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12 min
La sombra del olivo
Suspense |
02.03.14
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Sinopsis

A veces, los actos de maldad persisten en la memoria de las cosas, y viajan con ellas en el espacio y en el tiempo...


( A mediados del invierno, en algún lugar de Galicia, en la provincia de Lugo, cerca del límite con Asturias…)

Como un Atlas apestado y maldito, caminaba encorvado mirando al suelo, llevando sobre sus hombros el peso terrible de una conciencia torturada y un alma condenada por la funesta herencia de una traición.
Una carga insoportable, a la que el transcurrir de los siglos no había restado un ápice de su poder aniquilador, y las vastas distancias recorridas no habían mermado en absoluto su influencia abominable y fatal.

(Dos semanas antes, en el suroccidente asturiano, no muy lejos de allí…)

El afamado arqueólogo estudió brevemente a su rendido auditorio y les lanzó una de sus frases predilectas, parafraseando a un inspirado Napoleón.
- Desde estas viejas paredes, 3000 años nos contemplan.
El grupo de estudiantes de primero de Historia quedó ganado para la causa. Las maneras y la dicción del profesor Lastra consiguieron atraer su atención desde el momento en que comenzó a hablar.
El escenario ayudaba lo suyo. El castro del Chao Samartín estaba enclavado en una pequeña colina. Se accedía al mismo por su cara sur. La escasa elevación del montículo descollaba suavemente sobre los campos de cultivo circundantes. Por la cara norte, sin embargo, el terreno se desplomaba bruscamente en un pedregoso precipicio erizado de robles y pinos.
Situados en la entrada del poblado protohistórico, los novatos universitarios escuchaban absortos la lección magistral del arqueólogo.
Comenzó explicando que lo de los 3000 años no era sólo una frase oportuna ni un ejercicio fácil de oratoria, sino que, efectivamente, los vestigios más antiguos del castro corresponden al siglo IX a.C. Ése fue el primer poblado, construido en la acrópolis de la explanada superior. Creció y se transformó durante los siglos siguientes y conoció su periodo más floreciente durante el primer siglo de nuestra Era, especialmente en tiempos de los emperadores Octavio Augusto y Tiberio. Fue un próspero poblado romano hasta que la fuerza implacable de la naturaleza terminó con él durante el s. II d. C. Finalmente, a comienzos de la Edad Media, se edificó una necrópolis sobre sus ruinas.
Su descubrimiento, a principios de los años 70, fue fruto exclusivo del azar. El terreno en él que ahora se yerguen las paredes circulares de piedras pequeñas y prietas, separadas por estrechísimas callejuelas, era, en aquel entonces, una finca agrícola destinada al cultivo de patatas.
Un buen día de finales de agosto, la reja del arado romano desenterró varios fragmentos de cerámica. Ésa fue la punta del iceberg. Durante dos décadas de excavaciones intermitentes, el poblado sepultado fue emergiendo y desperezándose después de su largo sueño de siglos.
Así, asomaron los profundos fosos, excavados en la roca viva. Constituían el primer bastión defensivo, tras el cual se parapetaban los albiones, primero, luego los celtas, y, finalmente,  los hispano-romanos en el último periodo. Si los potenciales asaltantes superaban las descomunales zanjas, se topaban con una imponente muralla de 4 metros de altura por 2 de grosor, que cobijaba unas dos decenas de viviendas cilíndricas con muros de piedra y techos cónicos de paja.
Las casas castreñas eran de muy reducidas dimensiones. Disponían de una única estancia que hacía las funciones de cocina, comedor, sala de estar y dormitorio. En el centro ardía el fuego del lar. Los miembros de las familia se disponían a su alrededor sentados sobre los bancos corridos adosados a las paredes. Comían pasándose los alimentos de mano en mano y dormían en el suelo en lecho de pieles y paja.
El arqueólogo Lastra les explicaba todo esto al grupo de estudiantes haciéndolos entrar por turnos en el interior de las viviendas.
A continuación, recorrieron en fila india las angostas callejas y ascendieron hasta la torre de vigilancia. Se trataba de una edificación rectangular desde donde se dominaba todo el poblado y sus alrededores.
El profesor Lastra reclamó la atención de los improvisados centinelas hacia una explanada situada en la entrada del pueblo. Les contó que se trataba del ágora, la plaza donde se comerciaba, se debatían cuestiones sociales, se dirimían litigios judiciales, se trataban asuntos políticos y se filosofaba sobre la vida.
Luego se refirió a la sauna y el horno para caldear el agua, situados a sus pies, señalando con el dedo el recorrido de las canalizaciones calefactoras que recorrían todo el poblado. Los estudiantes se sorprendieron ante el hecho de que los habitantes de la última época del castro dispusieran de unos adelantos y comodidades de las cuales carecían las gentes de los pueblos de la zona 20 siglos después.
El periplo histórico terminó en la zona más elevada del recinto, frente a la colosal roca caliza que oficiaba como altar de ofrendas y sacrificios. Se alzaba al borde del precipicio donde eran arrojadas las desventuradas víctimas que habían quebrantado las leyes de los hombres o desatado las iras de los dioses.
Enfrente de la gran piedra se ubicaba la domus romana. Se trataba del último y reciente hallazgo que revalorizaba extraordinariamente la importancia del castro y hablaba de un pasado de pujante riqueza ligado al periodo de ocupación imperial. Cuatro robustas columnas dóricas enmarcaban una amplia estancia rectangular con restos de pinturas murales en las paredes y mosaicos sobre el suelo pavimentado.
El arqueólogo les relató la historia imaginada del “romano y la liebre”, curioso personaje que aparecía retratado en uno de los muros sosteniendo en su mano un hermoso ejemplar de conejo salvaje. La calidad del dibujo y el rico colorido de la imagen la habían convertido en fenómeno mediático e icono testimonial de la poderosa villa romana.
La voz del célebre historiador, henchido de satisfacción como un padre orgulloso de su hijo, se revistió de mal disimulado entusiasmo, a la hora de revelarles a los aplicados alumnos que el hallazgo inesperado de la domus romana, algo inédito en las estructuras castreñas, confirmó la tesis de que el castro fue un poblado muy importante durante los siglos de dominación romana y estuvo habitado hasta finales del siglo II.
A modo de conclusión y epílogo, el profesor Lastra les habló del probable terremoto que provocó la huida despavorida de sus habitantes abandonando la mayor parte de sus pertenencias.  Entre los muros abatidos por el seísmo, apareció un muestrario completo de útiles domésticos, armas y herramientas en cantidad superior a todo lo hallado en el resto de los castros del noroeste peninsular.
Absortos y fascinados, cautivos por la magia ancestral del antiquísimo poblado y la amena y brillante narración del arqueólogo, el grupo de futuros historiadores escuchó, con los ojos muy abiertos y la respiración contenida, la exhaustiva lista recitada por el reputado historiador.
Con voz pausada, grave y solemne, les desglosó un surtido catálogo que incluía varios juegos completos de vajilla cerámica, puñales y lanzas de hierro, escudos de bronce, hachas y aperos de labranza, adornos varios, joyas de singular belleza, y monedas, sobre todo, monedas; Decenas, cientos de denarios y sestercios de plata, y también ases de oro, con la efigie del emperador Octavio Augusto, aparecieron esparcidos por doquier, como si el cataclismo telúrico hubiera sorprendido a los habitantes del castro en plena celebración de un bautizo multitudinario.

(No muy lejos de allí, en la vecina Galicia, dos semanas después…)

Al llegar al pie de la pequeña colina, el caminante atormentado se detuvo y alzó la vista. Allí, en lo alto, crecía el olivo centenario que sus pasos errantes buscaban desde que partiera del hogar, en la gélida madrugada de febrero, bajo la luz de la Luna llena, con una idea oscura y fija latiendo en su mente extraviada.

(En el suroccidente asturiano, dos semanas antes…)

Una vez desatada su curiosidad y elevado el interés hasta niveles estratosféricos, el arqueólogo guio al grupo de universitarios al interior del Museo, edificio anexo al castro, para mostrarles los objetos cuya sola enumeración había logrado entusiasmarles.
El edificio permanecía cerrado por hallarse el encargado de baja. El profesor Lastra tendría que hacer las funciones de guía, sin duda uno de sus trabajos predilectos.
Encontró la puerta abierta y la cerradura forzada. Temiéndose lo peor, se olvidó de sus sorprendidos acompañantes y penetró como una exhalación en el interior del Museo. Allí vio confirmados sus peores augurios. Los ladrones habían destrozado varias urnas y robado su valioso contenido.
Unas horas más tarde, a solas en su despacho, el arqueólogo Lastra realizaba por enésima vez el penoso recuento de lo sustraído. La deprimente lista, no muy extensa por fortuna, incluía tres torques de oro, cuatro puñales de antenas, 2 hachas y un molde para fabricarlas, una pequeña arqueta de cobre conteniendo denarios de plata, dos ánforas de cerámica terra sigillata y un pequeño escudo de bronce.
Algunas de las piezas eran realmente muy valiosas y, en conjunto, se trataba de una pérdida irreparable para el patrimonio cultural, histórico y artístico. Por otra parte, reflexionó Lastra, el ladrón o ladrones habían cometido una supina estupidez, exponiéndose a varios años de cárcel por una acción punitiva condenada al fracaso. En efecto, con la Guardia Civil, la Policía Nacional y hasta la INTERPOL alertadas, los asaltantes tenían muy escasas posibilidades de colocar el género en el mercado negro y nulas opciones de subastarlo por Internet.
Tras el susto y el tremendo disgusto inicial, el profesor se había tranquilizado, confiando en que más temprano que tarde acabarían recuperando las piezas. Le preocupaba, eso sí, que los valiosos objetos resultaran dañados,o se perdieran, si los ladrones decidían deshacerse de ellos al verse acorralados.

(No muy lejos de allí, en la vecina Galicia, dos semanas más tarde…)

El olivo que crecía en la cima de la colina era un ejemplar arbóreo realmente excepcional,con un porte en cuanto a altura y frondosidad muy superior a la mayoría de sus congéneres. Una vieja leyenda explicaba las causas de su portentosa estructura, afirmando que procedía del bíblico Monte de los Olivos y que el mismísimo apóstol Santiago lo había traído hasta estas tierras gallegas y plantado con sus propias manos en lo alto de la colina. Lo cierto y verdad  es que los más viejos del lugar juran y perjuran que siempre lo vieron así, descollando con su colosal estampa, y sus más longevos antepasados llegaban a insinuar que el olivo ya estaba ahí cuando los castros aún estaban habitados.
En ese momento, comenzó a soplar el viento. Las frías ráfagas del nordeste despertaron al árbol.
El hombre continuaba inmóvil, apostado al pie de la colina. Desde allí vio cómo se retorcían las robustas ramas y oyó el susurro de la hojarasca.
El olivo lo llamaba, le tendía sus brazos invitándolo a acercarse, mientras murmuraba su nombre una y otra vez.
Comenzó a ascender la colina.

(En el suroccidente asturiano, una semana antes…)

El lunes siguiente, transcurrida una semana del robo en el Museo, el arqueólogo Lastra recibió una de las mejores noticias de su vida. La Guardia Civil le informó de que habían recibido una llamada anónima comunicándoles el paradero de los objetos desaparecidos. Al parecer, una voz de hombre, ronca y nerviosa, les aseguró que el botín se encontraba en una cueva de los alrededores muy cerca del límite con la vecina Galicia.
Hacia allá se dirigieron, raudas, dos patrullas, acompañadas por el impaciente y esperanzado  arqueólogo.
Los hallaron donde dijera el hombre, dentro de un enorme saco de tela. Lastra emergió de la gruta con la saca al hombro, semejando un exultante y singular Papa Noel.
Sin pérdida de tiempo, extendió una manta sobre el todoterreno y con dedos temblorosos fue extrayendo cuidadosamente las piezas y depositándolas amorosamente sobre el amplio capó. Su rostro tenso se fue relajando poco a poco y comenzó a respirar aliviado al comprobar que no habían sufrido ningún deterioro.
Sin embargo, al terminar de vaciar el saco, arrugó de nuevo el ceño esbozando un gesto de franca contrariedad. Faltaba una parte del tesoro robado.
El arqueólogo consideró que, después de todo, el ladrón había actuado dentro de la lógica y con cierto sentido común. Si él hubiera cometido el robo y de haber tenido que escoger, habría realizado, seguramente, la misma elección.


(Una semana más tarde, en tierras gallegas, no muy lejos de allí…)

El viento del nordeste había cesado. Reinaba una calma absoluta. La noche de febrero caminaba hacia el alba. La temperatura rondaba los cinco bajo cero. Como un descomunal y horrendo fruto, nacido fuera de temporada, el cuerpo del hombre oscilaba suavemente, ahorcado en una de las ramas más altas del árbol.
A la vera de la sombra del olivo, yaciendo sobre el suelo helado, refulgían 30 monedas de plata.
                                                                 

                                                                FIN

 

 

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  • Este relato forma parte de la ANTOLOGÍA de tusrelatos.com este es el link: http://www.tusrelatos.com/relatos/antologia-de-tusrelatos-dot-com-tienes-un-buen-relato-que-mas-gente-deberia-leer
    Un relato que entusiasma por su didáctica en todos los sentidos, tanto en el plano académico propiamente dicho como en el narrativo. Muy interesante ese desdoble del relato para seguir al momento el desarrollo de los acontecimientos.- Un saludo
    Una magistral clase de historia romana con matices de suspende incluidos!Las acotaciones temporales refrescan agradablemente la lectura, dándole un punto de originalidad y misterio. El detalle final incita a rememorar una maldición de hace más de 2000 años y pone en juego la "justicia divina" como castigo ejemplar. Un saludo!
    confuso y rebuscado
    Implacable relato, magníficamente entrelazado el argumento y la historia con un matiz final lóbrego! Soy narrador y sé reconocer cuando algo está perfecto! Excelente!
    Imponente relato con la dificultad añadida de los saltos atrás y adelante en el tiempo, que has solucionado con la maestría habitual, un saludo.
    Un relato fascinante con un sorprendente final. Me gusta mucho tu estilo, manteniendo el interés durante todo el relato. Me he sentido como los estudiantes que acompañan al arqueólogo,recibiendo una clase magistral de historia sobre los castros asturianos. Sinceramente es un grato placer leerte, más del que se expresar en estas líneas. Un abrazo
    No hemos ya acostumbrado a tu estilo, porque cuando se te lee, se disfruta: pulido, claro, fluido. Me atraen esos saltos temporales dentro de la nanrración. Atrapante es así mismo el hálito triste, arrollador, casi macabro cuando se refiere al personaje que, niexorablemente, condicionado por la maldita conciencia, a veces, se acerca lentamente a su epílogo, a su olmo. ( mi árbol preferido, por cierto). Mantienes, gracias a este personaje, el suspense tittilando que, como una flor, abre sus pétalos negros al final. Ese final que, al menos a mi, por su simbolismo, por su fuerza estilística, me fascina...Un abrazo Paco, fue un placer.
    Un relato sustancioso e ilustrativo, y muy bien ambientado, propio de ti. Solamente me resulta descolocada la observación sobre la ancianidad del árbol. Es razonable pensar que el que acudía a él no necesitaba recordar ese aspecto. Habría hecho falta algún otro profesor, o destacar su longevidad solo después de descubrir el cuerpo del ladrón bajo su sombra. En definitiva, alguien distinto del co-protagonista. Saludos.
    Me ha gustado mucho tu relato, por lo que cuentas y por cómo lo has contado, combinando con el trasfondo histórico y evangélico universales humanos, como la codicia y la conciencia. Me ha parecido muy interesante. Un saludo
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    Era su primera jornada de caza...

    No existe en el planeta Tierra, ni aun en la inmensidad del Universo, fuerza alguna con la que se pueda comparar.

    Feliz Día de San Valentín.

    Y para terminar, una singular jornada de caza, muy menor...

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