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10 min
LA SOMBRA CAPÍTULO I
Terror |
12.03.17
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Sinopsis

Un viajero pérdido en el bosque, durante una espantosa tormenta, encuentra refugio en una posada dónde escucha una macabra historia.

                                                        LA SOMBRA

 

 

            Irlanda, 31 de diciembre de 1900

 

            La tempestad sorprendió a Robin Wilford caminando por el bosque. La negrura del cielo precipitó la llegada de la noche. Robin se ganaba la vida como buhonero vendiendo abalorios y hierbas medicinales de pueblo en pueblo. Acudía a las tabernas, a las posadas, a las ferias, a cualquier lugar concurrido para ganarse unas  monedas con las que poder beber y subsistir sus miserables días. Pero en 1900 una terrible hambruna sacudía Irlanda y tuvo que alejarse de las comarcas que frecuentaba en busca de zonas menos deprimidas donde continuar el negocio.

            Aquella noche infernal, muy lejos ya de cualquier paraje conocido, caminaba por una pequeña senda alejada del camino real. Con la llegada del atardecer consideró conveniente separarse de las rutas en las que podía toparse con los carabineros para evitar que lo detuvieran por merodeador. Acostumbrado a sobrevivir dos días con un mendrugo de pan negro y dormir en las caballerizas de alguna posada a cambio de pequeños trabajos, el bosque no era mal sitio para pasar la noche. Sin embargo, la tormenta vino a estropearle los planes. Comenzó con unos lejanos y continuos rayos emitidos por unas opresivas nubes negras,  acompañados de unas gruesas gotas de agua que anunciaban una tempestad gigantesca.  Por primera vez en muchos años sintió el miedo y la soledad.  Anhelaba  encontrar  una luz en el horizonte  que revelara signos de civilización y de compañía.  De pronto se desencadenó una lluvia torrencial que le estaba calando hasta los huesos. La fuerza del viento le arrancó el sombrero de la cabeza, sin que Robin hiciera el mínimo gesto por intentar recuperarlo. A sus espaldas dejaba un inmenso horizonte de oscuridad que le impedía  retroceder.  Apresuraba el paso  a la espera de encontrar un lugar donde cobijarse de aquel diluvio.  Si no podía ser una aldea, un granero abandonado era una opción aceptable.  Agradecía el estrépito de los truenos porque le recordaban que no estaba solo en el mundo. El resplandor de los relámpagos le ayudaba para no perder el  camino cada vez más confuso por efecto del barro.  La marcha se antojaba  por instantes  imposible.  El lodo le obligaba a andar con dificultad. Las botas que calzaba, destrozadas por cientos y cientos de millas recorridas, no evitaban que el agua penetrara en sus pies. Estuvo tentado de regresar al camino real. Pasar la noche en el calabozo era una perspectiva agradable en comparación con lo que le esperaba. Pero era tarde. La cortina de agua y la noche cerrada  imposibilitaban hallar un camino de vuelta. Sin ninguna referencia con la que orientarse corría el riesgo de perderse en ese bosque inmenso y desolado, lo que significaría la muerte segura. Podrían transcurrir semanas sin encontrar una salida. No había otra disyuntiva que avanzar y avanzar por la senda que ya no veía, pero que la marcaba la falta de arboleda.   Decidido a no abandonar la única ruta a duras penas visible, continuó andando aterido de frío y  desfallecido por  un hambre atroz.

            Lejos de amainar la borrasca se recrudecía. Los pensamientos de Robin se tornaron lúgubres. Creyó llegada su hora. Era un hombre joven y fuerte, pero llevaba andadas doce millas y no había comido en todo el día. Las fuerzas empezaban a flaquear. Estuvo tentado de aligerar peso dejando en el camino la mugrienta bolsa en la que guardaba las insignificantes baratijas que comerciaba. Pero abandonar todo el patrimonio era equivalente a varios días de hambre.   De improviso, la luz de un rayo, seguida de un estruendo formidable,  alumbró lo que semejaba un conjunto de casitas. El corazón le dio un vuelco. Se aferró a la vida con todas las fuerzas que era capaz. Con la incertidumbre de si se trataba de una especie de espejismo esperó la llegada de otro relámpago. Sus esperanzas se confirmaron. A unos cientos de metros se divisaba un mísero villorrio. Un pequeño oasis rural dentro de la inmensidad del bosque.  Una alegría salvaje inundó su alma. Su poderosa zancada le llevó en escasos minutos al pueblo.

            Lo que hacían las veces de calles eran torrentes de agua que le cubrían más allá de los tobillos. En ninguna casa se veía luz.  No le importaba demasiado, si las gentes de ese lugar habían emigrado a las ciudades en busca de mejor fortuna, forzaría cualquier puerta. No sería la primera vez.  Sin embargo, no fue necesario. Al lado de una casa en extremo humilde, percibió las luces de una venta. Sin pensarlo un momento se adentró.

 

 

            Temía que estuvieran a punto de cerrar y tener que volver a la tarea de buscar refugio. Al abrir la puerta se extrañó. Le acogieron un calor y un número considerable de gentes que estaban bebiendo y charlando animadamente. La mayoría de ellos eran labriegos y carreteros que después del agotador día de trabajo, acudían a la fonda de “El Cuerno de la Abundancia” para beber cerveza y calentarse al abrigo del hogar que el dueño siempre tenía a punto.   A Robin no se le escaparon las miradas recelosas que sobre su persona recayeron. Un forastero de figura famélica en horas intempestivas no era buen presagio. Pero el estado lamentable que mostraba el recién llegado o la  estatura y buenos puños con que contaba, acallaron cualquier comentario adverso que contra él pudiera realizarse.      

            Fingiendo no reparar en la hostilidad que su presencia generaba, se acercó al mostrador. Por fin  un techo, una especie de burbuja confortable donde no llegaban los azotes crueles de la lluvia y el frío. No era la antipatía que pudieran sentir por él lo que le preocupaba, sino el vacío del estómago y el entumecimiento de los miembros.   Le quedaban unas pocas monedas con las que  pagar un ligero refrigerio. Las sacó de la bolsa que escondía en un doble bolsillo del abrigo y las depositó en el mostrador.  Interrogó al posadero.

            -Vengo de muy lejos y tengo algo de dinero. ¿Qué me servís con esto?

            -Os llega para dos pintas de cerveza, carne seca y manteca de cerdo- respondió el posadero con más amabilidad de la esperada por Robin.

            -De acuerdo. Esperaré junto a la lumbre si no os importa, tengo las ropas empapadas.

            -Enseguida os sirvo. Y dando las órdenes a su mujer para que preparara la cena del forastero, le indicó con el dedo el lugar en el que debía acomodarse.

            El ambiente del local no podía ser más acogedor. El aire, irrespirable en diferentes circunstancias,  lo encontró cálido. La mezcla de humos provenientes de incontables pipas, junto con el olor desprendido por los vinos y alcoholes que consumían los clientes, en lugar de molestarle, le parecieron entrañables. Al servirle la comida la devoró con fruición con el apetito propio de un naufrago y la primera cerveza, que le pareció excelente, la apuró en dos interminables tragos. Con el ánimo repuesto y saciado  el hambre, se dedicó a observar a los parroquianos mientras se deleitaba saboreando la segunda pinta.

            Las miradas de soslayo habían desaparecido y cada cual retomó la conversación que le ocupaba, casi todas relacionadas con la horrible tempestad que seguía en pleno auge. La posada estaba aprovisionada para resistir un asedio. Pese al escaso refinamiento de quienes la visitaban  era fácil observar que los dueños la mantenían en completo orden y mayor limpieza de la que cabría esperar. De las paredes colgaban mil y un artilugios de cocina. Arriba de la barra resaltaba un gran cuerno, tallado en madera, repleto de manjares.  Robin se percató que  a pesar de la humildad de aquellas personas, entre ellas reinaba un ambiente de camaradería envidiable. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, parecían olvidar en aquella fonda las tristes penurias que cada día les traía.

            Un viejo que fumaba en pipa lo que parecía veneno en lugar de tabaco y al que  Robin no le pudo apreciar ni un solo diente, exclamó en voz alta:

            -No recordaba tormenta igual, si parece que vayan a abrirse los cielos.

            -La memoria os falla viejo Tom, ¿acaso no recordáis el día que es?- le replicó una joven del servicio de la posada.

            -Si,- añadió la mujer del posadero que al servir la cena de Robin se había sentado junto a la lumbre. –Hoy es el treinta y uno de diciembre, y la tempestad acude esta noche fiel a su cita desde hace veinte años.

            Como si de una invocación se tratara, las palabras de la posadera causaron el mutismo absoluto en los presentes. Por unos instantes Robin percibió en los rostros desgastados por el sufrimiento, el miedo. Un miedo  irracional  que ellos lo sentían en lo más profundo de sus almas. El momento solemne lo rompió un individuo de rudo aspecto, con una cicatriz que iba desde la oreja hasta el mentón. Se dirigió al dueño de la posada.

            -Señor Morris, nuestro visitante de esta noche no debe estar al corriente de los sucesos aquí ocurridos hace veinte años. ¿Os importaría, una vez más, contarlos  para que todos la escucháramos y el buhonero conociera  la historia terrible que tanto nos atemoriza?

 

            Morris en su juventud había sido marinero y alcanzó en la comarca  cierta fama de narrar historias  por el especial gracejo que empleaba. Casi siempre versaban sobre asuntos relaciones con el mar y los viajes, y en alguna ocasión, sobre leyendas, cuentos de brujas y de fantasmas, pero las adornaba con unos detalles tan interesantes que conseguía captar el interés de quien las escuchaba. Y como las noches en que surgía la posibilidad de relatar un cuento, la clientela alargaba la estancia y consumía  más cerveza, nunca opuso reparo a repetir la historia pues la recaudación bien que lo agradecía.

            -Bueno todos la conocéis de sobra y no sé si al señor puede importunarle mi charla -dijo mirando al buhonero.

            -No, no, contestó Robin. Al contrario, me parece de todo punto interesante. Estaré encantado de conocer qué misterio se oculta detrás de esta tormenta espantosa. Hablad, por favor.

            Un trueno ensordecedor vino en ayuda de Morris. Los elementos iban a contribuir con los ingredientes necesarios para mantener a la audiencia gastando una hora más. Sin que Robin pudiera decir cómo ni cuando, se vio de pronto rodeado de cuantos visitantes tenía la taberna, que se habían arremolinado a su alrededor para infundirse valor unos a otros, abandonando las mesas que anteriormente ocupaban.  El que menos había escuchado a Morris contar esa misma historia innumerables veces y aún así todos guardaban un silencio respetuoso, esperando impacientes que Morris tuviera a bien comenzar.

            - ¿Me escucháis todos si hablo desde aquí?- preguntó el tabernero

            -Siiii- respondió la audiencia al unísono.

            -Bien, empiezo entonces. Morris encendió su pipa.

 

 

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