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12 min
La salvé en la misma muerte
Varios |
25.07.14
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Sinopsis

La salvé de la misma muerte
 
Se me cayeron los dedos de la mano el día de la gran tormenta. Cuando oscureció, salí como cada noche a revivir los momentos de una vida que ya no tenía. Me arrastré como una serpiente saciada a través del fango húmedo y pringoso del bosque al borde del río. Intentando poner este cuerpo sucio y putrefacto en pie, me tambaleé. A duras penas conseguía avanzar una extremidad después de la otra. Ya no hablaba. Hacía mucho que de mi garganta sólo salían sonidos guturales como los de las bestias. Tampoco tenía con quién compartir palabras ni aquello que estaba muy lejos de ser sentimientos. Y sin embargo, aún mantenía la conciencia intacta. Los trozos apestosos que me componían a retales, se desprendían de mí para siempre a cada revés que me daban los días. La nariz, refugio de orugas y gusanos, la perdí a manos de un gato hambriento y salvaje. Lo encontré sobre mí, con los ojos rojos, intentando atrapar lo que parecía ser su única comida. Me zafé de él, torpe y lento, incapaz de arrebatarle ni mi nariz; ni los huéspedes que albergaba. Se oía correr al río y me asomé. Ya apenas veía pero vislumbré el reflejo de mis ojos en el agua, aquellos de los que tanto había disfrutado y que ahora eran completamente blancos, fantasmagóricos, sin vida.
La vida me la habían arrebatado hacía cuatro años mientras bajaba por la escalera de mi edificio, con mis zapatos burdeos, limpios como la patena. Mi traje de firma perfectamente planchado desprendía olor a tintorería. Empezaba a amanecer mientras descendía con pulso firme peldaño a peldaño. Pude saborear el aire cargado de azúcar que subía del sótano de una pastelería. Se podría decir que mis últimos alientos, tal como la conocen los mortales, fueron: ¡Tan dulces!
Olí cómo la tormenta se acercaba. El aire traía consigo un respiro al hedor que ahora desprendía mi cuerpo. Mi piel, marchita y harapienta se quedaba tras de mí al primer rasguño entre las ramas junto con los deshilachados pedazos de lo que en otro tiempo fue un traje de Armani. Las pústulas se amontonaban las unas sobre las otras formando auténticos volcanes por los que se desprendía una lava verde, purulenta. Ennegreció el cielo y se quedó sin estrellas o yo ya no las apreciaba. El viento soplaba con tal furia que parecía presagiar la desdicha de una nueva pérdida. Entonces quiso amanecer el día y en un segundo se volvió a quedar a oscuras. Después de la luz de varios relámpagos escuché el ruido más espantoso que había oído en mi vida, en mi muerte. Peor incluso que los que se escapaban de mis labios. El estruendo se coló por lo que debieran ser mis orejas, ahora dos agujeros sin carne. Retumbó en cada órgano colgado de esta percha por hilvanes sostenidos. Y sentí que iba a morir, si es que eso era posible.
Cayó una gota. Noté su sabor en la boca, en los ojos, en mis huesos deshechos. Después llegaron más luz y más truenos y más gotas y me alcanzó la tormenta. Seguía arrastrándome, babeante y ponzoñoso sobre el barro. Lento. Quería correr, cruzar el bosque y volver al cementerio de Los Palos de dónde había salido pero el temporal parecía tener más prisa que yo y el agua del riachuelo desbordado me engulló, arrastrándome por el sendero de las flores. Naufragué. Como lo hicieran los barcos de madera en otros tiempos. Apenas alcanzaba a oír el gorgoteo de mi respiración ahogada y desesperada, luchando por salir a flote. Una rama se me enredó en el tobillo y dejé de avanzar. El caudal corría rabioso y tiraba de mí. La rama se aferraba a mi extremidad torcida. Sumido en una guerra entre elementos, como pude, levanté la pierna y deslié la maraña. Volví a ser arrastrado por el agua camino abajo a merced de la naturaleza. Rodaba bajo el arroyo a trompicones. Oía los truenos amortiguados bajo el agua y el gorgoteo de mis pensamientos, y el sabor dulce del río me trajo de nuevo el recuerdo de mi inesperado final.
Al pasar por el rellano del segundo olí a tostadas y recuerdo que me dije: “El mundo gira a todas horas, incluso a las seis de la mañana”, cuando cualquier indicio de vida parece un espejismo. Llegué al portal y miré aquellos buzones metálicos, marrones, cotillas de lo que se cuece en las vidas de sus propietarios. Allí estaba mi nombre, en el tercero segunda: Francisco Echevarne Del Molino. Y una placa que decía: "Bufete de Abogados". Nada más asomar la nariz a la calle una brisa fresca me reconfortó, con olor a canela y vainilla. El callejón estaba oscuro, tan sólo iluminado por una farola que escupía una luz anaranjada que más que iluminar anunciaba a los malhechores vía libre para llevar a cabo sus fechorías. No tuve miedo, sin embargo el eco de unos zapatos de tacón retumbando en esa calle sin salida, a mi espalda, me hizo estremecer. No me giré. No quise asustar a quién sin duda era una mujer, que avanzaba unos pasos detrás de mí. Los pasos se hicieron más cercanos, más firmes. Noté que mi corazón se acompasaba a aquellos pies. Notaba el latir en la boca del estómago, cada vez más rápido. El calor me subió a las mejillas. Ardía por dentro. Más calor, más latidos, las sienes me palpitaban. Creí que iba a prender en combustión espontánea. ¿Quién me acechaba? ¿Acaso no era una mujer camino al trabajo la propietaria de aquellos movimientos?  Los pasos aceleraban sin descanso y los míos se convirtieron en zancadas apresuradas. Y luego, se hizo el silencio. Entonces la curiosidad me hizo rotar sobre mis pasos y mi cabeza se encontró con una gran barra de hierro. Vi estrellas arremolinadas sobre mi cuerpo y no alcancé más que a encontrarme con los ojos verdes de mi asesina un instante. Su gesto frío, su pelo largo y oscuro, ella, me había arrebatado la vida. Al caer mi cabeza sobre el asfalto me quedé con el recuerdo de aquellos zapatos rojos, tan altos que me parecieron dos torres gemelas, sin embargo el derribado era yo. No cerré los ojos, pero dejé de ver, dejé de oír, dejé de oler la vainilla y la canela. ¿Qué había pasado? ¿Había sido asesinado por una mujer, sin reproches, sin porqués? ¿Sería este mi desafortunado final?
Otro trueno retumbó en el bosque y la sorpresa hizo que me soltara del tronco que me mantenía a flote. Volvía a estar a merced del torrente. Más volteretas, más agua en los pulmones. Tosí arrojando parte de aquel caldo de hojarasca. Cerré los ojos encomendándome a ese Dios del que nunca creí su existencia. Quise creer que me escuchó y me dio un respiro. Salí despedido hacia un pedazo de tierra firme. Cuando aterricé, seguía notando esa sensación de vaivén de los barcos y me costó un largo rato ponerme en pié. Me sostuve apoyado a un árbol y respiré aliviado. De nuevo un relámpago iluminó el arbolado y pude apreciar un sendero irregular que no había sucumbido al torrente furioso. Lo recorrí, pausado y exhausto. El camino me condujo directamente a Los Palos, ya estaba en casa. Mi tumba quedaba al lado del portón de hierro, oxidado por el paso del tiempo y las tormentas. Suspiré aliviado, aún empapados los girones de tela y piel que se aferraban a mí. Reptaba atravesando la puerta cuando oí un gemido. Me quedé paralizado. Hacía años que sólo escuchaba el palpitar de la vida del bosque y el crujir de las tormentas. Aquello era una voz profunda, de lo que antes había sido un ser humano. Busqué con los ojos a mi alrededor, no vi nada. Aguanté la respiración deseando volver a oírla.
- ¿Hay alguien?- gruñí.
- ¡Aquí, socorro!
El corazón me palpitaba como nunca antes, ni siquiera en vida. Desbocado y con la desesperación del que busca un tesoro me arrastré por el cementerio en dirección a aquel socorro. De nuevo grité:
- Ya voy. ¿Dónde estás?
- No lo sé, no sé... qué es esto, dónde estoy...-La voz sonó con eco, ahogada.
- Ya te veo. ¡Ya te veo!
Llegué como pude contra el viento, contra la lluvia. Pude ver a través de la inmensa cortina de agua la tapa de una tumba que palpitaba. Así mis manos a la tapa de mármol blanco y tiré con fuerza, pero apenas se movió.
- No puedo, está atascada. Escucha, deja de llorar, necesito que empujes hacia arriba ¿Me oyes?- Intenté que mi voy extraña sonara por encima del diluvio que nos acechaba.
- Sí. Sácame de aquí. ¡Por favor, sácame!- lloraba y gritaba aquella voz.
- A la de tres. ¡Uno, dos, tres!
La tapa cedió y cayó sobre mi mano izquierda. No sentí dolor. No cómo se siente estando vivo. Era un dolor fantasma, nacido en las entrañas del alma y no en la propia mano. Tiré de ella y los dedos se me cayeron sobre la sombra que se encontraba bajo mis pies, en un nicho oscuro que desprendía hedor a podrido. La miré, me miró y nos encontramos de nuevo frente a frente, ella, mi asesina de rojos taconazos y yo, de nuevo unidos por el destino. ¡Cómo olvidar a la última persona que viste en vida! La reconocí al instante tan sólo por sus ojos verdes ahora algo desteñidos. El resto de aquella mujer se lo habían comido los gusanos. Alrededor de su cuello tenía una marca violácea y escamosa.
-¡Pero qué demonios eres!
Me miró despavorida y me lanzó al barro encharcado. Pude cogerla de un pie, con la única mano que aún conservaba dedos. Me lanzó una patada en la cara, aullando. Pensé que ya no tenía nariz, qué más daba. Pero siempre se puede ir a peor. Caí en la cuenta entre arañazos y volteretas de que allí donde antes había un ojo, ahora sólo quedaba una cuenca. Busqué con mi media mirada aquél maldito ojo y lo vi brillar en la noche. Allí estaba como un huevo podrido. Tuve que soltarla para recuperarlo y calzarlo en su lugar. Se conectó al instante, como una bombilla y volví a ver. Corrí tras ella no para protegerla, sino para darle de su propia medicina. Corrí y corrí, pero su cuerpo putrefacto estaba más entero que el mío y no conseguía recortar distancia. Se puso la suerte de mi lado cuando aquella materia destartalada y asesina tropezó y cayó a una poza de agua y fango pringoso que se la bebía como arenas movedizas. Mis carcajadas sonoras asustaron a la lluvia, que por fin dejó de caer.
- ¡Ayúdame, maldito! Seas lo que seas.
Más me reía. Estaba en pleno ataque de risa y como pude le dije:
- ¿Sea lo que sea? Muy graciosa. Soy lo que tú me has hecho. Me convertiste en esto la noche que quisiste jugar al béisbol con mi cabeza y aquella barra de hierro. Aquí, Francisco Echevarne Del Molino, para servirla.
Sus ojos se desencajaron y me reconoció. Luchaba con más fuerza mientras el lodo ya se la había tragado hasta los hombros. Gritaba, gemía y lloraba como un animal cazado. Yo, sonreía a mi destino, sintiendo alcanzado mi corazón por la bíblica justicia del ojo por ojo. Entonces caí en la cuenta que ella, mi asesina, había sido mi única compañía en todos estos años y que, si la perdía, jamás sabría el porqué de mi desdicha. Cogí una rama cercana y se la puse en las narices sin mediar palabra. Ya no me reía. Me angustiaba la idea de volver a quedarme solo en aquel mundo. Ella se agarró y yo tiré con una mano, dos pies e incluso la boca. Pudo entonces echar un pie a tierra firme y escapar de aquel pozo frío y turbio.
- Gracias-.Me dijo con la mirada fija.
- Ya no me temes. Lo veo en tus ojos.
- No. Me has salvado la vida.
Solté una carcajada que ella no entendió. Y le dije irónico:
- No puedo salvarte aquello que ya no tienes, princesa. Mírate. Mira a tu alrededor.
Su cara expresaba tal angustia en sus gestos descompuestos que sentí pena por aquella revelación y sentí ganas de consolarla.
 
 
 
 
 

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  • Rortega Poe te voy a llamar a partir de ahora voy a leer la segunda parte a ver como acaba
    Me animé a leerlo al ver el comentario de Pielfría, confiando en el buen criterio de Christian. Y, realmente, mereció la pena. Sin duda, un relato notable, con una historia macabra y original, muy bien planteada y mejor desarrollada. La fuerza visual de las imágenes nos mete en trama y en la piel de los zombis, y los giros argumentales nos mantienen en vilo hasta el casi moralista final: quién a hierro mata...Saludos.
    Macabro, pero de estilo potente. Quiero decir que atrapa, por el tema, algo borroso al inicio y el lector, por ello, desea profundizar y leer más; por la trama, que sorprende al final. Destaco también el estilo narrativo, fluido, de expresiones originales. Vale. Muy buen trabajo a mi juicio. se disfrutó la lectura.
    Perfecto, me esperaré. Y es verdad que hay que explorar cualquier camino. No dejes las poesías, por favor.
    Ah! Aunque el relato contúa un poquito más. He cerrado la historia. La colgaré en cuanto pueda.
    Jajajaj...me alegra que te haya gustado...sigo explorando caminos nuevos.
    Me parece que le has dado una vuelta de tuerca muy bien narrada. Me ha enganchado hasta el final, sintiendo gélidos fríos por momentos. Enhorabuena.
  • Haciendo pruebas ...

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Una yonqui de la escritura. Amante de las palabras y del placer de jugar con ellas.

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