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12 min
La rutina de la noche
Varios |
20.07.14
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Sinopsis

De cómo y porqué nuestras vidas se vuelven rutina

“En el anochecer de la vida existe una única y fulminante verdad: la rutina” Abrir los ojos y defenderte de semejante  anatema, eso hace Evaristo todos los días hacia las siete de la mañana, cuando la luz azulada entra por entre la colmena y ensancha sus pupilas. ‘’Rutina’’. No lo dice, sus labios no pronuncian palabra alguna hasta las ocho (unos minutos antes en verano) cuando su mujer, Joaquina, ensancha sus pupilas también. Siempre fue mujer de despertar pesado y aparatoso, una hibernación lánguida que anudaba sus músculos con los tendones, y estos con los huesos, en un doloroso baile de chirridos óseos. ‘’Rutina’’. Lo piensa. Anatema. Suena el despertador. Es la radio, un dial de provincia. Los anuncios es lo mejor: una larga sucesión de cuñas comentadas por la misma voz femenina, de forma que confundes la Tienda de Chuches Ana con los Abonos Alonso, solo al por mayor, y la tienda de remiendos La tela cortada…¿Quién crea la música? ¿Por qué Ana o Alonso se gastan dinero en esto?... ¿Por qué suena el despertador? El cerebro, en su costumbre secular, espabila a Evaristo cinco minutos antes de que suene el aparato y éste evita que se quede dormido sentado sobre el filo del colchón, con las plantas de los pies ya quejicosas por haber abandonado el calor maternal de las colchas en una manirrota sustitución por la tarima flotante, tan poco agradecida al fin y al cabo.

‘’Hasta el meado se corrompe con los años’’. Los vapores ocres de la urea que suben de la fría porcelana es nauseabundo para Evaristo y aguanta la respiración siempre que orina con la vista a un lado, observando cada pequeña inserción de pintura en una tabla de porcelana que adorna el baño: un barco azul sobre fondo blanco, de aquellos que conquistaron las Américas, atacando las olas con la proa levantada en un escorzo imposible. Joaquina rezonga un poco de mala baba. ‘’Estos del taller siempre igual, ¿quién arregla coches a las siete de la mañana?’’ Aún así, es un pensamiento inocuo porque un parpadeo después ya duerme. Los del taller, que ignoran la presencia de Evaristo y Joaquina, ponen en funcionamiento las grúas y los coches comienzan a flotar, las manos comienzan a ennegrecer y el sopor de la mañana desaparece, inevitablemente, con tanto sonido metálico. Puede decirse, en general, que son gente apasionada por su trabajo. ‘’Ya están estos’’. Evaristo cierra la ventana y pesadamente sus pies le llevan a la cocina donde un poco de leche aguada y unas galletas son su desayuno diario, ‘’quizá desde el 89’’, cuando le dio el ‘’arrechucho’’. Triple by pass para disfrute de los cirujanos menos experimentados, aunque justo antes él hacía la señal de adiós con la mano a su familia, que en el pasillo del hospital camino del quirófano no podía contener las lágrimas. Alógenos y alógenos sobre su cabeza y ocho horas allí tumbado con el cuerpo inerte y el costillar abierto como las puertas del salón de un western.  Esa imagen luego le parecería ‘’muy peliculera’’. En fin, por lo demás, estuvo al borde de la muerte.

A las ocho menos cuarto más o menos, dependiendo de la serie de anoche, aparecen Esther y Alicia, madre e hija, hija y nieta. Ya conocen a todos según toquen el timbre: puede ser un único timbrazo urgente, pues ellas siempre van con prisa. Evaristo y Joaquina nunca han entendido cuál es la diferencia entre despertarse a las siete o a las siete y cinco, pero esos cinco minutos más de profundo sueño son para ellas la seguridad de transcurrir un día sin sobresaltos ni malas noticias ni, en general, con noticia alguna. Beatriz, la hija mayor, da tres toques muy seguidos para tener la seguridad de que escuchan, aunque nunca han faltado a la cita con el desagradable telefonillo, y es que ella siempre ha pensado que están un poco sordos cuando en realidad lo que tienen, entre los dos, es un conjunto de enfermedades tales como la hipertensión, osteoporosis, cataratas, piedras en el riñón, artritis, reuma, un herpes en la zona baja de la espalda y la circulación, por descontado, poco fluida. Pero el oído, hasta hoy, está perfecto. Una larga lista de familiares y amigos, cinco o seis en total, que llaman al timbre con alguna continuidad y que ellos identifican. A las doce siempre tocan y Joaquina comenta. ‘’No abras, es el cartero’’, ‘’ el hombre debe hacer su trabajo’’ dice Evaristo, ‘’son recibos y publicidad, y siempre te quejas de que compro demasiado en Venca’’, ‘’habrá que saber lo que pagamos’’, ‘’siempre es lo mismo más un poco más’’. Así las cosas, hace años que no abren una carta.

Entra Buddy resbalando por el suelo, multiplicando sus patas y sus pasos creando un sonido inconfundible de uña contra madera.

-Un día de estos te tira para atrás yoyo- dice la pequeña Alicia mientras Buddy, un westie blanco con un corte de pelo asimétrico que le deja el lomo pelado y unos faldones ridículos, toma posesión de rodillas y muslos de Evaristo.

-Con lo pequeño que es y no puede ser más burro- apostilla Esther.

-Estoy acostumbrado- explica Evaristo- cuando teníamos a…

-Cartucho.

-Sí, era más grande.

-Era un pastor alemán- recuerda  Alicia.

-Con ojos grandes y del color de las almendras.

-Y el pelo muy negro- rememora Esther- Para los que no le conocían daba miedo.

-Eso es una tontería, los perros de antes eran muy buenos, conocían a todos los del barrio…y tenían nombres normales.

-Cartucho es ridículo- comenta Alicia sin pensarlo demasiado.

-Yo lo entiendo…un cartucho es…un cartucho…¿qué es eso de Buddy?

-Es el perro de una película.

-Pero no significa nada.

-Es inglés- afirma la niña.

-Algo significará.

-Es un nombre como aquí Juan, Carlos…

-Juan, Carlos…- repite Evaristo poco convencido.

-Tengo una amiga que tiene un carlino.

-¿Un carlino?

-Parecido a un bull dog, pero más feo.

-¿Y quién quiere un perro feo? Es como buscar adrede una novia fea.

-No sé… En fin – continúa Alicia- le llama Ozzy por un cantante.

Evaristo mira fijamente a la niña un tanto incrédulo, mientras el pequeño westie se sienta y mueve el rabo haciendo un barrido perfecto en la zona posterior a su cuerpo. Esther toma un café: con leche, minuto y medio en el microondas (cosa extraña, en el suyo con un minuto basta)  dos de azúcar, si hay moreno, moreno.

-Tengo que darle su premio- afirma seguro Evaristo.

De un cajón de la cocina saca un currusco de pan de ayer, justo la punta que ya ayer estaba demasiado dura, y lo coloca en una posición estratégica sobre la encimera, a menos de un palmo del borde.

-Vamos Buddy, es tuyo, cógelo.

El perro, evidentemente estresado, salta a por su premio con una pasión desconcertante, torciendo el cuello y cambiando la posición del cuerpo en el aire, hasta que consigue, tras varias intentonas, que éste forme un ángulo perfecto de noventa grados con su cabeza y logra hacerse con el minúsculo trozo de pan.

-Poco regalo para tanto espectáculo- dice Esther.

-Así el perro hace ejercicio.

-Cualquier día se partirá el cuello- asegura Alicia.

-Niña, si este perro chocara de frente con una plancha de plomo lo único que haría sería sentarse y mover el rabo pensando ¿y mi pan?

Muy ufanas madre e hija van al trabajo y al instituto, con Buddy unos pasos más adelante por no sé qué instinto de competición que todo perro tiene y despidiéndose con una caricia en la mejilla de Evaristo. ‘’Adiós’’ , ‘’adiós’’, aunque saben que será hasta mañana, a la misma hora.

Joaquina aparece en el umbral como un espectro pintado al pastel. Se hace un zumo de naranja bien cargado de azúcar mientras Evaristo anuncia su paseo matinal y arrea sus aparejos, ‘’mis tres cosas’’: cartera de cuero añejo, en cuyas grietas ya el negro ha formado simbiosis, con todo lo que el ser humano puede necesitar para un paseo matinal: dinero. Una gorra bien calada que poco deja ver de su cabello plateado, aunque ya es el único lugar en dónde puede vérsele ya que hace años perdió el de la parte superior. Él dice que no fue alopecia sino más bien un traslado, ya que coincidió la pérdida de pelo en la cabeza con el nacimiento de hebras hirsutas en sus hombros. Una mudanza cruel: ‘’He cambiado la calesera por la fedora que, como mi madre decía, es más importante lo de arriba que lo de abajo’’.  Por último, de un paragüero de la entrada aunque en lugar de honor, ase el bastón de madera de sándalo el cual siempre, antes de salir definitivamente a la calle y abandonar la fría baldosa del portal por los fríos adoquines de la calle, lleva a la nariz por la parte intermedia para respirar violentamente, como una dosis de rapé, el aroma asiático del báculo.

‘’Recuerdo un poema que me escribió. El primer verso. Estaba de servicio en Melilla: De sobra sabes que eres la primera… Eso decía…’’ . Joaquina mantiene la radio encendida: no le gusta el silencio. ‘’Por supuesto que no era la primera’’, se dice, ‘’pero qué más da, él piensa que yo creo que sí lo soy’’.  ¿Cómo seguía el poema? Contaba algo de un amor primero, eso está claro. Algo de un río y muchos árboles. Recuerda una araucaria, que luego descubriría en casa de su suegra, bien hermosa, y quizá algún instrumento musical como una flauta o un clarinete… Evaristo era un romántico a su manera: ‘’Todos somos de todo a nuestra manera’’, piensa Joaquina. Lleva su radio hasta el salón, con el volumen casi inaudible, y comienza a buscar en un arcón repleto de papeles amarillos y fotos recortadas, de adornos de dudosa estética y una campana que en la antigua casa servía como aviso para la entrada de cacos y, en general, de la entrada de todo aquel que quisiera, fueran sus intenciones las que fueran. Tuvieron que arrancarla el badajo para no soportar su sonido epiléptico  cada vez que doblaba: era preferible la intromisión o el robo. La rememoración es el mejor rejuvenecedor; es tocar el pasado, ver el pasado, no imaginarlo, no observarlo difuso por la experiencia y por las memorias superpuestas, esas grandes traidoras de los grandes momentos, los grandes paliativos de los momentos malos. Una corbata usada a rayas negras con ribetes dorados, de color burdeos, con el nudo hecho; escrituras de algo, recibos de algo, libros de familia de alguien, cosas sin interés; simulaciones de cámaras de fotos con las instantáneas de algún antiguo lugar de vacaciones incrustadas en su interior, cinco o seis fotos, Joaquina no recuerda ese lugar; unos cubiertos, parecen buenos, pero el óxido ha comenzado a decolorarlos y los bajorrelieves son apenas circuitos de sombras que parecen inacabados; un cenicero; la mecha de un mechero, color naranja, de cuando Evaristo fumaba Pirata; un marco feo. Joaquina encuentra entre todas esas cosas inútiles el legajo de las cartas que Evaristo le enviaba, primero durante el cortejo, luego durante el noviazgo y por último en el servicio militar. Cartas escritas a mano de pocos renglones, con letra un tanto infantil, abultada, pero con unas mayúsculas bellísimas.

‘’Evaristo, en la próxima carta te ruego me escribas en mayúsculas. Hay palabras que tengo que descifrar lo cual disminuye considerablemente el entusiasmo primero con el que comienzo a leer tu epístola. Por lo demás, todo bien.

Un beso, Quina.’’

 

‘’Querida Quina. Mi letra es así. Ya el padre Emilio me avisó, y mi madre y mi abuela. Mi padre no. Haré lo que dices, pero eso disminuirá considerablemente el tamaño del texto. Aunque en Melilla no hay mucho que contar. Si, haré lo que dices.

UN BESO, EVARISTO’’

En todas ellas no faltan las quejas, letanías, ruegos, perdones, agradecimientos, promesas, y todo lo que las cartas de amor suelen contener. Pero un único poema:

 

 

De sobra sabes que eres la primera,

De blanco algodón de azucena.

De sobra sabes que eres la primera,

La rosa más roja del rosal,

De sobra sabes que eres la primera,

El agua por el saúco de la ribera

(Aquí el texto se haya truncado)

 

Joaquina recoge las cosas de vuelta al arcón: fotos sucias, amarillas, tuberculosas; un paquete de tabaco con las letras borradas; el recibo de una gasolinera; tres cordones blancos anudados entre sí; un ladrón; un dni suyo caducado en 1982;un paquete de folios Din A-4; un panfleto de los Testigos de Jehová. Cuidadosamente, después de acariciar sus hojas, guarda las cartas con una ligera goma color carne agrupándolas. ‘’De sobra sabes que eres la primera…’’. Sonríe. La primera importante, eso sí, eso seguro. 

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