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2 min
La piscina maravillosa
Humor |
06.05.09
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Sinopsis





      Eduardo Pilates tenía una piscina enorme. Era su antojo. Con decir que tenía los mismo metros cuadrados que su casa residencial. Estaba situada detrás de ella y rodeada de un enorme seto en forma de cerca. Así tenía intimidad y tampoco nadie podría acceder a ella para chapotear en sus aguas saludables por la cara.
      Eduardo era un hombretón soltero de cincuenta años. Vivía a su aire, a solas. No es que fuese una persona solitaria, simplemente hacía prevalecer su propio mundo ante el del resto de los seres humanos con quienes convivía. Además tenía la fortuna de en su trabajo ser su propio jefe. Era un escritor de medio pelo, pero como era muy prolífico y con la ayuda de Internet, de un sitio y de otro ganaba sus dólares, que sumados en una única unidad mensual, nunca ingresaba menos de mil quinientos dólares.
      También era cierto que a la muerte de sus padres en un accidente de coche dos años en retrospectiva, le quedó en herencia la casa y una suma bastante considerable de dinero de los ahorros de ambos. Así pudo darse el capricho de construirse la piscina de marras.
      Aquella noche era la de su estreno. A la luz de la luna llena. Como si aquel influjo del satélite cercano pudiera, no transformarle en un hombre lobo, si no más bien en un nadador muy competitivo. Vestido con un bañador algo ridículo de tonos malvas y rosa, se dispuso a darse el chapuzón de su vida.
      “Voy a hacerlo de espaldas” - se dijo.
      Y así lo hizo.
      Pero hubo un error.
      Con las prisas, se le olvidó llenar la piscina.
      El castañazo que se pegó contra el fondo de hormigón fue de campeonato. Quiso pedir ayuda, pero nadie le escuchaba a esas horas de la madrugada.
      Tendría que esperar a que se hiciese de día. Y siempre y cuando pudiesen atravesar el seto. Ahora se arrepentía de haber escogido una altura de dos metros de vegetación que lo mantuviese a salvo del resto del vecindario.
            
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