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3 min
LA RISA DEL MONO
Varios |
08.06.18
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Sinopsis

Aquí no hay ganancia sin perdida, ni triunfo sin sacrificio. Generalmente lo que llamamos triunfo es solo el aprendizaje en una larga cadena de fracasos.

                                               LA RISA DEL MONO

 

Aunque yo nunca lo había hecho, sacarse la suerte con el mono era casi una tradición familiar. Mi padre lo hizo antes de conocer a mi madre, y cuando la conoció supo que iba a ser la mujer con la que pasaría el resto de su vida. Mi hermano mayor, antes de ganarse la beca que lo llevaría a España a hacer un posgrado; y David, mi hermano menor, en su segundo examen de ingreso a la universidad. El mono había vaticinado siempre un futuro  venturoso a mi familia, y ahora que yo había terminado, después de tantos sacrificios, la novela que ocupó los pensamientos de mis últimos años, quería tener la esperanza de que mis sueños se cumplirían.

En la puerta del mercado vi la caja sobre la que el mono se movía, atado a la cintura por una cadena. Tenía una larga cola café, un chaleco rojo, y un sombrerito brillante. A su lado, su dueño daba vueltas la manivela del organillo como si fuera el humilde servidor del artista. Me acerqué al hombre y le pregunté el precio. Me lo dijo. Le extendí el billete que guardó en el bolsillo de su camisa, y bajó una tapa lateral de la caja, dejando a la vista varias apretadas hileras de tarjetitas de colores. El mono descendió al ver la caja abierta, me hizo una mueca enseñándome los dientes, como si se riera, y con sus manitos negras sacó una tarjeta amarilla, muy doblada, que entregó al organillero que a su vez me la entregó a mi.

Con la tarjeta apretada en el puño subí al ómnibus de regreso a casa, y cuando estuve solo en la última banca del fondo, la abrí. Empezaba así:

“Tus sacrificios darán más frutos de lo que esperaste. El nuevo rumbo aparece en tu vida, y tras la puerta inevitable un nuevo comienzo con nuevas…”

Sentí que la tristeza y la desesperación me poseían, como hace unos días, cuando Mariana me dijo que ya no podía soportar mis ausencias, y una de sus amigas me confirmó que salía con un compañero de trabajo. En ese momento la tarjeta me confirmaba por primera vez y para siempre que no volvería conmigo y jamás sería mi esposa.

 

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