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7 min
La silla eléctrica (Crónicas de las almas atormentadas 1)
Terror |
28.04.14
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Sinopsis

Un psicópata se encamina a su propia ejecución, no siente remordimientos, pero alguien hará que su muerte no sea como las demás, algo espera para llevarse su alma.

Todo estaba preparado, los policías de servicio, con sus trajes azules y relucientes, se paseaban de aquí para allá, muchos deseaban desenfundar su arma y terminar ellos mismos el trabajo, “un asesino menos”, pero debían controlarse, sabían que tan solo tenían que esperar unos minutos más para que el hombre por el que estaban allí pagase por sus crímenes.
Iban a ejecutar a un sádico criminal, la silla eléctrica ya estaba lista, como un trono que esperase a su rey, un trono de muerte, orgulloso de su función, cualquiera que mirase aquel asiento siempre sentía escalofríos, pero comprendía que si acababas allí sentado era por haber cometido un crimen, y no un crimen cualquiera.
El condenado era Phillips Madsen, un hombre alto y grueso, muchos le habían apodado el gorila blanco debido a su complexión corporal, en el tiempo que había estado en la cárcel, que era mucho, contando todas las veces que había salido y entrado en ella, había causado algunos botines fallidos, muchas peleas, dos asesinatos y muchísimas agresiones a policías.
Se suele pensar que, al verse cerca de la muerte, los reos se arrepienten de sus crímenes, pero en el caso de Madsen no fue así, aquel sádico jamás había mostrado arrepentimiento ni nada que se le acercase, durante años se había jactado de sus crímenes, con especial mención al que le había conducido a aquel lugar.
Hacía tres años que aquel hombre había secuestrado, violado y asesinado a una joven de veinte años llamada Brigitte Wami, una joven de origen haitiano que caminaba desde la universidad a su residencia, tras asesinarla, Madsen había continuado aprovechando su cadáver en el sentido más sádico posible, se había hablado de necrofilia y canibalismo, pero muchos detalles de aquel caso, como las torturas a las que la pobre chica había sido sometida en vida, se habían ocultado por respeto a la familia y para no escandalizar a los que supieran la noticia, pero sin duda, los detalles parecían sacados de la peor película slasher de Hollywood.
Por fin había llegado el día en el que aquel monstruo pagase por sus crímenes.
Ante la puerta, una mujer entró caminando al mismo tiempo que dos policías cogían a Madsen y lo sacaban de su celda.
Los dos agentes de la puerta la dejaron entrar después de deshacerse en halagos hacia ella, no era para menos, aquella mujer era Anne Marie Wami, la madre de la pobre muchacha asesinada años atrás, vestida de negro, su gesto era cabizbajo, había criado sola a su hija y había sobrevivido a ella, algo que, sin duda, era terrible para cualquier persona.
Los dos policías creían que había venido a ver como el asesino de su pobre hija pagaba su deuda, pero no era así.

La mujer, algo mayor, caminó por los pasillos despacio, y con una confianza impropia para alguien que, en cierto modo, no debería estar allí, sabía donde debía ir, buscó una habitación específica en el primer piso y entró, atrancándola por dentro con una silla.
Phillip Madsen iba a ser ejecutado justo en la habitación del sótano que estaba debajo de aquella.
En la habitación casi vacía, donde se guardaban mochos de fregonas y materiales de limpieza, Anne Marie abrió un armario, introdujo la mano en el fondo y saco una bolsa negra de viaje, la depositó en el suelo y la abrió, lo primero que sacó fue una botella del mejor ron haitiano, que dejó en el suelo con cuidado de no romperla, después sacó un pequeño botecito con pólvora y lo dejó al lado de la botella, miró el suelo, como si pensase en algo, y después el reloj que había en la pared.
Faltaba un último ingrediente, el más importante, una bolsa de piel de cerdo donde había una mezcla de ceniza, harina de maíz y café.
En la habitación de abajo, Phillip Madsen fue sentado en la silla, con la cabeza rapada, el alguacil le hizo la pregunta de rigor.
--¿Quiere decir algo?
--El asesino le miró como si le hubiera insultado.
--Si—dijo--¿Algún recado para tu puta madre?
Lanzó una carcajada.
--Que os den por culo a todos—dijo—Al menos disfruté follándome a esa puta aún después de que se me muriera, la muy zorra.
Todos se sintieron asqueados ante aquellas palabras, ahora sí, le ataron las correas y le pusieron el electrodo en la cabeza, y lo hicieron con mucho gusto.
La mujer ya había terminado, en parte, lo que había venido a hacer, en el suelo, con aquella mezcla que había traído junto a la ceniza, dibujó un símbolo que solo alguien que practicase su rito podía reconocer.
Abrió la botella de ron y dio un sorbo, pero no llegó a tragarlo, lo escupió como si fuera un traga fuegos, hacia el símbolo.
--Gran Kalfu—comenzó a decir como si rezase—Aquí tienes un alma que llevarte.
Comenzó a moverse como leves movimientos, bajo ella, el ejecutor bajó la palanca, miles de voltios recorrieron el cuerpo de Madsen, que emitió un gemido de dolor al sentirse electrocutado de arriba abajo.
Se sacudía, pero no podía escapar, los allí presentes sabían que la electricidad estaba friéndole como a una croqueta en una freidora, pero además de eso, el asesino y violador estaba sufriendo al ver ante él una visión tan horrible como el ser que había venido a por él.
--¡No!—gritó en su mente, en la poca que no estaba ya asada--¡Déjame, bestia, no, por favor!
Sin duda, no estaba preparado para aquello, para la muerte si, pero ¿Qué era ese ser? Había venido a por él, a llevárselo, sin duda, era el demonio, o en su defecto el ángel de la muerte.
--¡No quiero!—gritó--¡No quiero!
Pero ya era tarde, había sido un criminal y debía pagar por ello, y el espíritu invocado por aquella mujer, Kalfu, había acudido a por su alma, a partir de ese momento la torturaría por toda la eternidad.
La mujer se movía ahora con movimientos frenéticos, fuera de sí, estaba claro que el ritual había hecho su efecto, pocas veces fallaba, pero ofrecerle a Kalfu un alma tan corrompida como aquella, era algo demasiado atractivo para el loa como para rechazarlo.
Cuando hubo muerto, el médico certificó su muerte, era tan solo un acto formal, pues estaba claro que, con el cerebro, ya pastoso y derretido, que salía por las orejas y nariz del reo, los ojos, uno de ellos estallado como un huevo fresco, y sus tripas derretidas saliendo por su ano, el individuo era ya un guiñapo, no había podido sobrevivir aunque quisiera.
La mujer recogió todo lo que había preparado para el ritual, más por educación hacia los trabajadores del lugar que por otra razón, después, con la bolsa ya bajo el brazo, salió, marchándose por donde había venido.
La practicantes del vudú sabían que una venganza fría podía ser mejor que una caliente, esa mujer había invocado al loa más tenebroso que existía para que hiciera pagar a aquel hombre por su atroz crimen, ahora, aunque sabía que ya nada podía devolverle a su hija, estaba tranquila sabiendo que aquel sádico estaría sufriendo para siempre.

 

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Miguel Ángel Sánchez de la Guía nació en Toledo en 1983, desde joven se interesó por el mundo de la literatura hasta que quiso traspasar la frontera entre espectador y creador y comenzó a escribir. Es autor de la novela de ciencia ficción Thanatos así como de numerosos relatos, muchos de ellos publicados en su blog personal. Es miembro de la Asociación de Escritores El Común de la Mancha, formando parte de su junta directiva, también ha colaborado con varios programas en Radio Quintanar. http://www.lulu.com/spotlight/sanchezdelaguia

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