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9 min
La promesa
Drama |
21.06.19
  • 4
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Sinopsis

Puedo sentir tu miembro dentro de mí, abriendose camino en mis entrañas, entrando y saliendo, resbalando por las paredes de mi excitado sexo una y otra vez. Me encanta.

Noto tus fuertes brazos sobre el colchón, flanqueando mi cuerpo, entregado a ti, como tantas otras veces.

Nunca imaginé que volvería a tenerte así, que volvería a ser tuya, pero ahora solo quiero disfrutar de este momento, nuestro momento.

Quiero provocar tu estímulo, tu placer, recompensarte por haber regresado a mi cama vacía.  Me nombras entre susurros pero tu voz suena lejana, triste y desesperada.

Ansió besarte pero no puedo, no te veo en esta depravada oscuridad que nos consuela y cobija, mientras continúas bombeando oxigeno para avivar la llama de mi gozo, profundo, intenso, creciente. Mi flujo responde, desciende manchando la limpia sábana.

La cama se queja repetidamente al compás de mis gemidos. Me arden las piernas y ese calor asciende gradualmente por mi cuerpo hasta enrojecer mis mejillas, evaporando las diminutas lágrimas que se han instalado silenciosamente sin que las hayas percibido. Intento abrazarte pero no me dejas, y me pregunto si temes acaso que se rompa la magia de nuestro encuentro.

Te quiero, lo sabes y aún así te lo digo, recordándotelo. Pero no hay respuesta, aunque sé muy bien que tu también me amas.

Cariño, que bien mueves el cuerpo sobre el mio, lo meces con suavidad, con ternura. Siempre has sabido cómo y dónde darme lo que necesito de ti.  Acercas tu boca hasta mi cuello, buscando ese preciso lugar que conoces, y con el fresco aire que emana de entre tus labios, contraes todos mis poros, rozando mi piel. No has olvidado como me gusta. Haces una pausa y es cuando aprovecho y con un rápido movimiento doy la vuelta a la situación, sorprendiéndote. Pretendo ser yo quien cabalgue sobre ti, quien te de mayor placer, quien te lleve al orgasmo. Empiezo a mover la cintura y mi pelvis, fraguando tu apetito. Es sensacional tenerte tan adentro y hacerte suspirar, imaginar la expresión de tu cara, sufriendo la tortura que te impongo, enfundando mi sexo en el tuyo, haciéndolo resbalar entre los pliegues de mi dócil carne.

Remuevo a fuego lento al principio, para ir aumentando el ritmo hasta ir notando tu entusiasmo. Cada vez la noto más fuerte. Cada vez me elevo más alto. Cada vez mi voz repite un consentido si. Viene la ola, nuestra ola de regocijo. La veo llegar, prosperando, arrasando todo a su paso. Tu cuerpo se arquea y el mio se ciega en un frenético vaivén cuando las cálidas y bravas aguas del geiser nos encumbran a ambos en busca del climax.

Me abrazo a ti y te regalo mi grito de triunfo, entremezclado de dolor y a la vez de un placer intenso, al compás de tus últimas embestidas. Finalmente, te quedas inmóvil, al igual que yo durante unos segundos. Jadeo de entusiasmo, atando tu ser a mi cansancio, regandote con mi sudor, que desaparece entre la bruma de tu silueta, hundiéndose en el colchón y escucho murmurar mi nombre en tu despedida.

No te marches sin prometerme que mañana volverás. Mis ojos hacen brotar rios de sal al darme cuenta de que ya no estás, de que te has ausentado, de no saber si es la última vez que te he podido tener entre mis brazos, de no saber si ya no sentiré tu presencia en esta cama que dejas deshabitada, aunque llena de recuerdos.

Enciendo la pobre luz de la mesita y retiro el agua que enmaraña mis retinas para poder observar tu fotografía que me mira de reojo desde la cima. Mi pelo yace sobre tu almohada. La abrazo intensamente hasta mezclar tu aroma con mi desnudez y hundo con delicadeza mi nariz en tu reminiscencia. Me permites creer que aún estás aquí y mi corazón se quema.   

 

 

Las tinieblas se agitan enredando nuestra habitación. Tus pasos me advierten de tu cercanía. Se que me puedes ver, aislado del mundo material, ansiosa por tu regreso, desprovista de prendas inútiles, recostada en el tembloroso tálamo que desamparaste. La negra venda que nos separa y me impide descubrirte se hace más estrecha.

Mis latidos te guían pero mi temor detiene tus pasos. Estoy asustada, intrigada y emocionada. Sin embargo puede más mi ansia de ti que el temor de revelar tu misterio. Tus álgidas palabras se hunden en mi pecho al decirme en voz baja cuanto me has echado de menos. Se que ya no puedo recuperarte, aunque hoy me des la oportunidad de entregar tu pasión, pero me doy cuenta de que vuelves a estar conmigo y entonces comprendo que simplemente estás aquí, por mí.

Extiendo mis manos para enseñarte el camino y me ofrezco nuevamente a la locura de tu amor inmortal.  

 

 

El vaso vacío, boca abajo, se mueve despacio pero con firmeza, sin que ninguno de los presentes lo propulsemos. Lo hace con voluntad propia, con nuestros dedos índices sobre él, viajando de un lado a otro de la mesa de madera, emitiendo un reseco sonido que estremece el silencio.

Javier ha formulado las preguntas por mí. Sabe que yo haría lo mismo en su lugar.

El recipiente transparente se detiene se detiene frente a la última letra del abecedario dispuesto en círculo. Con ella cierra la palabra que hace temblar mi brazo. Me  dices que me quieres. Cierro los ojos tapando la cara con ambas manos y rompo en un sollozo inevitable, transtornada por la emoción del momento.

Estás tan lejos de mí y al mismo tiempo tan cerca...

Siempre has sido muy cabezota, pero me hacías reír. Reía como una tonta. En cualquier lugar me sorprendías con tu forma de ser. Si la luna me alteraba ahí estabas tú para esconderla; si te la pedía ahí estabas tú para regalármela. Pocos reproches te ganaste. Por eso, cuando me prometiste que estarías siempre junto a mí, te creí.   

Mis lágrimas son para tí, cariño. Recuerdo como las besabas y las hacías desaparecer para convertirlas en mi sonrisa.

Mañana es nuestro aniversario. Veinte años amándonos.

Mañana me has dado tu palabra de que volverás a hacerme sentir mujer.

Confío que la puedas cumplir.   

 

 

Suena el timbre de la puerta. Son Javier y Ana. Lo sé antes de abrir por su forma de llamar. Nos saludamos con besos y abrazos y los hago pasar al salón. Todos sabemos que vamos a hacer a continuación. .

Cogemos asiento alrededor de la mesa coronada de trocitos de papel en los que he rotulado las letras del abecedario donde también un recipiente cristalino invertido nos espera en sosiego, intuyendo la velada. Nos miramos con melancolía, sin mediar vocablos inútiles durante unos segundos. Unimos nuestras manos y relajamos las mentes.

Al cabo de un momento el frío nos envuelve. Es cuando decidimos espontáneamente apoyar nuestros dedos sobre el vaso y así encauzar la energía. Javier toma la iniciativa para realizar el contacto y pregunta al convidado si se encuentra aquí.  Ante la falta de respuesta, vuelve a formular la misma pregunta. Entonces el objeto comienza a moverse lentamente seguido detalladamente por nuestra aparente calma. La respuesta es afirmativa señalando el sí.

Me acaricias el rostro convirtiendo ese gesto en un breve soplo de aire que peina con suavidad mis cabellos. Eres inconfundible.

Estoy en lo cierto si digo a los demás que me has visto cerrar los ojos y sonrreir, al percibir que tu alma sobrevuela la estancia. Un cosquilleo de paz infinita asciende desde mi mano hasta llegar a mi mente. Te siento. Me has saludado con un beso.  

 

 

Introduzco la llave en la cerradura de la puerta. Llego del trabajo, más pronto que de costumbre, y oigo que tienes puesta la televisión en el comedor.

Entro pensando en si te ha dado tiempo a preparar algo para cenar. Tengo ya hambre. Después me acomodaré en el sofá para intentar acabar el libro que me regalaste. La verdad es que me tiene enganchada y solo me faltan un par de capítulos por leer.

Guardo las llaves en el bolso y busco indicios de tí, mientras me dirijo con prisas al baño. Me desabrocho el pantalón y deslizo el mismo y mi ropa interior hasta las rodillas. La tapa blanca del inodoro me saluda con su frialdad habitual al tomar contacto con mi piel.

Desde el asiento te llamo y en lugar de escuchar tu voz, persisten los ecos que emite el altavoz de la televisión. Pienso que te has quedado dormido en el sillón. Y siendo así, seguro que ni siquiera has preparado algo para cenar.

Resoplo enojada. Me incorporo y me visto con cierto nerviosismo. Pulso el botón de la descarga y salgo del baño dispuesta a despertarte para saldar mi enojo con un vengativo sobresalto. Entro en nuestro amplio salón y te veo dónde esperaba, con tu inconfundible coronilla sobresaliendo por encima de la espalda del sillón, durmiendo como una marmota, delante de la pantalla encendida.

Me aproximo despacio y desconecto el aparato.

Me giro esperando tu despertar pero no hay réplica, no hay una lógica reacción, ni en tu cuerpo ni en tu rostro.

Permaneces inalterable a mi horrorizado grito, desgarrando mis vísceras y al que sigue un agudo llanto.

Mantienes tu mirada perdida en el infinito y tu vida endeudada en el cielo.

Te has ido sin avisar.

¡Maldito seas!.... me lo prometiste..... me lo prometiste....

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