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3 min
La prostata
Humor |
04.09.17
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Sinopsis

Mi mujer se compró una pizarrita en el bazar chino, de las de fondo verde y marco marrón imitando madera.

Mi mujer se compró una pizarrita en el bazar chino, de las de fondo verde y marco marrón imitando madera. También adquirió una caja de tizas. Ella no me dijo nada sobre la pizarra y yo no la pregunté.

    Mi mujer se acostaba con la pizarra. La coloca en la cabecera, pegadita a la almohada. En la mano derecha guardaba una tiza. A lo largo de la noche dibujaba marcas alargadas en la pizarrita: una, dos, tres, cuatro… Yo no inquiría y ella no me explicaba.

           Una tarde se la escondí, pero hasta que no confesé mi falta y la recuperó no se acostó. También pregunté a los más íntimos buscando una explicación: quizás algún problema menstrual o una deficiencia afectiva o incluso algún problema psiquiátrico, pero no atiné con nada.

     A veces me incorporaba por la noche para usar el baño. Al regresar a la cama, unos segundos después, escuchaba el roce de la tiza contra el fondo verde. Y así todas las noches. Ella dibujaba una raya por cada una de mis visitas al baño.

    – ¿Para qué cuentas las veces que acudo al baño?

    – Para saberlo.

    – ¿Te interesan también mis esputos, cacas y otras manifestaciones bañísticas?

  – ¡Cochino! Controlo el número de pises nocturnos para saber cómo tienes la próstata.

      Dejé de levantarme tranquilo a miccionar. Me pasaba horas y horas reventón sin pegar ojo. También intentaba acudir al baño con el sigilo de una serpiente, pero resultaba inútil y así a los pocos segundos de tumbarme escuchaba el maldito chirrido.

        Como solución alternativa a levantarme me compré una cuña, en el bazar chino, que escondía bajo la cama. Las dos primeras noches que la usé acabé expulsado al salón, después de tener que cambiar toda la cama. A la tercera noche ya atiné, pero el estrépito de la meada sobre el plástico… ¡Y me puso dos rayitas! En la siguiente noche conseguí que el pene soltara amarras de forma lentísima y controlada. Triunfe: ella no me escuchó, pero, por el nerviosismo y la tensión, no dormí nada.

     Al fin consentí en que un doctor me palpase la próstata vía rectal. Todo bien fue el diagnóstico. La pizarrita ha desaparecido, mis noches han recuperado su placida habitualidad –aunque las siguientes noches a la visita médica estuve irritadísimo-, pero tardaré en recuperarme de las afrentas, de las dos.

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