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6 min
La salvé en la misma muerte II
Varios |
28.07.14
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Sinopsis

Me pasé las siguientes dos horas explicándole su nuevo mundo entre lágrimas de rabia y una curiosa ternura que despertó en mí aquella mujer.
— ¿Cómo te llamas? —Le pregunté.
—Manuela—me dijo con cara de asombro.
—Pues bien, Manuela. Un día hace cuatro años yo salía de mi edificio para ir a ver a un cliente al Hospital de San Fernando donde estaba ingresado tras una paliza que le propinaron un par de macarras. Era de noche y olía a canela y a vainilla. Oí ruido a mi espalda y aceleré el paso. El resto no hace falta que te lo cuente porque ya lo sabes. ¿Por qué, Manuela? ¿Acaso te había hecho yo algo?
—No, señor Francisco, en absoluto. Lo que pasó fue que me levanté de madrugada dolorida por los golpes que la noche anterior me propinó Armando, mi marido. No se imagina lo que pueden doler los huesos y el alma después de una cosa así.
—¡Oh, ya lo creo que sí, Manuela!—La interrumpí sarcástico.
—Lo siento tanto. ¿Cómo llegó aquí después?
—Pues lo recuerdo con exactitud. Me desperté como quién despierta de un largo sueño. Estaba oscuro y me sentía el cuerpo dolorido. Me moví en aquel pequeño espacio de mi tumba—le señalé hacia ella—creí que me habían enterrado vivo. Como pude salí al exterior y anduve de una manera me pareció ser más lenta de lo normal. Llegué al bosque con la esperanza de encontrar a alguien. Me moría por contar lo que me había sucedido. Recordaba vagamente aquella última vez que nos vimos. Tardé algunos días en rememorar lo sucedido. A lo que iba, cuando me miré a mí mismo, cuando vi en lo que me había convertido me desmayé. Pasaría allí varios días, no sé, tirado sobre la hierba hasta que me despertó la lluvia. Tuve que descubrir por mí mismo las miserias que ves a nuestro alrededor. ¿Pero dime, Manuela, Por qué nos encontramos ahora aquí?
—Después de aquello, estaba decidida a acabar con aquella situación. No me importaba ir a la cárcel, allí al menos estaría a salvo de aquél salvaje. Él era agente de seguros y salía muy temprano, llevaba su maletín a todos lados con sus iniciales AG gravadas en un lateral. Así que me vestí, esperé a que terminara sus tostadas y bajé tras él vara en mano. Mi marido tenía la misma complexión que usted, ¿sabe? Bueno, por lo menos la que tenía antes. Alto, moreno… Cuando lo vi con el traje y el maletín ardí en cólera. Dejé de pensar y reaccioné sin más. No podía dejar de pensar en aquella paliza y tampoco quise hacerlo, eso me daba fuerzas para… bueno para matarlo.
Me quedé cabizbajo y decepcionado. Espera algo más que una sucia jugada del destino. Esperaba que me contara que en algún momento le arruiné la existencia, que tenía celos de mi vida, qué sé yo. Yo que me creía el rey de la suerte. Desvié todos aquellos tormentos sin sentido que no me llevaban a ninguna parte y le pregunté, con sinceridad:
— ¿Y tú, cómo acabaste aquí?
—Pues como era de esperar. Después de aquello salí corriendo hasta casa. Nadie me vio nunca. La policía interrogó a todo el edificio. Recuerdo que nos reunieron a todos en el hall. Yo estaba muy nerviosa porque todo el vecindario me miraba. Tenía la sensación de que en la cara llevaba la palabra: asesina. Pero nadie dijo nada. La mayoría no me había visto nunca 

porque casi nunca salía de casa. Casi siempre mi marido echaba la llave. Sólo en contadas ocasiones iba a la compra, cuando él lo ordenaba. Solía decirme que le daba vergüenza que viesen lo apestosa que era su mujer y que a la mínima me encontraría zorreando con cualquier vecino de poco monta, porque yo era así. Poco a poco se dejó de hablar de ello en el barrio. Yo dejé darme todas las palizas del mundo desde entonces. Creía que me las merecía. Un día llegó del trabajo, había tenido problemas. Yo le azucé para que me atacara, sabía cómo hacerlo, era tan fácil. No le hice la cena pues no había ido a la compra. Me hizo volar por los aires como una muñeca de trapo. No me levanté. Se sacó el cinturón y me molió a correazos. Me lo colocó al cuello. No podía respirar, eso lo recuerdo. Me notaba cansada y agotada cuando me di cuenta de que no quería morir. En el momento en que creí que ya había llegado mi final saqué fuerzas y le rompí en la cabeza el jarrón de cerámica de su difunta madre. Recuerdo que sonreí al ver sus ojos desencajados. Después de eso recuerdo el sonido difuso de una ambulancia y la voz de alguien que me decía: “Aguante señora”. Supongo que no le hice caso.
Nos quedamos un rato helados tras las confesiones de nuestras vidas y nuestras muertes. El silencio se apoderó de Los Palos. Mientras nos mirábamos los pies o lo que quedaba de ellos, se oyó un estruendo y un grito. Nos preguntamos con la mirada si el otro lo había escuchado también. Asentimos en silencio y nos levantamos de un salto. Entonces sonó otra vez un ruido y una voz lo acompañaba.
— ¡Socorroooooo!—Se oyó.
Otra tumba cobró vida ante nuestros ojos. Nos acercamos, apresurados por ayudar a aquella voz que se desgarraba por momentos. Justo cuando estuvimos delante Manuela, despavorida dio un paso atrás y echó a correr en sentido contrario. Me quedé pensando en los latigazos del destino delante de aquel nicho en cuyo mármol lucía el nombre gravado con letras doradas: Armando Gutiérrez.

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Una yonqui de la escritura. Amante de las palabras y del placer de jugar con ellas.

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