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3 min
La semilla del odio
Reflexiones |
22.07.16
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Sinopsis

A miles de años luz de distancia, encontramos las instrucciones para recrear a aquellos que habitaban aquellos lugares. ¿Tan distintos serían de nosotros?

 

Ni tierra ni cielo moverían a aquel chico de aquel estado. Quien se atrevería a librarle de aquella semilla que le habían implantado en la cabeza a la fuerza. Era el sujeto perfecto. Su personalidad hacía que fuera idóneo para el experimento que un curioso conjunto de compañías llevaban a cabo. Tan sólo diez integrantes conocíamos la existencia de tan horrible prueba.

Solo dos días antes se lo habían introducido y los síntomas del cambio eran más que evidentes. Ansiosos por el conocimiento y el saber obligamos a aquel pobre individuo a someterse a una modificación genética cuidadosamente diseñada que conseguimos adaptar a nuestra especie. A miles de años luz de distancia se estudiaban las ruinas de lo que parecía una civilización más antigua que los propios Dioses y entre torres derruidas y maravillas enterradas encontraron las instrucciones. Claras. Escritas en el lenguaje universal, el lenguaje del conocimiento, el lenguaje de las matemáticas. La descripción exacta de aquello que hacía único a aquellos que habían morado por las llanuras y los bosques de tan peculiar planeta.

El chico ya no parecía el mismo después de la modificación, se le olía el miedo, se refugiaba en la oscuridad de las esquinas de su cubículo cada vez que la luz asomaba por las ventanas. Pero eso no fue lo que nos llamó la atención.

Dentro de su pequeña habitación como es de costumbre y de forma reglamentaría se incluían varias comodidades básicas, una cama donde dormir y una mesa donde comer, pero normalmente también iban acompañadas de algún adorno que aportara algo de vida a los pesados colores de la sala. En este caso, una pequeña planta, no más de un metro de alto, con un tronco verde esmeralda bañado en todo su recorrido por flores de pétalos tan rojos que era imposible apartar la vista.

Al segundo día ya no quedaba nada de ella más que un mástil verde sin flor alguna. Aquel pobre se había pasado horas arrancando uno por uno los pétalos de cada uno de los adornos que la planta lucia como un traje. Por cada porción de vida que arrancaba de su acompañante de habitación, mostraba una sonrisa en su cara.

Y que sorpresa nos llevamos cuando al tercer día, intrigados y alarmados por tal extraño comportamiento vimos cómo, a pesar de las medidas de seguridad, fue capaz de prenderle fuego a aquella pobre criatura y mirar fijamente mientras las llamas parecían alimentar la idea del odio que jamás conseguiríamos extraer de él sin causar daño alguno.

Los genes que alteramos dentro del chico nos ayudaron a ver cómo eran aquellos constructores de tan grandes ciudades y monumentos. Y todos estuvimos de acuerdo en que hubiera sido mejor no haberlo averiguado, jamás.

Según sus propios textos, humanos. Así era como se hacían llamar.

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  • Me gustan los textos con finales así. De esos que te hacen pensar en como somos los humanos y juegan con la idea de que otra raza nos ve de lejos. Saludos y bienvenido a la página
  • A miles de años luz de distancia, encontramos las instrucciones para recrear a aquellos que habitaban aquellos lugares. ¿Tan distintos serían de nosotros?

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