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16 min
La sombra de la noche cap1 parte 2
Amor |
20.05.12
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Sinopsis

Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

 

Capítulo 1 (parte 2)

Alzó la mano para hacer callar a sus dos hombres, ya estaba cansado de tanta palabrería, le gustaba sentir el aire de la mañana, acompañó con sus ojos al mensajero del rey hasta perderlo entre la multitud. Raudo se marchó a los establos, nadie le siguió respetando los deseos internos de su señor, demasiado tiempo a su lado les había enseñado cuando debían dejarle tranquilo, muchas veces los necesitaba desde la muerte de su padre. Ninguno olvidó jamás aquellos días, Hemfrest era un monstruo con forma humanoide, lo encontraron bailando y cantando en mitad del bosque junto a un pequeño séquito, fue el primero en empuñar la espada de plata que ahora adornaba el cinto de Devrik. Al principio fueron las presentaciones, difícilmente confiaron en aquella aberración, pero les compró con alimentos y cobijo cuando la caravana estaba en su peor momento. Agradecidos por las ayudas, Hemfrest habló de su hermano, tomó el poder suficiente para desterrarlo lejos de su pueblo y después condenó a la servidumbre y esclavitud al resto. La guerra que vino después, ellos no estaban preparados para aquella guerra, pero abandonaron su estado nómada para tratar de encontrar una estabilidad en ese pequeño y joven paraíso. Hemfrest murió, al igual que muchos otros, amigos, hermanos, vecinos y padres. Cuando Devrik recordaba la historia, se encontraba vacío, desesperado y supo que nunca mereció la pena.
El hijo de Erlyier ya comenzó a aprender el oficio en los establos, era un joven fuerte, podía cargar gran cantidad de heno con sus brazos desnudos y Devrik supuso que su brazo sería mortífero con una espada en su mano, pocas personas aguantarían el impacto; una vez trató de ofrecerle a su padre un puesto en la guardia de la ciudad para su hijo, el hombre respondió incómodo, es un oficio peligroso y quería demasiado a su descendiente para perderlo y se negó. Siempre obedecía a su padre, el joven se educó bien dentro del ámbito familiar, pero no podría negarse cuando la ciudad corriera peligro, quizás entonces sea el muchacho quién tome la decisión, para Devrik era un hombre muy desperdiciado, llegaría lejos dentro de las milicias. Erlyier estuvo presente en la caravana, nunca ayudo en su defensa excepto al carromato que su bueyes solían tirar, se encerraba como una comadreja dentro de su toldo, con un cuchillo en la mano rezaba abrazado a su esposa para que las bestias no desgarraran la garganta de cada uno de los guardias y llegaran hasta él. En aquella época Devrik solo tenía diez años y no sus manos ya estaban manchadas de sangre. 
Su caballo siempre estaba preparado para partir, en el momento que fuera y a donde lo quisiera. No se planteó en ningún momento el peligro al cual podría enfrentarse, si la historia del niño es cierta, en los bosques a los pies de las montañas había un monstruo que ha devorado a dos familias de campesinos de las afueras de las murallas.
Abandonó la ciudad, el camino bifurcaba en adelante hacia el bosque, rumbo al sur, mientras uno de tierra daría un gran rodeo por el exterior de la muralla hasta el camino del templo de Morrhais, no siguió ni uno ni otro, su caballo trotó fuera hacía las montañas, con la verde hierba y flores de pétalos blancos con tonos morados acariciando las patas del caballo, el sonido de la corriente del riachuelo era tranquilo y sereno, los peces saltaban y sus escamas plateadas se doraban con la luz, junto al molino de madera donde revoloteaban los pájaros, el aire se respiraba tranquilo y los sonidos de la ciudad ahora estaban muy lejos. Frecuentaban los conejos asomándose y escondiéndose en la hierba, oliendo con sus diminutos hocicos al extraño jinete paseando por aquellos lares, después corrían huyendo de posibles amenazas de ratas de campo, no frecuentaban mucho, los lugareños las descubrieron tan solo unos días atrás y temían una plaga que pudiera afectar a los campos.
En la ribera del lago de los enamorados, la corteza de los árboles había sido arrancada, podía verse huellas de osos y lobos, apestaba a carne podrida. No muy lejos se situaba la hacienda de los Marsers, el niño describió a su manera los gritos de la noche anterior de la muerte de sus padres, desgarradores y estridentes, el horror y el dolor los transformaba en estertores de muerte. Aunque la distancia era grande entre la hacienda de los Marsers y la del niño, él afirmo que las ventanas de sus vecinos fueron cubiertas con rojo sangre, las luces se apagaron y pudo escuchar a la insólita bestia comer. Su montura relinchó en protesta del camino escogido por su guía y jinete, un terror flotaba en el corazón del bosque, y Devrik comenzaba a creer la historia del niño, el bosque aparentaba abandonado, lúgubre. Mientras el cielo se había encapotado, desde el desierto, una tormenta eléctrica se aproximaba a gran velocidad y pronto el mundo se sumiría en sombras.
La sangre aún estaba pegada en las paredes de madera, un camino pegajoso, cómo un sendero directo al infierno, conducía dando vueltas alrededor de la casa; contra un árbol un cadáver despedazado, completamente esparcido, la cabeza sin carne dejaba ver la calavera envuelta en moscas y algún que otro carroñero picoteando los ojos, el resto del cuerpo apenas se identificaba. Cuando Devrik bajó del caballo, el animal se encabritó y luchó alzándose sobre sus patas traseras, consiguió librarse de las ataduras de su jinete, salió corriendo rápido hacia el castillo, maldijo a todos los dioses y los alinderianos viendo a su caballo abandonarle en mitad de un paisaje hostil. Ciertamente, sintió el temor en su corazón, escalofríos recorrían su piel, sus nervios florecieron, tembló desamparado entre los árboles. Puso su mano sobre la empuñadura y extrajo con cuidado la espada, la espada de plata que nunca mella.
Rastreó el suelo, las huellas no humanas se hundían en la tierra, trataba de imaginar a la criatura descrita entre confusiones e incoherencias por el niño harapiento y sucio. Cuadrúpedo, apariencia de lobo, de la carne salían unas especies de cuernos desde la boca hasta la cola, ojos negros como fosos libres de párpados, en algunas partes no tenía piel; un aspecto horrible y además del tremendo tamaño, creyeron que estaba exagerando, debido a la confusión y el shock de ver como aquella criatura destrozaba a su familia ante sus ojos, pero las huellas no mentían y debía ser muy pesada, debía de ser enorme. Se alejaban a trote entre los árboles rumbo al norte.
Moviéndose sobre las raíces de los árboles podía mantener sus pasos en silencio, agudizaba el oído para no ser sorprendido, pero excepto algún que otro mosquito no había ninguna amenaza. Pinchó el barro con la espada, el suelo era blando y podría arriesgarse a hundirse, los gusanos del desierto amarillo cavaban túneles incluso más allá de los bosques buscando topos para comérselos. Después de montar la empalizada alrededor de la aldea, antes de convertirse en ciudad, varias personas murieron en hoyos donde se situaban bocas de gusanos. Se apresuraron en adoquinar todas las calles para crear una capa de protección dentro de las murallas. Criaturas muy traicioneras, él sería un buen bocado sino anduviera con pies de plomo. Al retirar la espada del barro, la suciedad cayó resbalando por el mineral como si éste lo repeliera, quedó tan limpia como antes de pinchar el suelo. Continuó siguiendo el rastro sin detenerse.
-¿Estás buscando setas? –emergió de las sombras de las raíces y Devrik dio media vuelta levantando la espada por encima de su cabeza, podría ser un enemigo letal, pero mucho antes de aquella esclavitud a los pie de la montaña, ellos dos ya eran amigos. Marius fue un muchacho regordete y achaparrado, tuvo el pelo corto, la piel rosada y unos ojos castaños, recordaban de él a un joven que amaba a su hermano más que su propia vida, lleno de ilusiones y muy agresivo con un arma. Defendió la caravana de muchísimas amenazas, cuando la ciudad prosperó fue el primero en presentarse para proteger la nueva empresa entre sus manos. Aquellos tiempos quedaron muy atrás, la imagen del muchacho marchitó y éste ahora es muy delgado, el pelo largo y grasiento, su forma languideció de manera antinatural, estaba pálido y abandonó a su hermano en la caseta donde descansaban después de las guardias- Creía que los reyes no salían de sus bonitos tronos, sentaban su culo sobre ese pedazo de madera hasta que les engordaba tanto que ya no podían levantarse nunca más.
El rey de la ciudad de Hemfrest sonrió. Guardo la espada en su vaina y caminó hasta Marius.
-¿Y tú? ¿Ahora comes ardillas? –ambos dieron un fuerte abrazo.
Profirió una risa siniestra cual se repitió como un eco entre los árboles.
-Intento cazar campesinos, pero alguien se me ha adelantado –dio un vistazo a su alrededor queriendo encontrar algo.
-La guardia encontró a un niño en harapos, estaba asustado y tenía el rostro manchado de sangre seca. Mendigaba en los portones del sur algo para llevarse a la boca. Lo trajeron a palacio para incorporarlo a una educación que le llevaría a la milicia o a los cultos de las deidades, sin embargo, cuando le preguntaron qué hacía sólo y dónde estaba su familia, la historia salida de sus labios contaba horrores, sangre y muertes –Devirk se agachó para volver a mirar una de las huellas y palparlas con la mano-. Hablo de una enorme bestia que devoró a su familia, después de acabar con sus vecinos.
Marius no se sorprendió ante la historia, puso su mano en su barbilla, pensó detenidamente.
-Ya llevo cuatros años moviéndome por este bosque, nunca he visto nada atacar a los campesinos, excepto mis hermanos y yo.
-Puede haber sido uno de tus hermanos.
-No –atajó Marius-. Todos partieron el año pasado hacia el otro lado del Desierto Amarillo, van en busca de una vieja gloria, pero son cosas que nos atañen a nosotros.
-¿Por qué te quedaste? –el rey miró a su viejo amigo.
-No soy el único, unos cuantos permanecemos en el templo para no perder esta posición, hay muchas familias rivales y aunque esta ciudad no es un punto estratégico, sigue siendo nuestra. Sea quién sea tu monstruo, no tiene nada que ver con nosotros.
El señor de la ciudad rio divertido.
-Sólo estaba poniéndote a prueba. Por la descripción y las huellas, es una bestia cuadrúpeda, gigantesca y nada parecido a un hombre –frunció el ceño, miró a Marius-. Esta ciudad no es vuestra, me pertenece a mí.
-No te enfades conmigo, no me interesa tu ciudad ni por esta maldición caída sobre mis hombros, ni como hombre mortal, y menos a sabiendas de cómo las otras familias se filtran entre tus muros y gobiernan a tus espaldas –negó con la cabeza.
-Menuda cosa, ya he acabado con varios de esos hermanos tuyos. Todo lo que puede moverse, ver, respirar, caminar, también puede morir. Aunque tampoco quiero ser dueño de nada. Muchos días deseo huir.
-Menudo gran defensor de la ciudadela –rió Marius.
-¿Acaso no eras tú quién se encargaría de la seguridad de la ciudad?
Un trueno cruzó el cielo con gran estruendo, ambos miraron arriba asustados.
-Eso ha caído demasiado cerca. No me extrañaría nada que los dioses se hayan enfadado con nosotros –dijo Devrik-. Estoy tan acostumbrado a cargarles todo lo malo que pasa en mi vida.
Marius miró divertido a su amigos.
-Hay demasiadas cosas por las que castigarte, pero creo que se trata de una simple tormenta eléctrica. O quizás no, quizás lo que dijo ese hombre… -no terminó la frase, mantuvo silencio mirando al cielo.
-¿Qué hombre? –preguntó dubitativo el rey de la ciudad.
El sonido fue tan estridente que parecía haber estallado en mil pedazos sus oídos, durante un buen rato estuvieron sordos vigilando a todas partes, espalda contra espalda controlaron toda la zona. Caían más rayos, pero lo hacían demasiado cerca. Devrik temió ser sorprendido por el monstruo que venía a cazar, paseó su mirada a un lado y al otro, ni rastro de la criatura, sin embargo otro estallido sonó con más fuerza. De cada rama, tronco y hoja emergían rayos como extensiones del bosque chocando contra el suelo, un árbol explotó en llama y madera a muchos pasos. Ambos sacaron las espadas, aunque no fueron conscientes de ello. El espectáculo mejoró, los rayos cesaron en gran parte y comenzó una lluvia de fuego, hojas quemadas desde la copa de los árboles hasta las flores a pies de tronco. Un apocalipsis nacía para tragarse el mundo.
-Una tormenta eléctrica demasiado antinatural –dijo Marius.
-Estás seguro de que ninguno de los tuyos está relacionado con esto –Devrik zarandeaba la espada de plata delante suya creyendo ver enemigos invisibles.
Una bestia de casi dos metros saltó por encima de ellos. Ambos cayeron de espaldas sin poder reaccionar a tiempo, aquella monstruosidad cuadrúpeda no pretendía herirles, en vez de ellos corría huyendo de algo. De qué. En menos de un segundo se había perdido entre las llamas.
-Esa cosa podía habernos matado en un momento –objetó Devrik. De un salto posó sus pies sobre el suelo y ayudó a su compañero a levantarse, tenía una herida muy profunda en la pierna, alcanzó el hueso y la musculatura se abría como un papel mojado-. Podrás cicatrizarlo pronto.
Marius respiraba agitadamente, cojeó un par de veces cuando trataba de andar, agarrado del hombro de Devrik, lo miró asustado.
-Llevo casi dos días sin comer nada, tengo tanto poder para regenerar mis heridas como tú alas para volar. Maldición, ni siquiera he traído un maldito caballo –después sus piernas fallaron y quedó en el suelo, el rey de la ciudad agachado puso su mano, a modo de almohada, tras la cabeza de su compañero. Marius miró fijamente a los ojos de Devrik-. Escúchame bien. No he venido aquí a cazar como dije, te he mentido… -rio- era una broma.
-¿Qué importa eso? –tiró fuerte de Marius para levantarlo sin conseguirlo.
-¡Escúchame, maldito seas! Olí tu olor desde el templo y vine a buscarte, anoche, un hombre vestía de manera muy extraña. Portaba una piedra muy rara. Jajaja. Todo él era raro.
-¿De qué estás hablando?
-Mencionó algo de un fin del mundo o algo así, quería hablar conmigo… y contigo –Marius empujó a su amigo hasta ponerlo de pie con su sola fuerza-. Ve al templo y habla con él, algo se avecina. Y si no lo entiendes mira alrededor. ¡Mira!
La lluvia de fuego provocó incendios, estos se propagaban y pronto estarían rodeados por un mar de fuego insalvable.
-¿Y tú qué? –grito Devrik con odio en sus palabras.
-No te preocupes por mí, ya me las apañaré. No es la peor situación de la cual he salido. ¡Corre, corre! –gritó con rabia y no paró hasta que el rey de la ciudad de Hemfrest desapareció de su vista. Otra mentira. Llevaba más de dos días sin comer, no tenía fuerzas ni para levantarse. Poco a poco las llamas le consumieron al igual que el bosque se convirtió en columnas de fuego ascendentes al cielo.

A las afueras del bosque, el rey se dio un respiro para contemplar el infierno a sus espaldas, el cielo estaba negro a pesar de ser mediodía. Relámpagos jugueteaban por toda la cúpula celestial, como niños tratándose de atrapar unos a otros. Los fuegos consumían los prados, las aguas se evaporaban, los animales morían y el Desierto Amarillo, empujado por la fuerza del viento, se replegaba sobre si mismo. Tornados invadían el horizonte y una extraña lluvia negra caía a tierra. La belleza se tornaba tristeza. Desde la ciudadela llegaban gritos de horror, no le extrañaba en absoluto que todo el mundo tuviera miedo. El propio Devrik estaba asustado y temblaba de pies a cabeza. Continuó corriendo, deseando volver al palacio a refugiarse, pero no, debía ir al templo y si Marius decía la verdad, aquel hombre insólito del que hablaba podría tener respuestas. Aunque aún no conocía las preguntas exactamente. Otro rayo apenas a unos metros de él, sintió el calor y cuando el sonido alcanzó a la luz, Devrik fue obligado a postrarse sobre sus rodillas. Debía de ser fuerte y avanzar.
De repente el silencio. Volvió a mirar atrás contemplando el fin de toda existencia, como un telón cubriendo el horizonte. Un rayo atravesó de Norte a Sur y una enorme figura se reflejó en la iluminación, tan descomunal que las montañas parecían simples niños. Su sola visión deformó la cara del rey, cual no creía a sus ojos, pero estaba allí y caminaba hacia él muy despacio.

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  • Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

    Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

    Los mundos, tejido entre las manos de los hacedores, cada día se ven amenazados por las sombras que ansían instaurar su propio universo, los avatares antaño protegían la obra de sus creadores, pero ya no, ahora sólo huyen para no volver la vista atrás. Los mundos que conocemos, todos caerán ante la sombra.

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