cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

15 min
La sesión de medianoche.
Terror |
07.01.22
  • 5
  • 0
  • 79
Sinopsis

Quién no ha disfrutado en su juventud o infancia de una película en las antiguas salas de cine de butacas rojas y paredes con molduras de escayola. Nos parecía un lugar en el que tomar refugio del mundanal ruido, y disfrutar de dos horas de ocio sin complicaciones. Proyectado en una gran pantalla dónde disfrutar de grandes dosis de aventura, terror o románticos. Pero, ¿y si la sala no es el lugar tranquilo que aparente?

La sesión de medianoche.

—La sesión dará comienzo en breves momentos. Por favor, tomen sus asientos —anuncia una voz grave que retumba por toda la sala.

Se encontraba un poco adormilada y cansada, notaba que le pesaban los párpados. ¿De quién había sido esa maravillosa idea de ir a la sesión de cine de medianoche? A ambos lados se encontraban sus acompañantes: Rosa y Mateo. Compañeros del colegio, de su clase del año ochenta y dos. Hacía tiempo que no los veía, ya que Sara había finalizado sus estudios de secundaria dos años atrás. Sin embargo, encontrarse con ellos e ir al cine le parecía un plan estupendo.

No recordaba quién se lo había propuesto ni qué sala era, pero estaba relajada y tranquila. De aspecto algo antiguo, sobre todo comparado con los modernos cines que estaban abriendo por la ciudad; la sala no era muy grande, unas diez filas, cada una con sus butacas rojas con el asiento plegable.

Sara se fijó en las paredes de la sala: el color blanco se volvía amarillento hacia las esquinas y, si se fijaba, podía ver algunas grietas. Incluso lo que parecían… ¿goteras? Le hizo gracia el mal estado de las paredes, pero al mirar a su alrededor se dio cuenta que el resto del mobiliario no estaba mucho mejor. Sus tres butacas eran las que mejor lucían, las demás filas tenían butacas sin reposacabezas o con el relleno asomando por diferentes roturas y descosidos. 

Sara se dirigió hacia Rosa, que se encontraba a su derecha. 

—Menudo cine tan destartalado. ¿Realmente seguirá funcionando?

Rosa sonrió con expresión dulce enmarcada en su cara redonda. Era una chica algo gordita, Sara recordaba haberse reído de ella en clase. La llamaba «Gordibola» y en alguna ocasión la llegó a empujar por las escaleras. Pero sabía que en el fondo Rosa era buena chica y se alegraba de que ahora quisiera ir con ella al cine. En ese instante las luces se apagaron y volvió la vista hacia la pantalla.

Era extraño, la película parecía ya empezada. No había anuncios, ni créditos iniciales, ni tan siquiera título. Sara prestó atención. Las imágenes le sonaban, ya lo había visto. Quería comentárselo a Rosa y Mateo, pero ambos estaban absortos en la película. Parecía no gustarles, ya que ambos negaban en silencio continuamente.

Sara volvió a mirar con atención las imágenes proyectadas en la pantalla: eran los pasillos de una escuela bulliciosa, alumnos entrando y saliendo de las clases, profesores anunciando los deberes. En ese instante se percató de que faltaba el sonido, tan solo se oía el goteo rítmico del agua de las goteras. Las imágenes cambiaron: alguien clavaba unas chinchetas con violencia en la palma de una mano rechoncha y pálida.

No había sangre, la víctima solo apretaba los ojos con fuerza. Sara no podía dejar de mirar, se preguntaba por qué alguien aguantaría semejante dolor. En la siguiente escena volvía a ver profesores, ahora muy enojados. Estaban riñendo a alguien. De nuevo, Rosa y Mateo seguían absortos en las imágenes. 

La siguiente escena era un antiguo gimnasio escolar. Esta vez parecía que había sonido, se escuchaban unos chasquidos rítmicos cada vez que alguien golpeaba una cuerda contra el suelo de corcho. Había un chico en el suelo, hecho un ovillo boca abajo, con los brazos y las palmas de las manos estiradas ante sí. La cuerda le golpeaba las manos y brazos sin cesar. Con cada golpe, Sara escuchaba perfectamente el estallido de la cuerda. El chico parecía gritar, pero no se le oía. El último golpe, directo a su cabeza, le hizo crujir los dientes.

De pronto, las luces del cine volvieron a encenderse, pero la película no se detuvo. La iluminación era mucho más tenue ahora. Al mirar al techo, Sara se fijó en multitud de pequeños focos fundidos y algunos de los tubos fluorescentes que colgaban peligrosamente sobre sus cabezas. El tono amarillento enfermizo de las paredes se tornaba totalmente negro en algunos puntos por el exceso de moho y humedades.

—Chicos, creo que es mejor irse. 

Ambos seguían negando con la cabeza, pero ante sus palabras, cesaron. Mateo, que se encontraba a su izquierda, sonrió: 

—Cuando tú quieras, Sara. 

Sara miró extrañada a Mateo, no reconocía su cara. Se trataba del chico guapo de su clase, el ligue con el que soñaban todas: pelo castaño claro, piel morena y alto, tenía la mandíbula muy marcada y los labios carnosos. Pero en aquel momento parecía que tenía la cara algo inflamada y lo que parecía una pequeña brecha sangrante en su ceja derecha.

Se volteó para preguntarle a Rosa qué le había pasado a Mateo. Ante su pregunta, Rosa empezó a llorar desconsoladamente, sin hacer ruido. En ese momento, y a pesar de la escasa luz de la sala, se dio cuenta de lo pálida que se encontraba, prácticamente marmórea. ¿Qué le habría pasado?

Se incorporó de su butaca y al instante Mateo y Rosa la siguieron. La sala estaba llena de polvo y basura por donde pisaran. ¿Cómo podía seguir ese cine abierto así? Algunos de los restos de comida y basura parecían moverse, llenos de insectos. Volvió a fijarse en la pantalla, seguía la película. Ahora aparecía una pareja besándose, sabía que habían aparecido antes. La chica era la dueña de la mano que sufría el pinchazo de las chinchetas; el chico, el que soportó estoicamente los golpes de la cuerda. Él era guapo y ella un poco gorda de más. 

Dejó de prestarle atención a la película, no le estaba gustando para nada. Era momento de salir de aquella ruina de cine.

—Vámonos ya. Creo que no debería de estar aquí…

Salieron a un pasillo con un poco de inclinación donde la decrepitud del edificio continuaba hacia ambos lados. La basura del suelo apenas dejaba ver una raída alfombra roja que cubría toda su anchura. Las paredes estaban llenas de marcos destartalados que aún alojaban los restos raídos de pósteres de los últimos estrenos. La luz era aún más escasa en este pasillo. Apenas algunas lámparas parpadeaban de forma mortecina. No había nadie, solo ellos tres.

Miró a sus acompañantes: el pobre Mateo tenía la cara en un estado aún más lamentable que antes. Ahora parecía tener el labio superior roto, con un hilo de sangre; necesitaría muchos puntos. La mandíbula estaba mucho más inflamada y el golpe de la ceja ahora cubría todo el ojo. Con lo guapo que le parecía y lo feo que lo encontraba ahora. Rosa seguía llorando, pero de nuevo sin hacer ruido. Se debía de encontrar muy mal, a su palidez se sumaba el aspecto cerúleo de sus ojos, parecían no albergar vida.

Aunque no conocía el cine, sabía que, si subía el pasillo, llegaría a la taquilla. Y si lo seguía recorriendo hacia abajo, llegaría a la salida a la calle. Decidió ir a las taquillas, se quería quejar para que al menos cambiasen la película. Emprendió el camino con decisión, pisando con cuidado para evitar basura y ratas. Algunas eran enormes, podía verlas escudriñando con sus pequeños ojillos rojos. No la atacaban, pero le prestaban especial atención, sus bigotillos se movían como cuchicheando entre ellas.

A medida que avanzaba por el pasillo, la luz se hacía aún más escasa. Apenas podía ver el final. Miró hacia atrás para ver si sus amigos la seguían. Allí estaban ambos, aunque no parecían muy contentos por acompañarla. Al volver a mirar al frente, se dio cuenta de que ya no podía ver el final del corredor. La oscuridad era total frente a ella, no sabía si el túnel seguía o acababa de sopetón unos pasos más adelante. Entonces notó una presencia, algo estaba frente a ella.

Notó cómo el aire de sus pulmones escapaba para no volver. El pecho se le cerraba y se le erizó todo el cuerpo. Pudo oír claramente una voz grave: «Sabes quién soy». Un frío glacial recorrió su espalda, la voz le era familiar. Sin embargo, la hizo sentir más sola y abandonada que nunca. No quería seguir por ahí. No podía. Tenía que alejarse de aquello.

Sara fue capaz de dar media vuelta lentamente entre la basura. Notaba La Presencia casi en su nuca, era parte de la oscuridad y arrastraba la oscuridad consigo. Sara comenzó a avanzar de nuevo acompañada de Rosa y Mateo. Iban unos pasos por delante, parecía que no les costaba tanto caminar entre los desperdicios. Con cada paso tenía que luchar menos entre la basura, la luz parecía ganar algo de fuerza, aunque cada vez había menos apliques en funcionamiento. Volvía a respirar con normalidad, pero notaba su corazón muy acelerado. 

La Presencia seguía avanzando lentamente, tenían que salir del cine, necesitaba escapar. Volvieron a pasar por delante de la entrada a la sala donde la película seguía proyectándose. Aunque no tenía intención de volver a entrar, se fijó rápidamente en la pantalla: alguien golpeaba con violencia a un chico en primer plano, parecía el mismo que había aparecido antes. Usaban un martillo oxidado que se hundía con cada impacto. 

Cerca de la salida la basura era más escasa, podía volver a ver la alfombra roja del cine y las luces volvían a brillar. Sin embargo, con cada nuevo paso, sonaba un claro chapoteo en el pasillo: la alfombra estaba empapada.

Al acercarse a la salida se dio cuenta de que llovía copiosamente. No le importaba, tenía que salir de allí. Antes de acercarse a la salida, ya estaba empapada y helada. Llegaron los tres a la puerta, al umbral del pasillo y el final de la alfombra roja. Ninguno dio un paso más.

—¿Qué pasa aquí? —Por primera vez Sara se sintió realmente desolada.

La salida desembocaba en una pequeña plaza peatonal con un par de bancos y varios árboles, pero no podían ver nada más allá de donde llegaba la luz del cine. Apenas veían un par de bancos y el edificio en el que se encontraban, después todo era oscuridad. No era la oscuridad de la noche o la oscuridad del mar. Era la infinita oscuridad de la nada.

Sara notó sus rodillas fallarle, perdió el equilibrio y se encontró apoyando las manos en el suelo. Notaba cómo se hundían en la alfombra con una sensación gélida. Parecía querer tragarse sus manos. Miraba con horror cómo sus dedos desaparecían poco a poco en la húmeda espesura roja. De pronto lo volvió a notar, levantó la mirada hacia la negrura del exterior. 

La Presencia estaba de nuevo allí, ante ellos. Ahora lo envolvía todo, la propia oscuridad era La Presencia. Y todo era oscuridad en el exterior. «Sabes quién soy, Sara». Un escalofrío volvió a recorrer su cuerpo. La temperatura era insoportablemente baja y de nuevo sus pulmones volvían a fallar en su misión de inspirar aire. Veía con pavor cómo la espesura avanzaba engullendo la poca luz que emanaba del cine. 

La familiaridad de La Presencia vino acompañada de un sentimiento que le era conocido: la soledad. Nadie quería ayudarla, el único refugio era aquella decrépita sala de cine. Nada más existía fuera de allí. Pero aún podía luchar, todavía podía negarse a caer en la espesura.

Miró hacia los lados y, adivinando su ruego mudo, Mateo y Rosa la ayudaron a incorporarse. Sara se fijó con asco en que Rosa tenía un corte a lo largo de sus muñecas; al menos no sangraba. Entre ambos, tomaron el camino de vuelta a la sala de cine. Sara volvió a respirar, apoyó sus pies de nuevo y fue capaz de caminar por sus propios medios. La cara de Mateo estaba ahora irreconocible: era una pulpa sanguinolenta en la que se podían distinguir los arcos oculares con los globos totalmente aplastados; parte de su mandíbula superior había desaparecido, por lo que la cavidad nasal y la boca formaban un único hueco lleno de coágulos. 

Tenían que darse prisa en llegar a la sala, el único refugio en aquel cine. Podía ver frente a ella que la luz del pasillo terminaba a unos metros de la entrada y la oscuridad era total. Allí la esperaba La Presencia, la misma que la venía persiguiendo amenazadora desde el exterior. La basura le llegaba a la cintura, por lo que apenas podía caminar. Eran Rosa y Mateo quienes tiraban de ella mientras notaba las alimañas de los desperdicios colándose en sus pantalones para mordisquear sus piernas.

Llegaron por fin a la sala donde la única luz provenía de la pantalla. Miró hacia el techo, que se había desplomado en su mayoría, mostrando únicamente oscuridad. Las paredes se habían derrumbado casi por completo, dejando que el espacio negro hiciese suya la sala. Todas las butacas del cine estaban destrozadas, sus restos quemados por el suelo. Solo quedaban tres en condiciones de ser usadas. Tomaron asiento en ellas. Las últimas luces acabaron por fundirse también. La presencia estaba allí, esperando. «Sara…».

Decidió ignorarla y dirigir su atención a la pantalla. En ella aparecía una grabación del cadáver de Mateo, totalmente desfigurado por los impactos del martillo. Estaba muerto. La siguiente escena era de Rosa, de su cadáver rechoncho en la bañera con las venas cortadas. Tan blanca como el azulejo de la pared. No había soportado la muerte de Mateo. Y Sara no los había soportado juntos. 

Pero seguían con ella, a su lado, grises y fríos, mirando la pantalla del cine. Serían sus compañeros en la soledad y negrura infinitas. Le entró sueño, apenas quedaba ya luz en la sala, pero la película seguía. Sara no pudo evitar dejarse llevar y dormir. 

 

17 de diciembre de 1993 – Transcripción de la grabación realizada tras el tratamiento a la paciente Sara Robles Cereijo.

«(…) Tal como se acordó en el comité psicológico, y con total acuerdo de sus tutores legales, se procedió el pasado martes catorce al tratamiento mediante terapia electro-convulsiva. A pesar de la mala fama del “electrochoque”, los avances de los últimos años en esta terapia experimental, así como ciertas innovaciones por mi parte, hacían que el comité tuviera todas sus esperanzas puestas en el tratamiento. Con él se esperaba poder avanzar en la recuperación de la paciente y su reinserción progresiva en la sociedad dejando atrás su conducta extremadamente violenta. 

La primera sesión del tratamiento empezó a las cero horas sin incidencias, acudiendo como público parte del comité clínico. Al trabajar en este horario, hemos conseguido disponer de la potencia necesaria del equipo sin poner la infraestructura eléctrica del centro médico en apuros. Dado que son las horas habituales de sueño de la paciente, hemos notado una mayor activación del hipotálamo posterior en su estado de vigilia, incurriendo en una mayor eficacia del tratamiento.

Como parte de los nuevos desarrollos del tratamiento, se proyectaron en el techo los principales eventos que entendemos que han desencadenado su trastorno psicológico. También se proyectaron las consecuencias de sus fatales actos en sus víctimas. Tras un primer ciclo de prueba, se aumentó la potencia de cada descarga y sus frecuencias. La paciente se puso violenta en este nuevo ciclo, profiriendo todo tipo de insultos y mostrando una inusitada fuerza. 

Tras una cuarta descarga de mayor potencia, Sara… quiero decir, la paciente, entró en un estado catatónico del que parecía salir ocasionalmente. Perdió el control de sus esfínteres y su actividad cerebral cayó bruscamente. Ante los estímulos externos parecía no reaccionar, incluso me dirigí a ella personalmente con contacto físico y preguntándole si sabía quién era, sin mostrar respuesta alguna a los estímulos externos. Tras otro ciclo de descargas de menor potencia, decidí interrumpir el tratamiento hasta verificar la recuperación de la consciencia.

Tras más de cuarenta y ocho horas, la paciente no ha salido de su catatonia. La actividad cerebral se mantiene en mínimos. A continuación, recojo mis recomendaciones para el comité clínico de cara a evaluar próximos pasos en su tratamiento (…)».

 
Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Quién no ha disfrutado en su juventud o infancia de una película en las antiguas salas de cine de butacas rojas y paredes con molduras de escayola. Nos parecía un lugar en el que tomar refugio del mundanal ruido, y disfrutar de dos horas de ocio sin complicaciones. Proyectado en una gran pantalla dónde disfrutar de grandes dosis de aventura, terror o románticos. Pero, ¿y si la sala no es el lugar tranquilo que aparente?

    Continuación del relato Memorias del Pasado, www.tusrelatos.com/relatos/memorias-del-pasado-i

    Continuación del relato Memorias del Pasado. www.tusrelatos.com/relatos/memorias-del-pasado-i

    Continuación de memorias del pasado. www.tusrelatos.com/relatos/memorias-del-pasado-i

    En un futuro lejano, la humanidad se ha recuperado de un evento cercano a la extinción. Un evento que desconocen totalmente, ya que no quedó ninguna pista sobre el mismo. La curiosidad humana, como siempre, arrastró a un explorado a viajar en el tiempo para averiguarlo…

    Cuarta Parte. La resaca.

    Continuación de Memorias del Pasado

    Segunda parte del relato. Nunca estas solo..

Tienda

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta