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35 min
LA PITILLERA DEL ZAR
Varios |
06.12.18
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Sinopsis

la historia de un objeto precioso a través de las vivencias y vicisitudes que viven sus sucesivos propietarios.

En Madrid, en un amplio piso del distrito de Chamberí, el reconocido anticuario, ya retirado, Álex Almeida espera ser recibido por el abogado Feliciano Gonzalo, quien ha sido cliente ocasional de Álex, pues es un coleccionista apasionado de plumas estilográficas. Hace pocos años le compró una Montblanc 1919 y una Relief número 1, de Esterbrook.

            —Buenas tardes, Feliciano —saludó Álex, entrando en el despacho.

            —Buenas tardes, Álex—contestó Feliciano

            Ocuparon dos butacas alrededor de una mesa redonda de reuniones. El despacho de Feliciano no defrauda del que se puede esperar de un abogado: libros y más libros, mobiliario de madera noble y cuadros clásicos.

            —Bueno, Álex, cuéntame.

            —Pues te cuento desde el principio. Hace dos años decidí retirarme del negocio, venderlo todo: local, existencias, todo. Otra opción era que Tony, mi pareja aún, se pusiera al frente del negocio, pero no estaba por la labor. Ya no estamos juntos. También consideré traspasar el negocio e hice gestiones en este sentido, pero las ofertas de otros anticuarios eran muy bajas. Nada. Solo me restaba dirigirme a coleccionistas y vender por lotes, en el mejor de los casos. Alquilar o vender el local; vender el piso e irme a vivir a mi casa de San Lorenzo del Escorial, a esperar la señora de la guadaña —dijo Álex sonriendo. 

            —No digas eso Álex. Y bueno, ¿hoy como está el asunto? —preguntó Feliciano.

            — ¿Conoces a Carlos Íscar? ayer el "promotor genial del siglo XXI” y hoy el promotor arruinado. Pues él, hace más de un año, me compró, a un precio cerrado, todas mis existencias de antigüedades: 3,5 millones de euros. Y, lo mejor de todo: ¡no he cobrado! —remarcando Álex cada palabra de su última frase.

            — ¡Carlos Íscar! —masculló Feliciano.

            —El mismo. Y antes que me preguntes te diré, que era un cliente habitual y solvente. Vino a la tienda a mirar antigüedades para su nueva vivienda, en Estoril, en donde residiría temporadas en razón a sus negocios en Portugal. ¡Me lo llevaría todo! —dijo Íscar escudriñando, primero la tienda y luego la trastienda; ¿Todo? —pregunté—. ¡Todo! —me dijo—, y añadió:

            "Pienso amueblar y decorar de una sola vez —y tras una breve pausa continuó diciéndome—: "Sí, mándame un inventario desglosado por tipo de antigüedades y tu pretensión económica por el total, aplicando un buen descuento por volumen de compra y pago en efectivo, teniendo además en cuenta que de la retirada y el transporte me hago cargo yo. Lo espero urgente—refirió Álex.

            —Oye, Álex, Imagino que de esos 3,5 millones te daría alguna cantidad a cuenta como señal ¿no? —preguntó Feliciano para adelantar el asunto.

            —Sí, firmamos un contrato privado de opción y me entregó cien mil euros en efectivo en concepto de señal. Se adelantó la retirada y el transporte de la mercancía. Él me llamó y me dijo que estaba en Estoril y la fiesta de inauguración de la casa se iba adelantar. Que en una semana estaría aquí con el dinero restante, en efectivo, para abonármelo y firmar los documentos. Pasó la semana, y dos, y tres. y una mañana escuché por televisión la noticia de la detención del "genial" Carlos Íscar. Caí redondo al suelo. No me desmayé, simplemente mis piernas se vencieron sin más —relató Álex mientras sacaba y metía en su dedo anular, una y otra vez, su solitario.

            —Ya sé la historia de Carlos Íscar ¿Qué medidas has adoptado o piensas adoptar? —dijo mirando fijamente a Álex.

            —No, no he reclamado todavía nada formalmente. Cuando salió de la cárcel estuve telefoneándole día tras día y, como era de esperar, nunca logré hablar con él. Pero la pasada semana le vi en la calle. Marchaba detrás de él y, sin lugar a duda, le reconocí. Aceleré el paso y al encontrarme junto a él cogí su hombro, se giró y sujetándolo por los brazos quedamos frente a frente.

            — ¡Hombre, Álex! —me dijo Íscar con una amplia sonrisa y como si nada hubiese pasado— "pensaba llamarte en estos días, pero ahora con tanto pleito tengo muy poco tiempo libre. De lo tuyo en cuanto se aclaré todo cerramos el negocio" —me dijo de corrido el sinvergüenza y sentí en mi estómago como un latigazo y sin soltar sus antebrazos, apretándolos incluso más fuerte, aproximé mi cara a la suya y alzando el tono, le dije: Carlos me importa muy poco todo lo que me cuentes. Tú tienes una deuda conmigo y me pagas o me devuelves la mercancía que te llevaste. Ya iba a retomar mi camino cuando la voz de Carlos Íscar me retuvo. Me tranquilizó y aseguró que era un estafador y, en tono muy bajo, me dijo: "dinero no tengo, Alex, porque me han embargado todo. Pero podemos arreglarlo con la devolución de la mercancía. Y como muestra y garantía de mi buena voluntad empezaré ahora mismo—y metiendo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta sacó un objeto y llevándolo a la altura de mis ojos, me dijo sonriendo:

           “toma, la pitillera del Zar. Ya sabes que es mi preferida y casi siempre va conmigo. Adiós"— y acelerando el paso se perdió, al poco, por el final de la calle —relató Alex, no sin cierta emoción.

            — ¡La pitillera del Zar! Vamos por partes —intervino Feliciano con cierto nerviosismo—. Primera, no has presentado aún ninguna reclamación; segunda, no rechazas la devolución total de la mercancía por vía amistosa y, tercera, una pregunta: ¿confías en la disposición de Íscar para llegar a un acuerdo? —preguntó Feliciano sin quitar ojo a la cara de Álex.

            —Yo no confío en absoluto en ese individuo, pero, no sé por qué, el gesto de la pitillera me dice que no las tiene todas consigo y que cualquier cosa puede ser. Por esto, he venido para pedirte que intervengas como mi abogado en este asunto, pero te ruego que si aceptas me facilites antes un presupuesto sobre tus honorarios, pues soy un anticuario jubilado, estafado y escacharrado — dijo sonriendo.

            Ya era muy tarde. Estaban sentados sin decir palabra. Feliciano, pensativo, encendió un purito. Se levantó, dio unos pasos y volviéndose a Álex, dijo:

            —Me ocupo de tu caso. Me traes el contrato y la relación de objetos. Oye, Alex, puedes describirme la pitillera y contarme algo de su historia —rogó el abogado.

            —Mejor que eso, pues aquí la tengo —dijo Álex con mientras se la entregaba a Feliciano.

            — ¡Es preciosa! Oro e incrustaciones de nácar. Gallonada y muy bien conservada —dijo fascinado Feliciano.

            —La pitillera es una pieza de Fabergé, mira aquí, esta es la marca del maestro, y fue un regalo que, al parecer, él hizo a finales del siglo XIX al Zar Nicolás II, al pobre Nicky —contó Álex.

            — ¿Y cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó Feliciano.

            —El trabajo de un anticuario tiene mucha carga de investigación. Su buen nombre se sustenta en vender autenticidad y piezas únicas. Yo compré la pitillera hace unos doce años y, antes de cerrar la operación, estuve cotejando y verificando la historia que me contó su entonces propietario y las que trasmitieron los propietarios anteriores. Pero es muy tarde y no quiero entretenerte más. Ya te lo contaré —terminó Álex e intentó incorporarse de la butaca.

            —Espera, Álex. No me dejes así. Cuéntame, aunque solo sea un pequeño resumen —volvió a rogar Feliciano.

—Armando Silva, allá por el año 1941, era un joven soñador y bastante calavera. Pertenecía a una importante familia madrileña muy conservadora e influyente en el nuevo régimen. La guerra civil de 1936 les sorprendió de vacaciones en San Sebastián y allí se quedaron. Su hermano mayor, Miguel, se alistó en las brigadas navarras y, Armando, que tenía entonces 16 años y en la cabeza la locura de alistarse con él,  fue enviado por sus padres a un internado en Suiza. Terminó la guerra y regresaron a Madrid. Armando se afilió al Sindicato Español Universitario (SEU), pues estudiaba derecho. En junio de 1941, el gobierno aprobó la creación y envío de una "división española de voluntarios", la conocida como División Azul, para luchar junto a los alemanes en el frente de Rusia. Numerosos falangistas y miembros del SEU se alistaron y entre ellos, para gran disgusto de su familia, estaba Armando. A penas un mes después, en julio, 18.000 divisionarios españoles recibían instrucción en Alemania. Armando, a pesar de su juventud era un jugador empedernido y para financiar sus apuestas durante las guerra había sableado en España a algunos amigos y de casa tomó “prestadas" algunas joyas valiosas de su madre y un juego de gemelos de oro y brillantes de su padre —refirió Alex.

 

Grafenwöhr (Alemania).1941

            Armando Silva, ya al poco de llegar a la base militar, se hizo visitante asiduo de los garitos en donde jugaban al póker. En uno de ellos conoció al teniente de la Wehrmacht, Konstantin Müller. En una de esas partidas Konstantin le presentó al comandante de las Waffen-SS Ulrich Fischer, quien le dijo que había oído hablar de él y de su gusto exquisito para las joyas, como también de su suerte con las cartas.

—El próximo sábado venga a mi casa, en Kemnat, le presentaré a algunos amigos, comeremos y, quién sabe, veremos la suerte de cada uno —le invitó Fischer.

            —Gracias, pero solo soy un cabo en periodo de instrucción, partiremos a Rusia muy pronto, y no dispongo libremente de mi tiempo —contestó amablemente Armando.

           —Si desea venir vendrá. Uno de mis invitados es el kommandantur de su base y yo mismo le pediré que hable con el jefe de la representación española para que le den un permiso especial. Konstantin le llevará en coche—concluyó el comandante.

Ese mismo día, Armando recibió una carta urgente de José Luis Fontecha, jefe de la

oficina en Berlín del Servicio Exterior de Falange, íntimo amigo de su hermano Miguel, en la que le anunciaba que visitaría la Base el próximo lunes y precisaba hablar con él.

 

            Llegó el sábado y Konstantin esperaba en la entrada de la base. Nada más subir Armando al coche del teniente éste le preguntó si llevaba las joyas, pues a Fischer le gustaría verlas. Armando contestó afirmativamente con la cabeza. Durante el resto del viaje apenas hablaron.

            Ya dentro de la casa fue recibido por el comandante quien le presentó al resto de amigos, todos ellos militares. Mientras tomaban un aperitivo. antes de pasar al comedor, el comandante Fischer pidió a Armando que le acompañase a su estudio. Ya allí, y cómodamente sentados, el comandante le pidió a que le mostrase las joyas de las que tanto había oído hablar por su belleza. Armando se levantó de la butaca y de un bolsillo de su guerrera extrajo dos saquitos de terciopelo negro y de ellos las joyas que, una a una, fue colocando en una mesa baja.

            —Esto es un aderezo español de Ansorena Alejandre, de zafiros y brillantes, compuesto de collar, pendientes y pulsera. También de Ansorena es este alfiler de herradura con perlas y brillantes, y estos gemelos de oro macizo y brillantes, de Cartier —explicó Armando, que terminada la presentación comenzó a guardarlas en los saquitos.

            — ¡Formidables! —dijo el comandante asintiendo con la cabeza, al tiempo que extraía del bolsillo interior de su chaqueta una hermosísima pitillera de oro de Fabergé, que a continuación posó en la mesa—. Se la compré hace cuatro años a un ruso exiliado en París. Fuimos a Fabergé y nos confirmaron que la pitillera era del maestro. En cuanto al Zar, el vendedor me aseguró - y pude igualmente confirmar - que se la compró a un tal Duvareck, cuyo padre participó en el asesinato de la familia imperial en Ekaterimburgo. El Zar la llevaba cosida dentro del forro de su chaqueta. ¡C'est la vie mon amie! —y levantándose de la butaca invitó a Armando a salir.

            Terminada la comida, Fischer y sus invitados pasaron a una habitación en la que todo estaba dispuesto para jugar al póker. Antes de iniciar la partida tomaron café y licores. Acordaron jugar al póker tapado. El juego se prolongó durante varias horas y el español prácticamente ganó dos de cada tres partidas y sus ganancias eran importantes. Fischer propuso una última partida con un mínimo de apuesta de treinta mil reichmark, quedando en la mesa solo él y Armando. 

            Se jugó la partida y, nuevamente, la fortuna sonrió a Armando. El comandante, que en un primer momento quedó aplanado, súbitamente, cambió el gesto de su cara y como quien tiene un plan brillante, audaz, se dirigió al español.

            —Por lo general el español es valiente, y tú, Armando, ¿lo eres? ¿me concedes la revancha? —retó el comandante.

            —El riesgo es mi especialidad y por eso soy jugador y estoy aquí para echar una mano a los alemanes en el frente ruso. Concedo la revancha, pero sin límite, a por todo: dinero, objetos de valor, ¡todo! —propuso Armando.

            Se repartieron cartas. Ambos quedaron servidos. El comandante apostó veinticinco mil reichmark. Armando igualó la apuesta y la elevó a cuarenta mil. Fischer quedó pensativo, en silencio. Observó uno a uno a todos los allí presentes y en tono muy bajo anunció:

            —Igualo y subo la apuesta a… ciento veinticinco mil reichmark—anunció Fischer mostrando una amplia sonrisa.

            —Bien, pero antes de proseguir la partida las apuestas se depositarán en la mesa. Pongo en dinero cien mil y para cubrir el total, si se me acepta, incluyo este par de gemelos de oro macizo y brillantes, de Cartier — Armando se levantó de la mesa y llenó su copa de brandy.

            —Admito estos valiosos gemelos para cubrir el total de la apuesta. Yo también debo completarla—dirigiendo su mirada hacia Armando— con un objeto. Pongo en dinero cuarenta mil reichmark y una histórica pitillera de oro de Fabergé. Sí, deseo, y entre caballeros estamos, que nada de este asunto se sepa fuera de aquí y que se respete por el vencedor el derecho a que el perdedor pueda recuperar mediante dinero efectivo, dentro del plazo de tres meses a contar desde este día, el objeto apostado por igual importe que se ha valorado en este momento —Fischer, abrió la pitillera y cogió un cigarrillo antes de ponerla en la mesa.

            —Estoy totalmente de acuerdo con todo lo dispuesto por el comandante. Cuando desee retomamos la partida —indicó Armando con un discreto tono de solemnidad, al tiempo que se sentaba.

            Se reanudó la partida. Ambos cogieron sus respectivas cartas delicadamente y con medida reserva las elevaron hasta sus ojos para estudiar nuevamente su jugada. Armando, de carácter impulsivo, no quiso prolongar ese momento y anunció: ¡escalera de color! y sobre la mesa descubrió sus cartas. El comandante Fischer puso sus cartas boca abajo y felicitó a Armando estrechándole la mano.

    

            José Luis Fontecha terminó su reunión con el jefe de la representación española en la base y le pidió a éste poder utilizar su despacho, pues tenía un encargo de la familia de un divisionario, el cabo Armando Silva, que esperaba fuera.

            —Por supuesto. Disponga del despacho libremente y ahora mismo le digo al cabo que pase — y estrechando la mano de Fontecha se marchó.

            —Buenos día José Luis, ¿cómo va todo? ¿Mi familia bien? —dándose ambos un medio abrazo.     

            —Tu familia está bien, pero sorprendida y muy afectada por tu "robo" de las joyas. Qué, ¿ya las has perdido a las cartas?

            —No soy un ladrón. Podría decirte que las he perdido y ya está, pero no. Las conservo y, aún más, he acrecentado el patrimonio de objetos preciosos de la familia. He ganado, sí, a las cartas, una pitillera de oro de Fabergé que perteneció al último Zar de Rusia. Mira —y le mostró orgulloso su adquisición.

            —Tengo indicaciones de tu padre para que en mi próximo viaje a Madrid le entregue las joyas que te llevaste. ¿Las llevas contigo? —dijo con tono firme Fontecha.

            —Sí, ¿dónde iban a estar más seguras? También quiero que te lleves la pitillera y se la entregues a mis padres como regalo mío, esperando su perdón. No voy a entretenerte mucho, pero es necesario que te cuente la historia que conozco de la pitillera y cómo la conseguí. Te ruego traslades a mi familia esta historia —y sentándose en el sofá junto a Fontecha le relató todos los pormenores.

           

            Nóvgorod (Rusia) 1941.  El traslado hasta el frente ruso estuvo lleno de dificultades y mucho del recorrido tuvo que cubrirse a pie. Al término del viaje los españoles se posicionaron en Nóvgorod, frente de guerra.

       A las seis de la mañana del día 25 de noviembre, en un puesto de guardia junto al Río Voljov, el relevo encontró muerto al cabo Armando Silva. El coronel del Regimiento ordenó una investigación, que concluyó que el cabo Armando Silva Cerravieja, murió por degollamiento, muy probablemente, asesinado por el enemigo; aunque les resultara muy extraño que dejaran colocada encima del pecho del cadaver una pitillera de alpaca que bastantes divisionarios usaban y que tiene grabadas en la cúspide de dos columnas los símbolos de Falange y de la Wehrmacht, y en el centro la leyenda "Rusia 1941". Dentro de la misma encontraron doblada una nota, sin fecha, escrita en alemán, que decía: " Estamos muy cerca y tenemos ganas de verte. Suerte. Konstantin".

 

—Aquí tienes el inventario valorado; por aquí el contrato de opción y el recibo de la señal —dijo Álex mientras entregaba sendas carpetas a Feliciano.         

            —Bien. En estos últimos ocho días ¿has vuelto a hablar con Íscar, has tenido alguna noticia? —preguntó Feliciano.

            —No. 

            —Por mi parte —dijo Feliciano—he hablado con Justino Campos, el abogado de siempre de Carlos Íscar, y me ha dicho que no sabe nada de esta compra de antigüedades. Quedamos que va a preguntar a Sabino, el chofer y hombre de confianza de Carlos. Se conocen desde hace más de veinticinco años, cuando los dos eran albañiles. También he confirmado que tu asunto no aparece en el procedimiento de la Audiencia Nacional y, siendo así, tenemos que intentar resolverlo fuera de la vía judicial.

            —Lo que tú estimes Feliciano. ¿Tienes ya mi presupuesto?

            —Sí. Lo está preparando mi secretaria. Álex, entre tanto continua, por favor, con la historia de la pitillera hasta que llegó a tu poder. Pero, antes te pregunto: ¿Sabes qué fue del comandante Fischer?

            —Sí, años después del asesinato de Armando se supo que, en 1943, Fischer fue capturado por los rusos y fusilado.

            “En cuanto a la pitillera, en su momento, Fontecha se la entregó a los padres de Armando junto al resto de las joyas. Éstos, puede decirse, veneraron el objeto por cuanto su hijo Armando se lo había regalado. Las sombras se apoderaron de la familia por la falta de Armando. Y a los 17 años de su asesinato, sus padres perecieron ahogados dentro de su automóvil al precipitarse desde el puente de la Estrella al embalse de Ricobayo, en la provincia de Zamora. Su hijo Miguel me contó que ese accidente, como todos, fue inesperado, pero también incomprensible para él, pues su padre era rutinario en sumo grado y en ese viaje había detalles que no cuadraban. Sin previo aviso, sus padres, después de comer temprano, viajaron hacia la finca que tenían en Alcañices, Zamora. Su padre nunca conducía, pero esta vez no quiso que les llevara el chofer. Al día siguiente, un trabajador de la presa encontró arrancado un tramo del pretil del puente y dio parte a la Guardia Civil. Ese mismo día encontraron al matrimonio y los rescataron del interior del coche, así como sus pertenecías, entre ellas, una cajita de madera de color negro, pegada con cinta aislante debajo del asiento del conductor y que contenía la pitillera del Zar.

            —¡Terrible! Da que pensar. ¿Y tú, Álex, eres amigo o conocido de Miguel Silva?

            —Bueno, labramos cierta amistad. Yo creo que buena. Miguel se puso en contacto conmigo unos años después del accidente, por mediación de un cliente mío, pues quería que tasara la famosa pitillera, que heredó.

            —Sí, dime —contestó al teléfono Feliciano— de acuerdo pásamelo. Es mi secretaria, en seguida trae tu presupuesto. Sí, pasa Elena. Gracias —Feliciano lee el folio entregado por su secretaria y se lo pasa a Álex.

            — ¡Pero estás loco! —exclamó Álex— Pero esto qué es. ¿Quieres como honorarios la pitillera del Zar?  ¿Tú sabes qué suma es?

            —Claro. Tú la valoraste en 200.000 euros

            —Bueno, pero en una venta conjunta con otras piezas. Esta pitillera puede hoy estar valorada en…

            —En mucho menos de lo que piensas—interrumpió Feliciano—. Después de perder 3.400.000 euros, ¿en cuánto la venderías para liquidar abogados, procuradores, peritos, etc.? Tengo claro que el camino para cobrar tu dinero o la mercancía no es la vía judicial. Y si no es una cosa u otra yo no cobro, te quedas la pitillera y la malvendes —expuso vehementemente Feliciano.

            —Tengo que pensarlo. Pero, dime quién me habla: el abogado, el empresario de un bufete o el coleccionista. ¿También coleccionas pitilleras? —preguntó en tono burlón Álex.

            —Si tú no ganas, no. Mañana me das tu respuesta.

            —No. Te la doy ahora mismo: acepto tu presupuesto y tus condiciones.

            —Bien, creo que pronto te daré noticias. Pero, vaya a ser mía o no la pitillera te pido que termines de contarme su historia —imploró a su amigo mientras encendía un purito.

            —Pasó más de un mes y vino Miguel a la tienda para abonarme los honorarios de la tasación y contarme que había decidido no venderla, pues no quería privar a su hijo Damián, de un objeto precioso que pertenecía a la familia desde hacía ya tantos años. Eso sí, hoy —me dijo— antes de meter la pitillera en la caja fuerte la he mirado por última vez. Personalmente nada quiero saber de ella. No es que sea supersticioso —continúo diciéndome Miguel— pero creo que a su alrededor sólo hay desgracias. Desde luego él murió rico y anciano en su cama. En cambió su hijo Damián, el nuevo dueño de la pitillera, que es un majadero en tres idiomas y una licenciatura en económicas, se hizo cargo del negocio familiar y en pocos años lo llevó a la quiebra. Después de su corta carrera de empresario vino a la tienda a vender la pitillera y otras antigüedades. No he vuelto a verle.

            — ¡Joder que historia! — exclamó Feliciano.

            —Desde luego. Te tengo que dejar Feliciano, tengo que llevar a tata, mi gata, al veterinario, pues con quince años tiene un nuevo embarazo psicológico y me ha destrozado ya tres cojines. Y tú ponte a trabajar, y menos fumar y escuchar historias tétricas —se despidió Álex.

 

            El abogado Justino Campos se presentó, acompañado por Sabino San Juan, chófer de Carlos Íscar, en el despacho de Feliciano.

            —Te presento al Sr. San Juan, hombre de confianza del Sr. Íscar —dijo con cierta ceremonia Justino Campos—, y prosiguió:

            “Primero de todo quiero decirte, compañero, que Carlos, que el Sr. Íscar, se ha visto abocado por malas influencias a la situación en la que se encuentra. La crisis le hizo mucho daño y, finalmente, se dejó guiar por ciertos asesores financieros y algún letrado, ajeno a nuestro despacho. — dijo el abogado Campos.

            —Lo de siempre, Justino. Pero, disculpa, mi interés es por la deuda que Carlos Íscar tiene contraída con Álex Almeida. Estamos ya estudiando las posibles reclamaciones judiciales, aunque nuestro cliente igualmente consideraría que, de ser legal y posible, la simple devolución de la mercancía sería suficiente para olvidar el asunto —expuso Feliciano.

            —Creo que no hace falta que te diga que no estamos aquí por indicación del Sr. Íscar. Hemos venido por amistad, pues no deseamos que quede más hundido de lo que ya está. Pero, en este punto, creo que es Sabino quien debe contarte lo que viene sucediendo de dos años a esta parte —habló con gravedad el abogado Campos.

            —La crisis no solo cambió el negocio sino también a Carlos. Han sido muchos años juntos. Poniendo ladrillos, compartiendo la merienda y las holguras y estrecheces económicas que trae este oficio. Carlos es más listo y más valiente que yo. Montó una empresa de reformas y me llevó con él. La empresa fue creciendo y creciendo como la espuma. Promovía y construía pisos y chalés en Madrid, en Gandía y en Marbella. El siguiente paso fue Portugal: el Algarve. Pero cuando todo empezó a flojear ya no era oro cuanto relucía. Hace algo más de dos años, una tarde, estando en su despacho de Lisboa, se presentó una mujer, Yanela Ferreira, brasileña, consultora de negocios. A partir de ese encuentro, todas las tardes, yo recogía a Yanela en su casa o en su despacho y los llevaba a los dos en el jaguar a cenar y luego al Hotel Cuatro Estaciones Ritz, a la suite del jefe.  Carlos, ya no era el trabajador de sol a sol. Sus citas o compromisos sólo eran con personas de la empresa de Yanela o gente de su órbita. Desde Madrid la gente de la empresa reclamaba su presencia, pero él hacía oídos sordos y, me decía, “lo de allí está muerto y el mundo es muy grande”. A Madrid fuimos pocas veces, en ese tiempo, y siempre para estancias cortas en las que adquiría antigüedades como cuadros, libros o lotes como fue en el caso de Álex Almeida. A alguno le pago el total, pero a otros una señal más grande o más pequeña según de desconfiado fuera el anticuario. Me ordenaba estar presente en todos los embalajes y transportes de las mercancías hasta su destino en Portugal.

            — ¿Destino en Portugal? —interrumpió Feliciano.

            —Sí, en localidades próximas a la frontera de Salamanca y Zamora: Vilar Formoso y Braganza. En dos naves en las que figura el nombre de “Rasus Brasil”, y anuncia su actividad “textil”. La de Vilar Formoso tendrá unos mil metros cuadrados y la de Braganza otro tanto. Las veces que yo he estado han llegado camiones de otras zonas de Portugal. He visto cargar y descargar camiones y si así de protegido es el embalaje del textil, que no harían para transportar huevos —dijo Sabino, divertido de su propia ocurrencia.

            —Vamos a ver si yo he comprendido todo — dijo Feliciano—. Carlos Íscar desde hace unos años ha sido embrujado y enamorado por una brasileña, Yanela. Ésta, y otros asesores diseñan un entramado de empresas para vaciar las mercantiles de Íscar en España, además de utilizar a nuestro promotor para comprar a unos anticuarios y estafar a otros gran número de antigüedades sacando ilegalmente patrimonio cultural e histórico del país; receptando en muchos casos mercancía obtenida por estafa, con un blanqueo de capitales de libro y utilizando como tapadera la empresa, “Rasus Brasil”, radicada en Portugal. Una empresa que mañana tendrá otro nombre, otros administradores, y la práctica totalidad de sus “inversores” de ayer habrán perdido todo y ninguno denunciará pues para ellos mucho peor sería el remedio que la enfermedad. Un ejemplo: Íscar. Condena y cumplimiento, mañana, y pasado mañana la pobreza más absoluta. Ahora mi pregunta que no va por lo moral, ¿a qué se debe que me facilitéis toda esta información? —interpeló Feliciano con tono pausado.

            —Hablo yo Sabino —dijo el abogado Campos—. Todavía no le ha llegado todo lo peor a Carlos y queremos evitárselo. La cárcel y la ruina no podemos evitárselas, pero sí a que sea consciente, desde ya, que eso es lo que le espera y ayudarle a aceptarlo. Ayuda que también, estoy seguro, quieren darle su mujer y sus hijos. Si descubre cuanto antes que lo ha perdido todo y que ese amor, Yanela, formaba también parte del engaño, el golpe se graduara y asimilara sus errores. Y, seguro, tendrá un futuro más normal y afectivamente satisfactorio. Feliciano, ¡métela miedo!; apriétale las tuercas a esa Yanela. Sé, y no me preguntes cómo, que la mercancía de Almeida está aún con el primer embalaje en Vilar Formoso.  Te voy a dar el teléfono móvil y el e-mail de Yalena. Su abogado en Lisboa es João Barbosa, si lo consideras puedes hacerle una llamada de cortesía entre colegas. La curiosidad hará lo siguiente — el abogado Campos cogió un purito y lo encendió dando una profunda calada.

 

            Hacía algunos años que Feliciano no iba a Salamanca. Pasaría la noche en el Parador y saldría al día siguiente para la frontera con Portugal y comería, en Vilar Formoso, con Yanela. Las gestiones y contactos de la semana anterior han resultado muy positivos y está seguro de que todo va por buen camino.

         Estaba anocheciendo cuando salió del hotel y deambuló por la ciudad. Salamanca es portentosa. Cenó en “Don Mauro” unas croquetitas de jamón ibérico; secreto ibérico a la plancha y de postre flan de queso con leche condensada. Después de la cena paseó por la plaza Mayor y regresó al Parador. Ocupó una mesa estratégica en el bar y pidió un whiskey irlandés, que bebió despacio, cautivado, por la vista de la catedral iluminada. Sólo echaba en falta su purito de Java, pero resistió.

 

            Ya en Vilar Formoso, lindera con Fuentes de Oñoro, Feliciano, se dirige al restaurante: “La Quinta”, que está ubicado en un bonito paraje. Llega con antelación a la cita y entra en el bar a tomar un aperitivo.

            A la una en punto aparece Yanela. Es alta, morena, con el pelo corto y una belleza y un brillo en sus ojos arrebatador. Viste unos pantalones vaqueros y una blusa blanca, entallada, que resaltan su figura elegante. Se aproxima a Feliciano y en un español con acento meloso le pregunta, marcando una amplia sonrisa: Buenas tardes, ¿el señor Feliciano Gonzalo?

            —Sí. Encantado Sra. Ferreira —estrecharon sus manos— ¿Le apetece tomar un aperitivo? —ofreció Feliciano.

            —Si le parece comemos ya. Tengo que regresar cuanto antes a Lisboa

            En un comedor pequeño, un reservado, con vistas a un cuidado jardín, estaba dispuesta para dos comensales una amplía mesa redonda. Antes de nada, a propuesta de Yanela, acuerdan que después del postre tratarán el asunto que les ha reunido.                          

           Finalizada la comida, Yanela sirve a Feliciano una copa de oporto, invitándole además a un cigarrillo, que éste rechaza y pregunta a Yanela que si no tiene inconveniente fumará uno de sus puritos de Java.

            —Hablé con João, su abogado, y como a él dije quiero también señalar a usted que sólo represento a Álex Almeida, a quien estafó Carlos Íscar, apropiándose de una mercancía, antigüedades, que hoy ustedes sostienen que adquirieron legalmente a éste. Pues bien, esa compra debe estar documentada con un contrato o cuanto menos con una factura y, de ser así, rogamos que su empresa nos facilite esa documentación y no volveré a molestarles; si bien, comprenderán que las acciones que ejercitemos contra Carlos Íscar conllevan que ustedes sean, al menos y en principio, citados como testigos y tendríamos que poner esa venta en conocimiento de Hacienda y de la Brigada de patrimonio histórico de la policía española, quien daría igualmente cuenta a la policía portuguesa y, finalmente, a la interpol. Nosotros tenemos un límite que se circunscribe a mi cliente, Álex Almeida, pero desconocemos si el límite policial pudiera llegar más lejos —expuso Feliciano.

            —Habla usted muy claro —Yanela llenó las dos copas de oporto y encendió otro cigarrillo—. Carlos ya tenía antes de ser detenido muchos problemas. Yo le ofrecí mi asesoramiento y, por qué no decirlo, mi comprensión más profunda. No, nunca estuve enamorada ni se lo hice creer. Le presenté gente, asesores que resuelven problemas patrimoniales y en esos asuntos yo siempre he estado al margen. Una de las salidas era la compra de arte y antigüedades, pero, y preste mucha atención —subrayó Yanela—, la compra, no la estafa —afirmó categóricamente Yanela.

            —Pero, usted sabía que la mercancía de Álex, que conocemos puede estar aquí en Vilar Formoso, salvo una simbólica señal no fue pagada a mi cliente —afirmó Feliciano.

            —Lo supe después de la detención de Carlos, e insté a Sabino, su hombre de confianza, que me dijera qué otras compras enviadas a mis almacenes habían sido estafadas y me dijo…

            —No, no Yanela, no me diga más. Solo represento a Álex Almeida. Sí, deseo por mera curiosidad, pues me consta que ni usted ni su empresa han comprado ninguna de esas mercancías al señor Íscar, me diga ¿cuál era el negocio para Carlos? ¿cuál para ustedes? —preguntó Feliciano mirándola a sus poderosos ojos.

            —Muy simple, Carlos salvaba y sacaba de España ese patrimonio y “Rasus Brasil”, recibía la exclusiva para su venta en todo el mundo por una comisión del 20 por ciento por operación, más los gastos del transporte y un 5 por ciento por el almacenaje—respondió abiertamente Yanela.

            —Mi cliente está dispuesto a solucionar este tema por la vía amistosa y lo más discretamente posible. Tal como salió su mercancía le basta con que vuelva, toda, a España y a su tienda. Y con Álex Almeida nada ha pasado —concretó Feliciano.

            —Una cosa: ¿qué pasa con los cien mil euros de la fianza? —preguntó Yanela

            —Claramente que los pierde Carlos Íscar. Al no efectuarse el pago total de la mercancía se pierde la fianza entregada. Pregúntele a João—contestó Feliciano volviendo a mirar profundamente los ojos de Yanela.

            —Bien. “Rasus” realizará, sin cargo alguno, el transporte puerta a puerta. El paso de la frontera con España, a simple vista es muy abierto, pero hay que conocer y sortear adecuadamente lo tapado. En diez días el Sr. Almeida tendrá en Madrid toda su mercancía. Ahora —dijo mientras llenaba las dos copas de oporto— brindemos por nuestro acuerdo. Ha sido un placer conocerle, Sr. Gonzalo —juntaron sus copas y sus ojos, una vez más, se encontraron.

            Feliciano partió de Vilar Formoso con la placentera excitación que produce el trabajo bien hecho y el éxito. Al pasar por la indicación de Ciudad Rodrigo decidió desviarse y tomar un café en su plaza Mayor. Por hoy bastaba, no llamaría ni al despacho ni a Álex. Directo a casa.

 

            Álex se abrazó efusivamente a Feliciano. La mercancía había llegado a su tienda en la fecha prevista y el cotejo con el inventario era correcto. Además, los anticuarios Cortarena le habían hecho una buena oferta por todo y la aceptaría. En unos meses como un “rey prudente” se retiraría, junto a su gata tata, a San Lorenzo del Escorial y miraría el mundo desde la tranquilidad y el escepticismo.

            —Excelente trabajo, Feliciano. Muchas gracias. Has salvado el futuro de este viejo cascarrabias —dijo Álex.

            —Nada de gracias, Álex. Queda pendiente lo de mis honorarios. Estoy deseoso de iniciar oficialmente mi colección de pitilleras —reclamó con guasa Feliciano.

            — ¡Aquí la tengo! La pitillera de las mil historias. Toma —Álex le entregó una cajita de madera negra.

            Feliciano la tomó con ambas manos posándola en la mesa de su despacho y, con suma delicadeza, sacó la pitillera y la examinó muy despacio por fuera y por dentro.

            —Álex —preguntó Feliciano sin dejar de mirar su joya— ¿tú eres supersticioso? ¿Tú crees como Miguel Silva que alrededor de esta pitillera solo hay desgracias?

            —No sé. El artesano, Fabergé, tuvo que exilarse. El Zar perdió la corona y junto con su familia fue asesinado. Nada se sabe del asesino, o cuanto menos cómplice, que se apropió de la pitillera que, bastantes años después, supuestamente, su hijo vendió a un compatriota llamado Duvareck, exilado en París, que a su vez la vende al comandante Fischer. Luego viene la segunda guerra mundial, y Armando Silva gana a Fischer la pitillera en una partida de póker y la envía a España, a sus padres. Al poco tiempo Armando es asesinado y un par de años más tarde Fischer es fusilado por el ejército soviético. En 1958, con nazis revoloteando por Madrid, los padres de Armando, propietarios de la pitillera, mueren trágicamente en un accidente de automóvil. La pitillera la hereda Miguel Silva, un hombre cabal, que al poco “encierra” a la pitillera en el último rincón de su caja fuerte del que no sale hasta 1995, año en que muere, en su propia cama. La pitillera, ya a luz del día, la posee el hijo de Miguel, Damián Silva, quien en pocos años se arruina y me la vende. Pero aun cuando mi posesión solo tenía carácter profesional, mercantil, y también la tuve en una caja fuerte, perdí el amor y estuve a punto de perder casi todo mi dinero. Y como conoces pasó a las manos de Íscar y terminó encarcelado y arruinado. Más tarde volvió otra vez la pitillera a mi caja fuerte y hoy vuelve a salir para conocer a su nuevo dueño, un abogado que ha trabajado con mucha inteligencia para poseerla. ¿Superstición? ciertamente nunca me he parado a pensarlo; quizás sobre sus distintos propietarios pesaba ya la desgracia y a la pitillera simplemente le ha cogido en medio de todo y ella, aunque no lo pueda transmitir, lo piensa y llevará esa carga hasta que arranquen su nácar y la pasen a un crisol para fundir su oro—relató Alex.

            — ¡Es preciosa! Siempre será la primera pitillera de mi colección —exclamó Feliciano, dejándola sobre la mesa—. Creo no ser supersticioso —y cogió la pitillera del Zar con sus dedos, índice y pulgar, y buscando los ojos de Álex, dijo—: pero hoy mismo, sin falta, la guardo en mi caja fuerte.

 

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Sociólogo. Autor de diversas obras de tema histórico y ficción.

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