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17 min
Entre Tres
Amor |
02.10.20
  • 5
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  • 307
Sinopsis

A veces es necesario coger distancia para despertar y salir de ese letargo que te tenía atrapado en el tiempo, como Bill Murray en el día de la marmota. Recuperas el olfato, el gusto, los sentidos y te apetece tocar, saborear, ver, sentir, disfrutar... vivir...

Estaba nervioso, había quedado para comer con mi expareja. La última vez que nos vimos, vivíamos juntos, hacía más de un año. Por aquel entonces, llegué a plantearme la opción de casarnos por lo civil, aunque si ella me lo hubiese pedido, habría aceptado una boda de punta en blanco, con curas pederastas, cientos de invitados, música nupcial de terror y arroz bomba “SOS” en cantidades industriales lanzándose sobre nuestras cabezas. Pero no sucedió. Un buen día, el cielo se cubrió de gris oscuro, el sol se apagó, y una enorme plataforma metálica, apareció entre las nubes, como cuando Diana (la mala de “V”) tomó la tierra con una horda de lagartos alienígenas disfrazados de humanos, a bordo de una nave nodriza…

   Fueron meses muy duros, nos confinaron a todos en nuestros hogares. Solo se podía salir a la calle para trabajar, pedir préstamos hipotecarios, solicitar tarjetas de crédito, pagar impuestos, multas, tributos fiscales, hacer apuestas deportivas, asistir a corridas de toros y comprar alimentos en grandes superficies con sedes en paraísos fiscales. El resto de actividades estaban prohibidas. No se podía pasear, los parques y zonas recreativas se cerraron, quedaron, exclusivamente, para un uso y disfrute de la monarquía y aristocracia nacional (políticos liberales y corruptos, incluidos).  Los teatros, cines, museos, salas de conciertos; todos los eventos culturales, se suspendieron. No estaba permitido besarse ni abrazarse en público, ni tan siquiera en privado. Los teléfonos móviles, ordenadores y electrodomésticos del hogar, controlaban todo lo que hacíamos y grababan todos nuestros movimientos y conversaciones. Se podía comprar tacaco en los estancos, eso sí, pero no estaba permitido fumar en ningún sitio. Era algo parecido a las drogas: podías comprar cocaína, hachís, marihuana o heroína, pero no estaba permitido su consumo en público (a escondidas, sí).

   Se impuso la ley marcial, y las principales potencias mundiales, quedaron bajo el control de un único mando llamado: “Impoderium” (con sede y domicilio en Minnesota, frontera con Wisconsin, Indianápolis y el fuerte Kentucky). España, por el contrario, mantuvo su independencia franquista con la figura del Rey como máxima autoridad, aunque dependíamos del exterior para cosas tan básicas como la producción de papel higiénico, azúcar, sal o harina.

  Nuestra relación de pareja se fue deteriorando, poco a poco. El confinamiento, fue haciendo mella en la convivencia, apenas nos dirigíamos la palabra y enseguida optamos por dormir en camas separadas, cada uno en su habitación con los respectivos egos y la soberbia a flor de piel.

   De pronto, una mañana, se hizo la luz. Aquella inmensa plataforma metálica que lo cubría todo, desapareció, y dio paso a un cielo azul intenso con nubes blancas esparcidas, como si de la cabecera de un episodio de los Simpson se tratase. El sol lucía radiante, los pájaros cantaban revoloteando y un ligero aroma a campo, lo impregnaba todo. Pronto fuimos recuperando la vieja normalidad, se fueron levantando las múltiples restricciones que nos habían impuesto durante el confinamiento.   Las calles comenzaron a llenarse de gente, y los comercios, que hasta la fecha habían permanecido cerrados, empezaron a levantar el cierre. De nuevo se podía caminar por parques, jardines y hacer deporte, la vieja rutina se iba apoderando de la ciudad, poco a poco.

   Ella se marchó, un par de semanas después del final del confinamiento. Se instaló en un pequeño apartamento a unos cuantos kilómetros de distancia. Yo decidí quedarme, en el que, hasta la fecha, había sido nuestro hogar. A fin de cuentas, tampoco tenía a dónde ir, ni las ganas de aventurarme dando un nuevo giro existencial en mí vida, con destino incierto y la maleta llena de dudas, miedos e incertidumbre. Me centré en el trabajo, con todo lo que había pasado, y el duro confinamiento que habíamos sufrido, muchos amigos sufrieron “agorafobia” y no volvieron a salir a la calle nunca más, perdimos el contacto. Otros, en cambio, aprovecharon para procrear como conejos, con la esperanza de poder salvar así, sus marchitas relaciones de pareja o sus frustrados matrimonios de conveniencia. Yo necesitaba mantenerme ocupado, y encontré en el trabajo, una vía de escape. Llevaba una pequeña tienda de informática, pero lo que más hacía en horario laboral, era dar consejos a los clientes y resolver sus inquietudes. Algunas personas venían simplemente para desahogarse y hablar conmigo. Y yo estaba allí para lo que necesitasen. Incluso llegué a recibir alguna proposición indecente, que acepté sin dudarlo. Porque, ante todo, estaba el trato al público, a los clientes, tuviesen la ideología que fuese, y las limitaciones mentales e intelectuales que sufrieran, mi profesionalidad estaba por encima de todo…

   Habían pasado once meses desde la última vez que nos vimos. Hacía unos días, recibí unas cartas a su nombre. Una notificación de hacienda y del banco. La burocracia va muy lenta cuando se trata de cambiar direcciones y datos personales, aún seguía llegando su correspondencia a casa. Le mandé un mensaje por WhatsApp para ver cómo le hacía llegar las cartas, y cuando quisimos darnos cuenta de que base del liberalismo, es la desigualdad y la corrupción de los servicios públicos, estábamos entablando una conversación larga y tendida, poniéndonos al día de nuestras vidas y dejando entrever el deseo de vernos. La conversación siguió durante los días posteriores y acordamos quedar para vernos y comer juntos.

   Estaba nervioso, mi estómago parecía un hormiguero primaveral, un volcán en erupción. Me sentía como la primera vez que quedé con ella, cuando los besos eran con los ojos cerrados y las caricias endurecían el cerebro alargado y encharcaban los campos de arroz. Desde que decidimos dejarlo, no había tenido ninguna relación sentimental, más allá de las rutinarias caricias monotemáticas bajo las sabanas y algún que otro ensueño incestuoso en torno a amigas, conocidas, parejas de amigos, esposas, vecinas o incluso alguna mujer completa (sí, las que tienen pene).

   Acudí a su casa, intentando convencerme de que aquello no cambiaría nada, que nuestra relación había terminado, y simplemente íbamos a comer y charlar amistosamente. Pero no podía evitar imaginarme emulando las mejores escenas del porno setentero con ella. Por un momento sentí como mi sexo se apretaba contra el pantalón intentando saltarse la larga cuarentena a la que había sido sometido. Aparqué el coche junto a la dirección que me había facilitado y respiré profundamente para calmarme un poco y repartir la sangre por las diferentes zonas del cuerpo. Había comprado un litro de cerveza, que es mucho mejor que el champán malo, y algo para picar. Me dijo que no hacía falta que llevase nada, que ella se encargaba de la comida, pero me pareció un poco cutre aparecer con unos litros de cerveza, sin más, así que compré unas bolsas de trisketos, ganchitos y triskis para abrir boca.

   Su casa estaba en una zona residencial. Me recordaba a las urbanizaciones costeras junto a la playa, que solía visitar de niño con mi familia, cuando la clase obrera podía veranear sin necesidad de pedir un préstamo. Llamé al timbre y enseguida se abrió la puerta con ella detrás sujetando a un perro que intentaba brincar sobre mí en señal de afecto, supongo. Parecía un cachorro, aunque se veía enorme. Dejé que me chupase la cara y me mordiese las manos un poco, para limar asperezas. Acto seguido, ella se acercó y nos dimos un intenso abrazo con varios besos sonoros de lado a lado de la cara. De nuevo volví a sentir mi pene endurecido haciendo fuerza contra el pantalón. Disimulé colocando la bebida en el frigorífico y sacando la comida de la bolsa, y me fui directo al baño a calmarme, con la excusa de orinar. Aún estaba excitado, no conseguía que la sangre llegase al río, y al intentar mear, se me escapó “la cola” de la mano, como cuando estás regando y se te cae la manguera y lo salpicas todo. El baño tenía el típico suelo que parecía un espejo, y cualquier gotita de orín se apreciaba a la perfección. Pero no eran gotas, había un pequeño charco. Cogí papel higiénico hasta gastar el rollo y pasé todo el suelo minuciosamente. Tiré de la cisterna, pero había demasiado papel y no tragaba, tuve que esperar a que se llenase de nuevo de agua y repetir la operación varias veces. Al salir, disimulé de nuevo haciendo un comentario de lo más estúpido: “no tienes papel en el baño, se ha gastado, creo…”

   La mesa ya estaba puesta. Había de todo un poco: una colorida ensalada con tomates, queso, escarola, humus con rebanadas de pan tostado, jamón ibérico... Yo aproveché para sacar lo que había traído y servir la cerveza bien fría. Parecíamos dos desconocidos en fase de descubrimiento, pero la realidad es que nos conocíamos a la perfección, dieciséis años juntos daban para mucho. Podría reconocer el olor de un pedo suyo, en medio de un multitudinario concierto, o adivinar su tortilla de patatas arrojadiza, en un concurso de cata a ciegas. Pero estábamos nerviosos, costaba actuar con naturalidad, así que opté por llenarme la copa de cerveza y darle unos tragos generosos, volver a llenarla y volver a vaciarla repetidas veces. Cuando quise darme cuenta de que Dios no existe, al menos como dicen los católicos pecadores, me había cascado el litro, y comencé a soltarme y a entablar conversación:

 

        -Bueno, ¿y qué tal te ha ido todo este tiempo? (rompí el hielo)

        -Pues bien, al principio fue duro, después de todo lo que pasó, el confinamiento, nuestra ruptura… pero la verdad es que estoy contenta, y mira, quién me lo iba a decir, con una mascota haciéndome compañía y dándome guerra.

     -Sí, la verdad es que nunca te hubiera imaginado con un perro, no sabía que te gustasen (añadí)

   -Pues ya ves, yo tampoco lo habría imaginado hace un año. Y tú, qué tal estás, sigues con la tienda, imagino. ¿no? Te veo más delgado (al decirme lo de más delgado, volví a sentir una erección bajo la mesa)

  -Sí, yo sigo con la tienda, como siempre, en modo montaña rusa, unos meses mejor y otro peor, pero no me quejo. Y lo de delgado… no sé, será que me ves con buenos ojos (por un momento me sentí como Isaac Casanovas con extra de mermelada de frambuesas y crema pastelera por encima)

  

   Seguimos charlando, estirando un poco más la sobremesa, al calor de un poco de licor de hierbas que sacó del congelador, y que por supuesto, acepté gustoso. En algún momento de la velada, me aventuré a coger su mano y acariciarla mientras me contaba cómo le iba en el trabajo. No la rechazó, todo lo contrario, parecía receptiva. Si me hubiese visto a mí mismo, diez o veinte años atrás, en modo telefilme romántico de guante blanco, usando todos esos clichés de galán, a lo Arturo Fernández, posiblemente vomitaría. De hecho, un poco de repelús sí que me daba. Un tipo rudo e impasible como yo, rezumando “heavy metal” por todos los poros de su cuerpo, jugando a ser Richard Gere en Pretty Woman, versión “clase social hipotecada e incluso arruinada.

   Recogimos los platos y la mesa, mientras el perro saltaba sobre mí y se cruzaba entre las piernas. La casa era pequeña pero bien distribuida, decorada con buen gusto. La cocina y el salón estaban juntos, había un enorme sofá de esos que se convierten en cama y un televisor de dimensiones estratosféricas en frente. Yo no estaba dispuesto a marcharme tan pronto, así que tomé la iniciativa y le propuse ver alguna película. Me dijo que vale, pero me advirtió que seguramente se quedaría dormida antes de que pasasen las letras del inicio.

   Abrimos el amplio sofá, donde bien se podría recrear una de las orgías de Calígula, y nos tumbamos, como en los viejos tiempos, uno al lado del otro y el corazón palpitándome entre las piernas. Otra vez podía sentir mi músculo fundamental tensarse y crecerse como si se fuese a partir en cualquier momento. Buscamos una de las tropecientas películas malas que hay en Netflix, una que se titulaba “Te echo de menos”. Y antes de que empezasen a hablar, ya estábamos besándonos, tumbados a lo largo, de lado. De pronto ella se apartó y me dijo:

   -Para, para… esto no está bien. No podemos hacer esto, ya no estamos juntos y no sé si es buena idea (me decía con los labios aún mojados en saliva)

    -Sí… bueno… igual tienes razón, no sé, perdona, me he dejado llevar por la emoción y… (yo intentaba razonar con los huevos a punto de reventar y mi otro y,o tieso y duro como un robledal)

 

   Nos separamos un poco, seguíamos tumbados, el uno junto al otro, pero dejando un pequeño espacio entre los dos, lo justo para recolocarnos, tomar aire y recuperar las composturas. Le prestamos atención al televisor durante unos instantes, la película transcurría por otros derroteros mucho más románticos. Y acto seguido, como si nos hubiesen aplicado una descarga eléctrica, volvimos a abalanzarnos el uno contra el otro, con decisión, entrelazando las lenguas y deslizando las manos por los cuerpos, aún vestidos. Esta vez nadie hizo la cobra, no hubo marcha atrás. Nos despojamos de la ropa con urgencia, casi rompiéndola y tirando de ella, por la fuerza si fuera necesario. Estaba tan excitado que mi pene parecía una vela encendida con la cera derretida en la punta goteando y chorreando. Lamí minuciosamente sus pezones, como si fuesen dos gominolas en mi boca. Los apretaba ligeramente con los dientes y la lengua mientras ella me dejaba sentir las uñas por mi espalda. Bajé la mano por su cintura, sintiendo la suavidad de su piel en las yemas los dedos, hasta colocar la mano entre sus piernas y ahogar un par dedos en su sexo jugoso y dilatado.

   Coincidiendo con la película, en la escena en la que los protagonistas se besaban apasionados en la cama, me inserté dentro de ella, con sus piernas entre mis hombros, y mis brazos apoyados a los lados. Sin temor a alguna rotura de ligamento, lesión o esguince cervical, comenzamos a follar con fuerza. Sus manos empujaban mi culo contra ella, me pedía que lo hiciese más fuerte. Y yo ya no tenía más polla para meter, estaba follando por encima de mis posibilidades, con los huevos colgando como campanas, golpeando contra su culo a cada embestida, sonando como si estuviesen dando palmadas entre sí. Notaba la tela del sofá-cama en mis rodillas, que se escurrían y me quemaba la piel, pero no podía parar. Tuve que controlar para no correrme tan pronto. Estábamos demasiado excitados como para dejar que un trozo de látex se interpusiese entre nosotros, y total, seguro que éramos estériles (como siempre). De repente, empecé a notar por detrás, algo húmedo y caliente husmeando por mi culo, pero no paré, no podía dejar de empujar. El perro estaba olisqueando mi ojete y chupándolo. Eso me gustaba mucho, tenía su lengua caliente lamiendo mi agujero negro, como si de un perfecto beso oscuro se tratase. Comprobé con la mano, que efectivamente, tenía al perro ahí, entregado y participativo. Me gustaba, así que no dije nada, lo dejé estar. Empecé a notar que su larga lengua pasaba del culo a mis huevos, incluso llegué a sentirlos en su boca. Por un momento temí que los mordiese como si fuesen comida. Esa incertidumbre y ese temor, me excitaban aún más. Tenía la sensación de que, en cualquier momento, me los iba a morder y arrancarlos de cuajo, literalmente. Ella se mantenía ajena a todo, no podía ver lo que estaba sucediendo detrás de mí, y yo estaba al borde de la eclosión, de la explosión.

   No podía más, y tampoco era plan de buscar descendencia a los cincuenta. Me salí, empapado en sudor, con el perro al lado aun relamiéndose, y me dejé caer hasta meter la cabeza entre sus piernas. Comencé a saborear su coño empapado, introduciendo un par de dedos, mientras el perro hacía lo propio en mi culo, hasta que se ella se corrió en mi boca. Apenas podía moverme, lo había dado todo, podría morirme ahí mismo, y no pasaría nada.  Me quedé tumbado a su lado, boca arriba, mientras ella me masturbaba con una destreza y habilidad, que hizo que me vaciase por completo pocos segundos, soltando unos generosos borbotones de semen que cayeron sobre mi torso. El perro intentaba subirse encima y lamerlo todo, pero ella le regañó y lo evitó (a mí no me hubiese disgustado).  

   Nos quedamos tendidos sobre la cama, con los brazos entrelazos y las cabezas apoyadas entre sí. En silencio. Cuando recuperamos el aliento, ella rompió el hielo y me dijo:

    -Oye, esto no va a cambiar nada ¿eh? Ha estado genial, nos apetecía mucho, pero no estamos juntos. Somos solo amigos. De hecho, me gustaría que mantengamos esta amistad… (tocaba aclarar y dejar los puntos sobre las “ies”)

   -Claro, claro, por puesto. Somos amigos, esto lo hemos hecho porque nos apetecía, pero no significa nada (añado mientras abro una Fanta de naranja mental dándole la razón en todo, aunque estuviese hablando de la cría del lince ibérico en cautiverio) 

   Nos despedimos, y quedamos en vernos otro día, posiblemente en mi casa, la que fue su casa hasta hacía poco. Le pedí que se trajese al perro para la próxima vez (por lo que pudiera pasar…)

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    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro está compuesto por una serie de relatos, reflexiones, rutas y batallas, que el autor ha ido publicando en su web: www.rutasybatallas.net

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro reúne una selección de textos publicados en la web: www.rutasybatallas.net

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas" recientemente "Autoeditado" por Javier Pérez Domínguez con (Acuman). Dicho libro reúne una serie de relatos, reflexiones, rutas y batallas que se han ido publicando en la web del autor: www.rutasybatallas.net con la bicicleta, los viajes y las reflexiones como principales protagonistas.

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