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4 min
La presencia (III)
Terror |
01.11.07
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Sinopsis

(Se han hecho algunos cambios en los capitulos anteriores)


Llegados a este punto, hago mi única aportación a esta historia, recomendando al marido un médico al que había entrevistado recientemente, especializado en alteraciones del sueño.


La verdad, en treinta años dedicados a la investigación, jamás había visto nada parecido. Los síntomas son asociables a múltiples explicaciones, con lo que hasta que no hagamos unas cuantas pruebas, no he creído oportuno darles una idea a lo que se pueden estar enfrentando, solo una cosa les he asegurado, el proceso será largo y difícil.

Mi mujer está aliviada después de hablar con el doctor. Me ha comentado que por primera vez desde hace demasiado, no tiene miedo de dormir, justo al contrario, está deseosa que se manifieste la presencia y así tratar de enterrar este episodio para siempre.


Esta noche ha sido más extraña que las demás. Me he despertado varias veces, creo que por la impaciencia por el retraso de mi tormento. Me sentía como si tuviera una cita con alguien que sabes que esa noche va a declararte su amor, y se retrasa, oyes el motor del ascensor empezar a girar, sube, pero pasa de largo por tu rellano. Falsa alarma. Sigues esperando, pero las manillas del reloj no se detienen. Hace una hora que tendría que haber llegado. ¿Se habrá arrepentido?¿o le habrá sucedido algo malo?. Entonces es cuando en mi sueño, mientras esperaba, un terrible impacto me ha golpeado la cara. Al despertar, tenía un aparatoso vendaje cubriéndome parte del rostro. Mi marido me ha explicado que lo único que había hecho esa noche era un movimiento rapidísimo con el puño cerrado, desde la sábana directamente a mi nariz.


Esta noche ha sido la más terrible desde que mi mujer sufre este tormento. Todo ha comenzado de la misma manera, su mano izquierda se intentaba alzar de la sábana, pero esta vez se ha encontrado con un obstáculo, estaba atada. Una serie de violentos movimientos no ha servido más que para magullar su muñeca. Tras el esfuerzo improductivo, ha sido el brazo derecho el que se ha movido, desplazándose hasta la muñeca impedida. Con la soltura de la enfermera más experimentada, se ha deshecho de su atadura y ha sucedido algo que no habíamos visto hasta ahora: se ha incorporado y se ha sentado en el borde de la cama, con las piernas colgando. Mi primer impulso ha sido entrar en la habitación, pero el doctor me ha interceptado cuando abría la puerta. Nos hemos de limitar a observar, me ha dicho. Resignado, he regresado a mi asiento de tribuna para ver el desenlace del espectáculo. Se ha deslizado hasta tocar el suelo, se aguantaba de pie con dificultad, se esforzaba por mantener el equilibrio, cuando, sin hacer gesto alguno que delatara su propósito, se ha echado a correr y ha saltado por la ventana de la habitación, atravesando el cristal. Ha caído desde un segundo piso.

Salimos las cuatro personas que estábamos observando corriendo hacia el exterior del hospital, en su busca. Al llegar al lugar, la hemos encontrado en posición fetal, con las manos debajo de la cabeza a modo de almohada, disfrutando de un plácido sueño. No se ha roto nada, ni un solo corte, ni el mas mínimo rasguño. La hemos trasladado con una camilla de vuelta a la habitación, donde ha seguido durmiendo como una niña. Durante el trayecto ni se ha inmutado, dormía plácidamente.


Al despertar esta mañana he visto a mi marido sentado al borde de mi cama con unas ojeras que le llegaban al pecho. Me ha explicado lo ocurrido. No recuerdo nada.


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