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7 min
La Rosa de los Tres Pétalos
Reflexiones |
17.06.19
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Sinopsis

Las rosas te han hecho daño, otras rosas no.

Gabriela observaba el pizarrón del profesor Torres mientras su mente volaba en un universo inconsciente, (pero a la vez, consciente). El gis creaba números, letras, figuras e inclusive personas. Ella dibujaba una flor de tres pétalos negros; estaba sembrada en una cama con sábanas rojas. Después de finalizarlo, una lágrima se deslizó de su mejilla.

El profesor Víctor notó la situación, y acto seguido, dijo lo siguiente:

 

  • Clase – dijo solemnemente- hemos terminado por hoy. Los veo hasta mañana.

Los varones comenzaron a lanzarse bolas de papel y otros sacaban sus teléfonos; para realizar “trabajos” que no precisamente eran escolares, (al menos, se implicaría algún trabajo escolar). Las chicas salían, con tranquilidad (como en pocas escuelas), platicaban de los trabajos extraescolares encargados por sus demás profesores. Otras solo se enfocaban en saber si Javier se le había declarado a Victoria en la hora de receso.

 

El profesor, cuando terminó de empacar sus hojas, se dirigió al asiento de Gabriela. En el trayecto pensó dos alternativas ante la situación que acontecía:

  1. Acercarse a la chica y sentarse frente a ella, para ser más directo y que la charla fuese más personal.
  2. Sentarse detrás de ella, para respetar su privacidad, pero aún así tratar de saber el porqué de su estado desalentador.

 

Víctor decidió la primera opción.

 

  • Gaby, - así la llamaba cuando trataba de hablar con ella de manera personal, puesto que no era la primera vez que hablaba con ella en ese estado - ¿qué ocurre?

Gabriela no habló, solo dejó caer otra lágrima.

  • Gaby, no puedo ayudarte si no me dices qué sucede.
  • No me pasa nada – respondió la chica, débilmente y apenas perceptible.
  • Es evidente que eso es una mentira.
  • ¿No cree usted que la misma vida es una mentira? – susurró, con un poco más de determinación.
  • Un comentario interesante. Si la vida es una mentira, ¿tus lágrimas también lo son?

La chica nuevamente guardó silencio. Sus piernas comenzaron a temblar suavemente.

 

  • Sé que lo que te ha pasado en esta ocasión va más allá de una simple broma de Carlos. Dime, ¿qué ocurre?
  • Profesor… - susurró de nuevo, con la iniciativa de hablar - ¿usted es padre?
  • Sí, tengo una pequeña niña de tres años. Ella es mi motor junto a mi esposa. ¿Tiene que ver con tus padres, no es así?
  • ¿Y usted le hace compañía cuando ella llora por las noches? – preguntó, haciendo caso omiso de la pregunta de Víctor.
  • Sí. Sé que los niños son muy receptivos a esos cambios.
  • Entiendo. ¿Le ha regalado una flor a su hija?
  • No, pero sería una buena idea.

 

Gabriela se levantó de su silla y, acto seguido, murmuró:

  • No le dé ninguna. Ella no merece eso.

Y se marchó.

 

El profesor, después de unos minutos sentado, solo en el salón, observó el dibujo de Gabriela.

“Una rosa con tres pétalos sembrada en una cama de sábanas rojas”, pensó.

Y, como si se tratará de un boomerang lanzado a máxima velocidad, le llegó un recuerdo.

 

Gabriela vivía con su madre en la Ciudad de Guadalajara. Su madre era una empresaria muy experimentada y había logrado grandes negocios, (siempre con dignidad y honestidad). Su padre, sin embargo, era el motivo de aquel recuerdo.

 

Su padre solía llevarla a un campo de rosas cuando Gabriela tenía 5 años. Las rosas eran rojas, ¿pero por qué ésta no lo era?

 

Siguió recordando.

 

Gabriela le contó que sus padres se habían separado debido a una infidelidad de su padre, antes de entrar a la preparatoria. Su madre la trajo a vivir a Guadalajara, donde su negocio crecía, Ahora entendía el porqué Gabriela era reservada y muy tímida al comienzo del curso.

 

Un día, en su clase, Gabriela estaba muy callada y sollozaba. Les pidió a sus alumnos salirse del salón, pero Gabriela aprovechó ese momento para salir corriendo a los baños. Trato de alcanzarla, pero se había encerrado. Cuando le pidió ayuda a una profesora, ésta se limitó a decir: “Esos cambios son normales, no se entrometa”.

 

Hace una semana el caso se repitió, pero en proporciones más severas. Cuando se levantó a pedir un trabajo a los jóvenes, notó que en el lugar de Gabriela había gotas de sangre; la joven se había cortado los brazos y las piernas. Cuando pidió, como en la última vez, que la clase saliera, se apresuró a cerrarle el paso a Gabriela. Pero no funcionó; la chica encontró la manera de escabullirse y correr nuevamente a los baños. Y ahora…

 

  • ¡Profesor Víctor! – se escuchó una voz en el pasillo.

 

El profesor, sacado de sus recuerdos, se levantó y corrió afuera. El pasillo se encontraba casi vacío, a excepción de la presencia del intendente, del director y de la subdirectora. Se encontraban en el baño de las chicas, sorprendidos. El director se dirigió a su oficina, mirando a Víctor con una mirada firme y con poca amabilidad. El intendente entró a los baños y sacó algunos trapos con sangre.

 

Cuando se asomó, la escena no pudo ser más predecible. Gabriela se había cortado con un cúter, (el cual introdujo a la escuela sin ser vista), en la yugular. Se había desangrado durante veinte minutos, lo cual no era alentador.

 

El profesor, consternado, solo pudo balbucear palabras sin sentido. La subdirectora sostenía el cadáver, sollozando. La profesora, al observar la llegada de los médicos, salió de los baños y miró a Víctor con una tristeza indecible.

 

Los médicos, con esmero, levantaron el cuerpo y la cubrieron con una sábana. El profesor, expectante, se quedó inmóvil. Después de unos minutos, antes de salir, observó algo extraño: un disco. Estaba en unos de los cubículos de los baños y decía: “Rosas”.

 

La tomó y salió de los baños. Firmó en la dirección y se retiró a su hogar. Al llegar, dejó sus cosas en su cuarto y bajó su laptop. Metió el disco y su contenido constaban de tres vídeos y tres fotografías más una nota.

 

Al observar las fotos, se dio cuenta que eran sus padres y ella en un rancho en la ciudad de Xalapa. Una de ellas mostraba a Gabriela sentada sobre los hombros de su padre. Al observar los vídeos, se aterrorizó. En uno de ellos, la cámara de un celular enfocaba la cama de Gabriela, con ella amordazada y vendada, rodeada de rosas. En la escena, aparecía su padre. Detuvo el vídeo. Sabía que ocurrió.

 

Los otros dos eran más escenas idénticas, aunque la última se diferenciaba de las demás por el lugar. Fue en el campo de las flores, al aire libre.

 

Fue entonces que entendió el dibujo de la tarde: Las flores son relacionadas al procedimiento de su padre al violarla; los tres pétalos son las veces que la violó y las sábanas rojas deducen la sangre que derramó en las violaciones y sus cortaduras en los brazos.

 

La nota, por último, solo tenía una oración que decía:

 

“Las rosas me han causado tanto daño como tú, papá”.

 

Víctor, sollozando, cerró su laptop y guardó el disco. Lo entregaría a la policía, pero antes decidió subir al balcón de su hogar. Miró las estrellas y, con lágrimas en los ojos, exclamó:

 

“Gabriela, donde sea que estés, las rosas serán rojas para mí”.

 

 

 

 

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