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4 min
La rueda de la vida
Reflexiones |
06.05.13
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Sinopsis

Mi gran experimento circular

      Hubo una vez que me pregunté, siendo adolescente, qué era la felicidad. En aquella época sentí cosas alucinantes y creí haber rozado ese gran sentimiento. Alguien a esas edades no debe preocuparse por esas cosas, pero cuando la vida no es fácil uno debe forjarse el destino a base de puntas y cinceles cual escultor creando su instantanea maravilla. Recuerdo la primera vez que creí ser feliz, cuando me enamoré. En aquél instante el tiempo mortal se detuvo. Ya no existían los problemas, los colores brillaban saturados, los despertares eran mágicos y cobraban sentido. Hasta incluso las necesidades banales se desvanecían ante mis ojos incrédulos. Me equivocé. Allí no conocí la felicidad, allí conocí a uno de sus cuatro hijos. El deseo. Si yo era feliz con ella ¿por qué se terminó? quizá fui feliz en el proceso pero no encontré a la madre felicidad porque todo se truncó.

Y allí estaba yo, recogiendo los pedazos de mi corazón para poder montar de nuevo lo que iba a ser el collage de mi vida. Recuerdo que en aquella época me fascinaba la filosofía y todo lo oculto en general. Siempre he creído ser esa oveja que decide la tangente y luego es premiada con un mamporro mientras el rebaño la mira de reojo. En ese instante aprendí que a veces las cosas no son como son y hay alguna que se pregunta el por qué de todo. Esa oveja era yo. Evidentemente, volví al rebaño inundado de inquietudes para ser una más.

¿Qué es la felicidad? esa pregunta que cuando la emites, el del otro lado necesita respirar y buscar el efímero significado para poder contestar. Es algo complicado, lo se, pero de adolescente traté de dibujar la fórmula para poder conseguirla. Tras miles de esbozos, lo más cerca que estuve de la cima, fue resumirla en cuatro etapas circulares como si de una brújula se tratase. Al norte, el Deseo. Al este, la Lucha. Al sur, el Éxito y al oeste, el Olvido. Todo cuadraba ...

Con el corazón a medio montar, deseé sacarme el carné de conducir. Ese sería mi primer gran Deseo. Lo ansiaba con tantas fuerzas que me olvidé de vivir. Mis males se arreglaron automáticamente y me vi inmerso en la segunda gran etapa, la Lucha. Al poco tiempo, mientras pensaba en el experimento circular, vino el Éxito. Conseguir el permiso de circulación a los dieciocho años de edad fue un verdadero triunfo para mi. El gran problema, y uno en el que apenas pensamos, es el Olvido. Cuando hemos realizado el viaje de trescientos sesenta y cinco grados, llega ese sentimiento en el que te olvidas de todo y esperas que nazca un nuevo deseo para poder montarte de nuevo en la ruleta de la felicidad.

Así pasaron los años, y no me fue mal la verdad. Deseé muchas cosas y luché por ellas. En algunas tuve éxito, en otras caí en el olvido y a veces pienso en las que siempre desearé. Pero quizá me equivoqué de nuevo en el patrón. Todo lo impulsamos siguiendo unas matrices que se nos han dado innatas y reconozco mi error. La gran felicidad no se puede resumir en un vaivén circular aunque me conformase. Ésta vez, la oveja tomó una hoja en blanco y dibujó de nuevo la esfera para hallar posibles fisuras. Ésta vez encontré la solución y la gran respuesta que busqué todos esos años. Encontré el camino a  la felicidad ...

Al crear ese círculo, me imaginé un reloj. Como tal, mis ojos seguían su curso a la derecha como por inercia. Ahí estaba el error. Decidí plantearlo a la inversa y descubrí la fórmula para ser feliz. Ésta vez no habían etapas ni vaivenes, no existían fases interrumpidas. Era un sentimiento global, un modus operandi del que aprendí a ir cogido de su mano. Leí a la inversa: Olvido, Éxito, Lucha y Deseo. Aquí nació la filosofía de mi vida. Mi mágica esencia que comparto con vosotros. La rueda comenzó a girar sin detenerse. Los miedos desaparecieron. Viví el presente disfrutando aquello que tenía y luchando por no perder aquello que deseaba. Me olvidé del éxito y luché por mis deseos.

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