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12 min
La sombra del otro
Suspense |
16.11.13
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Sinopsis

Un extraño ser aparecerá justo cuando se produce un asesinato...

Ricardo abrió los ojos y se encontró con una imagen caótica. Tardó varios minutos en recomponerse y, tras un considerable esfuerzo, se incorporó.  Por lo visto, había pasado la noche durmiendo en el sofá, pero no recordaba la razón (si es que había alguna). De todas formas, no tenía demasiado interés en averiguarla, puesto que lo que había delante de él lo tenía más inquieto. Mirara donde mirase, su casa estaba patas arriba. Había latas de cerveza desperdigadas por todo el salón, así como botellas de whisky, bolsas de patatas fritas, revistas, restos de comida y alguna otra porquería más que no pudo identificar en ese momento. Él mismo estaba rodeado de desperdicios y se dio cuenta de que había dormido con un mugriento periódico de almohada.

Se levantó con dificultad y se dirigió a la cocina intentando esquivar la inmundicia que se acumulaba por todo el suelo. Cuando por fin llegó, tras haber tropezado con algún chisme que no había podido ver, y haber estado a punto de caer de bruces, encendió la televisión y se dispuso a prepararse el desayuno.

<<…desequilibrios económicos que se manifiestan en cuestiones como el alto nivel de paro y de deuda pública…>>

<<Joder, siempre con lo mismo>> Se dijo Ricardo. Cuando terminó de engullir los cereales, algo rancios por cierto, dejó el cuenco en el fregadero, que ahora acumulaba un castillo de platos que mantenían milagrosamente el equilibrio, y se dirigió al baño. Necesitaba lavarse, vaya si lo necesitaba.

Primero llenó el lavabo con agua fría para sumergir la cara, algo que solía hacer para despejarse. Cuando se incorporó, buscó a tientas una toalla, y tardó bastante en dar con ella. Estaba en el suelo y, aunque tenía manchas de todo tipo, la utilizó para secarse por encima. Total, ahora se ducharía.

Entonces vio algo. Primero con el rabillo del ojo, pero luego algo más. Fue cuando se había mirado al espejo. Al principio, sólo se había visto reflejado él mismo: realmente, estaba bastante desmejorado. Barba de varios días, pelo andrajoso, ojeras…Sin embargo, al prestar más atención vio algo más. Una especie de sombra estaba levantándose a sus espaldas y lo más aterrador era que tenía forma humana. Era como un hombre sin rasgos, sin piel…o como si su propia sombra estuviera tomando vida. Pero no era su sombra.

Se giró rápidamente, pero no había nada. Su imaginación, debía de haberle jugado una mala pasada. O bien, la noche anterior debía de haber bebido más de la cuenta, entre otras cosas porque no recordaba nada, y pudiera ser que el alcohol estuviera dando sus últimos coletazos. De una forma u otra, decidió dejarlo pasar, y se metió en la ducha.

Pero poco después de abrir el grifo, casi al unísono, le pareció oír unas voces que provenían de alguna parte de la casa. Cerró el grifo de nuevo, y se asomó tímidamente a través de las cortinas. Pero no vio nada y, tras unos segundos, desechó la idea. Aquella mañana se había levantado imaginativo, después de todo.

Una vez terminado el reconfortante baño, se enredó la toalla al cuerpo, cruzó el salón y fue a su cuarto a buscar algo de ropa. Lo que encontró le hizo pegar un grito. Sobre su cama, había varias prendas de ropa ensangrentadas.

<< ¿Pero qué coño…?>> Asustado, Ricardo echó un vistazo alrededor de su habitación. La sombra, las voces…y ahora esto. Lentamente, abrió su armario. Ciertamente, no esperaba encontrar a nadie allí. Era más que nada para tranquilizarse. Ya encontraría alguna explicación al asunto de la ropa, pero de momento, quería calmarse un poco. Todo iba de mal en peor desde que había abierto los ojos.

Salió de su habitación y cerró la puerta tras de sí. Dio un profundo suspiro y cerró los ojos con fuerza. Lo único que escuchaba eran los latidos de su corazón y la reportera de las noticias de fondo, hablando sobre alguien al que, al parecer, habían matado. Como diría su exmujer: <<La pongas a la hora que la pongas, siempre son malas noticias>>

Echó un vistazo a la televisión, donde en ese momento aparecía una fotografía de la víctima. Al parecer, tenía una orden de alejamiento de su pareja y se sospechaba que se trataba de algún tipo de venganza o ajuste de cuentas.

De repente, un extraño ruido procedente de su habitación, lo despertó de su ensimismamiento. En un último instante, habría jurado que aquella persona que mostraba la televisión le resultaba familiar. Pero no tuvo más tiempo para darle vueltas, ya que el extraño sonido iba acrecentándose. Ricardo abrió de nuevo la puerta de la habitación y entró, ahora más asustando que nunca. La ropa seguía en el mismo sitio que antes. Una camiseta negra de Guiness y unos vaqueros desgastados, ambos manchados de abundante sangre. El ruido parecía proceder de debajo de la cama, y era como un sonido de arrastre. Como si de una de sus peores pesadillas se tratara, algo empezó a dejarse ver allí abajo, y se estaba moviendo. Primero una mano, luego un brazo…alguien se estaba arrastrando hacia fuera y, mientras lo hacía, miraba directamente a los ojos de Ricardo. Éste, petrificado por el miedo, no consiguió emitir ni el más leve de los suspiros; tenía la garganta completamente cerrada.

Aquel ser terminó de salir de allí debajo, y se incorporó lentamente, sin esfuerzo, sin dejar de mirar ni un instante a Ricardo. Y tenía una sonrisa en la cara, que resultaba de lo más escalofriante.

    - Me has pillado – Dijo el desconocido. – Lo siento amigo, pero anoche hice algo malo, y ahora me están buscando.

Y entonces, ocurrió algo que superó todos los límites de Ricardo. Hasta el punto que le hizo perder el conocimiento. El ser se acercó a él lentamente, mientras abría la boca de una manera desmesurada, una boca negra como un túnel, y emitía un chirriante grito ensordecedor. En el último instante antes de perder la conciencia, Ricardo supo que aquello no era humano.

Cuando despertó, se encontró completamente desorientado, algo que venía sucediendo últimamente. No recordaba con claridad lo sucedido, tenía algunos retazos en su memoria, pero en ese momento, el simple hecho de pensar, le producía unos dolores tremendos de cabeza. Echó un vistazo a su alrededor, y se dio cuenta de que estaba en una habitación completamente blanca, rodeado de máquinas a las que, por cierto, estaba enchufado. Un hospital, sin duda.

Al instante, dos sombras se abalanzaron sobre él. Como ya no tenía fuerzas ni para mover un solo musculo, se dejó llevar. Que pasara lo que tuviera que pasar. Sin embargo, no pasó nada. Eran dos hombres, normales y corrientes. Y parecían tener interés en verlo vivo. <<Buena señal>>

Se presentaron como el agente Castañeda y el agente Torres, dos policías que habían estado aguardando durante horas a que se despertara. Según decían, tenían varias preguntas que hacerle. Ricardo no entendía nada, pero accedió: en ese estado, no encontró ninguna otra alternativa. Al principio se interesaron por su salud, se ofrecieron a traerle cualquier cosa que necesitara e incluso a echar una moneda para que pudiera ver la televisión mientras conversaban. <<Nada de televisión. La pongas a la hora que la pongas, las noticias siempre son malas>>, pensó Ricardo. Pero poco a poco, los dos agentes comenzaron a hacerle preguntas menos amigables. Que dónde había estado dos noches atrás, que si tenía algún motivo para lastimar a alguien…

    - Pero, ¿de qué me estáis hablando? – Preguntó Ricardo con un hilo de voz. ¿A qué venían todas esas preguntas personales? Fueran lo que fueran, no tenían derecho a hacerle esas preguntas cargadas de insinuación, cuando él ni siquiera sabía cómo ni cuándo había llegado allí.

Entonces, uno de los agentes, le enseñó una foto. Y eso le hizo empezar a recordar detalles de la noche anterior. Aquel hombre que le estaban mostrando, era el mismo que había visto por televisión. Ese al que habían matado. ¿Sería posible que lo culparan a él del asesinato? No se lo podía creer, estaba completamente indignado.

    - Señor…- El agente Castañeda hizo una pausa para mirar su nombre en la libreta que colgaba de la camilla – Martín. Tenemos indicios para pensar que usted podría haber tenido algo que ver en todo esto. Éste hombre tenía una orden de alejamiento contra la que fue su mujer hasta hace unos meses…

Ricardo dio un sobresalto. Su mujer le había pedido el divorcio hacia casi un año, después de varios de declive matrimonial. Por supuesto, había sido idea de ella; él la había querido siempre y había intentado arreglarlo por activa y por pasiva. Pero ahora sabía la razón principal de que ella quisiera acelerar los trámites del divorcio: había alguien, y ese alguien había sido asesinado.

    - Agentes…entiendo vuestras sospechas – Comenzó a decir Ricardo – Pero pensar que yo maté a ese hombre por celos es de locos. Para empezar, perdí la comunicación con mi exmujer a partir de firmar los papeles del divorcio.

 

    - No nos está diciendo la verdad – Saltó el agente Castañeda, que era el que parecía estar al mando.- Sabemos a ciencia cierta, y podemos mostrárselo, que su mujer la llamo ésta misma semana.- Ricardo abrió los ojos de par en par – Tranquilícese…no tenemos el contenido, pero sí el registro de llamada.

Era cierto. Ahora comenzaba a recordar. Su mujer le había llamado varias noches atrás, bastante alterada. Habían hablado durante casi una hora y, finalmente, Ricardo había conseguido tranquilizarla. Sintió mucha nostalgia, pero no se lo hizo saber a su exmujer. Sin embargo, eso no probaba que él hubiera matado a aquel hombre. Y eso fue lo que intentó hacerle ver a los dos agentes, durante varias horas, pero ninguno daba su brazo a torcer. Finalmente, se le vino a la cabeza el extraño suceso del hombre que había aparecido de debajo de su cama. Hasta ahora, su mente había estado demasiado ocupada para recordar aquello, pero ahora parecía tenerlo grabado a fuego en su cerebro. Primero la sombra, luego las voces, y luego aquel ser repugnante con aquella sonrisa malévola…Comenzó a relatar el suceso a los agentes y, pese a que ambos se miraron con incredulidad, no dejó de hablar hasta que no terminó. Y, ya fuera porque se lo habían creído o por compasión, ambos salieron de la habitación sin decir una palabra.

Una vez afuera, los dos agentes se miraron con cara de preocupación.

    - No va a confesar.

    - No…me temo que no.

 

Semanas más tarde…

 

Ricardo se despertó con un sobresalto. Acababa de tener otra pesadilla. Se incorporó y se metió en el baño, evitando cualquier contacto visual con el espejo. Cuando salió, se asomó a la ventana, y dio un grito. Lo que veían sus ojos no era nada que pudiera reconocer. ¿Dónde estaba ahora? ¿Qué le estaba pasando? De repente, llamaron a la puerta. Ricardo se pegó contra la pared asustado, pensando en que aquel ser de sus pesadillas entraría por esa puerta. Vio como giraban el pomo, y se quedó tan paralizado de miedo, que sintió como si su corazón hubiera dejado de bombear por unos instantes. Sin embargo, no fue el hombre de sus pesadillas quién entró, sino una mujer desconocida, que vestía de blanco. Ricardo le echó un vistazo de arriba abajo, intentado buscar entre su memoria algún signo de que pudiera conocerla. Pero le fue imposible.

    - ¡Buenos días dormilón! A desayunar, que ya toca – Dijo amigablemente la desconocida.

    - ¿Quién eres? – Preguntó Ricardo, todavía asustado.

    - Todos los días lo mismo Ricardo. ¿Cuántas veces te lo tengo que contar? – La mujer pareció molesta al principio pero, al poco, cambió su expresión, para mostrar la mejor de sus sonrisas. Y entonces, se sentó en la cama, y empezó a contarle la historia.

Tras el divorcio, Ricardo había caído en una terrible depresión. Se había descuidado completamente (el personal que había entrado en su casa en busca de pruebas que le incriminaran, se encontraron un estercolero digno del caso más grave de síndrome de Diógenes), había perdido su trabajo y no salía de casa. Pronto empezaron los brotes psicóticos. Primero de manera leve; pequeñas pérdidas de memoria, o extraños pensamientos. Luego comenzaron las visiones: presencias que eran totalmente reales para su mente. Y cuando su mujer lo llamó, le contó que su pareja le había estado pegando casi desde que habían empezado a salir. No hizo falta mucho más para que una parte de Ricardo, la parte inconsciente, su mitad oscura, hiciera el resto.

La mujer de blanco terminó de contarle la historia, que no serviría de nada, puesto que al día siguiente tendría que volver a contársela pero, al menos, lo dejaría callado durante el resto del día. Se levantó y fue hacia la puerta, pero Ricardo se adelantó y cerró la puerta antes de que saliera.

   - ¿Y quién dices que es ese tal Ricardo? – En su rostro, una sonrisa malévola empezaba a formarse.


 

FIN

 

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  • Desde luego, consigues inquietar. Un gustazo leer este relato.
    Gracias a los dos! Gabriel es cierto que puede parecer algo precipitado, y aún así creo que es un poco largo. Me hubiera gustado pararme más en describir los sentimientos del protagonista, pero soy consciente de que si el relato fuera mucho más largo, apenas nadie lo leería. Gracias Selene; totalmente, en mis relatos siempre intento como mínimo inquietar al lector. Me alegra haberlo conseguido. Muchas gracias!
    Los relatos sobre la locura son particularmente inquietantes. La escena donde sale el personaje bajo la cama me ha provocado un escalofrío de los buenos, supongo que era tu intención. Buen trabajo, Alex. Un saludo
    Me parece una narración que tiende a lo alucinante, aún cuando siento que la composición de la prosa es un poco precipitada. Un agrado leerte, amigo. Saludos!
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