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4 min
La sombra de un hombre
Suspense |
06.01.18
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Sinopsis

Un criminal peligroso ha huido de una prisión de la cual era aparentemente imposible escapar. El alcaide y el jefe de policía discuten los hechos.

- Y ahora estamos de mierda hasta el cuello.

Joseph, el alcaide de la prisión, caminaba angustiado en línea recta. Se dirigía a la ventana, observaba el patio, daba media vuelta y andaba hacia el cuadro que estaba colgado en la pared opuesta. Llevaba haciendo este movimiento desde que llegó el jefe superior de policía, que se había sentado delante de su escritorio nada más llegar.

Cuando llegó a la ventana por décimosexta vez, se paró a obsevar las diversas torres de vigilancia que rodeaban el patio, y, jugueteando nerviosamente con los botones de las muñequeras de su camisa, dijo casi tartamudeando:

- No lo entiendo. Es imposible escapar de esta prisión. Hay un guardia por cada celda, con una voluntad de hierro y un incorruptible sentido del deber. Luego están las torres de vigilancia, preparadas con focos y francotiradores que tienen la orden de disparar a matar a cualquiera que intente salir sin permiso, sea criminal o no. Y por si fuera poco, la prisión entera está rodeada de kilómetros de agua, y los barcos tienen estrictos horarios de entrada y salida. 

>> Sin embargo, - continuó - ese cabrón lleva desaparecido desde ayer por la noche. Solo encontraron un guardia muerto, una puerta rota y una celda vacía. ¿Y sabes qué es lo peor? Que los francotiradores dicen que no vieron a nadie en el patio. ¡A nadie! Todo el patio entero iluminado durante toda la noche y fueron incapaces de ver ningún fugitivo.

- ¿Conocía usted al fugitivo personalmente? -preguntó el jefe de policía, interrumpiéndole.

El alcaide, extrañado por la espontaneïdad de la pregunta, hizo un movimiento con la cabeza parecido a un "no", y se sentó delante del jefe de policía, el cual no recordaba su nombre.

- No, ni siquiera pude verle la cara. Recibí una orden del gobierno para encarcelar a este sujeto en la más estricta discreción, hace unos tres días. Solamente conozco su nombre.

El jefe de policía se levantó al oír la última palabra pronunciada por el alcaide, y se dirigió al cuadro que había colgado en la habitación. Representaba a un hombre mirando por una ventana a la luz de un farol, que proyectaba su sombra detrás de él, con aspecto malévolo.

Como dos personas distintas.

- ¿Sabe usted de qué era culpable el fugitivo? ¿Si había reconocido su crimen, si se sentía arrepentido o si era un simple loco? - Preguntó sin quitar la vista del cuadro.

- Me dijeron que estaba completamente loco, que le era imposible discernir entre la realidad y la ficción, que ni siquiera sabía el planeta en el que vivía. Eso complica aún más este asunto. Si no sabe el planeta en el que vive, ¿cómo va a saber que se encuentra en una prisión, y cómo escapar de ella?

El jefe de policía tosió un poco, aún sin retirar la mirada del cuadro.

-¿Qué me dijo usted de esta prisión, alcaide Joseph?

-¿Perdone? -contestó extrañado.

-Qué dijo usted de esta prisión, Joseph.

El alcaide lo miró con el ceño fruncido.

-Que era imposible escapar de ella.

-Cierto. -contestó, apartando la mirada del cuadro y mirándole a los ojos.

Al cabo de unos segundos en silencio, sonó el interfono de la mesa del alcaide. Apretó un botón y oyó la voz de un guardia.

-Señor, ha habido un problema.

El alcaide miró al interfono, como si así pudiera escuchar mejor lo que iba a decir el guardia.

-¿Qué tipo de problema?

Se oyó un sonido mecánico detrás del alcaide.

-El jefe de policía, señor. Lo hemos encontrado en el baño.

El alcaide miró detrás suyo.

-Me temo que está muerto.

Una pistola apuntaba a la frente sudorosa del alcaide. Dicha pistola, a diferencia de su objetivo, no temblaba.

-Parece que yo sí recuerdo tu nombre, Joseph.

Un sonido ensordecedor ocupó la sala.

 

Es imposible escapar de esta prisión.

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