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10 min
La religión del dinero
Terror |
05.05.19
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Sinopsis

Siempre le había gustado dar paseos. En su juventud siempre los daba con su mascota, un perro pequeñito con tanto pelo que no se le veía el rostro. Ahora ya no quedaban. Ni de su raza ni de ninguna. A pesar de ser las dos de la madrugada, todo a su alrededor era luz. Miles de farolas y de edificios iluminados recordaban al ser humano que había vencido a la noche para siempre. Pero con la luz vienen también las sombras.

 

Grupos enteros de personas pasaban a su alrededor. Prácticamente todas se tapaban el rostro, o por lo menos la nariz y la boca, con algo. Todo con tal de no respirar ese aire contaminado. Los ojos que se podían observar estaban rojos, por la falta de sueño y por lo maligno del viento que les rascaba. Algunos tenían la piel hecha jirones, producido por años de exposición a la obra contra natura del ser humano. Otros tenían la cara arreglada mediante operaciones carísimas en las que se reconstituían de alguna forma los destrozos.

 

En las zonas de menos luz, vagabundos y personas sin hogar trataban de esconderse de la luz para descansar. Los hombres tenían barbas larguísimas, sin otro propósito que el de tener una cierta protección ante el cortante dióxido de carbono. Muchos tenían los ojos abiertos tras las mantas, observando a la gente más afortunada que pasaba por delante. En esas miradas se podía observar todo el resentimiento y el dolor de haber sido excluidos de una sociedad. Ya ni siquiera pedían dinero; nadie les daba.

 

La nueva ética mundial era profundamente egoísta, no importaba nada más que cuidarse cada uno. El capitalismo voraz había acabado por imponer su lógica en el cerebro de los habitantes del planeta. El mundo había cambiado con respecto a los siglos anteriores. Hacía pocos años había muerto el último animal, un ratón pequeñito que guardaban en un laboratorio. Su muerte, el fin de todo animal, apenas ocupó espacio en las portadas de los periódicos.

 

Los mares, repletos de plásticos y basura, habían hecho imposible la vida de cualquier ser vivo. Los bosques, habían sido todos talados por el progreso de la raza humana, sin importar los demás seres vivos. Poco a poco, fueron desapareciendo todos los rastros de vida que no fuera la del hombre. Los animales en plena libertad, sólo permanecían en la memoria de los habitantes del planeta más viejos.

 

Nuestro protagonista, que cuenta con 90 años, recordaba como solía caminar por el bosque cercano a su casa cuando era niño. La fauna y la flora que había era impresionante, sobre todo si tenemos en cuenta que se encontraba muy cerca de una ciudad. Al llegar a la mayoría de edad, en el lugar donde se encontraba el bosque habían construido una barriada de casas. Toda la vida animal fue exterminada y sustituida por la humana. Así con todo: cada vez menos espacio para los animales.

 

Se estaba cansando ya de andar. La respiración le costaba, básicamente porque no se tapaba con nada la nariz. No quería y ya le daba igual. Su destino no estaba lejos de su casa pero cada día se le hacía más cuesta arriba llegar. En las pantallas gigantes de algún edificio aparecía el Presidente del Gobierno sonriendo. Contaba algo que parecía que a poca gente le interesaba. Según las palabras que retumbaban en los edificios, los presidentes de todo el mundo habían firmado un acuerdo por la paz mundial. No más guerras, no más muertos: se había logrado la utopía. Justo cuando esa palabra retumbaba en los oídos de la gente, nuestro protagonista vio a uno de los cientos de vagabundos que dormitaban en las esquinas con sombra, tosiendo algo rojo que le manchó la sábana bajo la que se cubría. Nadie se detuvo; todos, con caras tristes, continuaron su camino.

 

Utopía, murmuraba entre dientes, mientras esquivaba gente con malformaciones producidas por operaciones estéticas. Con ocho o nueve años todos los niños de familias creyentes pasaban por una ceremonia en la que se les operaba de lo que les fallara en el rostro: la nariz, las orejas… Se les arreglaba lo que les hacía feos delante de los familiares. Cuando nuestro protagonista era niño, no se hacían ese tipo de ceremonias. Él fue uno de los pocos que hicieron la comunión, antes de que las religiones perdieran el poco apoyo popular que mantenían. La gente había dejado de creer en dioses para creer en una cosa: el capital. Esa era la nueva religión. Se hacían misas en las que se leían fragmentos del libro sagrado escrito hacía muchos años por el que fue el hombre más rico del mundo en su momento. La obra se llamaba “Dinero” y exponía básicamente un culto hacía los billetes, logrados por el egoísmo y la ética de intentar ser más que los demás. Se hablaba de grandes hombres de la historia como Ford o Friedrich Hayek que ellos denominaban “profetas” por marcar el camino a la sociedad perfecta. Ya que el dinero lo podía todo, se puso tan de moda arreglarse estéticamente el rostro que hacérselo a los niños se convirtió en una especie de comunión cristiana, pero en la nueva religión. A pesar de estar muy avanzada la medicina, a veces salían mal las operaciones, lo que hacía que muchas personas quedaran como monstruos. En muchas ocasiones estas personas eran apartadas de la sociedad por las personas guapísimas y perfectas a las que sí les había funcionado el quirófano.

 

Nuestro protagonista se detuvo en una esquina, apoyado en un edificio. El aire estaba realmente viciado y contaminado aquel día. Se agarró el pecho con dolores y, lejos de socorrerle nadie, recibió un empujón de alguien que iba con prisa. Miró hacía arriba y vio una bandera con el símbolo del dólar gigante. La bandera del mundo, elegida hacía años en una reunión de altos mandatarios, ondeaba débilmente debido a la falta de un fuerte aire. Colgaba de aquella construcción que resultaba ser una iglesia de la nueva religión. Cientos de feligreses escuchaban el sermón del cura en el interior. No le interesaba gran cosa nada de lo que se pudiera decir allí dentro, por lo que se dispuso a continuar. De pronto, una cosa le extrañó mucho: ¿qué hacían en misa en plena madrugada? Entreabrió el portón gótico de lo que hace siglos fue un lugar de culto a Dios y se puso a escuchar.

 

El cura estaba enajenado. Hablaba del fin del mundo y de que les había hecho llamar a esa hora mediante un comunicado vía WhatsApp para que nadie ajeno a esa institución de barrio se enterara de lo que se iba a decir. Decía que había recapacitado y pensado mucho en qué se había convertido la Tierra. Dudaba de la religión que se había impuesto y de la cual él era uno de los portavoces. Les transmitió sus deseos de cambio, de volver a valores de fraternidad y de empatía entre los seres humanos. La gente, ensimismada, escuchó atentamente todo lo que decía. Acabó alentándoles a luchar cuando ya no lo hacía nadie. Ya no había entidades contrarias al nuevo orden, estaban prohibidas. Había partidos de diferentes ideologías supuestamente, pero siempre respetando lo que la nueva situación del mundo les había dado: paz y un horizonte infinito sin conflictos. El cura era consciente de ello, pero aún y todo imploró a sus feligreses que se organizaran y crearan un conflicto dentro del sistema, para acabar con él. Después todos se levantaron, algunos asustados y otros anonadados.

 

Varios de ellos siguieron el camino que debía seguir nuestro protagonista. Les siguió y por fin llegó a su destino junto con los feligreses: un bar de mala muerte en un callejón oscuro que, sin embargo, era famoso por su bajo precio en las cervezas. La taberna era un lugar pequeño, lleno de humo del tabaco y de suelo irregular. Fue a pedir a su amigo el camarero. Al ir a pagar con el billete de 5, en el cual aparecía Margaret Thatcher dibujada, el anciano besó el dinero, como era tradición y obligación según las santas escrituras. El barman lo cogió, besó en la frente a la que fuera primera ministra británica y, tras rezar unas pocas palabras, lo metió en la caja registradora. Como era de obligación para cualquier creyente practicante, la caja registradora tenía que ser bendecida con los escupitajos de alguien con una fortuna superior al millón.

 

La cerveza estaba buena pero apenas le hizo caso. En la oscuridad de ese tugurio buscó a los asistentes a esa misa tan extraña. Estaban sentados en una esquina charlando en voz muy baja. Agudizó el oído y les escuchó hablar sobre acciones de desestabilización del Gobierno, muchas de ellas violentas. Parecían muy implicados para el futuro. Cuando terminaron la cerveza, se acercaron a la barra a pedir otra. Al pagar, no besaron el billete. El barman les miro con desagrado. Al principio hizo el gesto de no ir a cogerlo, pero el amor hacia el dinero pudo más y lo cogió, no sin antes rezar a toda velocidad y haciendo el gesto del dólar sobre el pecho con dos dedos. Uno de los chicos le dijo a otro en una voz apenas audible: “Puta religión del dinero. ¿Nadie se da cuenta de que no es normal?”

 

Nuestro protagonista se empezó a interesar por ellos. Eran jóvenes y perfectos, operados sin duda por un buen cirujano. En los ojos se les veía las ganas de cambiar el mundo. Pero ese gran fuego se les extinguió cuando el camarero puso en la televisión un partido de fútbol. “Hostias, si está jugando mi equipo favorito de Asia” dijo uno. Se sentaron rápidamente y ya no apartaron la vista hasta que acabó el partido. Ni siquiera la apartaban mucho cuando pedían otra cerveza; besaban rápidamente el billete y se lo entregaban a un barman que tampoco quitaba ojo del partido.

 

A nuestro anciano protagonista no le interesaba mucho el partido. Estaba sumido en un hondo pensamiento mirando el fondo de su cerveza. ¡Cómo echaba de menos a su perrito! Le haría tanta compañía ahora que se había quedado solo… De poco servía pensar en ello, su perrito murió, igual que los demás y nunca volverá. Por lo menos la cerveza estaba buena Miró un rato el partido y le empezó a interesar por lo disputado que estaba siendo. Poco a poco, cerveza a cerveza, se le fue olvidando lo escuchado en la iglesia. Los jóvenes se emborracharon a fondo y acabaron por los suelos, dejando de lado para siempre un espíritu combativo que se encendió y se apagó rápido, cubierto bajo un inmenso río de cerveza y vómito.

 

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Estudiante de Periodismo. Intento de escritor. Intento de periodista.

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