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6 min
La presencia
Terror |
13.09.13
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Sinopsis

Una extraña presencia acaba de aparecer...¿de quién puede tratarse?

No me considero una persona fácil de amedrentar; sin embargo, llevo una semana escuchando sonidos extraños y, aunque reconozco que tengo mucha imaginación, estoy seguro que no son invenciones mías. Y la verdad, uno llega a pensar en cosas raras; sobre todo cuando cae la noche y, con el juego de luces y tinieblas que se crean en partes de mi casa, sobre todo en el salón, donde tengo la chimenea casi las veinticuatro horas debido al insoportable frío que está haciendo últimamente, creo ver extrañas sombras que se mueven a mi alrededor.

Todo empezó, como he dicho, hará hoy una semana. Recuerdo que cuando llegué de la calle, por unos asuntos que tenía pendiente, me dirigí directamente al cuarto de baño para darme una buena ducha. Allí dentro, mientras me enjabonaba la cabeza, escuché o creí escuchar un crujido de la puerta del baño al abrirse.

Abrí los ojos al mismo tiempo que di un pequeño sobresalto, algo que me costó un escozor insufrible en los ojos por culpa del jabón, y un resbalón que casi acaba en apertura de cabeza. Me enjuagué rápidamente y corrí las cortinas. Evidentemente, como ya había vaticinado, no encontré absolutamente nada fuera de lo normal. La puerta permanecía justo como la había dejado antes de meterme en la bañera: ni demasiado abierta, para que no se fuera el calorcillo de la habitación, ni demasiado cerrada, para que pudiera salir el vaho: he de reconocer que me molesta el salir de la bañera y no poder mirarme al espejo.

Terminé la accidentada ducha y, cuando me vestí, bajé a mi acogedor salón, donde ya me esperaban mi sillón orejero de piel, mi chimenea fielmente encendida, mi tocadiscos reproduciendo Nabucco, del maestro Verdi, y mi copa de Courvoisier. Aquí fue donde ocurrió el segundo suceso. Acomodado ya en mi sillón, mientras leía un pasaje de El Perfume, noté una presencia a mi espalda. Cerré el libro, dejé la copa en la mesa y me volví extrañado.

Nada. Y sin embargo, estaba seguro de haber sentido como si alguien hubiera pasado por detrás de mí. Tras unos segundos, volví a hundirme en el confortable asiento y continué con mi velada. Instantes después volvería a estar enfrascado en la historia del misterioso Grenouille.

Recuerdo que aquella noche no dormí bien; de hecho, hace una semana que apenas consigo conciliar el sueño. Se me repiten las pesadillas que, casualmente, son olvidadas por mi memoria cada vez que me despierto. Sin embargo, sé con certeza que son pesadillas y que en ellas hay sangre. A decir verdad, últimamente he visto sangre, no sólo en los malos sueños.

A la mañana siguiente me desperté entumecido. Pero no me dio tiempo a espabilarme pues, de nuevo, escuché un extraño ruido. Era como un crujido, pero ésta vez, se repetía con pequeños intervalos, y parecían provenir de las escaleras, como si alguien estuviera subiendo dirigiéndose hacia mí.

Salí de mi habitación, y me asomé al pasillo que daba a la escalera. Nadie. Me acerqué lentamente a donde me había parecido escuchar el ruido, pero no vi nada anormal.

A estas alturas, podréis entender que me sintiera, como mínimo, inquieto. Intenté buscar respuesta a todo lo que estaba sucediendo. Lo primero que se me vino a la cabeza fue que, debido al intenso invierno que estábamos pasando, las ráfagas de aire hicieran crujir la madera de mi casa. Pero eso no explicaba la sensación de que había una presencia que, para mi pesar, permanecía allí.

Lo que me hizo perder los nervios del todo fue lo que ocurrió a los pocos días aunque, ciertamente, mi mente anda últimamente muy turbada, y no logro ubicar bien los sucesos en los días que le corresponden. Estando yo en la cocina, preparándome algo de comer, - uno necesita saber hacer de todo, ya que no hay mujer que lo pueda hacer por mí -, escuché una música que provenía del salón. No entendí cómo, pero el tocadiscos se había encendido solo. Con cierto recelo, me asomé al salón.

Efectivamente, el vinilo estaba girando y de los altavoces salía una música que, en cualquier otro momento, me hubiera sonado a gloria pero en este caso, me erizó cada bello de mi cuerpo. Apagué inmediatamente el aparato y miré a mi alrededor. Mis nervios comenzaban a crisparse, e incluso, puede que llegara a estar temblando. Ahora no me avergüenza decirlo.

Algo llamó mi atención y dirigí rápidamente la mirada hacia ese punto. En una zona de la pared, entre las réplicas de Paseo a orillas del mar y El baño del caballo, pude apreciar cómo había una mancha oscura que, para mi sorpresa, comenzó a tomar una forma que al principio no pude vislumbrar, pero que a los pocos segundos supe que se trataba de una mano.

Un escalofrío me recorrió por la espalda ya que supe en ese momento, que la presencia que había sentido durante esos días, era la responsable de esa marca. Comprendí que me quería hacer saber que estaba allí y que no se iba a ir. Quizás, pensé, estaba intentando echarme.

Pero justamente en la situación que me encontraba de mi vida, ahora que había conseguido la total tranquilidad, después de años aguantando el peso del matrimonio y, sobre todo, a mi desagradable mujer, nada ni nadie me iba a echar de mi casa.

Y sin embargo, a su vez, encajé todas las piezas. Comprendí algo que no me hubiera sido posible hasta ese momento, ya que nunca he sido persona que crea en esas cosas.

Entendí que ella había vuelto, desde las profundidades de la tumba que le cavé, para hacerme saber que jamás podría hacerla desaparecer.

Hoy hace una semana de aquel día en el que le quitara la vida a mi mujer y la enterrara en un bosque a varios kilómetros de mi casa. Y mientras escribo ésta pequeña carta de despedida, noto su presencia detrás de mí y sé que permanecerá a mi lado atormentándome hasta el día que me vaya de éste mundo, y he decidido que ese día sea hoy.

Lo que no se, y rezo ahora por ello, es si me perseguirá también en el otro mundo.

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