañas de la tierra retumban, otra casa que se derrumba tras el impacto. Los pocos bomberos que no han huido, corretean en los intervalos de calma haciendo lo que pueden. Esperan a cubierto en las sombras. 

 

No sólo temen que la metralla le de de lleno, sino que también se reguardan del sol, un horno en agosto, que aplana el paisaje y machaca tanto a hombres como a bestias. Los bomberos aguardan, para salir corriendo después de las explosiones hacia donde ha caído la bomba. Bajo una nube de polvo remueven los cascotes y desentierran de entre las ruinas a los que aún viven y a los muertos. Una capa de cal los cubre. Tienen los ojos irritados y los uniformes algo desgarrados. Los cadáveres, la mayoría niños, mujeres y ancianos, se alinean reventados en las aceras. Hay muy pocos sótanos en la ciudad donde la gente pueda refugiarse. Alguno de los bomberos llora. La humedad es insoportable, incluso en la sombra. El sudor perla las frentes. Se desliza goteando por los rostros. Empapa las espaldas bajo los correajes y hace que las manos resbalen y, aún así, más de uno tiembla.  Entre los estallidos se escucha el perpetuo quejido de las cigarras. La calima a lo lejos, donde seguramente se iniciará el ataque, confunde la vista y desorienta a los defensores. Los perros y los gatos, incluso algún que otro asno o caballo, incluso el ganado, intuyendo el peligro y siempre mucho más intuitivos que sus dueños, han escapado y corretean por el campo. 

 

No todos se han ido, yo sigo aquí, esperando y alegrándome ya por lo que está por llegar. La batalla pronto va a comenzar, aunque eso es lo de menos. Lo que realmente me interesa es la carnicería que, conociendo la oscura naturaleza de los atacantes, tendrá sin duda lugar cuando ocupen la ciudad. Nada se escapa a la mirada azabache de mi ojos. Otras aves de rapiña se posan a mi alrededor, pero sin acercarse demasiado, me han reconocido. Mi plumaje no brilla como el suyo. Es sólo opaco, una mácula en el cielo diáfano y azul de este 13 de agosto de 1937. Anhelan darse un festín, y lo tendrán. A mi también me complace revolcarme entre los despojos, pero mi botín será otro, tal vez no tan suculento, aunque a mi juicio mucho más envidiable.”

 

El carabinero, a diferencia de los otros, está tranquilo. Lo tiene claro, ha decido quedarse y morir. Lleva huyendo desde la caída de Huelva y la posterior escabechina en Mérida. Ha visto morir a tantos compañeros…. Ya quedan muy pocos. La mayoría están muertos, fusilados o caídos en combate; los menos son los huidos e incluso hay algunos que se han pasado al enemigo, pero esos ya no cuentan, ya no son de los suyos. “No pasarán”, esa es la consigna, aunque tarde o temprano lo hagan sobre su cadáver. Fuma un cigarrillo con los brazos apoyados sobre su ametralladora Maxim mientras examina el horizonte desde un hueco entre los sacos terrenos. Su arma, bien engrasada, y él están a punto. Ha comprobado su funcionamiento varias veces y tiene suficiente munición para llevarse un montón de fachas por delante antes de que se lo carguen. 

 

A su lado, un joven miliciano pelirrojo y enjuto como un junco le asiste como cargador. Es del P.O.U.M, un idealista entre los idealistas, pero a estas alturas se lo está pensado, si largarse o no, aún está a tiempo. Sabe de lo que son capaces los legionarios y aún peor los moros. Esconde las manos para que nadie note que le tiemblan y descubran que tiene miedo. No quiere que los otros piensen que es un cobarde, aunque es eso lo que se considera. 

 

Hasta ahora sólo ha corrido ante las balas del enemigo. Incluso al inicio de la guerra, a la hora de fusilar a ricos y señoritos, ni siquiera fue capaz de apuntarles. Se limitó a ensuciarse las alpargatas con sus propios vómitos ante tanto cadáver y ganarse el desprecio de sus compañeros, pero él sigue vivo y ellos no. El carabinero lo mira risueño, socarrón, como diciéndole: “tranquilo, pasará inevitablemente lo que tenga que pasar”, y le ofrece un cigarrillo. El joven miliciano niega con gesto sin mirarle a los ojos al mismo tiempo que traga saliva. El carabinero lo observa un instante antes de volver a mirar hacia el frente, hacia las lomas lejanas donde se encuentra el enemigo….”El valiente y el cobarde, ambos manipulables…”

 

No lejos de ellos, el oficial que tiene el mando, un capitán de artillería, está atento a los proyectiles que surcan el cielo por si caen cerca de su posición en la puerta de La Santa Trinidad. De vez en cuando dirige sus prismáticos hacia el horizonte por donde aparecen siempre los bombarderos fascistas, aunque, cuando esto sucede, poco pueden hacer, pues apenas disponen de defensa antiaérea, aparte de dos antiguallas de la primera guerra mundial que enseguida se encasquillan y para las que ya no queda casi munición.

 

El oficial también se queda, pero se guarda la última bala, por si las moscas. No vaya a ser que lo pillen vivo. Ya sabe lo que hacen con los militares que han permanecido leales antes de fusilarlos. Aunque en el fondo le da lo mismo, nada le importa desde que se enteró de la muerte de su mujer y su hija.  Sus cuerpos ya se pudrían cuando las cuadrillas de salvamento en Barcelona las desenterraron de  entre los escombros. Ni siquiera pudo ir al entierro tan lejos de su ciudad condal. Se lo comunicó por carta un antiguo compañero de promoción, también republicano como él, hace un par de días. Pensaba que estaban a salvo, pero la muerte no perdona y aún menos los bombarderos alemanes. A estas alturas se ha cansado de maldecir, a dios, al destino, a todo y todos y ya no le quedan lágrimas. Sólo una jaqueca monstruosa que le tritura los sesos, porque desde que recibió la noticia, se ha emborrachado hasta casi perder el juicio. Su familia había sido hasta ahora el motivo que aún lo mantenía vivo. Por ellas tuvo el coraje de escapar por un pelo de Sevilla con otros tras enzarzarse en sangrientas escaramuzas cuerpo a cuerpo. Combate tras combate, derrota tras derrota, siempre en retirada, con los fascistas pisándole los talones, organizando y alentando a los milicianos a seguir luchando cuando estos se rajaban, pero el seguía adelante, porque al fin y al cabo las tenía a ellas. Tuvo que ser una cruel decisión del destino, una maldita bomba alemana la que lo matase a él también a cientos kilómetros de distancia. La furia a veces le envenena la razón y para calmarse, bebe, pero hoy se aguanta, tiene que estar lúcido cuando llegue el final. 

Siente un odio acérrimo por aquellos antiguos compañeros de armas que se han rebelado contra el gobierno y que todavía tienen el cinismo de llamarlo traidor a él. Ellos tienen la culpa. Jamás volverá a dejar escapar a uno de ellos si se le presenta la ocasión, un tiro en la nuca y basta. No es ni siquiera de izquierdas, no le interesa la política. Incluso, no hace mucho, se mofaba del ardor teatral y hasta a veces ingenuo, según él, de los milicianos cuando propagan su deseada revolución, ya sean socialistas, anarquistas o del P.O.U.M. 

En cuanto a los comunistas, no se fía; piensa que son peligrosos, aunque sinceramente son con los mejor se entiende por su intento de disciplinar al ejército y crear algo de orden entre tanto desbarajuste, sobre todo entre los milicianos, muchos aguerridos, pero hasta ahora de escaso valor a la hora de enfrentarse a legionarios, moros y regulares. La mayoría sale por patas tras los primeros tiros, excepto un puñado de valientes que, sin saberlo, se sacrifican para que los otros puedan escapar.

A ras del horizonte aparece la silueta plateada de un avión. “Por fin”, piensa, mientras  la migraña y el sol le obligan a entornar los ojos cuando deja de mirar con los prismáticos….. “Qué ataquen de una puta vez y que se vaya todo al carajo”….”Larga es la espera y su amargura me alienta…”

 

Las gemelas recorren incasables las barricadas que defienden la puerta de La Santa Trinidad trayendo agua a los defensores. Los cántaros pasan de mano en mano y las botas de vino hacen la ronda. Incluso ofrecen algo de comida, rodajas de cecina, frutos secos y queso de cabra. Más de uno les lanza un piropo cuando la muchachas pasan o se les enciende la mirada. Entonces el miedo de los defensores parpadea y se calma por un instante. Son las hijas del anarquista, un maestro cerca de Mérida al que los falangistas le hicieron el paseíllo nada más detenerlo. De nada le sirvió haber protegido al cacique del pueblo en los primeros días de la guerra y ayudarlo a escapar, pues se conocían desde la niñez. El terrateniente regresó con los fascistas y no le importó meterle un tiro al maestro. Las gemelas, a las que el padre había ocultado en una ermita en la sierra, se tropezaron con el cadáver en una cuneta a las afueras del pueblo. La más lanzada de las dos convenció a la otra hermana de vengar a su padre. En una noche negra, donde la luna temía a la oscuridad sin atreverse a salir y hasta las cigarras callaban, se adentraron en las tierras del cacique. Se tropezaron con un mastín plagado de cardenales y cicatrices. Por lo visto, su dueño, el cacique, pagaba su exceso de soberbia con el animal. Curiosamente el perro no las atacó, ni siquiera ladró. Sencillamente saltó sobre la menos miedosa de las gemelas y apoyó las enormes patas sobre su pecho. La muchacha en un principio se asustó y pensó en clavarle en el cuello el cuchillo que llevaba, pero después de un par de lametones, le acarició la cabeza y el perro se limitó a seguir alegre a las dos hermanas. Se colaron por la ventana abierta en la habitación del cacique. 

 

Sólo sus ronquidos inquietaban al silencio. Le escupieron en la cara y, mientras una le rebanaba la garganta con la navaja de su padre, la otra le calvaba el cuchillo en un ojo. El cacique, con la sorpresa y luego el terror en la mirada, se ahogó en su propia sangre y sufrió lo suyo antes de morir. Luego las gemelas huyeron y regresaron a la oscuridad. El perro trotaba a su lado con la cola en bandolera. Al cabo de unos días se unieron a la riada de fugitivos que iban hacia Badajoz.  

 

La más lanzada de ellas tiene el cabello rizado del color del cobre y brilla como hebras de oro bajo el sol. Es pecosa, de curvas finas y un pecho impaciente se le dibuja bajo la camisa. Sus ojos verdes responden vivarachos a los halagos de los hombres, pero sabe defenderse cuando alguno se pasa de la raya. Más de uno ha probado su genio con casi un cántaro en la cabeza. 

La otra, algo más llenita, tiene el pelo castaño y sus ojos son dos nueces donde reluce la nostalgia. Es también más reservada, tímida, y no coquetea como la hermana. Muestra sin ocultarlo su desprecio ante los piropos. Tampoco ha hecho buenas migas con el perro como su hermana. Parece estar siempre enfadada o tal vez sólo sea tristeza; apenas sonríe, excepto cuando su mirada se cruza con el chico que hace de enlace, un ex seminarista que, aunque parezca mentira, se ha pasado a los rojos. El  muchacho, que va y viene en moto desde el puesto de mando, aparenta algo más de veinte años. Es más bien delgado, no muy alto, moreno, pero de tez pálida a pesar de ese sol iracundo de mediados de agosto, y tiene los ojos claros como el cielo. Le arden las mejillas, como ahora, cuando la gemela lo incita a que le devuelva la mirada mientras aparca la vieja Triumph en una esquina. Se pasa todo el día trayendo órdenes y misivas de aquí para allá desde el alto mando, en algunas ocasiones incoherentes y contradictorias. El miedo también ha contagiado a los jefes encargados de dirigir y organizar la defensa de la ciudad que, si pudiesen, ya se habrían largado como lo han hecho otros tantos, pero, ya sea por ideales o por el sentido del deber, se mantienen en su puesto hasta el final o, al menos, hasta que comience la desbandada. El muchacho proviene de familia con solera, de antiguo linaje castellano. A su hermano mayor le tocó administrar el patrimonio y el que venía detrás entró en la academia militar, haciendo luego carrera en África. A lo mejor está ahora ahí enfrente con los regulares. A él, el tercero, iba, según la tradición familiar, para cura. No le faltaba fe. Así lo habían educado y moldeando desde tiempos inmemoriales como a cada uno de los suyos. Todo cambió a raíz de los sucesos de octubre en 1934. Estudiaba cerca de Oviedo, cuando los mineros asaltaron el seminario. Fusilaron a muchos, pero al joven lo dejaron en paz. Quiso interceder por los otros, lo que le valió un culatazo en las costillas. Antes de la revolución se había ganado la inquina de muchos seminaristas y la ojeriza del rector por su conducta tan fraternal y la sencillez con la que trataba a las clases pobres, lo que por otro lado le evitó el paredón. Tras su liberación y la brutal represión dirigida por Franco, Doval y López Ochoa, fue testigo de cómo legionarios y regulares no sólo ejecutaban a los prisioneros sino que también los mutilaban o incluso violaban a las mujeres. 

 

Cuando la iglesia bendijo estos actos en nombre de Cristo le dio la espalda, según él, a un dios tan falso. No perdió la fe, pues cree por fin y con mucha más devoción que antes en un dios renovado y sobre todo justo y auténtico, libre de rituales superfluos e implacable ante los falsos dioses y por este mismo motivo , siendo más afín a los ideales libertarios, acabó uniéndose a los anarquistas.

“….Evolución que a mi no me complace, pues, muy a mi pesar, el curita dejó de adorar a un dios mas manipulable, más adicto al miedo para creer en uno más genuino, permitiendo que su fe madurase y sea una amenaza a mis designios….” 

 

La gemela más atrevida se acerca al joven a ofrecerle agua. Intuye que le gusta a su hermana, pero la otra la aparta con un bufido y se le anticipa. Mientras una arroja una carcajada, la otra refunfuña. El muchacho, ajeno a la disputa entre las dos mujeres, acepta tímido el cántaro y, después de dar un par de tragos, se fija en ella. La chica seria sonríe y sus miradas cruzan por fin.Tras un incómodo instante que a ambos se les antoja infinito, sus iniciales monosílabos y tanteos fructifican y comienzan a charlar. Caminan juntos entre los parapetos y las trincheras, sólo ellos. Mientras más se miran a los ojos, antes se olvidan del dolor de los recuerdos y de la guerra. Sus mejillas arden, y no sólo por el sol.

El mastín dormita en la sombra con un ojo cerrado. Con el otro no me pierde de vista. Me enseña los colmillos cuando lo miro. Lo hace en silencio, sin gruñir. 

Es indiferente al estruendo de las explosiones, ni se inmuta. La gemela que le ha cogido cariño, se le acerca y le da un par de achuchones. El pedazo de perro mueve juguetón la cola y a cambio le lame la mano y después la cara cuando la joven le acerca su rostro. Observa con expresión traviesa el coqueteo de su hermana con el joven ex seminarista mientras acaricia el lomo y la enorme cabezota de su fiel amigo. …..Debo andarme con cuidado, no se quién es, tal vez sólo se trate de un perro que intuye quien soy o, quizás, sea algo más que eso, mucho más peligroso.”

 

Mientras el bombardeo diluye, el canto de las cigarras aumenta. Se envalentonan a un paso de la penumbra. Los últimos impactos caen espaciados, con un retumbe cada vez más débil. Los gritos enmudecen y la artillería de los fascistas también, demasiado ajetreo para un día. Hoy no atacarán. Tampoco hay más lluvia de cascotes y la piedra aguanta todavía. Los bomberos han desparecido. La tarde es un azulejo, hasta que las estrellas parpadean en el cielo. Las farolas iluminan cuatro palmos de oscuridad a lo largo de las aceras. Enjambres de insectos danzan frenéticos con arrojo kamikaze a su alrededor. Las ventanas se encienden con luz trémula. La luna brilla. Es un tajo, una guadaña de plata. Las llamas de las hogueras alumbran las trincheras y los rostros ensombrecidos de los que esperan entre el miedo y la incertidumbre. Las cigarras continúan con lo suyo y restablecen cierta monotonía. Badajoz se calma al filo de la noche. El terror dormita hasta mañana.

 

El carabinero permanece en la trinchera. No se aparta de su ametralladora. A diferencia de otros, no se va a pasar la noche en alguna de las casas de la ciudad. Observa ausente como el sol se hunde a lo lejos, henchido y naranja como un globo. Antes de desaparecer por completo, la estela de su luz es un guiño escarlata que se va cerrando conforme la penumbra se tiñe de oscuridades. Enciende un cigarrillo y la lumbre le ilumina por un instante la mirada entretenida en el laberinto de los recuerdos

 

El joven miliciano del P.O.U.M. ha desaparecido. Otro que prefiere vivir, aunque sea con el remordimiento a cuestas, a una muerte heroica e ilógica…comprensible después de todo…Avanza entre setos y matorrales junto a otras sombras que han decidido lo mismo, todos siempre hacia el oeste. Pero, mientras más se acerca a la frontera, más lento se vuelve su paso. Algo le impide seguir, hasta que se detiene. Los otros lo rebasan y él se queda solo en medio del campo. Se detesta a sí mismo pues el miedo le ha vuelto a ganar la partida, pero en esta ocasión tal vez no. Un alarido rasga el silencio. Es un grito rebelde, con rabia; suena rebelde, único testigo de una decisión irrevocable. El pecho del miliciano se rompe dando rienda suelta al dolor mientras regresa ….”Dicha Actitud realmente me sorprende”…..

 

El oficial de artillería también observa el cielo apoyado en el hueco de una ventana rota. Las estrellas se encienden una a una hasta que al final tachonan el cielo. Se pregunta si en alguna de ellas, en aquellas que más brillan como guirnaldas, su mujer y su hija le estén esperando…..—”La esperanza nunca muere por muy diminuta que sea su llama”—….Y si en pocas horas quizás las vuelva a ver o tal vez todo sea un absurdo y lo único que realmente le espere, sea la nada. Pero qué más da. Al fin y al cabo las ama y eso es lo que cuenta….”Qué arma más peligrosa es el amor”….No quiere tumbarse y dormir, no está fatigado. Permanecerá contemplando el cielo hasta que su silueta se recorte en la penumbra. Esperará a su último amanecer sin sufrir más mientras una paz hasta ahora desconocida lo inunda…”Pobre Iluso a mi parecer, pero debo reconocer que incluso lo envidio”..…

 

Una de las gemelas duerme hecha un ovillo junto a su amigo de cuatro patas en un rincón entre las ruinas, no lejos de la Puerta de “La Santa Trinidad”. Duerme tranquila, esta vez sin pesadillas. “Estoy convencido de que su amigo es el guardián de sus sueños, rechazando todos mis intentos por oscurecerle la noche.” El perro continúa con un ojo cerrado y con el otro, el azul, no deja de vigilarme. La densa oscuridad no logra ocultarme ante la sibilina mirada de su ojo.

 

La otra y el ex seminarista han estado paseando juntos sin rumbo hasta que sin darse cuenta han acabado en la sacristía de la catedral. Ya oscurece. Algunas velas alumbran tímidas el vacío dejado por los curas, huidos o en el peor de los casos fusilados. Las sombras se escurren por las paredes. Por sus rincones otros también han buscado refugio. Los murmullos se multiplican con el eco y los susurros bullen sin alterar el sigilo del recinto religioso. 

 

A la pareja se la han acabado las palabras, pero no las miradas. Sus rostros se acercan. Están cada vez más juntos. La chica aviva el hechizo con un beso que el joven responde algo retraído hasta que su respuesta es fuego y se une a la lengua  de ella. Se palpan, en un principio con vergüenza, pero finalmente su tanteos son caricias firmes y sensuales, conscientes del placer que sienten y reflejo de la mutua aceptación. Ya están desnudos, su cuerpos se enlazan. Ella lo recibe y él la penetra. Alcanzan sin ser conscientes todavía lo que ambos más desean. Están convencidos que sus segundos de dicha son más valiosos que toda la eternidad junta…..”Y a lo mejor estén en lo cierto”…..

Se duermen abrazados rozándose con el aliento sin importarles lo que pueda pasar mañana, pues han sido testigos de un misterio incomparable, al menos para ellos.

 

Amanece, sin ganas, como si el sol temiese al día, y lo que pronto va a suceder. La mayoría de los defensores no ha dormido, ha sido más bien una duermevela con el miedo latiendo al fondo, al borde del sueño….“Qué pasará, si caen en manos de los fascistas, mejor ni pensarlo y aún menos imaginarlo”, “aunque tanta duda me complazca.”.… Regresan a las trincheras y parapetos; lo hacen lentos, cansinos, ojerosos, mellados por la falta de reposo, cuando comienza de nuevo el bombardeo. Es el cuarto día desde que comenzó el asedio y muchos intuyen que seguramente será el último. La fatiga desaparece por arte de magia con las primeras explosiones y de nuevo los nervios se crispan. Se escuchan rezos, alguien llora, el que menos examina con expresión acerada las lomas próximas por donde deberá empezar el ataque. Los bomberos regresan también a sus puestos en la sombra. La inmensa mayoría de los refugiados que pululan por la ciudad y que no están en edad de combatir, se hacinan en grupos, como ganado en el matadero, buscando la protección y calor del grupo. Prefieren no acercarse a los muros de la ciudad y evitar las trincheras. Tal vez así la bombas fascistas se olviden de ellos, pero de nada les sirve. A media mañana un par de aviones, dos Capronis italianos, arrojan sus bombas sobre el casco antiguo haciendo una escabechina.  Las paredes de un callejón adyacente a la Plaza Alta se rompe en cascotes. La metralla se incrusta en los muros y brochazos de sangre y vísceras embadurnan las paredes. Las ametralladoras de los republicanos responden mal, una se encalla; la otra ametralla el vacío, sus ráfagas se quedan cortas. A diferencia de los otros días, el cañoneo no cesa a la hora de comer sino que aumenta. Esta vez la cosa va en serio. Los impactos van abriendo brechas en las murallas que rodean la ciudad. La puerta de “La Santa Trinidad está prácticamente en ruinas. Nadie se atreve a asomar la cabeza. Se escuchan alaridos, maldiciones, hasta risas histéricas o incluso rezos. Se llama a gritos a los camilleros. 

La puerta se sacude por enésima y el suelo de la trinchera donde una de las gemelas está agazapada tiembla y vibra. Algo le golpea la espalda. Cree que ha sido un pedazo de metralla. Se palpa la espalda nerviosa esperando sentir la humedad de su propia sangre y luego el dolor, pero sólo tantea el sudor de la tela empapada de su camisa. Mira a su alrededor confundida, hasta que descubre a sus pies un trozo de pierna arrancada con la alpargata todavía puesta. La muchacha retrocede asqueada, vomita. Mientras se limpia la boca con el dorso de la mano, busca con la vista nublada por las lágrimas a su fiel amigo entre el infernal estrépito de las detonaciones, pero no lo encuentra, el perro ha desaparecido. 

 

Entre el vendaval de proyectiles el oficial de artillería se asoma por el borde del parapeto y escudriña el horizonte. A continuación observa los rostros de los hombres a su alrededor. Están nerviosos. El miedo les brilla en los ojos. A cada impacto las espaldas se curvan un poco más, hasta que los cuerpos se abrazan a la tierra. Él, a diferencia de  ellos, permanece sentado en cuclillas. Espera únicamente al ataque y que todo se acabe de una vez. A lo lejos un ronroneo crece y se une el estrépito de las explosiones. Tres siluetas aún borrosas aparecen a ras de las lomas. Los tres vehículos blindados al igual que monstruos siderales avanzan deslizándose por sobre la llanura. Desaparecen para volver a emerger entre las irregularidades del terreno, acompañados por el típico gruñido hueco de sus motores diesel mientras se acercan. Detrás suyo surgen numerosas figuras hasta convertirse en una oleada de cuerpos humanos. Son los legionarios, los regulares. Sus gritos de “Viva la legión” o “Viva la muerte” o el “Allahu akbar” de los moros, —“qué grotesca contradicción en un ejército tan apostólico”—, apenas aún se escuchan. Nubes de polvo y cascotes envuelven a los defensores, cegándoles. El cañoneo cesa de repente, como ha comenzado. No vaya a ser que los fascistas hagan blanco en sus propias tropas, pues no sería la primera vez. Los blindados, con la masa de infantería coleando a su estela, se hayan ya casi a cien metros de las murallas, desmoronadas por fin en varios puntos. Va a ser imposible taponar todas las brechas. El continúo bombardeo ha hecho lo suyo abriendo agujeros por todas partes. Los camilleros no tienen tiempo de preocuparse por los muertos. Se llevan a los heridos al puesto de socorro más próximo. Algunos, despedazados por la metralla, pierden un miembro por el camino. Los enfermeros, sucios de polvo y sangre, se detienen y los vuelven a recoger entre las protestas y alaridos. Muchos de ellos ya llegan muertos a su destino. Más de un camillero  vomita sobre la marcha sin dejar después de continuar con su trabajo. 

 

El aire se aclara de nuevo y serpentea otra vez limpio al atardecer. Ya se distinguen los moros, los legionarios, sus uniformes e incluso el blanco de los ojos. Su griterío ensordecedor hiela la sangre a más de uno. El tableteo de las ametralladoras de los tres monstruos de acero se incrustan en los sacos terrenos y muerden a piedra de los arcos de la puerta de “La Santa Trinidad”.

 

El miedo paraliza a los defensores. Alguno arroja el arma y sale corriendo, o huye con ella hacia el laberinto de callejones a su espalda. Pero no todos. La ametralladora St. Etienne M1907 del carabinero comienza a ladrar. Gracias a su iniciativa el valor que aún queda en los milicianos despierta y se inflama. Las armas de los defensores, desde máuseres hasta escopetas de caza, se unen a la cortina de fuego que derriba la primera oleada de los atacantes. Los legionarios y los moros se doblan o caen entre nubes escarlatas. Las ametralladoras siegan  como una guadaña a los hombres prácticamente por la mitad. Uno de los vehículos blindados queda atascado con el morro inclinado hacia el fondo de una hondonada. Un pelotón de moros se atrinchera en el hoyo o busca protección tras las aristas del monstruo de acero que, aunque inmovilizado, no deja de barrer a los defensores con su ametralladora. Intenta salir del agujero donde se quedado atascado. El ronroneo bronco de su motor refleja la desesperación de sus tripulantes. No lo consigue a pesar de que incluso algunos infantes enemigos lo empujan. Es presa fácil. Una lluvia de cócteles Molotovs caseros vuela hacia el vehículo. La coraza de acero se inflama y poco después el motor explote. Una bola de fuego oculta la hondonada. Los moros arden en la hondonada arden. Dos antorchas vivientes emergen del blindado agitándose en una danza macabra. Alguno de los defensores grita que no disparen, que los dejen consumirse hasta el final, pero una descarga de ametralladora enmudece los alaridos. La segunda oleada de los fascistas también se rompe contra las murallas de la ciudad, pero los que van detrás comienzan a parapetarse en los terraplenes cercanos. Sus ametralladoras cubren de proyectiles a los defensores y los legionarios y moros afinan la puntería. Los dos vehículos blindados restantes se suman al asalto y paralizan con sus salvas la defensa. Los republicanos permanecen inmovilizados, clavados en sus hoyos. Los que se asoman por el borde de los parapetos e intentan hacer frente a la nueva oleada, caen destrozados por un enjambre de proyectiles. Los fascistas arrastran varios morteros hasta el frente. Su primer impacto en el fondo de una trinchera repleta de cuerpos desata el terror. Muchos más huyen. Pocos se mantienen ya firmes. El carabinero continúa disparando y los legionarios y moros siguen cayendo ante el cañón de su arma. Incluso breves instantes después, cuando un francotirador del Ifni lo acierta.  Inclinado hacia delante y con la cabeza reventada, su dedo se queda enganchado en el gatillo. Una tras otra las ametralladoras de los leales enmudecen, ya sea por las granadas arrojadas o a bayonetazos, cuando las armas  se encasquillan o se acaba la munición. Los atacantes ya asaltan las primeras defensas. La muralla que rodea y defendía la ciudad ha caído. Los pocos republicanos que aún resisten, se enzarzan en combates cuerpo y muchos venden cara su piel antes de ser aniquilados. No se hacen prisioneros. A los defensores se le ejecuta al instante. Se remata a los heridos. A las milicianas se la viola primero antes de rebanarles el cuello. Los moros también mutilan, las orejas o incluso los testículos. Se escucha su regocijo entre los alaridos de los que han tenido la mala suerte de haber caído vivos en sus manos. 

 

Algunos logran escapar, como el oficial de artillería. Se abre paso vaciando su cargador sobre un grupo de falangistas que intenta cogerlo prisionero. A pesar de que tiene el uniforme desgarrado y está cubierto de sangre, han reconocido sus insignias. Capturar a un oficial enemigo es una presa muy codiciada entre estos zalameros del tal Cristo. Conduce a un grupo de supervivientes hacia las primeras casas detrás de la puerta de “La Santa Trinidad”. Los fascistas les disparan por la espalda y los hombres caen. 

Sólo el oficial alcanza el refugio del umbral de una puerta. Le sigue un cabo de su unidad con un balazo en el pulmón que a trompicones se introduce también en el interior del edificio. El oficial lo sostiene antes de que se derrumbe. Lo ayuda, animándolo a que aguante. Los balazos continuan desconchando las paredes de la casa. El oficial observa las diminutas nubes de yeso que explotan en el aire y se asoman por los huecos de las ventanas vacías mientras espera a que el herido recobre el aliento, pero el cabo se desploma en sus brazos. Ya no solloza. El oficial vuelve a mirarlo. Sus pupilas se enturbian y su mirada se detiene para siempre fija y perdida en algún punto desconocido en el infinito. Lo deja resbalar con cuidado hacia el suelo, casi con ternura y comienza a subir sin prisas los escalones. Una vez en la azotea se apoya en la pared con el sol del atardecer sobre el rostro. Cuenta las balas que le quedan, sólo cinco. Las introduce en el cargador y espera. El sol se va alejando hacia el poniente. Ya no quema. Es pacifico, naranja y se  inclina remolón hacia la brecha del crepúsculo donde se distinguen los primeros ramalazos de penumbra. Mis graznidos a un tiro de piedra se alzan en el atardecer e intentan restarle trascendencia a este instante mágico y último del oficial, devolviéndolo a la descarnada y magnánima realidad. Se escuchan los alaridos de los moros subiendo por la escalera que conduce a la azotea. Saben que la presa está ahí afuera y la furia les brilla en los ojos. Por fin un oficial rojo con el que purificar su venganza por tantos hermanos caídos. El primer moro se asoma por el marco de la puerta. Suena un disparo. El regular se lleva las manos al cuello y se atraganta entre estertores sangrientos. Suena un segundo disparo. El beréber que le sigue se tapa la ingle rogando o, quizás, maldiciendo a su Alá. El tercer balazo se incrusta en el marco de la puerta que da a la azotea a pocos centímetros de la cabeza de otro moro que logra disparar a su vez. El oficial siente un mordedura en el abdomen y se dobla cayendo de rodillas. Las entrañas le arden y siente un gusto metálico en el paladar. Un hilillo de sangre le resbala hasta la barbilla. No importa, apunta más bajo, sosteniendo el arma con ambas manos  y esta vez da en el blanco. El tercer moro se derrumba con un orifico en la frente y la eterna sorpresa en los ojos. No suben más moros de momento. Los que esperan han visto caer a los otros. En esta breve tregua el oficial decide que ha llegado el momento. Introduce el cañón de arma en la boca y dispara la última bala, no sin antes arrojar una última mirada a ese crepúsculo tan benévolo….”Ya voy con vosotros”, piensa.

Los moros me espantan antes de que le arranque los ojos, “pero qué más que sea yo o ellos, los que se ensañen con el cadáver….”

 

El combate continúa en las calles, pero la resistencia organizada se extingue ante el masivo empuje de los golpistas y en pocas horas los republicanos luchan en reductos aislados, como en la catedral o en el cuartel de carabineros. Numerosos militares de la guarnición se han pasado al enemigo permitiendo que la toma de la ciudad sea más rápida. La mayoría de los mandos militares y civiles republicanos prefiere salvar el pellejo a una muerte heroica, sobre todo aquellos que siempre habían estado gritando eso del “No pasarán”. Pero a muchos de ellos de nada les servirá huir,  salvo vivir unas pocas horas más que sus compañeros inmolados en la defensa de Badajoz. Las autoridades portuguesas los entregarán de vuelta a Yagüe que los ordenará fusilar sin contratiempos. Los menos y más listos escaparán campo a través hacia Madrid, En algunas zonas apenas hay resistencia. Los legionarios, moros y falangistas entran en las viviendas y sacan a la gente a la calle. Luego deciden a su libre albedrío y según las apariencias. A muchos se les arranca la camisa y cuando muestran una mancha oscura en el antebrazo, evidencia de que han manejado un arma, se les detiene a culatazos o se les mata ahí mismo. También se toma presos a otros por denuncias, en numerosas ocasiones falsas… …”Y yo afirmo“Qué  pasión tan sublime es la envidia”…A otros incluso les ejecuta junto a las puertas de su casa por no adoptar el aire de res hacia el matadero. Se viola a las mujeres en sus propios lechos, a veces delante de los maridos y los hijos; y los moros haces estragos a gusto mutilando con sus gumías. Algunos tienen más suerte cuando los oficiales logran controlar a sus tropas o son reconocidos por algún familiar o un amigo entre los atacantes que los protege y, aún así, no siempre logran librarse de la matanza. Sin embargo, “para mi mayor regocijo”, la mayoría de los exterminados, son justos y no pecadores. 

 

En los barrios humildes ya es otra cosa.  Se lucha casa por casa y las familias mueren matando, vendiendo cara su vida, con conciencia de clase. La escabechina es terrible, inenarrable. A los moros y legionarios les arde la furia. Son pura rabia, pues han perdido a muchos camaradas y aún habrán de enterrar a algunos más, “ Qué así sea, que sean muchos los que pronto puedan sentarse a mi mesa.”

 

En el hospital se remata a los heridos entre alaridos y súplicas en sus camas o arrastrándose por los pasillos, pero muchos de los heridos ya están muertos cuando los fascistas llegan. Algunos se han suicidado y otros han sido enviado a la nada por un compañero más sano que disponía de un arma antes de volarse el mismo la tapa de los sesos y poco antes de que los fascistas interrumpan a voces por las salas del hospital. A los médicos se les perdona la vida, son necesarios, aunque a partir de ahora sólo podrán ocuparse de los heridos del ejército vencedor. Las enfermeras, algunas, son violadas y los asistentes varones reciben un balazo si tienen mala suerte y no hay un oficial rebelde por las cercanías que ponga un poco de orden en tanto infierno.

 

La catedral es el último reducto que aún resiste. Unos cincuenta milicianos se ha atrincherado detrás sus muros, entre ellos la otra gemela y su compañero, el ex seminarista. Las  balas fascistas muerden la piedra  y el pórtico frontal. No van a utilizar a la artillería, método más rápido y efectivo para acabar con los defensores, pero dónde podría celebrar su victoria después y darle las gracias a su dios que no sea dentro de la catedral. Además, acabar  a cañonazos con un exponente tan importante de su fe, significaría para muchos un sacrilegio imperdonable y, al fin y al cabo, hasta la parodia más grotesca tiene sus límites.  Van esperar a que se les acabe la munición y así sucede tras varios asaltos. Los fascistas entran en tromba en la catedral. Se combate cuerpo a cuerpo por la naves. Los defensores matan y mueren gritando, coléricos, con saña, al igual que sus atacantes. Los pocos que no tienen tanto valor son amontonados delante del altar y acribillados a quemarropa.

 

La gemela y su amado son descubiertos en la sacristía. Se abrazan por última vez, el último beso, la última mirada húmeda, antes de enfrentarse al horror. Los moros se abalanzan sobre ellos con sus gumías en ristre. Sonríen, lascivos, la guerra continúa y aún queda mucho botín, y también mujeres. El ex seminarista logra tumbar a un moro de un culatazo. No le queda más munición. Antes de que los otros lo cosan a cuchilladas. La chica lanza puñaladas en el aire hasta que la arrojan al suelo. Van a violarla primero. Mientras zarandea tratando de impedir lo inevitable, observa al muchacho que con las manos cubiertas de sangre se cubre los tajos por donde se le escapa la vida. Aún es su agonía logra devolverle la mirada por última vez. La chica, por fin tranquila, ya no ofrece resistencia; ha encontrado lo que quería.  Palpa la espalda del moro que está acabando de arrancarle la ropa. Es un moro joven, inexperto. Los otros esperan su turno. Lo dejan hacer, aunque sus sonrisas cómplices se tuercen en una mueca de terror cuando la chica sostiene la granada sin anilla que acaba de arrancar del cinto del bisoño guerrero. Corren, gritan, maldicen, pero no les da tiempo. La pequeña habitación de la sacristía  explota y todo termina en un segundo. Ya no hay más diversión, tampoco sufrimiento…

”No sé si el camino de ambos volverá a cruzarse…No me está permitido ver más  allá en ciertos destinos, sobre todo cuando son nobles, pero sí sé, que los moros jamás se encontrarán con su Alá.

 

Las escenas que se desarrollan durante el atardecer superan con creces lo descrito por Dante en su infierno. Se continúa matando, violando y mutilando bajo la luz de las farolas. Las llamas de las hogueras otorgan un halo dantesco al tormento de los perdedores. Los faros de varios camiones alumbran las tapias del cementerio de San Juan donde se fusila a los rojos y a muchos que no lo son, suceso que  prolonga el eco de mis carcajadas. El motor de los camiones apaga el rumor de las continuas salvas de los fusiles. Algunos curas, con el fusil todavía al hombro, obligan a confesarse a los que van a morir, pero la mayoría escupe sobre el crucifijo o al rostro del cura, con lo se ganan un culatazo y varios puntapiés, antes de ser arrastrados de nuevo al pie del muro muchas veces con la boca partida, la nariz o un par de costillas rotas. 

 

Se escuchan los “vivas” a la República, el “Muera Franco“ y otras maldiciones, exhaladas a la desesperada que por un instante se alzan sobre el ronroneo de los motores y el estruendo de los fusiles. Es un alarido cuyo eco que permanecerá oculto, incluso a veces molesto y que será eterno, si la conciencia de los verdugos  de aquel entonces logre madurar con el tiempo. Yo y mis hermanas de este día, las urracas,  graznamos victoriosas y con júbilo cada descarga. Los fusilados caen en un segundo después de agitarse en un baile grotesco cuando las salvas de proyectiles los destrozan Por la noche, entre penumbras, se da caza a los que aún resisten y permanecen escondidos en algún agujero. Matan aún o se suicidan antes de que la jauría los haga pedazos. Pocos son los que logran huir. Al día siguiente continúan las denuncias. Otro repaso letal de los que a lo mejor han escapado del paredón en la primera criba. Los que estaban encarcelados, adictos al nuevo régimen, son liberados. Las autoridades republicanas no habían decidido  todavía qué hacer con ellos. La mayoría de los liberados no tendrá tantos remilgos a la hora de ajustar cuentas. 

 

Se aniquila al enemigo sistemáticamente. No sólo por tener otra ideología sino ante todo por haber defendido la ciudad y resistir. Motivo, por el cual, según la mentalidad de los vencedores, los defensores han pecado de rebeldía. —“Es curioso el hecho de que el vencedor califique de rebelde a los que han permanecido leales, cuando ellos han sido con certeza los que se han rebelado, aunque lo absurdo o grotesco de la situación no me interese en absoluto mientras me ayude a alcanzar mis fines”—. En Badajoz se mata; se asesina, por supuesto también por envidia o viejas rencillas; a pesar de que muchas de las víctimas ni si quiera se hayan opuesto a los fascistas. A los pocos días las ejecuciones disminuirán, ya sea porque los verdugos están cansados o por un un ramalazo de piedad cuando el posible enemigo es muy joven o muy viejo o, se trata de una mujer o tiene algún pariente entre los vencedores que responda por el.

 

En el cementero se remata a los heridos. Los oficiales se ocupan de ello. A veces no lo hacen muy bien. Tal vez porque está oscuro  y hay muchos cuerpos amontonados o simplemente porque están borrachos, o porque la mayoría cierra los ojos cuando dispara. Más de uno resucitará y herido o no intentará escapar. Esto es exactamente lo que sucede con el joven miliciano del P.O.U.M. No se defiende cuando unos guardias civiles lo sorprenden oculto en un sótano, aunque aún tiene munición, pues no ha pegado ningún tiro hasta ahora. Ni siquiera rechista. Únicamente se limita a arrojar el arma al suelo y levantar los brazos. El carnet de su partido lo delata. Recibe patadas, puñetazos, pero tiene suerte, no lo han capturado los moros. Por la noche lo sacan y lo fusilan, pero su suerte es aún mayor cuando las balas sólo lo rozan y el tiro de gracia le deja una rozadura sangrienta sobre el cuero cabelludo. Espera una eternidad. Teme que sus verdugos descubran el frenético estrépito de sus latidos, pero finalmente todos se van y él se queda solo con los muertos.

La noche alcanza su hora más oscura y la luna se oculta. Emerge de entre los  cuerpos que lo sepultan. Espanta a manotazos las moscas, las hay por todas partes. Se palpa a ropa. La sangre no es suya. Afila el oido, no percibe ningún ruido cercano. Alguien ríe a lo lejos. Incluso escucha el tañido de una guitarra y de vez en cuando suenan disparos. Lentamente, muy despacio, se acerca a los muros del cementerio. Trepa como puede la tapia y salta al otro lado. Rueda por un terraplén al caer y se tropieza con una hoguera. Soldados dormitan a su alrededor. El miliciano logra frenarse aún en la oscuridad a ras de la luz. Un centinela mira en su dirección, pero no lo descubre. Lo único que vislumbra cuando enfoca su linterna hacia la zona de donde cree que proviene el ruido, es la silueta de las llamas de la hoguera agitándose sobre el muro. El miliciano ha desaparecido, ya no tiene sombra, se ha fundido con la noche. Sólo se escucha el crepitar de las llamas y algún que otro ronquido, el centinela vuelve a distraerse

 

Aunque las ejecuciones continuarán algún tiempo más, prácticamente durante toda la guerra con mayor o menor intensidad, el apogeo de las matanzas en Badajoz tendrá lugar al día siguiente de su caída. Riadas de prisioneros serán conducidos a la plaza de toros como ganado hacia al matadero. Avanzarán a trompicones entre insultos y culatazos. También por parte, “—para mi regocijo  y deleite—“, de aquellos que, ya sea por suerte o influencias, se han librado de la carnicería y no hace mucho también levantaban el puño en alto. Los que desfallecen y no vuelven a levantarse son ejecutados en el acto. Algunos, a los que aún les queda coraje, se enfrentan a su destino antes de tiempo. Increpan, insultan y escupen a su guardianes con lo que se ganan el balazo de turno y un veloz pasaje a la nada o quién sabe a dónde. Pero la mayoría se dirige resignada a la muerte, con la mirada ausente o entre lamentos. La gemela más pícara también se encuentra entre el grupo de condenados. Tuvo más suerte. Fue detenida en el hospital por un oficial cuando intentaba hacer lo que podía por los heridos o consolar a los moribundos. Es bonita y su cabello de oro atrae la mirada de los soldados vencedores, pero los oficiales rebeldes han acabado con la juerga de la soldadesca y, además, siendo bonita o no, no deja de ser una roja. La Benemérita la conduce con los otros hacia el ruedo. Unas filas más adelante, un guardia de asalto prisionero se enzarza en un forcejeo desesperado con su guardián. Saca un navaja de la bota y se lo clava al guardia civil en el cuello. Los otros acuden y lo acribillan a tiros. “Al menos me llevé a uno por delante”,  piensa el pobre diablo antes morir. Mientras esto sucede, la gemela advierta de reojo la enorme cabeza de su amigo, el mastín, que emerge en las sombras de un callejón cercano. El perro la fija con la mirada, como incitándola a que vaya hacia él.

 

 La chica no se lo piensa dos veces y echa correr hacia el callejón. Otros dos prisioneros la imitan, por lo que ha escuchado un joven matrimonio. Suenan más disparos. La pareja cae, primera ella, luego él cuando regresa y se arrodilla junto a su mujer. La sostiene entre sus brazos, limpiándole el rostro mientras le habla con dulzura. El teniente al mando se acerca sin prisas y con un gesto mecánico, como acostumbrado a ello, le vuela la tapa de los sesos de un pistoletazo. 

Esta valiosa pérdida de tiempo permite a la chica huir tras el perro por el callejón. Dos falangistas le dan alto, a continuación uno dispara, pero falla e inician la persecución.

 

Una vez en la plaza, van sacando a los prisioneros al sol por los toriles en oleadas de unas veinte personas. Algunos se abrazan o van cogidos de las manos, hasta que las ametralladoras los fulminan. Gritan, lloran y maldicen antes de que los maten. Los muertos se amontonan y la arena se tiñe de rojo, casi parda, aliñada con tanto terror. En esta ocasión no va ser el toro la víctima de la tradición y la barbarie, sino el propio hermano y compatriota. De vez cuando se hace una pausa para que caballos de tiro aparezcan por la puerta de las cuadrillas, llevándose a los muertos hacia los camiones que esperan afuera y se haga sitio para más cadáveres. 

Las ráfagas de ametralladora son celebradas con jolgorio por una muchedumbre sedienta de sangre y los espontáneos vendedores ambulantes hacen su agosto. Incluso alguno de estos hijos míos tan predilectos llega hasta a“torear” con banderillas y todo a más de un prisionero célebre por sus hazañas cuando estaba en el poder y que no ha tenido el valor de morir combatiendo o pegarse un tiro o huir, como lo han hecho los más precavidos. Aunque al alcalde y a otras autoridades republicanas de poco les ha servido cruzar la frontera, porque los portugueses los han obligado a regresar para que se los fusile también al día siguiente. 

 

La gemela continúa corriendo y por más que lo intenta no logra deshacerse de sus perseguidores. De vez cuando un tiro casi la roza o se incrusta por donde pasa. El que ha vuelto a desaparecer ha sido su amigo de cuatro patas. Hace un instante lo tenía delante. No puede más. Sus pulmones van a reventar y las piernas le flaquean. Llega a las inmediaciones del cementerio de San Juan donde se se están empezando a quemar los cadáveres. El aire apesta. 

Se derrumba con último esfuerzo en el callejón. Mira al fondo. No tiene salida. Ruega; reza para que los falangistas pasen de largo, pero por lo visto el dios de los cristianos no escucha a los rojos, porque ahí están otra vez sus dos perseguidores, detenidos en la esquina, a pocos metros, mirándola. Primero lo hacen ceñudos, con odio, pero en un instante su mirada comienza a brillar lasciva. Uno apoya su arma en la pared del callejón, necesita ambas manos para lo que quiere hacer. El otro lo sigue con el arma terciada, se acercan despacio. La muchacha busca con el pánico a flor de piel una posible vía de escape mientras escucha el eco de sus propios jadeos, no hay escapatoria. Sólo una ventana de vidrios rotos como una mueca se abre justo enfrente suyo. 

Cuando ya se abalanzan sobre ella, una silueta parda sale disparada por la ventana y sus colmillos se aferran a la garganta del primer falangista. El camisa azul sin arma se ahoga en el cúmulo de su propia sangre. La lujuria en sus ojos, después de la inicial sorpresa, deja paso a al terror. Al mismo tiempo suena un disparo y el segundo falangista se derrumba. Una silueta se recorta sobre el pedazo de cielo que se asoma al inicio del callejón. Es el miliciano del P.O.U.M. Sostiene le fusil que el fascista había dejado apoyado en el muro. Por fin ha disparado, ya no es un cobarde, eso piensa o tal vez sea mucho más cobarde que antes. Su sombra casi ha desaparecido, es un esbozo pálido, casi trasparente. Quizás sea este el motivo porque el perro le gruñe cuando el joven ayuda a levantarse a la joven que no sale de su asombro, pero todavía aún no es su enemigo. Me arrojo desde una cornisa, intentando llamar la atención de más fascistas con mis graznidos. No me convencen las historias que acaban bien. En mi furia vuelo demasiado bajo y el maldito perro me atrapa la cabeza de un salto arrancándomela de un mordisco y arrojando el resto a una esquina. No importa, pronto me buscaré un nuevo ser, pero me molesta, porque escapan. 

Así sucede más tarde. Los tres abandonan la ciudad por una brecha entre los muros mientras un humo negro y pestilente oculta la luna.

 

Tres figuras deambulan solitarias en la inmensidad de los campos, acompañados sólo por el eco de sus propios pasos. La gemela va en cabeza. Camina como sonámbula. Lo ha perdido todo, el padre, la carne de su carne, su hermana, el hogar y también la esperanza. El perro no le saca la vista de encima y cuando ella a ratos regresa del dolor de lo vivido, se gira y lo mira. El brillo de sus ojos la reconforta y alivia tanta pérdida, evitando que yo me acerque. El joven miliciano cierra la fila. Ya no tiene sombra. Pronto será mío, aunque, pesándolo bien, la eternidad tiene tantas vueltas que quién sabe lo que va a suceder. Ni siquiera uno mismo.  Las cigarras despiertan a la noche y mis carcajadas se camuflan bajo su canto.

 

C.E..N.C, "Cuentos de luz y sombra en el Edén"

 

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