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6 min
La puta vida
Reflexiones |
11.01.17
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Sinopsis

¿Qué nos queda cuando no nos queda nada? ¿Qué más da hacia dónde caminamos cuando no queda ningún lugar hacia el que dirigirse?

La joven caminaba, despacio, sin prisa, sin pausa. Un pie detrás del otro, un paso, y uno más. Los  mechones de cabello oscuro, que antes se enroscaban en bucles alrededor de su rostro, ahora se pegaban a sus mejillas y cubrían sus ojos. La lluvia resbalaba hasta su barbilla y se habría podido confundir con lágrimas, pero ya era tarde para el llanto. Sus brazos caían a ambos lados del cuerpo, inertes. Las gotas de agua se deslizaban hasta las puntas de sus dedos y caían, asustadas por el vaivén de sus pasos. Ella seguía caminando, despacio, sin prisa, sin pausa. Sus pies, embutidos en botas de montaña, no distinguían terreno encharcado de terreno seco, y se abrían camino en línea recta, siempre en la misma dirección. La ropa mojada se ceñía a su cuerpo, pero a ella no le importaba. Caminaba en silencio, ajena al chapoteo de sus pasos y al estruendo de la tormenta que se cernía sobre ella.

La joven veía pasar el mundo bajo sus pasos, su mirada fija en el movimiento rítmico de sus botas. Las aceras, la tierra, los bordillos, el asfalto..., todo se deslizaba bajo sus pies sin distinción. Veía pasar baldosas, una tras otra, y casi sentía que era la calle la que se escurría bajo su cuerpo. Si no fuese porque aún le quedaba un hilo de cordura al que agarrarse para discernir lo real de lo imaginario, habría jurado que era la vida misma la que fluía bajo su ser en forma de baldosas y asfalto, baldosas y asfalto, baldosas... Ya había perdido la noción del tiempo que sus pies llevaban moviéndose casi de forma autónoma. Había dejado de llover... O eso le pareció, porque creyó notar cómo las gotas de agua se secaban sobre sus pestañas. Salió el sol... ¿O no? Volvió a llover.

La joven caminaba durante horas, o quizás durante días. El cielo se oscureció y los truenos volvieron a irrumpir en sus oídos. Poco le importaba ya. El ruido era ruido. Ya había perdido la capacidad de distinguir el trino de un pájaro del bramido de un motor o del rumor de una ola. Ella oía sin escuchar el estruendo de la tormenta, impasible a los sonidos que la rodeaban. Había olvidado el significado de la palabra "música", estaba sorda a la calidez de una voz, a la risa de un bebé o al murmullo de una cascada. Para ella el ruido era solo ruido, y nada más.

La joven veía sin mirar el gris del suelo. De pronto, sus botas aplastaron un parche de hierba cubierto de florecillas rojas. No le importó. Para sus ojos, los colores se habían difuminado al empezar su camino. Los veía, pero no los miraba, no los distinguía, no los apreciaba. El naranja intenso de un atardecer significaba ahora para ella lo mismo que el negro interminable de una noche sin luna. Había perdido la capacidad de admirar los tonos verdosos de los árboles o el azul de un cielo sin nubes. Los colores del mundo que algún día la hicieron sonreír de emoción hoy se diluían bajo la lluvia que se colaba entre sus párpados.

La joven caminaba ahora por una carretera sin asfaltar. Sus pasos susurraban, acallados por el barro. El olor de la tierra mojada se colaba a través de sus fosas nasales, pero ella no olía nada. Los olores poco significaban ya para su cerebro anestesiado. Los percibía y los dejaba ir sin procesarlos siquiera, sin intentar distinguirlos. El aroma de una rosa y el hedor de una cloaca despertaban en ella la misma reacción: indiferencia. Los atravesaba, se desembarazaba de ellos y proseguía su camino, despacio, sin prisa. No mucho tiempo atrás, habría cerrado los ojos y se habría recreado en ese olor a tierra húmeda por las primeras lluvias, intentando almacenarlo entre los recuerdos. Ahora su memoria se drenaba como un desagüe, y con ella, el café de la mañana, el pan recién hecho, las palomitas, la hierba recién cortada, los libros nuevos y el azahar de primavera.

La joven sintió la humedad escalar por sus tobillos. Ya no caminaba sobre asfalto, tierra o arena. Sus piernas se habían sumergido entre las olas de un mar en calma. Continuaba adelante, luchando contra la resaca que la empujaba hacia la orilla. Avanzaba por el caminito de plata dibujado por la luna llena, su mirada aún fija en el punto donde se suponía que debían estar sus pies, semienterrados entre la arena y las piedras del fondo. El agua subía palmo a palmo por su cuerpo, fría e imparcial. Las caderas, el estómago, la espalda, los hombros... Y ella continuaba avanzando, bajo la lluvia y hacia el mar.

Hasta aquel momento, su mente se había mantenido en blanco, pero cuando notó el sabor salado de una ola que le salpicó los labios, levantó la mirada al cielo. El regusto a mar en la boca. Eso aún tenía un significado para ella, aunque difuso y lejano. La sal le recordó al lugar que solía llamar hogar. Aquella casa que la vio crecer, reír y llorar, amar y ser feliz. Aquel lugar que ahora había desaparecido. Los recuerdos que se habían quedado encerrados tras aquella llave que había ido a parar a aquel bolsillo de aquel señor enchaquetado, que habría ido después a sentarse tras algún escritorio, en algún banco de alguna calle de alguna ciudad. Aquella llave que había girado la cerradura de su vida, y aquel señor que ni siquiera recordaría ahora las lágrimas que rodaban por las mejillas de la joven, de sus padres, de sus hermanos y de sus abuelos, que se habían quedado de pie en la calle, con una maleta en cada mano y la vida resbalando por sus mejillas.

"Puto mundo", pensó la joven cuando el agua ya le cubría la nariz. "Puta vida".

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