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10 min
La Playa
Amor |
08.09.14
  • 5
  • 9
  • 3402
Sinopsis

El destino es a veces caprichoso y asoma en los lugares más insospechados...

El sol se despereza rasgando el alba, asoma lentamente sobre las aguas de un mar todavía adormecido. Sabe lo que está a punto de acontecer allá en la playa y ha reservado asiento en primera fila.

Ella llega a la hora acostumbrada, es el primer lucero que adorna la mañana, desbanca en el difuso firmamento a la Diosa del Amor, la Venus cuyo nombre decidieron inmortalizar los Hombres para que sus hijos no olvidasen aquello que rige sus destinos.

El dibujo de sus formas aderezadas con un sutil contoneo deja sin respiración a una brisa que se ahoga, dos pies menudos recortan su silueta en la fina arena. Se para ante las olas juguetonas, la saludan con reverencias que van a morir en la orilla y ella corresponde liberándose el cuerpo de las ropas que lo enjaulan. El cielo se ruboriza de encarnado, la mar suspira en cada envite por regalarle sus húmedas caricias, la brisa se empeña en erizarle la piel con cada roce.

Avanza por la playa vestida tan solo de un pudor aletargado y sumerge su desnudez en las aguas infinitas, ese abrazo eterno la reconforta. Viejas leyendas de sirenas toman cuerpo a cada brazada, Neptuno brama por arrebatarla mas Eolo también la reclama, justo equilibrio el que la mantiene a flote. El tiempo no transcurre mientras ella nada, los dioses parecen haberse vuelto mortales de repente, henchidos sus ojos de deseo. Emerge del océano tiritando, diminutas gotas saladas fracasan en un intento por vencer las inmutables leyes de la física, aquellas que finalmente lo consiguen fenecen entre los brazos de una vulgar toalla.

Una miriada de pensamientos desfilan por la mente de Julio Balbuena mientras la contempla desde la colina, agazapado tras un montículo que le sirve de atalaya. Ya ha rebasado los cincuenta, aunque el tiempo ha sido generoso y su negro cabello apenas peina canas, al igual que la barba que remarca sus facciones. Se siente un tanto avergonzado, como si fuese un voyeur adolescente, pero no puede rechazar aquel regalo. El madrugar se ha vuelto una costumbre para verla aparecer entre las dunas, adentrarse en la playa y mostrarle su candorosa desnudez aún sin saberlo.

Atrás ha dejado un trabajo de ingeniero en la gran urbe que lo devoraba, las obligaciones laborales terminaron por convertirse en su consorte hasta que la verdadera lo abandonó cansada ya de compartirlo. Hastiado del mundo, renunció a lo poco que tenía y cual resucitado Chanquete enclavó un viejo barco en aquella colina junto al mar, retirándose a disfrutar de una existencia ermitaña y viviendo de la pesca del percebe, que vendía en el cercano pueblo. La aparición de esa joven misteriosa lo sacó de su rutina, como una bofetada amarga que lo había devuelto a la realidad.

Ella se restriega el salitre de la piel, sus senos almibarados juegan a trazar espirales en el aire. Apenas roza la treintena, mente madura en un cuerpo todavía joven, mas la vida ya le ha dejado cicatrices en el alma. Un escalofrío la recorre el espinazo, no sabe por qué pero le parece sentir el peso de una mirada que la traspasa. Levanta su cabeza y adivina una sombra agazapada tras los matorrales, el cazador ha sido descubierto. Julio se echa cuerpo a tierra, las mejillas le arden de sonrojo aunque nadie pueda verlo, mientras la chica se viste apresurada y trota descalza por la arena hasta perderse de nuevo entre las dunas.

A la mañana siguiente la playa aparece mustia, aquella desnudez que la adornaba no ha vuelto a florecer, ni volverá a hacerlo en los siguientes días.

****

Hay bullicio en las callejuelas del pueblo a esa hora temprana, algunos comerciantes se aprovisionan de mercancía y los más madrugadores comienzan ya a llenar las tiendas. Julio acude como todas las semanas para tratar de vender unos quilos de percebes que le han costado más de un susto conseguir, se aferran tanto a las rocas como escaso apego tiene él mismo por su monótona existencia. Negocia con uno de sus clientes habituales y entre el juego de regateos se fija en una muchacha que en la esquina se ofrece a los turistas para pintar retratos a carboncillo a cambio de unas monedas. Es la chica de la playa, esta vez esconde su cuerpo bajo coloridas vestimentas como si fuese una Hippie de los años sesenta. Pregunta por ella al comprador, quien le cuenta que es reciente su aparición por la villa, vive sola en una casa a las afueras y se gana la vida dibujando. Dicen que ha llegado huyendo de un desengaño, mas sólo son habladurías, poco sabe la gente de sus desventuras.

Julio Cierra el trato con un apresurado apretón de manos y camina por el callejón a paso lento. Se para ante la joven y le sonríe, la chica le devuelve el saludo mostrando una hilera de dientes blancos. No sabe si lo reconocerá, aunque lo cree poco probable, era mucha la distancia que los separaba aquel día, en cualquier caso nada se puede hacer ya para borrar ese episodio. Se sienta frente a ella y le solicita un retrato, la muchacha asiente y comienza a llenar de trazos un folio en el que hasta ese momento tan sólo se plasmaba el vacío. Julio la observa mientras el papel se impregna de su alma, tiene el pelo castaño y despeinado, la nariz un tanto respingona luce algunas pecas que descienden por sus mejillas otorgándole un aire juvenil y su cara alargada exhibe unos labios finos que no dejan de hacer muecas mientras dibuja. Al mirar tuerce un tanto uno de los ojos, que constantemente viajan desde el papel hacia su rostro. Es delgada y de piel morena, pero eso él ya lo sabía. No se puede decir que sea especialmente hermosa, mas a Julio le parece un ángel, allí sentado frente a ella es incapaz de imaginar que algún necio haya decidido abandonarla.

Cuando al fin acaba su retrato la muchacha le muestra el resultado con una sonrisa. Es diestra y el parecido es evidente, Julio paga sin ningún apego por las monedas que se le desprenden de las manos. Intercambian unas palabras y también algunas risas, el tiempo se torna lento en su compañía, se llama Alba y todos los días al amanecer la Naturaleza pronuncia su nombre. Al despedirse se regalan dos besos, en ese momento ella lo toma por sorpresa de la mano, “¿te apetece dar un paseo esta tarde por la playa?” pregunta de repente. A Julio se le hace un nudo en la garganta mientras el corazón quiere salírsele del pecho, como si tuviera prisa por llegar ya al arenal. Quedan para verse a la caída del sol junto a las dunas que se asoman al mar, ninguno de los dos sabe entonces que esa cita cambiará para siempre sus vidas.

****

Los últimos bañistas se sacuden ya la arena y recogen sus toallas cuando Alba y Julio comienzan a caminar sobre la playa. Las olas les lamen tímidas los pies, como tiernos infantes juguetones que parecen estallar entre risas cuando escapan correteando por la arena. El Astro Rey se desploma en los brazos de la mar, lentamente va dejando tan sólo un recuerdo pintado de rojo sobre el lienzo azul del cielo y las caricias de sus rayos son ahora más etéreas. Esa tarde las palabras silencian el constante cantar de las rompientes, deshilachados sentimientos supuran de la piel estremecida, desamores y desengaños se desprenden de un par de almas para dejarlas un tanto más livianas. De vez en cuando, las tristezas dejan espacio para que alguna risa despistada asome todavía a la caída del ocaso. Son dos vidas tan distintas como sol y sombra, y a la vez tan iguales que pudieran haber sido escritas por la misma pluma.

Poco a poco la noche devora los rescoldos de las últimas luces que el día se ha olvidado, hasta que la playa queda únicamente iluminada por los fríos haces de la luna. La brisa, siempre tan cotilla, ha decidido acompañarles tratando de escuchar algún secreto y traviesa despeina los rebeldes cabellos de Alba, que no dejan de jugar a trazar serpentinas en el aire. Un roce a destiempo, una caricia agazapada tras la noche, ese beso rescatado del oscuro baúl de los recuerdos donde los besos no tienen dueño, dos cuerpos que se funden sobre la arena de la playa. La luna, romántica incorregible, sonríe allá en el cielo al saberse madrina de aquel momento irrepetible, semejando un tanto mas luminosa.

La luz escapa por las claraboyas del viejo barco enclavado en lo alto de la colina. En sus bodegas aloja un cargamento de caricias y arrumacos, mientras es mecido entre un mar de suspiros. Dos almas se aman al calor de unas velas que se encargan de disipar las sombras que pudieran albergarse todavía en ese par de corazones y la mar, tan caprichosa en ocasiones, se ofrece gustosa a poner la música de fondo al nacimiento de una nueva estrella, que esa noche luce con mayor brillo que el resto de sus hermanas.

****

El sol se despereza rasgando el alba, asoma lentamente sobre las aguas de un mar todavía adormecido. El cuerpo de una mujer emerge entre las olas y camina despacio hacia la orilla. Julio la espera sujetando una toalla que arropa su desnudez, ella se estremece bajo la tela y dedica al hombre una mirada llena de picardía. “Ahora ya no hace falta que me espíes detrás de las dunas” le dice antes de que el estallar de su risa espante a una bandada de gaviotas. Julio la mira, dejando caer el paño que la cubre, Alba se tapa instintivamente con las manos. “Tan imposible como ordenar al corazón que cesen sus latidos, es intentar dejar de mirarte” se le ocurre decir, con la voz serena, mientras las mejillas de la chica se tornan encarnadas. Hace fresco a esa hora temprana y los dos amantes escapan hacia el barco antes de que la playa se vea invadida de nuevo por los bañistas.

Aquella mañana fue la primera de muchas otras, mañanas más alegres, mañanas menos tristes, pero nunca mañanas solitarias. Alba y Julio vivieron felices, o eso dicen, durante el tiempo que el destino les concedió en mutua compañía. Del viejo barco enclavado en la colina apenas quedan ya algunas tablas desperdigadas sobre la hierba, como mudo testigo de aquella historia que todavía relatan al calor de la lumbre los ancianos del lugar.

Cuenta la leyenda que aún hoy en día, si acudes a la playa con las primeras luces del alba, podrás contemplar como una muchacha sumerge su desnudez bajo las aguas para no volver ya a aparecer. Pero esto, querido amigo, no son más que leyendas... o al menos eso dicen.

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  • Muchas gracias a todos por vuestras valoraciones y comentarios. Isabel, se agradece el consejo, posiblemente es un defecto que tengo que pulir en algún que otro relato, aunque en este caso por tratarse de prosa poética lo que se intenta es transmitir muchas sensaciones sin dar tregua al lector en un espacio corto de tiempo y la profusión de adjetivos cumple precisamente esa función, no todas las formas de literatura se escriben del mismo modo, un relato de este tipo sin adjetivarlo más de lo habitual quedaría muerto y sin vida.
    Un preciosa historia de amor contada desde los orígenes, con gran maestría y dominio de la narrativa. El mar y la playa, como escenarios de fondo, testigos indiscutibles del nacimiento de esa historia y del transcurso de la misma. Un saludo!
    En esta historia, más bien prosa poética, la narración es muy sugestiva, llamativa, porque se compenetra con la playa, con el mar, para finalizar con ese final, todo un canto lírico. Todo ello amado por un estilo depurado y fluido. Te saludos Lucio.
    Poesía en prosa la tuya, Lucio. Muy bellas imágenes y un final mágico.
    Muy bonito. Llega y emociona. Felicidades. Un saludo.
    cada vez que leo algo tuyo me dejas de una pieza y esta vez ha pasadolo mismo Lucio
    Una historia fantástica, en todos los sentidos, muy en tu línea de desbordante lirismo que encadena imágenes de inesperada belleza sin conceder respiro al lector. Recreas con indudable acierto la poderosa y exuberante sensualidad de los inenarrables baños nocturnos así como la pasión que despierta en el privilegiado espectador. Logras, además, trasmitir la complicidad de los elementos naturales como complemento imprescindible de la historia. Entrañable la referencia a Chanquete y un final nebuloso teñido de dolorosa nostalgia envuelto por las brumas de la leyenda. Saludos.
    Me ha emocionado este relato lleno de sensibilidad y con una prosa tan bella.
    Lucio, tu narrativa es poesía, acaricia al lector y lo mece suavemente al compás de esos sentimientos tan dulces que transmites con maestría. Es una leyenda realmente hermosa que me ha alegrado la mañana. Tienes una facilidad alucinante para transmitir sentimientos. Un saludo
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