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7 min
La princesa Lorna y el lobo
Amor |
13.01.21
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Sinopsis

Lorna era una princesa muy rebelde, nunca estaba de acuerdo con las decisiones que tomaba su padre por ella, el rey Albert. Él quería obligarla a casarse con el príncipe Juan, hijo primogénito de los reyes de Greengold, ellos eran los dueños de las minas de oro y esmeraldas de todas las regiones aledañas al reino del rey Albert. Juan era un hombre vanidoso, y caprichoso; quien llevaba la caballerosidad pegada a la suela de sus botas.

 

Lorna no soportaba sus visitas al palacio. Estas le causaban irritabilidad y aburrimiento. Él siempre se adulaba así mismo, trataba a los campesinos con la punta del pie. Cada vez que veía la oportunidad escapaba en su caballo hacia el bosque; dejándolo con la palabra en la boca. La princesa disfrutaba despertar la ira de su padre, pues le era divertido ver su cara roja cómo un tomate. Una mañana mientras la joven pelirroja cabalgaba, vio de lejos a un lobo blanco, al acercarse noto que estaba herido.   Un cazador le había perforado el muslo derecho con la flecha de una ballestilla. Era un arma muy usada entre los cazadores de la región. Al parecer el animal había logrado escapar de su verdugo. La princesa sintió lástima por él así que bajó del equino y se arrodilló frente al lobo, este le enseñó sus dientes en señal de desconfianza. Ella muy valiente extendió su mano sobre la cabeza del lobo y comenzó a frotarla suavemente, este no dejaba de gruñir, Lorna deseaba calmarlo para poder curarlo, pasado algunos minutos el animal dejo de gruñir.  

 

La chica le acariciaba su suave pelaje perlado; sus ojos lo contemplaban con tristeza. Tomó la cabeza del lobo entre sus manos. -- No temas no te haré daño! Le dijo sosteniendo su cabeza entre sus manos. Este la miro fijamente como si realmente le estuviera escuchando. Luego lamió su mano. Lo cargó y lo subió sobre el caballo. Lo puso en frente y ella se sentó atrás de la silla de montar.  Le ordenó a dos de los guardas que llevaran al lobo hasta su habitación, estos asustados se rehusaron a obedecer. -- ¡Qué miedosos son ustedes, yo lo haré!. Exclamo Lorna. Lo llevo cargado como si fuera un bebé --¡No dejaré que nadie te lastime de nuevo!. Le dice tras una dulce sonrisa.  

 

El lobo no deja de mirarla, sus ojos negros emitían un extraño brillo, quizás de agradecimiento. La princesa lo curó y lo alimentó con mucho amor. La bestia no abandono el lugar, pues se sentía muy bien al lado de Lorna. La seguía a todas partes.   El rey no soportaba ver aquel animal cerca de su hija. Deseaba deshacerse de él. La princesa dormía con él en sus aposentos, le dio el nombre se Sombra ya que se había convertido en su guardián nocturno. Algunas personas no se le acercaban a la joven por miedo a hacer atacadas por la criatura. Lorna lo había domesticado, solo le obedecía a ella. La muchacha le había tomado un cariño muy especial a Sombra.  

 

Una tarde de otoño el príncipe Juan visitó a la princesa. Le llevaba bellos y costosos obsequios, joyas, vestidos, perfumes, abrigos de piel y zapatos. Ella no le interesaba nada de eso, para Lorna no valían nada al igual que el príncipe, así que rechazó aquellas cosas.  

 

 -- ¿Por qué me tratas así princesa? ¿ A caso no ves que soy el príncipe más apuesto y rico de toda la región?, todas las mujeres morirían por estar en tu lugar. Y eso que tú no eres tan bella como para que yo tenga estas atenciones contigo. Muchas princesas más hermosas que tú, se han postrado a mis pies con solo repetirles de memoria uno que otro poema ridículo. Le dice en tono airado.  

 

 -- Porque simplemente no te soporto, no me interesas como hombre, ni como amigo ni mucho menos como esposo, serías como una pesadilla. Una visión desagradable la cual quisiera desaparecer de mis ojos. Quiero que recojas todas esas cosas y se las regales a esas princesas que morían por estar en mi lugar o mejor las que tienes a tus pies. No pierdas tu miserable tiempo conmigo, ¿A caso pensaste que me comprarías con esos obsequios? Vaya que no me conoces, ¿Piensas que soy cómo todas esas princesas que venden su dignidad por unos cuantos lujos efímeros?, Sabes...eres un príncipe tan tonto e insípido que no ve más allá de su enorme nariz.  

 

-- ¿Quién te crees para hablarme de esa forma, princesa insolente y fea? Le pregunta tras propinarle una fuerte cachetada en su blanca mejilla.  

 

El lobo al ver tal hecho se lanzó sobre el príncipe y rasgo con sus colmillos la manga de su camisa de seda luego siguió con el chalequillo azul oscuro de terciopelo y su pantalón.  

 

 -- ¡Auxilio, auxilio, la bestia me va a matar, hagan algo ineptos! Chillaba Juan intentado defenderse inútilmente del animal. La princesa y los guardias reales se cubrían con las manos sus bocas para ocultar las risas que les provocaba aquella cómica escena. El viejo cochero del príncipe corrió a en su ayuda. Sujetó al lobo por el cuello e intento separarlo del joven. Este no paraba de gruñir le. Cuando el viejo logro quitarlo de encima, ambos salieron corriendo hacia el carruaje, pero el lobo salió tras ellos. No los dejó ni siquiera acercarse al vehículo. Los tres corrían por todo el enorme jardín.

 

-- ¡No corran que es peor!. Les gritaba ella entre risas.   De pronto el rey hizo presencia en el jardín, su cara regordeta estaba roja de la ira, Le Estaba apuntado al lobo con su vieja ballestilla. --- ¡Detienes a esa bestia o yo lo haré a mi manera!. Tú decides. Las risas se apagaron...  

 

 --- ¡Suelta esa ballestilla padre! Te lo ordeno. No voy a permitir que le hagas daño a Sombra. Y mucho menos para defender a ese miserable que se atrevió a darme una bofetada por haberle dicho la verdad.   El rey bajó el arma y miró de reojo al príncipe Juan. -- ¿Te has atrevido a abofetear a mi hija? Ningún vil cobarde se atreve a golpear a mi hija y menos tú, príncipe narizón. Le dice en tono desafiante el rey mientras le apunta con su ballestilla.

 

--Quiero que recoja todos sus regalos y se los lleve a su madre. Y espero que no regrese a mi castillo porque si lo hace, le disparare una de mis flechas en su pequeño trasero.   "Al fondo se escucharon unas risitas"...  

 

El príncipe Juan obedeció de mala gana la orden del rey. Ambos salieron a toda prisa en su carruaje dejando una enorme ola de polvo a su paso. Lorna abrazo a Sombra por haberla defendido, mientras esté masticaba la bota de cuero del príncipe Juan. Desde ese día El rey jamás volvió a decir nada acerca del lobo, por el contrario lo acepto encantado. Y prometió a su hija no volver a buscarle esposo, decidió que ella misma era libre de elegir sobre lo que deseaba hacer con su vida. Lo importante para él era que su única hija fuera feliz.

 

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