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12 min
La rutina es muy jodida
Humor |
13.03.17
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Sinopsis

Un buen día, David se despertó hacía las seis de la mañana como hacía siempre. Su trabajo de agente secreto se había convertido en algo tan habitual que le aburría. Desayunó rápido y fue corriendo a la sede central que se encontraba en medio de un bosque donde la darían la misión que debía completar ese día. Tardaba una hora en llegar en coche, pues era un sitio muy escondido para que nadie encontrara la organización secreta. Nada más verle, su jefe le dio un sobre con su misión.

-Hoy tendrás que asesinar a un espía.

-¿Otra vez? Llevo tres esta semana…

-Es lo que hay. En el sobre se concreta en qué lugares estará y a qué horas. El material que necesites lo tienes en el almacén.

-Está bien-se resignó David.

Estudió un rato los papeles que se encontraban dentro del sobre y decidió que la mejor manera de asesinarlo era cuando fuera a comer a un restaurante. En los papeles decía que le solía gustar estar en la terraza. Esa costumbre iba a ser su perdición.

David bajó al sótano y pilló varios tipos de armas. Tras meditarlo un poco decidió ir al hangar a por un helicóptero, pues sería más fácil dispararle desde el aire. Una vez allí, le dijo a uno de los pilotos que ya tenía trabajo para ese día. Volaron hasta allí y no le fue difícil acertarle en plena garganta pues tenía años de práctica. Se desplomó y el helicóptero dio media vuelta y volvió al hangar.

-¡Qué aburrimiento!-se quejó David amargamente.

Su jefe fue a felicitarle y le invitó a un café.

-Buen trabajo, David. Eres el mejor.

-Me aburro mogollón. Voy a dejar el trabajo.

-¿Por qué? Si este trabajo es muy emocionante.

-Es siempre lo mismo. Me harta. Necesito un cambio de vida, de rutina en mi vida.

-No quiero perderte pero si tanto lo necesitas… ¿Por qué no pruebas a trabajar en la oficina? Es un coñazo pero bueno…

-¿Qué tendría que hacer?

-Llevar las cuentas, hacer balance de la labor de la organización… Chorradas así.

-Me apunto-se alegró David.

Así pues, David fue a trabajar con traje y corbata al mismo sitio pero a hacer cosas bien diferentes. Por primera vez en su vida, fue a la máquina de café a hacer un descanso a la hora de haber llegado a trabajar. Allí se encontraban dos trabajadores oficinistas de la organización. Bebían café de un vaso de plástico pequeño y bostezaban ostensiblemente.

-¿Qué os pasa compañeros?-preguntó David, mientras introducía su moneda en la máquina de café.

-La rutina es muy jodida-dijo uno de ellos.

-¿Qué decís? Este trabajo es genial, si supierais lo que tenía que hacer yo antes…

David les hizo un breve resumen de su anterior cometido.

-Pero si es un trabajo súper emocionante. ¿Para qué te cambias?

-Me comía la rutina, me moría de hacer siempre lo mismo. El ser humano no está para hacer todos los días exactamente lo mismo a la misma hora casi. La vida es muy corta como para hacer algo siempre.

-Eres muy tonto, en serio. ¿Cuánto te crees que vas a tardar en aburrirte de esta oficina?

-Hombre, por lo menos varios años espero. Estaba antes haciendo cálculos con la calculadora y me ha parecido bastante interesante… Además, creo que luego me toca cuadrar balances, que ni idea de qué es, pero suena bien.

Tardó exactamente dos días y tres noches en aburrirse de esa rutina. El tercer día, cogió su coche y decidió dar la vuelta al mundo, pues tenía dinero de sobra, ya que su trabajo de agente secreto había sido muy bien remunerado.

No tenía horarios, ni obligaciones, ni nada. Podía pasarse noches enteras de un martes en una discoteca de Berlín, como hizo, sin preocuparse de nada. Podía perderse en un bosque y pasarse allí varios días conociendo animales y plantas. Podía tener una pelea con unos jóvenes cuadrados y ganar la pelea, aunque no sin recibir magulladuras. Podía enamorarse de tres chicas en un mismo día y en el mismo día darse cuenta de que las tres tenían cosas que no le gustaban, y sufrir el mal de amores entre el desayuno y la comida, entre la merienda y la cena, y entre el primer cubata y el último, estando en medio sus fugaces enamoramientos. Podía fugarse con la mujer de un poderoso duque británico y sufrir la persecución de miles de policías pagados por el contribuyente inglés, sólo para que el duque no fuera objeto de burlas en los medios sensacionalistas londinenses. Podía dormir de día y vivir de noche, podía no volver a ver la luz del sol en mucho tiempo si quería, encerrándose en un hotel hasta la salida de la luna. Podía dar largos paseos nocturnos por París, su ciudad favorita, apenas viendo por donde andaba debido a los pequeños callejones por donde se metía, para conocer hasta el último detalle de la ciudad de la luz, aunque en su mayoría de lugares careciera de ésta. Podía hacer lo que quisiera. Era libre.

Sin embargo, tras un par de años en que hizo todo esto y muchas cosas más, empezó a cansarse de la rutina de no tener rutina. El poder hacer lo que le diera la gana era una rutina que al final se convertía en tediosa. David no sabía qué hacer, pero quería dejar de vivir así. Empezó a entender la frase que le dijeron en la oficina: La rutina es muy jodida.

 

Decidió ir a vivir a algún pueblo pequeño, donde trabajaría de agricultor para ganarse la vida. Quizá viviendo así, con lo que le gustaba a él la naturaleza, no le aburriría la rutina. Pero, la mala suerte quiso que se enamorara de una joven de ese pueblo, que además era de la poca gente allí que no contaba con más de sesenta primaveras, y pudo casarse con ella en la Iglesia del pueblo, donde acudió todo el mundo, pero al no llenarse el recinto debido a la poca población, y al querer que fuera lo más grande posible, ya que era la primera boda en muchos años, llenaron los sitios con lo que pudieron. Las vacas y los cerdos rellenaron bastante bien los huecos de atrás, pero antes de que el cura pudiera terminar de leer un trozo de la Biblia, el olor a la defecación de los animales obligó a pasar directamente a los “sí quiero”.

David quería llevarla de luna de miel muy lejos. Clotilda, que así se llamaba la novia, por razón de una larga estirpe de hacía siglos en que cada dos generaciones de esa familia una de las hijas debía llamarse Clotilda en honor a una primera que hizo grandes cosas por ese pueblo, no estaba tan segura. Nunca se había alejado de los límites de ese pueblo, ni ella, ni ninguna de sus tatarabuelas en siglos de historia familiar. De hecho, era la primera que se casaba con un hombre que no hubiera nacido en el pueblo, pero tras un debate, decidieron que podía casarse con él, pues tampoco es que hubiera muchos más jóvenes por allí cerca.

Al año de casados, Clotilda tuvo una niña, y David se sintió muy feliz. La rutina de agricultor no le hastiaba, pues amaba estar siempre rodeado de naturaleza. Clotilda puso a la niña Hermenegilda de nombre, como su madre, sin consultarlo con David. Al pedirle explicaciones, le dijo que en su familia el nombre de Clotilda se ponía sólo cada dos generaciones. David no se refería a eso, pero supuso que a ese pueblo tan perdido no habrían llegado aún los nombres que se solían usar el siglo pasado y debían seguir utilizando los de hace dos.

Fue entonces cuando David se encontró con otra rutina difícil de soportar. La niña se despertaba gritando y sollozando por la madrugada y no le dejaba dormir. Debía cambiarla de pañal varias veces al día. Darle el biberón. Bañarla. Consolarla cuando se pusiera a llorar, que era casi siempre. Pronto David odió su nueva vida y se entregó a la bebida en el único bar que había en el pueblo. Una noche, cuando sólo quedaba él en el bar, Clotilda fue a buscarle.

-¿Qué haces aquí? ¿Por qué te pasas la vida en el bar?

-Porque la rutina es muy jodida.

-Pues si tan jodida es, no vuelvas a pisar mi casa. No quiero joderte si tanto te afecta.

Clotilda se fue enfurecida, y David entró en una nueva rutina. Uno de sus amigos del bar, Venancio, lo acogió en su casa. Desde las cinco de la tarde, cuando acababa de trabajar en el campo, iba al bar. Se pasaban hasta altas horas de la noche jugando a las cartas: cinquillo, mus, póker…

A pesar de ser el único por debajo de setenta años, David fue bien acogido. Por desgracia para él, no tardó en cansarse de la rutina de jugar a las cartas toda la tarde y noche. Pero si dejaba de jugar Venancio ya no le consideraría su amigo y le echaría de casa. Volvía a estar atrapado en la rutina, y no podía escapar porque se había gastado todos los ahorros en su anterior vida de espíritu libre.

Echaba de menos a Clotilda y a su hija así que finalmente pudo reconciliarse con su mujer y volver a casa. Además, pensó, la niña pronto se haría mayor y no tendría más esa rutina de pañales. Aguantó unos años, pero llegó algo peor. Hermenegilda se convirtió en una adolescente insufrible, y David entró en la nueva rutina de gritos constantes en casa debido a la edad del pavo de su hija. Por más que lo intentaba, David no podía librarse de rutinas insufribles a su juicio, y ya se estaba hartando de todo. Tan cansado estaba, que huyó a un monte cercano al pueblo donde se puso a vivir como un salvaje. En la naturaleza era como mejor vivía.

Un día, tumbado a la bartola, en la copa de un árbol, oyó un zumbido encima de su cabeza. Para cuando se quiso dar cuenta, estaba inmovilizado en un helicóptero, mientras el jefe de su antigua organización, ya completamente calvo y con el rostro lleno de arrugas, le decía que le habían buscado mediante un chip que le insertaron hace años, porque le necesitaban para una serie de misiones. Nadie estaba mejor capacitado que él para hacerlas, le dijo el jefe. Pero David estaba ya muy harto de que no le dejaran en paz. Fingió relajarse para que lo soltaran, pero en cuanto se vio libre saltó y con un hábil movimiento se agarró a una rama para no morir espachurrado contra la hierba.

El jefe juró encontrarlo y David no tuvo más remedio que huir. Utilizó todo el ingenio del que fue capaz para quitarse el chip incrustado en la nuca y para llegar sin dinero ni medio de transporte, a una gran ciudad. Una vez allí, se supo vigilado y constantemente perseguido y tuvo que vivir de incógnito para que no le pillaran. Trabajó de barrendero y cosas por el estilo, esperando que su búsqueda finalizara. No tardó demasiado en cansarse de la rutina de tener que mentir sobre su nombre a todo el mundo. Una noche en un bar, cuando iba muy alcoholizado, le contó la verdad a una chica muy guapa, que resultó ser una trabajadora más de aquella organización. Le atraparon y le llevaron hasta el bosque en el que se encontraba la sede de la agencia secreta. El jefe se reunió con él, para darle el sobre con la misión, que David aceptó, resignado, pues le había colocado otro chip, y este sí que no tenía idea de dónde podía estar colocado. Tenía una ligera idea, pero no se atrevía a arrancarse de allí nada, por un miedo atroz, a pesar de haber sido padre una vez al menos.

-Antes de que le diga qué debe hacer, David-le dijo el jefe-. Dígame, porque ha tenido que escaparse, no lo entiendo. ¿No es suficientemente emocionante este trabajo?

-La rutina es muy jodida, señor.

-Ya, pues de esta rutina ya no se va a poder escapar, David, a no ser que quiera perder lo más preciado que tiene un hombre.

Así David confirmaba donde se encontraba el chip, pero no le servía de mucho saberlo.

Tras indicarle la misión, el jefe se levantó y le dijo.

-El material que necesites…

-…está en el almacén, lo sé. Siempre dices lo mismo.

-Pues en marcha.

David bajó sintiéndose fatal. No podía creer que le fueran a encerrar en esa rutina de nuevo. Tendría que encontrar la forma de librarse de esa rutina. Fue en ese instante cuando se dio cuenta de que estaba harto de la rutina que había cogido de intentar escaparse de la rutina.

-Pues a la mierda-murmuró-. Ya no intentó librarme más de ésta maldita rutina, es imposible.

David comprendió que todo el mundo tiene que aguantar su propia rutina, y lo único que cabía era resignarse. Suspiró y murmuró:

-Puta vida.

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