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18 min
La sombra de la noche cap1 parte 1
Fantasía |
20.05.12
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Sinopsis

Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

Bueno, esto lo escribi mucho antes de las críticas y no hay mejora alguna :P aunque ya me aplico en otras cosas que aquí no voy a publicar. Gracias a todos.

 

 

Capítulo 1 (parte 1)

UNA ESPADA, UNA MALDICIÓN Y LA CIUDAD ENTERA

Cuando el sol salió por el horizonte los campos brillaron con fuerza de vida, esplendidos bajo la brisa otoñal junto al río, sus aguas cristalinas y los peces saltando a contra corriente. Al pie de la montaña, la ciudad se liberaba de su manto invisible, la mirada al Este para que sus calles se enriquezcan con los primeros rayos, la ciudadela de piedra blanca con las torres de Wintong y Cimelez del colegio de magos asomando sobre la muralla que casi alcanzaban competir con los picos más alto de la montaña, cual cubría la retaguardia y obligaba a un ataque directo desde su parte frontal. El campanario del templo al dios Dhaag, señor de las desgracias y la eternidad justo en la plaza principal, con sus escaleras alfombradas con tela de bisonte tintada de azul cobalto con finas líneas en los bordes de rojo fuego, era lo más destacado a primeras horas cuando los pájaros volaban de árbol en árbol cantando pequeñas melodías alegres, persiguiéndose unos a otros desde los portones principales, dónde los goznes ya dejaban caer el puente levadizo de madera hasta el otro lado del riachuelo, hasta el arco de piedra, donde los ángeles esculpidos vigilaban a los visitantes con mirada desafiante, las puertas del palacio. Y los habitantes ya salían para sus quehaceres habituales, debían alimentar a sus familias viviendo en barrios de madera con techos de paja en la periferia, donde los prostíbulos eran pan de cada día, tabernas, herrerías, hornos y cada víspera del trabajo montaban una feria del alimento, para vender pato, pollo, cerdo, hortalizas, coles, manteca, trigo, cebada, levadura, etcétera. La misma se repetía diferentes días en barrios colindantes hasta el palacio, que era un circulo de la alta sociedad, allí estaba los cuartelillos de la guardia y la mayoría de médicos, dentro de palacio residía el señor de la ciudad y entrenaban –además de convivir- los ejércitos. Junto a la puerta Norte se situaba el colegio de magos y a las afueras había granjas y casas de campesinos, atravesando el camino de piedras para alcanzar el templo de Morrhais, rezaban por la salud de todos los habitantes y la buena cosecha.
Desde el Sur venía montado a caballo siguiendo un sendero entre los árboles del bosque, galopaba cortando el aire entre ropas de cuero y un cincho que guardaba un puñal para prevenirse de casos indeseados; desde la primavera pasada el camino se había vuelto peligroso, la ciudad de Hemfrest se construyó demasiado apartada de cualquier lugar, no eran tierras apropiadas para ella y menos para su tamaño, pues podía albergar tres capitales en su interior y aún tendría espacio para otra, por esos motivos, los bosques fueron invadidos por asalta-caminos, bandidos de poca monta, desterrados y toda clase de errantes y ermitaños, asesinos, mafias y secuestradores, la gente iba y venía siendo blanco fácil. Cuando se corrió la voz de la nueva ciudad en los lindes del Desierto Amarillo, creyeron que se convertiría en ciudad sin ley ni orden, el paraíso de los criminales, pero todos se equivocaron. Quién se llama rey de Hemfrest, allá en lo alto en el palacio, sentado sobre un trono de madera de aspecto paupérrimo, no le importó en absoluto cuan quiera pasar o llegar hasta su ciudad, no se dignaría colocar guardias de caminos.
Entró por los portones atravesando el puente levadizo, el caballo relinchó babeante mirando con unos ojos negros como la noche el río. El jinete era un hombre viejo, dio varias palmadas en el cuello del animal para incitarle a continuar. No se sorprendió cuando descubrió que ningún guardia le puso trabas para acceder al interior de la ciudad. Mucho más lejos, parecían darle la bienvenida con los brazos abiertos, penetró en la ciudadela integrándose entre el gentío. Podía ver el palacio al fondo de la calle, era amplia y estaba bien cuidada, sus adoquines se mantenían perfectamente en sus sitios, trabajo de buenos artesanos, la gente no se agolpaba ni peleaban, reinaba la armonía entre sus casas de madera y piedra. Abundaba la comida, la bebida, las risas. El reino en cambio, ajeno a aquella ciudad, estaba sumido en la miseria y la completa podredumbre, habían pasado en alto muchas cosas y, agobiados por fuerzas mayores, la esperanza de vida se reducía a nada.
-¡Jinete! –el hombre gordo vestía una túnica amarilla con una capucha cubriendo la escasez de pelo de su cabeza. Su nombre, Jean Bubbally, no pasaba desapercibido por aquellos con un mínimo de cultura, llegó desde muy lejos en el sur, nunca se lo preguntaron en Hemfrest, fue uno de los más grandes magos del círculo de plata de los emperadores sureños. Cuando se cansó de una vida repleta de lujos, encontró la oportunidad de comenzar de cero en la nueva ciudad junto al desierto, fundó el gran colegio de magia para enseñar a nuevas generaciones su uso. El mensajero real se detuvo por un momento junto al hombre, pese a tener más de cien años no aparentaba más de treinta- Tengo dudas y tu no eres de la ciudad, quisiera saber si es cierta mi premonición, ¿esperamos tormentas esta tarde? Hace un día esplendido, ¿qué has visto mientras venías?
El mensajero miró al cielo, completamente despejado puso en duda las palabras de Jean.
-No he visto ninguna nube. Ahora le preguntaré yo. Vengo a ver al señor de la ciudad, ¿cómo cree usted que seré recibido?
Bubbally se rascó la tripa con un bastón, cual le servía de apoyo.
-En este lugar la entrada es libre. Pero ten cuidado, esta gente es muy recelosa y no aceptarán que infravalores sus posibilidades. Toma mi consejo y arrodíllate ante Devrik cuando lo veas, el señor de la ciudad puede llegar a ser muy terco.
Espoleó al caballo. Jamás se arrodillaría ante un ladrón de tierras.
Solo en palacio un hombre bajo su armadura, con la visera del yelmo mirando a los cielos, se dignó a alzar el brazo, era un hombre recio, su bigote asomaba más allá de sus ojos. Mientras el jinete, que no era más que un simple mensajero se preguntaba si serviría de algo mostrar el sello real después del aviso de Bubbally. “Sólo son salvajes quitándonos lo que es nuestro”, pensó.
-Preséntate jinete, aquí no queremos problemas, así espero que vuestros motivos sean dignos de confianza o acabaréis en los calabozos –dijo el guardia.
El jinete aun tardó unos segundos en tranquilizar al caballo, sediento debido al haber galopado gran parte de la noche por no encontrarse a solas acampado en mitad del bosque.
-Mi nombre es Cassidir de Lenguaquemada, sirvo al rey de Maranar, señor de todas estas tierras hasta las provincias de Mivap al Sur, cerca del Agua Verde, en su nombre traigo un mensaje para el señor de esta ciudad –extrajo de un fardo colgando en un costado del animal un pergamino enrollado y sujeto con una punta de lacre. Tierras y derechos a cambio de lealtad. El rey de Maranar era conocido por simpatizar con cualquiera que pudiera servirle bien o ser de ayuda. 
El guardia frunció el ceño, observó al jinete de arriba abajo sin ver ningún tipo de amenaza en él, era escuálido con aspecto débil, viejo y solo consideró el puñal en su cinto.
-Podéis dejar el caballo en los establos, después me entregaréis ese puñal y uno de mis muchachos os llevará frente al “REY DE LA CIUDAD” –enfatizó para que no lo olvidará.
Cada rincón se apostaba un guardia su vida para salvar al señor fundador de aquella inmensa e iluminada ciudad, parecía saludar los cielos cuando los rayos chocaban contra la invisible cúpula que la protegía; las paredes de palacio se alzaban de mármol blanco, como toda la ciudad, diminutas estrellas azul celeste como puntos en el fondo de una inmensidad blanca, hacía en algunas partes unos remolinos bien estructurados en forma de caracolas, por las noches aquellas estrellas brillaban en la oscuridad, parecía que nadabas por el espacio visitando nuevas galaxias. La bóveda era cristal, un enorme tragaluz y los cristales se sujetaban mediante una estructura de hierro aparentando una especie de sol apagado, en el centro el cristal era azul y reflejaba una estela de mismo color paseándose por el salón del trono, en el suelo una numeración comprendida entre el 1 y el 14, era cuantas horas tardaba el sol en pasar sobre la ciudad, la luz celeste caminaba sobre las horas hasta el anochecer. Tras el trono un cortinaje grueso color esmeralda descendía desde el techo, una espada de plata a manos de un enorme y deformado sapo con una corona, representaba el estandarte de la ciudad. Mientras a lo largo de toda la pared, los frescos sobre la piedra machacada -para hacer relieves- contaba la historia de como se fundó Hemfrest. No le sorprendió en absoluto, como todo, se escribió sobre la sangre de los seres vivos, y con la sangre de los mismos se pintaron aquellos dibujos.
El rey, así lo llamaban. El rey y señor de la ciudad de Hemfrest estaba sentado en su trono, el cuerpo echado hacia delante, apoyaba la frente sobre su puño y a su vez, su brazo en su rodilla. Tenía la otra mano en la cintura, pensando y escuchando. Al lado del trono dos hombres le acompañaban, uno parecía viejo, con arrugas y el pelo cano, sin embargo estaba muy erguido, sacaba pecho mostrando un valor innecesario y su mano sobre la empuñadura de una espada, vestía un jubón metálico y grebas. El otro hombre era más joven, vestía con túnica negra, una capa con el símbolo de la eternidad. Se arrodillaba frente a los tres hombres un niño harapiento, la cara sucia, cortes en sus brazos y alrededor del torso. El niño era demasiado escuálido, no aparentaba pertenecer al mundo de fuera de las murallas del palacio; incluso en el anillo más pobre se podía respirar prosperidad. A su lado un guardia empuñaba una pica al aire, tomaba su posición de escolta, pero no le interesaba lo más mínimo nada de aquello.
-Todos están muerto –decía el niño entre llantos. No miraba al rey, ni a los otros, sus ojos se fijaban en el suelo, mientras su cara se escurría en lágrimas-. Todos están muertos.
-¿Cómo ha podido ocurrir esto? –habló el hombre más anciano- Llevamos casi diez años inspeccionando estas tierras, jamás nos hemos topado con nada semejante a su descripción. Miente.
-¿Ese es tu veredicto? –preguntó el hombre de la túnica- Llegamos sin nada protegiéndolos de los peligros del camino, siempre nos lo estás recordando. Cómo superamos las tormentas del desierto, bajo la calurosa mano del sol, a través de ahogadoras corrientes de fuego transformadas en aire, capaz de matar bestias con su suave aliento ardiente. Este niño y su familia lo lograron.
-¿Me estás acusando? –bramó feroz el hombre más viejo- Yo mismo he hecho esas patrullas y he limpiado esta tierra de asquerosas cosas, cuales soy incapaz de describir. Nada me ha cegado los ojos, he mirado a la muerte directamente y la he desafiado. Lucho cada día defendiendo esta ciudad. No hay nada como lo que él está describiendo. Nada se esconde bajo las montañas.
-¿Y qué hacemos? ¿Lo ignoramos?
“Lo ignoramos” meditó el rey.
-No podemos negar que la protección de las granjas en la periferia de la ciudad están un tanto desprotegidas, en las afueras de la muralla no hay patrullas, siquiera los vigías se preocupan –intervino Devrik, el rey y señor de la ciudad. Miraba al niño con sus ojos profundos bajo los rizos de su pelo negro como el azabache, apenas había sobrepasado los veinte años, pero aunque lo nombraban rey, ninguna corona descansaba sobre su cabeza y sus vestimentas eran más propias de un soldado que siquiera de un noble.
-Tiene razón, mi rey, sin embargo estamos bajos de espadas –objetó el hombre más viejo-. Dentro de las murallas ya tenemos demasiados problemas, cada día y noche las tabernas se llenan de borrachos, robos en los mercados, asesinatos…
-Aún siguen molestándonos toda esa gentuza que piensan mal de nuestra humilde comunidad, echarlos al bosque no ha servido de mucho –terminó el hombre de la túnica.
-Entonces deberéis reclutar más hombres. Habrá castigos a los soldados con patrullas al exterior de la muralla.
-Su alteza, podría ser un poco premeditado, nuestros soldados no aceptarán tales castigos.
-Demasiado acostumbrados a la buena vida –Devrik levantó por primera vez la cabeza para mirar al hombre de la túnica-. Lo harán o comenzaré a ejecutar a vistas de todo el público.
-Aún faltan muchas leyes por escribir –dijo el hombre de la armadura-, somos muy jóvenes como ciudad, no tenemos puestos los objetivos para el reino, la paz de Hemfrest se tambalea sin una autoridad clara. ¿Cómo vamos hacer respetar unas normas que no existen? Ni siquiera conocemos la pena por la deserción.
-Nuestro rey es demasiado bueno… -comenzó el hombre de la túnica.
-E ingenuo –dijo Devrik-. Esta tarde podríamos extraer a los presos de las celdas y ajusticiarlos en mitad de la plaza.
-Nadie lo entendería, ni siquiera tenemos verdugo –dijo el hombre de la túnica.
-Nos estamos yendo del tema sobre este niño –el hombre más viejo dio unos pasos frente al rey y se arrodilló. Sacó su espada y la clavó cogiéndola por la empuñadura delante de Devrik, agachó la cabeza en acto de reverencia-. Yo indagaré las nuevas negras del niño. Esta misma tarde partiré a las montañas con cuatro hombres de la guardia, acamparemos y dormiremos bajo el manto de estrellas si es necesario, si es cierto que ahí fuera hay algo, lo encontraremos y expulsaremos de estas tierras.
El rey miró a los ojos al niño, todo su cuerpo padecía espasmos, mientras tenía los ojos llorosos y se abrazaba a sí mismo.
-¡No! –tanto el hombre arrodillado ante él como el de la túnica se volvieron sorprendidos- Lo haré yo. Necesito quitarme las telarañas de mi cuerpo –el rey se levantó y caminó hacia los portones.
-Pero alteza, ¿cómo va hacerlo? Podría ser peligroso –el hombre de la túnica corría tirando de los faldones de su vestimenta para no tropezar-. No es buena idea… no es buena idea…
Tras Devrik también fue Cassidir de Lenguaquemada junto a los demás. El guardia ofreció su mano al niño para ayudarlo a ponerse en pie, pasaría toda la semana en palacio, los médicos de mayor prestigio tratarían con él para ayudarle olvidar, después tendría que elegir entre unirse a la guardia donde lo adiestrarían hasta su día de mayoría, o formar parte de uno de los cultos a los dioses.
-Es mejor idea que estar sentado en ese trono de mierda. No tengo ni idea de reinar, me elegisteis para este cargo por mi padre, pero no es lo mismo guiar una caravana a través del desierto que gobernar un castillo.
-No tenemos ni idea de como se gestiona un reino –aceptó el hombre con la túnica-, después de las hambrunas y las tormentas de magia, lo más parecido a un reino ha sido la caravana. Intentamos asimilarlo tal y como hemos leído.
-Yo también he leído esos libros –Devrik se detuvo bajo la boca del portón- y esto no se parece nada en absoluto. Por alguna razón hecho de menos la marcha en el camino, sin ningún rumbo, con una vida nómada buscando prados ricos en árboles frutales, pastos y con ríos de agua cristalina, la aurora de la mañana dando la bienvenida con un aire cálido matinal. Odio el sedentarismo.
-Sin embargo decidimos quedarnos en este sitio –dijo el hombre más viejo-, luchamos por esta tierra y tu padre murió por ella, aquel alinderiano nos la ofreció. ¿No fue él quién nos dijo que viniéramos aquí? Ahora tienes un pueblo que proteger, que te quiere.
-¡Que le jodan a la polla de ese jodido alinderiano! Lucho por este pueblo simplemente por que me han elegido para estar aquí. De buena gana cogería mi caballo y saldría corriendo.
Devrik se dio cuenta de Cassidir, le señaló con un dedo desafiante nada más sentir su curiosidad, no recordaba haberle visto entrar en la sala del trono, pero allí estaba.
-¿Quién eres y qué quieres? –frunció los ojos queriendo fulminar al mensajero con su mirada.
-Mi nombre es Cassidir de Lenguaquemada –añadió a la conversación el mensajero con aire de superioridad- traigo un mensaje del rey en el trono de Maranar –el hombre tendió el pergamino lacrado a manos de Devrik, el rey de la ciudad de Hemfrest no malgastó su tiempo en cogerlo, continuó su camino hacia el exterior de palacio. El mensajero se apresuró a espaldas de los tres hombres, hizo un ademán para adelantarlos para cortarles el paso, pero el hombre de la túnica puso la mano para impedírselo.
-No me importa lo que diga tu rey, aquí no nos interesa sus palabras.
-Pero estas palabras…
-Sólo es un ataque contra mi humilde ciudad. ¿Quién fue el idiota qué le dio derecho sobre los lindes del desierto? Llevamos casi 10 años aquí asentados. Nadie vino ha ayudarnos. Luchamos por estas tierras contra caciques monstruosos más parecidos a sapos que a hombres. Y nadie vino ha ayudarnos. Hemos sobrevivido y montado esta ciudad con nuestro trabajo, nuestro esfuerzo; yo tiraba de la soga cuando levantamos las piedras sobre nuestras cabezas, quienes alimentaba a los niños, a los pobres, cuando la gente enfermaba era yo quien buscaba hierbas medicinales, el que rescataba libros y preparaba los brebajes necesarios, el que desafió a los monstruos de las tierras para proteger a mi gente, soy yo quien detuvo al ser de la montaña cual mató a varios de mis amigos. Nosotros conseguimos sobrevivir como un pueblo libre contra todas las adversidades –se detuvo a pies de la escalera, su voz se ahogaba entre los ruidos de las calles, el vecindario rebosaba de vida, elevó la voz para hacerse oír-. ¡Y nadie vino a ayudarnos! A cientos de millas, separándonos los lindes de los bosques, las montañas de la mano, pueblos de arcilla, madera y piedra, campos verdes llenos de maíz, trigo y un montón de lameculos dispuestos a bajarse los pantalones o a abrir la boca para chuparle su diminuta polla, dime. ¿Qué quiere vuestro rey?
La conversación había terminado, el mensajero no insistió, su sola presencia anunció las palabras del rey de Maranar, ya conocía la respuesta de Devrik. Al día siguiente montaría sobre su caballo y cabalgaría de nuevo hasta su rey, la respuesta no le agradaría lo más mínimo, entonces las espadas sonarán y los ejércitos reales alzarán sus estandartes contra la ciudad de Hemfrest.
Pero aquello no importaba, la ciudad resistiría.

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  • Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

    Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

    Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

    Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

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